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Almendros (IV)

 

 

 

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II
Las golondrinas salen a su encuentro
en alegre desbandada.
Las ranas y los sapos
se ponen a croar enloquecidos.
Hasta el tímido conejo
se asoma a la boca de su madriguera
para presenciar su llegada.

Su furia es proporcional a la calma que reina
cuando se retira a sus ignotos dominios.
Nada hay más bello
en los miles y miles de galaxias
que pueblan el universo,
que sus esponsales con el sol.
De esta unión que descompone la luz,
nace un arco perfecto y coloreado.

Sobre todo lo que se mueve o se está quieto,
sobre los ratones como sobre los elefantes,
sobre las casas y los champiñones silvestres,
sobre esto y sobre aquello,
sobre no se sabe cuántas cosas
que a lo mejor ni nombre tienen,
pero que no por eso son ignoradas por ella,
que todo moja, que todo limpia, que todo refresca,

¿quién puede ser sino ella?
La lluvia,
naturalmente.

 

 

 

 

 

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La lluvia (I)

I

Sobre las mieses que amarillean
su tamborileo.
Sobre los juncos de la ribera
su fresca mano.
Sobre el ceño arrugado de los hombres
desciende
como un querubín mofletudo y juguetón.

Ella sabe de canciones de cuna
que susurra entre los eucaliptos.
Ella se posa sobre las flores y las hojas
que son diminutos toboganes
en su honor.

Su salmodia en los tejados
la envidian los músicos más afamados,
que en ella se inspiran
para componer sus propias melodías.

Sobre los cerros pelados y resecos
su canto persistente.
Sobre el lomo del dinosaurio
y otros animales antediluvianos
su teclear de secretaria eficiente.
Sobre los labios entreabiertos
y las manos extendidas,
la paz de su contacto.

 

 

 

 

 

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                                        II
Iba recelosa porque Manolita no sabía venderse ni dramatizar. Los demás la apresaban inmediatamente en sus redes, haciéndola sentir como una mosca en una telaraña, aunque a diferencia de la mosca ella se debatía poco, aceptando su destino con un alto grado de resignación.
El resultado era que ella permanecía con la boca entreabierta escuchando las historias del prójimo y guardándose las suyas.
Otro rasgo de su carácter, relacionado con el anterior, que le creaba todavía más problemas, era que no sabía plantear las cosas. Tenía la desgraciada habilidad de exponer los argumentos de forma que la perjudicasen o ella quedase en entredicho. Casi siempre salía malparada, casi siempre acababa responsabilizándose de lo que no le concernía o justificando lo que no le importaba.
Como una vez le dijo su amiga Encarnación en un tono que no le gustó: “Parece que te gusta tirar piedras sobre tu propio tejado”.
¿Qué podía hacer? El carácter es el destino de una persona. Alguna vez se había sublevado, pero sus rebeliones eran tormentas de verano que no dejaban recuerdo de su paso. Tras esos arrebatos ella volvía a ser la que era.
Ciertamente era una pesada carga haber nacido para chivo expiatorio, haber nacido para asumir las faltas ajenas, como si las propias no fueran suficientes.
No llamó a la puerta, pues la confianza que había entre ambas le permitía entrar de rondón. Una vez cruzado el zaguán, no fuera a asustarse si de pronto la veía allí, alzando la voz pronunció el nombre de su amiga: “¡Encarnación!”.
Pero Encarnación no respondió. Manolita repitió el nombre varias veces. El silencio era absoluto. Eso la escamó.
Manolita siguió adentrándose en la casa un poco más despacio. Dirigió sus pasos a la cocina, que era donde debía de estar su amiga en esos momentos.
Pero al llegar a la altura del cuarto de estar y mirar, la encontró sentada en el sillón de orejas en el que pasaba las tardes haciendo crochet o viendo la televisión. Tenía tal cara de circunstancias que a Manolita no le cupo duda de que algo gordo había ocurrido.
Tiesa como un ajo y con las manos reposando sobre su falda, presentaba una imagen de gravedad a cuyo influjo Manolita no pudo sustraerse. Estaba claro que había llegado en un mal momento. Y además ella se había presentado sola, sin que nadie reclamase su presencia.
Antes de interesarse por la aflicción de su amiga, se preguntó por qué ella no podía sacar partido de sus penas y achaques como todo el mundo. Ella no aspiraba a ser el centro de atención ni a que le rindiesen pleitesía. Ella no era ni presuntuosa ni resabida. Al contrario, esas actitudes le desagradaban.
Ni era de las que se empecinaban en llevarse el gato al agua. Ni se ponía más moños de los que le correspondían. Pero sí le gustaba, como a todo hijo de vecino, que la escuchasen, que simpatizasen con ella, que reconociesen sus méritos y desgracias.
Dando dos o tres pasos hacia Encarnación, que había acentuado su cara de alguacil, en un tono afable dijo: “¿Tú también has pasado una mala noche?”.

