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3
Rita no dijo esta boca es mía durante la visita al tabuco. Ya en el callejón Nemesio concedió: “Por supuesto, hay que hacer algunas reparaciones. El postigo de la ventana no encaja bien y aquí hace frío y llueve lo suyo. No creo que el dueño tenga inconveniente en ponerlo a punto” “Y la puerta también necesita otro arreglito” apuntó Sonia.
Luego nos acercamos a saludar a unos conocidos que estaban a la entrada de un cafetín. Como pude comprobar asomando la cabeza, la gente estaba fuera porque dentro el espacio era muy reducido. Era otra ratonera donde apenas cabían un mostradorcito y tres mesas cuadradas rodeadas de taburetes ocupados por clientes.
El cuchitril que nos había enseñado Nemesio estaba casi en frente, lo cual constituía otra ventaja para Sonia. “Bueno” precisó, “ventaja e inconveniente”.
Ventaja porque estaba al lado de un punto de encuentro de la gente del gremio. Inconveniente porque podía ser una molestia a causa del ruido. “Aunque hay que convenir en que esos ermitaños no son de los que arman jaleo” añadió. O sea que ni siquiera se podía hablar de inconveniente.
Nemesio recabó nuestra opinión. Estaba de un humor excelente. El callejón no tenía alumbrado público. Caí en la cuenta de que el cuchitril no tenía tampoco luz eléctrica. No recordaba haber visto ni una bombilla ni un interruptor ni un cable.
Corría un vientecillo desapacible y la humedad iba en aumento conforme anochecía. Rita mantenía un obstinado silencio. “Me parece un poco pequeño. Somos cuatro de familia” dije.
Nemesio extendió los brazos en un grandilocuente gesto de incredulidad. Yo insistí en ese argumento: “Para una persona o para dos es el sitio ideal” “Vosotros os lo pensáis bien y pronto” nos exhortó Nemesio, “oportunidades como ésta no se presentan todos los días”.

 

 

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1
Nemesio tenía madera de santón. Era vegetariano a rajatabla. En su opinión había indicios incontrovertibles de que el fin de los tiempos estaba a la vuelta de la esquina. Él lo pintaba como un desastre ecológico de magnitud planetaria.
Mares y ríos contaminados, atmósfera irrespirable, especies animales y vegetales extinguiéndose a un ritmo acelerado, proliferación de todo tipo de cánceres, sequías espantosas, tierras esquilmadas, hambrunas…
Después de escucharlo sólo se ofrecían tres opciones: el suicidio, el activismo político desenfrenado aunque se tuvieran serias dudas sobre su utilidad, o el replegamiento a una forma de vida respetuosa.
Él no se consideraba ni un catastrofista ni un alarmista. Ni siquiera pensaba que cargaba las tintas. Era implacable. Con la reencarnación le pasaba tres cuartos de lo mismo. Para él no se trataba de una creencia sino de un hecho comprobado.
En lo que a mí respecta, de las tres posibilidades, la primera quedaba descartada. Inconvenientes incluidos, le tengo apego a la existencia. La segunda chocaba frontalmente con mi carácter introvertido y desconfiado. Sólo podía recurrir al retiro.
Viviría al margen de este disparate colectivo que nos estaba conduciendo a la destrucción. Me ajustaría a los ciclos de la naturaleza. Y aunque de esta forma no solucionase nada, tampoco contribuiría a hacer más inhabitable la Tierra.

2
Tenía la intención de realizar mi plan asumiendo todas las consecuencias. No con un pie aquí y otro allí. No jugando con dos barajas. Me trasladaría a una aldea de la Sierra de Aracena con toda mi familia.
Nemesio cabeceó complacido. El problema inmediato era encontrar un alojamiento adecuado. Yo sabía que él, aunque siempre regresaba a Sevilla, pasaba temporadas más o menos largas en la sierra, donde tenía contactos.
Me dijo, en efecto, que podía ayudarme a encontrar una casa. Días más tarde me telefoneó para comunicarme que el asunto estaba arreglado.
La “casa” estaba situada en un callejón retorcido y sombrío, justamente en la curva. Era un pegote de cemento con techo de uralita que sobresalía de la hilera de edificaciones parejas y encaladas, como una verruga urbanística que le hubiese salido a la callejuela.
El cuchitril (otro nombre no merecía e incluso ése le venía ancho) estaba compuesto por una habitación a dos niveles. Es decir, dividida por un escalón de medio metro de altura.
Sonia, una amiga de Nemesio que también tenía proyectado mudarse a la sierra, nos acompañaba. Fue la primera en hablar. “Es perfecto”.
La puerta de madera resquebrajada cerraba mal. Las paredes estaban llenas de borujones. El suelo encementado estaba carcomido en algunas partes.
Miré a Sonia que, como reflejaba su rostro, estaba encantada. No me atreví a despegar los labios.
Ella lo veía claro. La parte superior del habitáculo serviría de dormitorio. En esa plataforma cabían holgadamente tres o cuatro colchones individuales. El único ventanuco sin rejas pero provisto de un postigo hinchado por la humedad que, al igual que la puerta, no ajustaba bien, estaba también allí arriba como una garantía de ventilación.
“Y esta parte” dijo mirando a su alrededor “puede ser la cocina, el comedor, la sala de estudio, el cuarto de estar, todo lo que se quiera”.
Extendiendo la mano hacia el espacio superior añadió: “Además de para dormir, puede servir también para hacer prácticas de meditación y relajación. Y es un lugar ideal para leer”.
Sonia entornó los ojos y siguió sopesando mentalmente las múltiples posibilidades que brindaba la vivienda. Nemesio, seguro de haber dado en el clavo, esbozó una sonrisa de satisfacción.

