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Era tan viejo como su ama y tan solitario como ella. La diferencia estribaba en que lo segundo él lo era por vocación y ella porque el negocio había caído en picado y en la fonda, como decían en el pueblo, no entraban ni las moscas.
Hacía tiempo que ella había dejado de dirigirle la palabra al minino. De hecho, pasaba a su lado y no lo miraba siquiera.
El ama se había vuelto rezongona y nostálgica. Le gustaba recordar la época en que la fonda era un lugar de encuentro social.
Sus antiguos clientes, a los que había tratado a cuerpo de rey, la habían decepcionado. Todos parecían haberla olvidado. Las atenciones dispensadas habían sido, afirmaba ella, como echarles margaritas a los cerdos.
De esta forma se desahogaba llamándolos “cerdos”. Pero tanto ella como el gato estaban al cabo de que algunos habían muerto y a otros sus achaques no les permitían viajar.
La fondista empinaba el codo más de la cuenta, cosa que el gato, aunque aparentara indiferencia, desaprobaba. En definitiva, habían envejecido juntos y le tenía un afecto felino.
Ya se sabe que los gatos son muy suyos y quieren a su manera, que no siempre es bien entendida.
También le apenaba comprobar cómo crecían las malas hierbas en el patio y cómo en las paredes aparecían manchas de humedad. Pero su rostro impasible no traslucía sus sentimientos.
Tampoco él, que había sido el gato más cortejado del pueblo, debía tener muy buen aspecto. Las vecinas iban a la casa sólo para verlo y él era la causa de rivalidades entre los clientes, que aspiraban a convertirse en su preferido y a los que enfervorizaban sus contados favores.
Todos se maravillaban ante ese animal displicente, con el pelaje listado de pardo y negro, que no consentía que nadie lo acariciara, salvo sus elegidos.
Su ama, además, le había regalado un collar con plaquitas de cobre, a las que sacaba brillo regularmente.
El gato romano bostezó. Estaba echado en un butacón donde pasaba la mayor parte del día.
Arrastrando las babuchas por el suelo, apareció la fondista que, inopinadamente, se quedó observándolo.
Estuvieron así, frente a frente, sosteniéndose la mirada, convertidos en imágenes fijadas para la eternidad, un buen rato.
La vieja suspiró y siguió su camino. El gato no movió un pelo del bigote.
Pero cuando ella se alejó en dirección a la cocina o adondequiera que fuese, sintió un batir de alas. El tiempo, como si hubiese sufrido una detención y quisiera recuperar el retraso, reemprendía su rauda carrera.

 
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Amaranto

 

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Con frecuencia había que ir de pie en el autobús. La gente protestaba. El trayecto duraba media hora y a nadie le agradaba tener que hacerlo en el pasillo, agarrado o apoyado en el espaldar de los asientos.
Curándonos en salud, nos apelotonábamos a las puertas del vehículo para ser los primeros en subir.
Los lunes por la mañana era muy difícil encontrar sitio, pues el autobús venía casi lleno del pueblo vecino.
Arreciaban las voces airadas. A veces ponían una tartana renqueante cuyas ventanillas cerraban mal o se abrían solas. El aire helado del amanecer se colaba, además, por cien resquicios diferentes.
No quedaba más remedio que levantar los cuellos de las prendas de abrigo, encogerse y meter las manos en los bolsillos.
Debido al frío y al traqueteo, llegábamos a Sevilla atontados y entumecidos.
Prefería, sin embargo, exponerme a pillar un resfriado antes que utilizar el otro autobús cuyas ventanillas cerraban perfectamente. El aire que se respiraba allí dentro estaba viciado por la falta de oxígeno y el humo de los cigarrillos, provocándome un malestar cercano a la náusea.
Después estaba la cuestión del hacinamiento. Apenas teníamos espacio para cambiar de posición. El autobús me recordaba uno de esos camiones cargados de animales que a duras penas mantenían el equilibrio, con la cabeza gacha o mirando perplejos por entre los barrotes.
Pero era su silencio lo que más llamaba mi atención. Estaban tan ocupados en sostenerse sobre sus pezuñas que se habían olvidado de balar, mugir o hacer lo que quiera que hiciesen.
Me deprimía la visión de esas reses amontonadas que sin rebeldía ni lamentos acataban las exigencias de su destino.