 

 

 

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                                         I
Antes de ir a casa de Encarnación lo pensó dos veces porque conocía bien a su amiga y se conocía bien a sí misma. Y lógicamente concluyó que la visita podía convertirse en una trampa.
En el otro platillo de la balanza pesaba que Encarnación era la única persona que tenía cerca, y con la que tenía la suficiente confianza para acudir a ella en esos aciagos momentos.
El problema de Manolita era que iba por lana y salía trasquilada. Eso era lo que la paraba antes de dar el siguiente paso. Lo que hacía de ella una mujer reflexiva a pesar de sus escasas aptitudes y de su nula inclinación por los montajes mentales.
Le había estado doliendo el costado izquierdo y la espalda toda la noche, a la que cuadraba pintiparada la coletilla “de perros”. Por esa razón no pudo pegar ojo.
Por último, el dolor se le pasó a la parte posterior de la cabeza. Cuando se quiso levantar, le entraron tales mareos que tuvo que desistir, echándose sin querer sobre el lado que la martirizaba, por lo que tuvo que dar media vuelta rápidamente, quedando destapada y sin fuerzas para cubrirse con la manta.
El dolor de cabeza se agudizó y ella pensó que iba a volverse loca. Con mareos y todo, tuvo que levantarse, ir a la cocina y calentar un poco de leche para tomar dos Tonopán, porque si se tomaba las grageas con agua, le darían ardor de estómago, y bastantes molestias tenía ya.
Luego, apoyándose en la pared como si estuviera borracha, volvió a la cama donde se inmovilizó sobre su lado bueno, el derecho.
De la cocina se había traído una bolsa de plástico con hielo para ponérsela en la cabeza. Sosteniendo la bolsa con una mano, en posición semifetal y más quieta que un muerto, aguantó el resto de la noche.
Así la sorprendió la claridad del nuevo día que se coló en la habitación por los postigos entornados de la ventana. Pese a ser tempranera, Manolita no se dio por aludida y esperó todavía un buen rato antes de intentar ponerse en pie.
Desde que muriera su hermana Gertrudis, ella vivía sola y no tenía con quien compartir sus desdichas. Por eso, siendo consciente de que se exponía a un peligro, después de asearse y vestirse pero sin desayunar, se dirigió a casa de su vecina Encarnación.

 

 

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Caminos (XI)

 

 

 

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Vivir, viajar

 

 

 

Antonio Pavón Leal

Marzo 2014

 

 

