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Pequeñas muertes cotidianas,
pequeñas muertes silenciosas
que te acechan calladas y tenaces
y te asaltan al torcer una esquina.

Son amantes de un día,
o más bien de un minuto,
que te salen al paso,
y con sus yertos labios
te besan fugazmente,
y con sus manos lívidas
acarician las tuyas.
Y clavan en tus ojos
su vidriosa mirada
de idéntica fijeza
a la de las serpientes.

Diminutas y fogosas amantes
capaces de las mayores entregas
en brevísimos espacios de tiempo.
Amantes pizpiretas que se enganchan
a tu brazo y tiran de ti
hacia su seno
con olor a flores marchitas
y frescura de sepulcrales lápidas,
que te cogen del brazo
como la novia de tus dieciocho años
y pegadas a tu flanco susurran,
entre estertores y resuellos,
promesas de fidelidad eterna
en el profundo reino del Averno.

Con cuánta pesadumbre
desanudan su brazo,
desvían su mirada,
disponen la partida.
Antes de abandonarte
te rozan una última vez,
oh gesto tierno y ponzoñoso,
con la punta de sus huesudos dedos.

Y se emboscan de nuevo
y salen a tu encuentro
cuando menos lo esperas,
para rendirte
con sonrisa falaz
y algunas carantoñas
un dudoso homenaje.

Pequeñas muertes cotidianas,
pequeñas muertes silenciosas
que lanzan una vaharada de frío
en la entraña ardorosa del estío.

 

 

 

 

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No tenía ganas de soportar al insulso de Toribio, empapado en televisión y prensa progres, hablando en castellano. Demasiado bien conocía su discurso para prestarme a oírlo otra vez.
Él tiene muy claro, y así lo manifiesta, que hay que cobijarse siempre a la sombra del poder. Que ésta sea más negra que el ala de un cuervo le da lo mismo. Socarronamente precisa que esa tenebrosa tonalidad sólo la adopta en contados y trágicos periodos históricos. En general, según este camastrón andaluz, no se puede hablar de sombra sino de penumbra, de un estado intermedio soportable en invierno y agradable en verano.
“No vamos a engañarnos” dice “ni hacernos los estrechos. Lo único que hay que ver es cómo sacar beneficios, prebendas, subvenciones, tajadas. Y nada de eso vas a conseguir si te enfrentas a la sombra. Si incurres en esa temeridad, te expones a achicharrarte o a congelarte en el espacio exterior. El poder marca los límites. Lo que hay más allá es una tierra de nadie recorrida por los parias y los imbéciles”.
Toribio no es ni una cosa ni otra. Es un cazurro cuyo refrán favorito no hace falta citar. Un ciudadano que no plantea problemas. Un olfateador nato de zonas umbrías hacia las cuales inicia de inmediato maniobras de acercamiento. Un hacha atando cabos y llevando la corriente. El ojal de la solapa donde se exhibe la insignia correspondiente.
Si hay que aplaudir, aplaude. Si hay que reír un chiste malísimo, su carcajada deja al descubierto la campanilla. “Total”, argumenta “la mayoría de las veces uno aplaude, ríe o asiente sin obtener nada a cambio. Con cuanta más razón si uno puede pillar algo”.
Sin embargo, él mismo reconoce que en la práctica las ganancias son más ficticias que reales. De donde se infiere que su actitud lacayuna se sostiene meramente en un deseo de provecho que rara vez o nunca se materializa.
A él le llega lo que a todos, incluidos los que no condescienden a hacer reverencias. Para Toribio este comportamiento no es una degradación sino un deporte. Y todos los deportes son respetables.
No hay nada de lo que avergonzarse, y si lo hubiera, un comino le importa. Él sabe todo lo que hay saber, empezando por la premisa mayor de cualquier silogismo político: el poder no da nada gratis.
Si él arrambla con algunas monedas, es porque el padrino ha tirado un puñado a la chiquillería vociferante entre la que él se encuentra.
“Como no se va a obtener nada” afirma “es haciéndoles cosquillas a los mandamases ni oponiéndose a la fuerza dominante por más despótica que sea”.
“La intensidad de la sombra” añade guasón “tiene una importancia relativa”. No hace falta decir que Toribio es relativista. Todo depende del contexto. En cuanto al contexto, coincide con sus intereses.
Frente a un poder consolidado sólo cabe doblegarse, aceptar la condición de esclavo. Esta conclusión habría escandalizado a Cicerón, pero Toribio desconoce a este escritor latino. Él sólo lee a autores “à la page”, como está mandado.
Espécimen modélico de la voluntad de servidumbre, testigo risueño de enjuagues y componendas que justifica o ante los que se encoge de hombros, comparsa disciplinado que repite como un papagayo las consignas del momento, no se plantea otra línea de actuación. Y si esa idea surge en su cabeza por azar, la espanta de inmediato como a una mosca inoportuna.
En una ocasión le comenté a Toribio que Casio no podía soportar no sólo la tiranía, sino el poder excesivo, por considerarlo la fuente de todos los males. Enarbolando su periódico favorito, me replicó: “Ese Casio es un cantamañanas. El poder es la única realidad incontrovertible. Cuanto más grande es, más tiene uno que someterse”.

 

 

 

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Sucede —raras veces— que le encuentro
un sentido a la vida, que le cojo
las vueltas, que su centelleo rojo
me ilumina y me afogara por dentro.