 

 

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Patio interior

 

 

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VII
La palabra es desdén. Dondequiera que miro
su reflejo acerado, de espadas levantadas,
dispuestas para el tajo, ofusca, sobrecoge.
Sus ojos lo traslucen con una luz ambigua
de charca donde el agua estancada se pudre.
Sus labios se contraen y silban las palabras
que parten ponzoñosas hacia los cuatro vientos.
Un gesto de la mano, la postura del cuerpo
rematan la faena.

 

 

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Encinas (III)

 

 

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Toda mi adolescencia ha sido una lucha sin cuartel para marcar las distancias y, en última instancia, sustraerme a la influencia de mis tíos.
Mi padre era un hombre débil, incapaz de poner las cosas en su sitio. Pero allí estaban mis tíos Julio y Luis para mangonear y disponer.
Crecí, por un lado, sin el apoyo necesario y, por otro, con el temor a ser arrollado, lo cual implicaba una tensión constante.
Vivir en situación de alerta me parecía no ya una injusticia sino una monstruosidad. Por supuesto, no sabía si iba a tener la fuerza necesaria para superar esa prueba.
Es increíble la sensación de vacío que me produce todavía hoy pensar en esos años. Me gustaría experimentar odio, deseos de venganza, pero la verdad es que sólo experimento un vacío interior. Un vacío de muerte que todo lo absorbe y todo lo diluye con superlativa indiferencia. Como si nada de lo que ocurrió tuviera que ver conmigo. Como si fuera posible mantenerse asépticamente al margen, en un estado de inhumana pureza.
A pesar de tener un hijo mayor que yo, el tío Julio se pasaba la vida pidiéndome que lo ayudara. Las pasaba canutas cuando me reclamaba para el transporte de troncos, que eran pesados y difíciles de manejar. Este trabajo me desollaba las manos y me llenaba el cuerpo de magulladuras.
Los troncos parecían estar vivos. Se escapaban, resbalaban, caían sobre un pie… Después de una peonada me dolían los huesos y tenía los músculos entumecidos. Pero lo peor era el abatimiento.
Cuando lo veía entrar resueltamente en la casa paterna, me ponía enfermo. ¿Por qué no le paraban los pies? El tío Julio se comportaban con el despotismo de un sátrapa, como si todo le perteneciera, sin dar explicaciones.
Se colaba de rondón y decía que necesitaba mi ayuda. Yo tenía que dejar lo que estuviera haciendo y acompañarlo.
En esa ocasión estaba preparando un examen. Desde mi cuarto oí que hablaba con mi madre. Ella le informó de que yo estaba estudiando. “Que deje los libros, hay trabajo” respondió él.
Tuve tal descarga de adrenalina que quedé paralizado. Ni siquiera podía sostener el bolígrafo en la mano. Escuché los pasos de mi madre que venía a avisarme. Cuando llegó, me había recuperado un poco. Lo suficiente para responder: “No voy a ir a ningún sitio”.
El tío Julio la había seguido y estaba en la puerta. “Cuanto antes nos vayamos, antes estaremos de vuelta” “Mañana tengo un examen difícil” “No será mucho tiempo” terció mi madre sin saber siquiera de qué trabajo se trataba.
Mi cuerpo, como si hubiese sufrido un súbito proceso de congelación, cesó de emitir señales. Miré mis apuntes, mis libros. Escuché su voz diciendo: “Vamos”. Luego la de mi madre: “Cámbiate antes de irte”. Y otra vez la de él: “Rápido”.

 

 

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Romero (II)

 

 

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VI
Jodido mequetrefe que te especializaste
en hundir a la gente, en hacerla infeliz,
ocupas por derecho un lugar preeminente
entre las malas bestias que a coces y mordiscos
despanzurraron crueles nuestros primeros años.

 

 

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Ciruelo (I)

 

 

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