La vida como viaje, el viaje de la vida, una y otro como aprendizaje, gozo, iniciación, interiorización, padecimiento, fastidio. Estos temas, a menudo entrelazados, tienen una larga tradición literaria. La nómina de intrépidos viajeros, incluyendo naturalmente a los inmóviles, a los que no abandonaron apenas su ciudad y a ella asociaron la aventura de vivir, es muy amplia. Hay para todos los gustos.
Desde los albores de la historia, en que surge el legendario héroe Gilgamesh que parte en busca de la inmortalidad, hasta nuestros días plagados de turistas compulsivos, el viaje está inextricablemente unido al hecho de vivir.
Se viaja para conocer, para descubrir nuevos horizontes, para profundizar en el alma humana, ¿no es ése también el objetivo de la vida?
Citemos entre los grandes viajeros a Lovecraft que, tras una estancia relativamente corta en Nueva York, regresó a Providence de donde, a excepción de algunas esporádicas escapadas, no salió el resto de su vida. Después de divorciarse, allí se instaló en compañía de sus tías y allí murió cuando le llegó la hora. En la lápida de su tumba está escrito: “I am Providence”.
A Baudelaire que, al llegar a la isla Mauricio, interrumpió su gran viaje a Calcuta y se volvió a París. Ni la travesía en barco ni el trato con los otros pasajeros (oficiales y comerciantes) fueron de su agrado. La vida licenciosa y literaria que llevaba en la capital era más atractiva. Y salvo los dos años que pasó en Bruselas, en el último tramo de su peregrinar, su cuartel general fue París.
A Pessoa, a Kavafis, asociados respectivamente a Lisboa y a Alejandría, a Emily Dickinson, enclaustrada en una habitación, entre otros.
El viaje es un trasunto de la vida y ésta, incluso la más sedentaria, incluso la más anodina, un recorrido temporal por la selva humana.

 

ÍNDICE

I – [Vivir no es otra cosa]
II – Ulises
III – [Tontamente pensaba]
IV – [El viaje es una tregua]
V – [La vida, ya se sabe]
VI – [Viajar es un paréntesis]
VII – [La vida se sostiene]
VIII – [Viajar es adentrarse]
IX – [Vivir en la cresta de los días]

 

Libro en formato PDF: Vivir, viajar

        

 

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Acanto (II)

17 de febrero de 2013 094

 

 

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En nuestro trabajo hay mucho papeleo y reuniones inútiles que se multiplican en determinadas épocas del año, acaparando nuestro tiempo y nuestra energía. Esta fue la razón de que una de mis compañeras, haciendo un gesto de desánimo, exclamase: “Estoy agotada. No sé si voy a tener fuerzas para llegar al final de la semana”.
La que ocupaba el asiento del copiloto se volvió y le dijo: “Pues lo que tienes que hacer es darte un homenaje”.
A pesar de no ser muy expresiva, la primera que habló puso una inconfundible cara de no haber entendido. “¿Un homenaje?” repitió como un eco.
Era evidente que estaba pensando en un acto de reconocimiento a Lola Flores, a Juanito Valderrama, a la Legión, al Real Betis Balompié o a cualquier capitoste de la bien nutrida nómina con que cuenta nuestra sociedad.
La otra confirmó el veredicto: “Un homenaje, sí, un homenaje”.
Como la primera, desconcertada, se volviera hacia mí y se me quedara mirando, le expliqué: “Eso es lo que hacen los yonquis cuando quieren disfrutar a tope. Se encierran en su casa varios días y se ponen de droga hasta las orejas”.
“No querrás tú que yo haga tal cosa” “No estoy diciendo que te des un chute de heroína sino un capricho. ¿Qué es lo que te gusta más?” “El café” “Pues ve a una tienda especializada que hay en el Arenal y compra Blue Mountain” “¿Y eso qué es?” “El mejor café del mundo. Y el más caro, por supuesto” “¿Cuánto cuesta?” “No estoy segura, pero un puñado así –dijo mostrando la palma de la mano ahuecada- te puede salir por veinte euros” “Qué disparate. Me voy a tener que gastar una fortuna porque con eso no tengo ni para empezar. Yo me llevo bebiendo café todo el día. Por la mañana me tomo por lo menos tres tazas. Después del almuerzo otra. A media tarde una o dos más”.
“Pero tú puedes permitírtelo. No estás casada, no tienes hijos. Tienes tu piso libre de hipoteca, una casa en el pueblo” “Y también tengo a mi madre que está achacosa” “Pero tu madre tiene su viudedad. Vosotras tenéis una posición muy desahogada” “Eso es lo que tú crees” replicó la primera un tanto mosqueada. “Vamos a ver: ¿qué gastos tienes tú?” “Y a ti qué te importan los gastos que yo tengo”.
Tras este rifirrafe dialéctico el silencio se instaló en el coche. Por primera vez en mucho tiempo tuvimos un viaje apacible.

 

 

 

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