Feeds:
Entradas
Comentarios

XLIX

¿Sabes lo que es un “voyeur”? No te preocupes. Estoy dispuesto a subsanar esa laguna cultural.

En su coche, tu tío y dos amigos estuvieron yendo de acá para allá toda la tarde y parte de la noche. Tras recalar en varios pueblos y numerosos bares, llegaron a una ciudad, pero estaban tan desorientados que no se ponían de acuerdo sobre su nombre.

Para solventar la cuestión bastaba con que se tomasen la molestia de preguntar a un transeúnte, que a esa hora avanzada eran escasos. Este era el camino recto que, por esa misma razón, fue desechado.

Prefirieron enzarzarse en una discusión bizantina que les permitiera gritar, manotear, reír, jurar e insultarse mutuamente. De esta forma, además de aplacar su excitación, podían darse el gusto posteriormente de fabular sobre esa extraña jornada en que, tras un largo periplo, llegaron a una localidad desconocida y solitaria. Percance este que podía ocurrirle a cualquiera pero no a ellos, hombres bragados, noctámbulos impenitentes, libertinos redomados.

Había que darle una solución airosa a esa desconcertante situación. Tenían que probar al mundo su valía. Tácitamente habían decidido que esa sería una noche sonada.

Sentado en el asiento del copiloto iba un personaje singular. Aparte de un mostacho que se atusaba con orgullo, y de haber trabajado en diversos países europeos, tenía la sin par facultad de hacer callar a tu tío.

Era capaz de hablar más que él, tenía más gracia contando las cosas y tenía más cosas que contar. No se dejaba intimidar por las miradas malignas de tu pariente, ni tampoco avasallar. Tal entereza de carácter no fue motivo de disgustos entre ambos, si bien los roces eran frecuentes.

Una broma del bigotudo, que era flexible cuando lo requerían las circunstancias, ponía punto final a enfrentamientos que podían degenerar en pelea. Tu tío, en su fuero interno, reconocía su superioridad.

En el asiento trasero estaba instalado el tercer personaje de esta historia que, como único dato destacable, sabía tocar la bandurria.

Tu tío puso en marcha el motor y arrancó. Vagaron sin rumbo fijo por la ciudad durante un buen rato.

El bigotudo hacía comentarios jocosos que rubricaba con su risa de conejo. Los otros dos permanecían callados.

Tras internarse por calles mal iluminadas y peor pavimentadas, de detenerse a la puerta de dos o tres tugurios sin decidirse a entrar, y sortear coches mal aparcados, salieron a una explanada desde donde, gracias a la tenue luz de un cuarto creciente, se veía el mar.

La brisa aligeró sus cargadas cabezas. Bajaron del vehículo y dieron un paseo por el muelle.

Mientras estiraban las piernas y respiraban a pleno pulmón, a tu tío se le aclararon las ideas. No sólo supo dónde estaban sino que recordó la existencia de un cercano garito portuario.

Era una taberna cuyo enclave pasaba desapercibido. En la puerta no había nada que indicase que, tras la inofensiva apariencia de una casa de vecinos, había un establecimiento donde no sólo se servían bebidas.

Bajaron tres escalones y llegaron a un salón de atmósfera deprimente. Los pocos parroquianos que quedaban a esa hora, estaban amodorrados.

Se acercaron al mostrador tras el que un hombre con la camisa arremangada y un mandil anudado casi a la altura del pecho fregaba vasos. El camarero los miró con ojos abúlicos sin interrumpir su tarea.

Se acodaron y guardaron silencio. Sólo se escuchaba el ruido de los vasos.

El primero en reaccionar al embrujo que ejercía sobre ellos las hileras de botellas colocadas en dos tandas de repisas decrecientes, fue el bigotudo.

Mirando a la mujer de edad indefinida que, no lejos de ellos, se había recostado en el mostrador, dijo al camarero: “Sírvele una copa”.

Azucenas

XLVIII

Tu madre ha quedado desdibujada en este relato, lo cual me apena. Y no hablemos de tu padre que apenas aparece. Su prematura muerte hace imposible saber la influencia que hubiese ejercido sobre ti.

