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Estiaje

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Ya veo tu figura a través de las hojas
del bosque innumerable, tu larga barba blanca
perfumada de brezo, de plantas aromáticas,
tu larga barba blanca con la que el viento juega.

Ya noto tu presencia, tal un ángel guardián.
Te advierto en la impalpable textura de mis sueños,
en la humedad del aire que sube del arroyo
al filo del ocaso.

Al final de ese túnel que al morir recorremos,
quiero ver tu sonrisa y sentir tu mirada
tal como las vislumbro
en este ahora incierto del cansancio infinito.

Generoso patriarca, amigo, compañero
acuérdate de mí en el día postrero.

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El descenso

Cuando era niño, vivía en las copas de los árboles contemplando las nubes y dialogando con los pájaros.
A veces el viento soplaba huracanado, pero por lo general corría una brisa suave.
Desde allí arriba todo me parecía hermoso. Ni siquiera las carreteras ni los postes del tendido eléctrico estropeaban significativamente el paisaje.
Sin saber cómo fui descendiendo. De las cimas de los árboles pasé a las horquetas de las gruesas ramas, donde se estaba cómodo y se disfrutaba también de un amplio panorama.
Desde luego, no era lo mismo. Hablaba menos con los pájaros que revoloteaban más arriba o pasaban en bulliciosas bandadas.
Ojalá todo hubiese acabado ahí.
Yo lo achaco a la fuerza de la gravedad, pero seguí tronco abajo como una hormiga que regresa a su refugio subterráneo.
Así llegué a las mismas raíces del árbol, donde ahora resido.
Es verdad que echo de menos sus cimbreantes ramas. Pero éste es mi lugar. No el que he elegido sino el que me corresponde.
Antes tenía por compañeros a los pájaros y a las nubes. Ahora tengo a las hormigas. Antes estaba donde quería. Ahora estoy donde debo. Antes me sostenía el árbol. Ahora soy yo quien lo ayudo a tenerse en pie.

 

 

 

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Tras una noche de sueño ligero, entreverado de pesadillas de amargo regusto, emergía a la conciencia como un minero atrapado en un derrumbe es izado a la boca del pozo.
Me resistía a abrir los ojos. A lo mejor no había amanecido todavía.
Con el embozo hasta la barbilla, procedía a desarrugar los párpados apretados y crear una mínima hendidura.
Si, por tenue que fuese, mi retina percibía la claridad matinal, cerraba los ojos y me daba media vuelta en la cama.
Por rápida que fuese esa operación, tenía tiempo suficiente de comprobar la llegada de un nuevo día con su séquito de sombras proyectadas por los muebles.
En mi mente, esas figuras alargadas o rechonchas se multiplicaban y entremezclaban, inmovilizándome entre las sábanas
Daba igual que surgiesen de las rendijas del balcón o de las circunvalaciones de mi cerebro. Estaban allí, invitándome a formar parte de esa fantasmagoría.
En la pared de enfrente había un recuadro iluminado, de forma romboidal, muy picudo por su ángulo inferior derecho, que imantaba la mirada y que, dada la orientación de la cama, estaba abocado a contemplar.
En el centro de ese rombo se dibujaba la silueta de un ahorcado que se balanceaba.
De todos las imágenes que surcaban mis duermevelas, ninguna más pavorosa que esta tarjeta en la que habían estampado su firma esos seres planos y sin rostro.
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Ofelia flota en el agua del río.
La corriente la arrastra mansamente,
rodeada de flores, hacia poniente,
liberada de todo desvarío.

En las postrimerías del estío,
cuando crecen las sombras, y el relente,
bocanada de la noche inminente,
infiltra un prematuro escalofrío,

quiso adornar un sauce de la orilla
con los vivos colores del verano.
Sobre el agua volcó su canastilla,

tras la que alargó presurosa mano.
El río se estremece, tiembla, brilla.
El sauce, dolorido, gime en vano.

 

 

 

 

 

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