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El cerco se iba estrechando. Estaba en el ojo del huracán, en ese lugar donde reina una calma chicha mientras un poco más allá el viento destecha las casas y abate los árboles.
A mis oídos apenas llegaban los chasquidos, los silbidos y los crujidos de ese concierto.
Si no fuera por el lejano susurro amenazador, habría podido olvidarme por completo de mi peligroso enclave.
“Debes estar alerta” me decía, “mantente en guardia”.
Mas por mucho que me alentaba, a renglón seguido me sorprendía pensando en cualquier cosa o sonriendo sin motivo.
“No tienes arreglo” me recriminaba.
En mis reproches evitaba emplear un tono demasiado severo que habría desencadenado un ataque de risa.
Mi círculo de paz, en el que permanecía indemne, menguaba, se desplazaba a capricho de aquí para allá. En uno de esos vaivenes podía ocurrir que yo fuera arrojado al exterior.
Pero antes el torbellino me pondría a girar como un planeta loco hasta vomitarme finalmente sobre los campos devastados.
A la velocidad que les imprimía el viento, veía dibujarse y borrarse la cara de Jorge o la de algún colega observándome, la de mi madre intentándome decir algo, la del profesor de música absorto en sus pensamientos, la de Alberto, la de mi padre…

 

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Acanto (I)

 

 

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Allá, en la serranía, en agreste paraje,
tiene su nacimiento una discreta fuente
que en el fondo arenoso borbotea sin ruido,
que brota de la tierra con gentil donosura,
deleite de este edén de encinas centenarias,
de zarzales, de hiedras, de algarrobos, quejigos,
de vides cimarronas, de recios cabrahígos.

Allá, en lo más boscoso, aflora el manantial.
En su lecho de arena las cristalinas aguas,
sombreadas de árboles ─un milagro, un diamante
engastado en la sierra─, refrescan a las aves,
que en pago las arrullan con su alegre gorjeo,
una vez apagado de beber su deseo.

Allá podría yo retirarme, vivir
al lado de la fuente, ver cómo fluye el agua
de sin igual pureza, ver cómo se despeña,
al poco de nacer, desde empinados riscos
de líquenes cubiertos, glaucos, amarillentos,
y luego se apacigua y en cantarín arroyo
corretea feliz, dejándose atrapar
en profundas albercas, dejándose beber,
siguiendo su camino, murmurante, callada,
airosa mensajera de una nueva alborada.

Audición del poema: http://gerenadiario.blogspot.com.es/2009/05/dime-un-poema-al-lado-de-la-fuente.html

 

 

 

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La Fuente

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He aquí algunos fragmentos de la oda sáfica que el humanista Arias Montano dedicó a la fuente de la peña de Alájar, donde se retiraba con frecuencia y donde recibió, según se cuenta, la visita de Felipe II, de quien fue consejero y Bibliotecario Mayor.
Él mismo escribe: “Ningún deseo ni propósito tengo de salir de esta estancia, a lo menos para la Corte, si no fuese para otro lugar más retirado y solo que éste, aunque no tuviese las bellezas naturales que éste tiene”.
Al parecer, como el mismo Arias Montano hace constar en su poema escrito en latín, él fue quien descubrió y excavó ese manantial de agua pura que nace en una cueva.
La peña de Alájar, que le sirvió de refugio durante largos periodos de tiempo, es conocida también desde entonces por el nombre del insigne escriturario.

I
(…)
Ten cuidado, oh Virgen, de mi fuente,
la que poco ha hicieron brotar mis manos
del arenoso césped con los dientes fijos
del pesado azadón.

(…)

Manda que brillen con diverso color
las trémulas piedrecillas en el fondo de esta fuente,
y que su agua clara refleje en rededor
las imágenes de las cosas materiales.

II
Fuente pura,
hierbas salutíferas te rodeen siempre
y sombra ninguna de árbol fatal
te cubra amenazante.

(…)

III
Vosotras, sagradas ninfas del monte,
aquí os guardaréis de los molestos ardores de Febo.
Depuestos el arco y las flechas,
esta fuente os deleitará.

Aquí lavaréis vuestras doradas cabelleras
y formaréis cantando alegres coros.
Que ni el fauno ni los protervos sátiros
tengan noticia de este lugar.

La cita y los fragmentos de la versión española del poema están tomados del libro de Manuel Moreno Alonso “La vida rural de la Sierra de Huelva. Alájar”, Instituto de Estudios Onubenses Padre Marchena, 1979

 

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El Santuario

 

 

 

 

 

 

 

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El destino

¿Qué era el destino? Un disparate mayúsculo. No era necesario recordar ningún episodio propio o ajeno para fundamentar ese dictamen.
Había visto demasiadas veces cómo ese señor de gesto desdeñoso pisoteaba las buenas acciones y se inhibía de las injusticias, tanto de las grandes como de las pequeñas, de esas heridas que sangran largo tiempo, y que con frecuencia cierran en falso.
El destino no era ningún misterio, ninguna fuerza oculta que sellaba la vida de los hombres. Esa palabra no le provocaba tampoco, como a algunos compañeros de habitación, ningún estremecimiento.
El destino era un caballero indiferente al que habían investido de un poder ilimitado e inescrutables designios.
No era más que un dandi con chistera, levita y bastón, en cuyo rostro se pintaba una discreta mueca de asco, como si todo lo que caía dentro de su campo visual, pues no se podía afirmar que él mirase nada en concreto, lo disgustase profundamente.
Para sus compañeros el destino era un enigma que a veces condescendía a revelarse parcialmente mediante signos.
Para él, en cambio, era un petimetre que avanzaba marcando el paso con la contera de su bastón, a buen ritmo, con esa leve contracción de fastidio en la cara, sin reparar en sufrimientos y alegrías.

-o-

El enfermo que ocupaba la cama 127, apoyándose en un codo, se incorporó. Estaba sudoroso y jadeaba ligeramente.
Había tenido otra vez el mismo sueño.
Ese señor vestido como su bisabuelo en un día de gala atravesaba su mente clavando en ella la punta metálica de su bastón.
Se recostó y cerró los ojos. Era cuestión de paciencia. De esperar que las punzadas remitiesen. De que el petimetre se alejase.
No sabía el tiempo que tardaría en desaparecer. En perderse tras una circunvalación de su cerebro.
El afilado extremo del bastón se hundía en su materia gris, y él no podía hacer nada para apresurar el mutis de ese figurón.

 

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Me tiene en vilo
ese incesante
juego de luces
en el follaje

Lo luminoso
cambia a sombrío
y lo sombrío
a luminoso

Por obra y gracia
del balanceo
del parpadeo
de las mudanzas
y contradanzas
tan exquisitas
de las hojitas

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