Su ausencia dejó un hueco que ocupó tu tío, como tú misma afirmas otorgándole un título que no le corresponde.

Al no haber conocido otra cosa no puedes añorar tiempos mejores. Esta verdad que es aplicable en tu caso, no lo es en el de tu madre.

Ella luchó por su felicidad. En una época en la que prevalecían los matrimonios por conveniencia y por inercia entre los miembros de un mismo estrato social, ella tuvo la osadía de enamorarse de un don nadie y el coraje de asumir sus sentimientos.

Que después de soportar tantas presiones encaminadas a hacerla desistir de su propósito se viese desposeída de la noche a la mañana de aquello por lo que había luchado, con dos niñas pequeñas y a expensas de su familia que tan enérgicamente se había opuesto a su casamiento, fue un duro golpe del que no logró reponerse.

En los últimos tiempos la sueles descubrir absorta. Si le preguntas algo, no responde de inmediato o ni siquiera responde. Esta actitud de tu madre te irrita y te hace exclamar: “¡Estás en Babia!”. Pero no lo está. La causa de su ensimismamiento hay que buscarla en otra parte.

A caballo entre un pasado emergente con su carga de melancolía y un presente que hay que vivir minuto a minuto, tu madre proyecta la imagen desvaída de una persona que se compromete lo imprescindible con la realidad cotidiana.

En las contadas ocasiones en que se ha opuesto a vuestros deseos, a los de tu hermana o a los tuyos, ha sido de cara a la galería o impulsada por el instinto de conservación al que se aferró cuando tuvo que reconstruir su vida.

De todas formas, ni tu hermana ni tú, hijas modélicas según los cánones vigentes en el pueblo, la habéis colocado nunca en un apuro. Si tal cosa hubiese ocurrido, habría delegado en tu tío, que es lo que hace incluso en los asuntos menores.

El tiempo todo lo mina y todo lo socava, todo lo minimiza y todo lo transforma. Nos proporciona perspectiva. Nos trae el olvido. El tiempo lija las asperezas de los recuerdos con los que tu madre sigue conviviendo.

XLVII

“¿Putona yo?” dijo depositando en el pavimento las dos cestas que llevaba, una en cada mano, y poniéndose en jarra.

A esa hora la plaza estaba concurrida. En su mayoría se trataba de mujeres que iban al mercado o a una de las tiendas sitas en las calles aledañas.

Como un trallazo innoble que le cruzase la cara a la calma matinal donde sólo flotaba un murmullo persistente que tenía su origen en los corros de comadres, los cuales se hacían y deshacían por arte de birlibirloque, componiendo en el área rectangular de esa superficie encementada y con naranjos agrios las caprichosas figuras de un caleidoscopio, como un trallazo o un escopetazo infame esas dos palabras impusieron un silencio sacramental.

“¿Putona yo?” repitió, por si alguien no se había enterado, en un crescendo furibundo.

Nadie reaccionó. Tras dejar transcurrir unos segundos de forma que las presentes tuviesen margen para considerar la magnitud del agravio, y ella para congestionarse adecuadamente, empezó a aullar como un lobo.

Sus carnes blandengues ondeaban como los pendones que coronan los pináculos de los castillos, con la diferencia de que no era el viento sino la cólera la que las agitaba.

Por lo demás, por más empeño e imaginación que se pusiese en continuar con el símil, imposible sería afirmar, pese a que permanecía clavada en el suelo, que la mujer semejaba una torre por lo que de esbeltez conlleva tal imagen, siendo la de un tonel la primera que venía a la mente.

Ora con los brazos en alto, ora con los puños en el cuadril, la barbiana moduló su voz penetrante desde el tono increpatorio al apocalíptico. Desde luego, estaba en posesión de un excelente registro de agudos.

Las involuntarias oyentes, quizá temiendo por sus tímpanos, empezaron a moverse. Cada cual tenía sus obligaciones y esa grotesca situación se alargaba demasiado.

Por otro lado, resultaba difícil seguir la enrevesada argumentación tachonada de groserías de ese espantajo con faldas.