 

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Trompetas

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La vida se sostiene
grácilmente en sus patas.
La vida es una pieza
de fina porcelana.
Por el aire encantado
va volando una garza;
sus plumas se reflejan
en las tranquilas aguas.
Un túmulo de lirios
de punzante nostalgia,
ayudado del viento,
expande su fragancia.
La luz del mediodía,
retumbante campana,
reverbera en la umbría,
en sotos, en cañadas.
La vida es eso y más.
Es calima, es escarcha,
un fugaz centelleo,
un haz de resonancias.

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Tenía las orejas caídas y el pelo corto. Como era demasiado corpulento, andaba bamboleándose. Cuando le daba por trotar, resultaba cómico. Se le tomaba fácilmente cariño y casi nadie resistía la tentación de pasarle la mano por el lomo y darle unas palmadas que el perro recibía con agrado.
No le importaba que se metiesen con él a cuenta de su gordura y de su torpeza. Todo lo aceptaba como si fuera un cumplido.
Al vidente no le gustaban las libertades que se tomaban con su perro, al cual llamaba cachazudo y consentidor.
Las reprensiones no hacían mella en el espíritu del animal. Por ser como era, disfrutaba de una buena alimentación.
Sabía granjearse la simpatía de los demás que, casi siempre, le ofrecían algo que llevarse a la boca.
Él no poseía dotes adivinatorias pero, después de tantos años sirviendo al vidente, se había vuelto más intuitivo.
Su mirada, que muchos tenían por bobalicona, era compasiva.
Su amo, cuando alguien iba a consultarlo, utilizaba un estilo cortante y no hacía concesiones.
Esta actitud, en lugar de ahuyentar a los clientes, los atraía. Mientras más riguroso se mostraba, más crecía su fama.
Hombres y mujeres, aparentemente, estaban deseosos de saber lo que les tenía reservado la diosa Fortuna.
Incluso los rufianes, que por un quítame allá esas pajas blandían el acero, esbozaban una sonrisa infantil y acataban esperanzados o desilusionados la respuesta oracular.
Pero al perro no lo engañaban. Había comprobado que antes o después, dependiendo del grado de reticencia, todos acababan poniendo su alma en manos del vidente.
Esperaban que éste se asomase a esa profundidad, que escrutase ese reino interior, y les contase sus descubrimientos. Esperaban la gran revelación del enigma que cada uno es.

 

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Otoñada

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El narrador va en coche en dirección a Sintra porque no puede pasar la noche en Lisboa, pero sabe que, cuando llegue, tampoco podrá pasarla allí y sentirá deseos de regresar a la capital. Ni el lugar de procedencia ni el lugar de destino son satisfactorios.
La evanescente felicidad acaso esté en los ojos de ese niño que, desde la ventana de arriba de una casucha al borde de la carretera, ve pasar el viejo Chevrolet y sueña que quien va dentro es afortunado. Y eso mismo es lo que el conductor piensa de los habitantes de la modesta vivienda, de ese niño o de esa muchacha que se afana en la cocina.
Pero tal estado no existe. Todo es pura ilusión. Un juego de espejos que reflejan las imágenes engañosas de nuestros deseos.
Una de las consecuencias de ese desasosiego son esas huidas, esos desplazamientos sin objeto que sólo sirven para corroborar la imposibilidad de permanecer en ningún sitio sin sentir de inmediato el hastío.

(…)
conduzco a solas, conduzco casi despacio, y un poco me parece,
o me esfuerzo porque un poco me parezca,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,
(…)

Voy a pasar la noche en Sintra por no poder pasarla en Lisboa,
mas cuando llegue a Sintra me apenará no haberme quedado en Lisboa.
Siempre esta inquietud sin propósito, sin nexo, sin consecuencia,
siempre, siempre, siempre
(…)

A la izquierda, ya atrás, la casucha modesta, menos que modesta.
Allí la vida debe de ser feliz, sólo porque no es la mía.
Si alguien me vio por la ventana, soñará: ése sí que es feliz.
Para el niño que atisbaba detrás de los cristales de la ventana de arriba
tal vez yo haya quedado como un sueño, como un hada real.
Para la muchacha que al oír el motor miró por la ventana de la cocina,
desde el piso de abajo,
tal vez yo fuese algo así como el príncipe que hay en todo corazón de muchacha,
y de reojo pegada al cristal me siguiese hasta la curva en que me perdí.

(…)

En la carretera de Sintra al filo de la medianoche,
en la carretera de Sintra, qué cansancio de la propia imaginación,
por la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra,
por la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí…

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