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Un hombre encendió un cigarrillo
La gente hacía cola
Y subía y bajaba
De autobuses en marcha
Y salía y entraba
En los bares cercanos
Un hombre de cejas arqueadas
De mirada perdida
Fumando como ausente
El rugido del tráfico
Retemblar de cristales
Acelerones
Frenazos
Pulcros escaparates
Carteleras de cine
Salvo el color de las camisas
Qué diferencia había
Sus pensamientos
Podían ser los míos
Mis sueños
Los suyos
Allí en medio parados
La mirada perdida
Fumando como ausentes

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Conozco a Ramiro desde hace años. La transformación que sufre no es nueva. He tenido ocasión de observarla repetidas veces. Sin embargo, no puedo evitar que me produzca incomodidad, irritación e incluso desasosiego.
Empieza ladeando la cabeza de una forma que no es la suya. Luego alza un brazo como si fuera a despedirse. Su cuerpo adopta una postura indolente. La voz no le cambia pero adquiere las inflexiones propias del visitante. En pocas palabras: deja de ser él mismo.
Por los gestos, por el lenguaje, resulta fácil identificar al huésped que se ha adueñado de la casa.
El intruso al que Ramiro cede gustosamente el protagonismo, es un conocido por el que siente una admiración o devoción inexplicables para mí. Pero el alma humana es un misterio.
Su docilidad, su colaboracionismo, en el proceso de colonización provocan un lógico rechazo. ¿Por qué se sacrifica a sí mismo en aras de un modelo fantasmal?
Ayer asistí a un relevo completo. Mi amigo sólo mantuvo la apariencia física.
El éxito de esta suplantación suscitó una duda. Siempre había dado por supuesto que era Ramiro quien abría la puerta para que el visitante entrara en su interior. Pero también podía ser que el otro proyectase su poderosa sombra, destruyese las defensas y se apoderase de la personalidad de mi amigo.
Ayer me sentí como el desorientado interlocutor que asiste por primera vez a esa mutación. La idea de que no se trataba de una entrega sino de una conquista se abrió paso en mi mente.
Ayer ocurrió que, tras dejar de ver y oír a Ramiro, encaré al visitante. En sus labios se dibujó una sonrisa burlona y en sus ojos relampagueó una luz maligna.

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12.-Sabemos el día en que decidimos embarcarnos y poco más. Ilusiones, confianza, determinación. Ninguna garantía. Ése es el trasfondo de cualquier empresa o aventura. El destino y los incidentes de la travesía pertenecen al secreto del sumario. Son un misterio que se irán desvelando a lo largo y al final del viaje.
11.-Las reacciones emotivas negadas o reprimidas siguen vivas hasta que uno las descarga sobre los objetos que las provocaron (padres, educadores u otros) o, si tal operación no es posible, sobre objetos alternativos.
La escritura constituye una forma de desquitarse. Un medio de manipular y, con suerte, desembarazarse de esos fardos. Una venganza literaria es inofensiva. Al autor lo alivia, le proporciona satisfacción, y el destinatario de los dardos más o menos emponzoñados permanece en la inopia, raramente se entera del ataque. Un trabajo de una limpieza y de una corrección ejemplares.
A través de la literatura se neutraliza la destructividad, se transmuta la energía negativa, se la canaliza adecuadamente, se elabora con ella un producto útil. La ponemos, en definitiva, al servicio de la vida. Según Alice Miller, este proceso redunda en beneficio de la humanidad.

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“El estúpido sueño de la vida”
dices contemplando el azul del cielo.
“¿Por qué esta inquietud y este desvelo?”
preguntas con sonrisa desvaída.
“Los tristes frutos son de la caída”
añades esgrimiendo el escalpelo.
“De ahí procede también este repelo
o disgusto o náusea que nos embrida”.
La gran bóveda de color turquesa,
de la que al cabo apartas la mirada,
de luces diminutas se empavesa.
“¿Acabaste por fin tu jeremiada
o tienes preparada otra remesa
que te impida gozar de la velada?”.

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Durante la comida se produjo el temido cuestionamiento de la comedia social, de las vanidades mundanas, de todo lo que supuestamente hace las delicias de los mortales.
Al principio todo transcurrió bien. El momento del encuentro, los formalismos previos, el aperitivo en la barra.
Tomaron una cerveza y estuvieron charlando un rato. El dueño del restaurante, un antiguo conocido, les dio a probar el aliño de patatas.
El local, con escasos clientes cuando ellos llegaron, se fue llenando. Aunque habían reservado una mesa, él observaba con el rabillo del ojo la afluencia de gente. Era un acto reflejo. Una reacción inevitable.
Por fin se sentaron e hicieron la comanda. Para beber eligieron un blanco de Rueda.
La conversación se mantuvo animada hasta que el camarero trajo el bacalao con verduras, una recomendación de la casa en consonancia con el tiempo pascual.
Cuando vio ante sí el plato del que debía dar cuenta, la marea agónica de la ansiedad subió y extendió sus aguas negras sobre el cuerpo del comensal, desmadejando sus miembros.
El trozo de bacalao que masticaba se convirtió en una bola estropajosa e intragable. Las fibras del pescado se introducían entre los dientes y le recubrían las encías, exasperándolo e incitándolo a utilizar, según conviniera, un dedo o una uña en la tarea de limpieza.
Sustituyó el vino por agua que bebió a largos sorbos, tanto para empujar el bocado como para contrarrestar los efectos de una insuficiente desalación.
Tuvo que levantarse e ir al cuarto de baño. Tras estirar las piernas, respirar hondo y enjuagarse la cara, regresó a la mesa. Pero no pudo acabar la comida. En cuanto al postre, una porción de tarta de tres chocolates, se limitó a picotear.
Luego estuvieron paseando, se sentaron en una terraza y tomaron café y licor de hierbas con hielo.
Comprobó una vez más que, cuando se conoce el reverso de la moneda, es imposible tomarse en serio demasiadas cosas. Lo que uno espera de la vida no coincide con lo que los demás esperan. La felicidad no se cifra en los mismos objetivos.
Comprobó también que no vale la pena dar explicaciones, pues éstas rebotan en la incomprensión, en la resistencia, en el rechazo.

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