Pero no me acobardo sino que entro,
a riesgo de convertirme en despojo,
por testarudez más que por arrojo,
polilla chamuscada, hasta mi centro.

Allí se me revela un gran secreto:
la sangre se transforma en una rosa
entre las hojas verdeantes de un seto.

No acaba aquí esta aparición gloriosa:
desde un pico más alto que el Aneto
se precipita el agua tumultuosa.

 

 

 

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                                 II
Las historias de su prima eran situaciones límites cuyo desenlace natural no podía ser otro que la catástrofe.
Manolita comprobó, sin embargo, que esos terribles trances se sucedían con regularidad sin que el desastre se produjese. Esta constatación la desconcertó primero y la escamó después.
No es que ella desease tal cosa (al contrario, ese pensamiento la acongojaba), pero el mundo de su prima no se acababa, no saltaba por lo aires, que sería lo lógico, sino que seguía girando y girando como en la canción de Gigliola Cinquetti.
Y la próxima vez que se veían, Leocadia no hacía la menor alusión a lo último que le había contado. Si Manolita, ingenuamente, se lo recordaba, la otra, para quien ese asunto era ya agua pasada, la miraba como si Manolita se hubiese convertido en un orangután.
Le costó asimilar esta lección, pero dejó de creer en su prima Leocadia y en todas las que eran como ella. Incluso llegó a la conclusión de que las “primas Leocadia” constituían una categoría de personas que englobaba a un amplio segmento social.
Y era tan tonta que a veces se arrepentía de haber adoptado esa postura, pues se planteaba que un día su prima le contaría un problema serio, y ella permanecería tan indiferente como quien oye llover.
Pero había escuchado tan a menudo el cuento del lobo que, cuando apareciese de verdad, devoraría a su prima sin que a ella, aun pudiendo, se le ocurriese intervenir.
Se lo merecía. Si no que se la comiese entera, al menos que le diese un buen par de mordiscos para que aprendiese a ser menos protagonista y más comedida.
Manolita estaba cansada de atolladeros, berenjenales y conflictos insolubles que se disolvían de la noche a la mañana. Ese guirigay le daba igual.
En el fondo de su corazón le dolían ese endurecimiento de su carácter, ese escepticismo tan ajeno a su forma de ser, ese caparazón de que se había revestido.
Pero ya no había ni desazón ni perplejidad, las dos cartas que su prima jugaba y que le reportaban siempre el triunfo.
Aparentemente Manolita seguía escuchando. Su educación y su naturaleza le vedaban mostrarse descortés. La grosería o cualquier otra manifestación inadecuada estaban reñidas con su personalidad.
Así pues, seguía siendo una oreja complaciente pero, como tenemos dos, lo cierto era que por una le entraba y por otra le salía lo que le contaban las “primas Leocadia”.

 

 

 

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                                 I
Manolita era consciente de que no sabía venderse ni dramatizar. Como les ocurre a las tartanas, la adelantaban sin dificultad por todos lados dejándola tan atrás que ella misma se veía empequeñecida y lejana.
Por más que se había empeñado en superar esa desventaja, nunca lo había conseguido. A la vista de los patéticos resultados, se había rendido a la evidencia de que se trataba de un fallo constitucional, sin solución.
Tras sus infructuosos y deprimentes intentos de cambiar, de ser otra mujer más dinámica y arrolladora, había aceptado la que de verdad era jurándose que no volvería a las andadas. Se había comprometido a lo que sin duda es uno de los objetivos más difíciles de alcanzar en la vida: respetarse.
Lo anterior conllevaba que no debían importarle los adelantamientos, algunos de los cuales parecían atropellos.
Ella no estaba dotada para las filigranas verbales ni para la teatralización. Gesticular era impropio de su temperamento y la cansaba. Cuando hablaba mucho y seguido, le dolía la garganta por el sobreesfuerzo.
Ella no era ni por asomo como su prima Leocadia: una apisonadora humana. Si a Manolita se le ocurría abrir la boca para contar un tropiezo o desventura, en la primera pausa que hacía para tomar aliento, su prima le arrebataba la palabra y dictaminaba que eso era imaginaciones suyas a las que haría bien en no dar importancia.
Y con su supuesto gracejo añadía que no se mirase tanto el ombligo. Esto le decía ella que no sólo se miraba el suyo constantemente, sino que además lo tenía de un tamaño monstruoso.
Como con la mayoría de la gente, con Leocadia no se podía hablar, sólo se podía escuchar. Pero las cosas habían cambiado mucho. Ya no era como antes que, cada vez que le contaba una historia, la ponía al borde del colapso.
Lo que le sucedía a Leocadia era el no va más. Al menos eso era lo que pensaba Manolita al contemplar su propia vida y, quiera que no, comparar. La de su prima oscilaba entre las novelas de capa y espada y las tragedias griegas. La suya parecía la primera tentativa de un escritor de escaso talento.
Alcanzar las cotas de dramatismo y enfatización de su pariente era para Manolita una hazaña equivalente a escalar el Everest. Es decir, una imposibilidad total y absoluta. Ciertamente esa proeza la pasmaba. Incluso podía sufrir una indisposición, marearse ante ese despliegue de recursos escénicos y caerse redonda.
Y después estaban el ahogo y la preocupación que las historias de su prima le causaban. Tras escucharlas con el corazón encogido, se quedaba pensando que de ésa no saldría, que las fuerzas, la salud o los medios económicos para remontar esa empinada cuesta le fallarían.

 

 

 

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Jara (II)

 

 

 

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