La destinataria de las estocadas verbales se mantenía en la sombra del anonimato. En ningún momento dijo esta boca es mía, siendo objeto de cábalas en los corros, donde las vecinas contraían los músculos faciales mientras susurraban la pregunta para la que nadie tenía respuesta.

Dicho misterio contribuyó a que todas permaneciesen en su puesto, aguantando mecha. Querían averiguar la identidad de la desconocida.

Su mérito tenía esa actitud que podía ser calificada de heroica. La verborrea de la mujer generaba agresividad, que sólo la refrenaba la certidumbre de que su chillidos se multiplicarían si uno se dejaba arrastrar por ese impulso.

La retaca cogió las cestas y se irguió con dignidad, echando la cabeza y los hombros hacia atrás, sacando pecho.

En esa gallarda pose que comparten las comadres y los gallos de pelea, desgranó su última filípica que remató con las mismas palabras con que iniciara su farragoso discurso. Su voz no traslucía ni asombro ni rabia sino desprecio y una convicción absoluta de la falsedad de esa cláusula venenosa.

No era ella quien merecía ese insulto como lo demostraba la entonación que había variado de interrogativa a exclamativa.

Una vez que hubo desfogado, dio media vuelta y se fue. “¡Qué vergüenza!” dijiste.

Punto de fuga

316.-Era una mujer joven, a lo sumo tendría treinta años. Rezumaba tristeza o nostalgia porque estaba lejos de su país. Tras una observación más detenida deseché esa causa.

Su hosquedad no estaba motivada por el alejamiento de su patria. Cuando la conocí un poco más, supe que no había tenido buenas experiencias. Eso explicaba su comportamiento esquinado.

Había abandonado sus estudios universitarios y trabajaba en lo que le salía, justo para mantenerse a flote. En su vida no había estabilidad ni laboral ni emocional. Estaba, según reconocía, en la cuerda floja.

No encontrándole sentido a nada, se había enrocado en el día a día. Ni le interesaba ni quería ver más allá. El hoy era ya demasiado penoso para preocuparse del mañana. Así que nada de planes.

Como no sirvo para consolar ni para soltar discursos bienintencionados, no la interrumpía cuando hablaba. Me hubiese parecido una ordinariez darle una palmadita en la espalda o animarla con las frases al uso que habrían rebotado o resbalado sobre su piel.

La dejaba expresarse. La chica se llamaba Victoria, un nombre con el que ella hacía chistes crueles. “Me podían haber bautizado de otra manera. No voy a decir que lo hicieran para fastidiarme, pero cada vez que me preguntan cómo me llamo, me pongo de mal humor. Aquí, en España, decís otra cosa. Mi nombre es la guinda del pastel”.

Un día, tomando un café que siempre le parecía inferior al de su tierra, me habló de esta con la misma falta de complacencia que utilizaba para referirse a ella misma. Pasando de una cosa a otra, acabó contándome, para mi sorpresa, un venturoso día de playa. Con lujo de detalles y apuntes cromáticos, pues tenía un vocabulario rico, se demoró en la descripción o más bien en la recreación del atardecer.

Sentada en la franja de arena que separaba la selva del mar, Victoria vivió ese momento olvidada de ella. “La felicidad consiste en eso. Y la desdicha en tener que cargar conmigo, en no lograr deshacerme de ese fardo como aquel día en la playa”.

Nunca la había visto tan sincera como cuando me comunicó ese secreto. Yo era la única persona con la que había compartido esa experiencia de absoluto bienestar.

Después me pintó la cercana selva como un lugar de árboles altísimos, entretejidos de lianas, en cuyas horquetas crecían orquídeas de increíble belleza, algunas con apariencia de feroces guepardos, otras de pétalos modelados en cera de exquisitos tonos malvas. “Las orquídeas pueden adoptar innumerables formas y las hay de todos los colores”.

Mientras la escuchaba, me olvidé del lugar en el que estábamos y de la razón de nuestro encuentro. Su vivaz y fantasiosa rememoración me atrapó hasta ese punto. Vi la selva, los manglares, el cadencioso oleaje y la puesta de sol a través de sus ojos, que igual me daba que fueran los de su cara o los de su imaginación.

Finalmente calló. Su semblante, que se había animado durante la narración, se revistió de su acostumbrada adustez. Me pareció que se arrepentía de esa efusión verbal.

“Acabas de abrir una puerta por la que puedes salir. Estoy seguro de que por ahí puedes escapar”.

Las aguas teñidas de rojo del caudaloso río que había mencionado, y las nubes incendiadas por el sol poniente se reflejaron en sus oscuras pupilas. Fue un fenómeno efímero pero real.

XLV

A la ajetreada mañana que se os fue en inspeccionar la huerta, en pedir a un vecino un poco de vinagre para el gazpacho, pues, por increíble que parezca, se os había olvidado, en bajar al río donde os remojasteis los pies, salvo tu hermana que, tan atrevida, se levantó la falda y se metió en el agua hasta los muslos a pesar de las recriminaciones de tu tía, la cual había columbrado a un grupo de bañistas del sexo masculino y estimaba indecorosa esa exhibición, en preparar el almuerzo que despachasteis a renglón seguido con buen apetito a la sombra de la frondosa higuera que se yergue al lado de la casucha donde tu abuelo guarda las herramientas, la higuera de rumorosas hojas que indefectiblemente asocias al verano, cuyo olor te trae recuerdos de días infantiles pasados en ese mismo lugar, a la ajetreada mañana sucedió una tarde de calor apenas mitigado por la cercanía del río, unas largas horas de calma chicha en las que el sol, señor indiscutido del cielo y de la tierra, castiga con dureza a cualquier criatura que se exponga a sus rayos, por lo que se impone la retirada a las umbrías en busca de frescor para contrarrestar el bochorno y poder descabezar un sueñecito, único recurso para combatir el amodorramiento que, potenciado por las altas temperaturas, acompaña a una copiosa comida, y al que contribuye en no escasa medida la estridencia de las tenaces chicharras.

Tras la siesta bajasteis de nuevo al río donde procedisteis, como por la mañana, a cumplimentar la pudorosa ceremonia del baño, para luego, entre risas y bromas, volver a la huerta siguiendo el sendero que serpentea por entre las cañas del empinado repecho.

Sentada en una de las paredes de la alberca llena de un agua fina en la que sumergías una mano para disfrutar de su contacto, te aislaste de tus parientes que en ese momento prendían fuego a un montón de ramas secas para hacer café.

Sobre la tosca mesa de madera que, en cuanto llegasteis, colocasteis bajo la higuera, se veía un bote de cristal con azúcar, un envoltorio de papel de estraza con el café molido, una lata de leche condensada y dos paquetes, uno de galletas y otro de magdalenas.

Por una suerte de disociación con la realidad propiciada por la luz vespertina, asistías en un peculiar estado de ánimo a la escena que se desarrollaba ante ti.

Las idas y venidas de los otros y el murmullo de sus voces te resultaban extraños. Dejaste de remover la límpida superficie del estanque y decidiste unirte a ellos.

Aunque ejerza sobre ti una poderosa atracción, no soportas la soledad. Intuyes que estás destinada a ella, pero si esa idea se tornara consciente, enloquecerías.

Cuando te ronda la melancolía, huyes despavorida al lado de los tuyos. Con esa medida tratas de conjurar la prepotencia de un fantasma más porfiado que tus manías.

XLVI

El café, que es tu única adicción conocida, estaba en reposo. Tu vicio es el café. A lo largo del día tomas varias tazas de esa excitante infusión que tanto mal hace a tus nervios, y por la que sientes una acuciante apetencia que debes satisfacer de inmediato.

Todo eso le cuentas a quien se presta a escucharte, enumerando pros y contras, dando explicaciones, concluyendo que, en tu caso, es algo vital.

Mientras saboreáis el humeante café que tú bebes solo, habláis con renovados bríos.

Tu desazón ha desaparecido. La ha reemplazado una alegría forzada, tan difícil de mantener que temiste el derrumbe de la fábrica.