
El psicólogo era un señor de cabeza oval y cara de empollón. Después de indicarme, con un movimiento de la mano, que me sentara en el sillón situado al otro lado de la mesa, justo en frente del suyo, me agasajó con lo que identifiqué con una sonrisa. A decir verdad, un leve estiramiento de labios.
Los primeros momentos de la entrevista los invertimos en estudiarnos mutuamente. Me chocó su aire de suficiencia. Sus gestos eran demasiado mesurados para ser naturales.
Según Jorge, era una eminencia en su oficio.
Tras anotar en un folio mis datos personales, me hizo dos o tres preguntas que nada tenían que ver con el objeto de mi visita, encaminadas, supongo, a crear un clima de confianza.
Con regularidad apoyaba el dedo índice de su mano izquierda en el puente de las gafas, que le resbalaban por la nariz, para colocarlas en su sitio. No tenía acento andaluz. Esto fue lo primero que dije por iniciativa propia.
Sonrió o estiró los labios y explicó que había nacido y estudiado en Madrid, pero llevaba viviendo en Sevilla mucho tiempo. De hecho, me aclaró, se consideraba más sevillano que madrileño.
Luego carraspeó y me comunicó que podía fumar si lo deseaba. Saqué mi paquete de cigarrillos y encendí uno. Él se cruzó de brazos.
Me había llegado el turno. No sabía por dónde empezar. Viendo mi apuro, al tiempo que encogía la nariz para evitar el deslizamiento de las gafas, aunque al final tuvo que recurrir al socorrido dedo índice, vino en mi ayuda: “Y bueno, ¿cuál es tu problema? ¿qué te pasa? Te escucho”.
Le dije que me negaba en redondo a proseguir mis estudios. “¿Y eso por qué?”. Me puse a hablar. De vez en cuando él hacía una anotación en el folio.
Así transcurrió la primera sesión. Amablemente, se puso en pie y me acompañó hasta la puerta de su despacho. Pude comprobar entonces lo bajo que era.
En el taxi, de vuelta a casa, me distraje contemplando los campos arados, que formaban un gigantesco damero ondulado.
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Tras el largo verano de herbazales secos
y estridentes chicharras, las aguas otoñales,
tal vez por allí cerca formen un arroyuelo.
Veo un suave repecho que una encina corona,
festoneada de barbas de un verde ceniciento;
más allá unas rocas tan viejas, tan gastadas
como este mundo nuestro.
Oigo el viento silbando en las noches de invierno,
y el rumor de la lluvia y el retumbar del trueno.
Si no es mucha molestia, un lugar así quiero
para el definitivo reposo de mis huesos.

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Con Borges nunca se está seguro de haber comprendido sus relatos. Siempre queda la duda de haber permanecido en la superficie, de ser un lector lo suficientemente inculto para no ir más allá de la mera anécdota.
Sus textos, de una extraordinaria riqueza y con innumerables ramificaciones, producen con frecuencia una sensación de estupor. Incluso de cierta saturación, a pesar de su relativa brevedad.
Erudito y lúcido, como se pone de manifiesto en sus “boutades”. Admirado por la intelectualidad francesa, lo cual da una idea de la dimensión genuinamente literaria de su obra, y quizá de su vida, Borges, como sólo ocurre con los grandes autores, proyecta su sombra bajo la que se cobijan y se cobijarán escritores, o aspirantes a serlo, actuales y futuros.
Este relato nos presenta a un hombre, Ireneo Funes, con una portentosa y abrumadora capacidad de recordar. ¿Cómo sería el mundo si tuviésemos ese don y no dudásemos de lo que ocurrió, de lo que se dijo y de todas las circunstancias concomitantes (tiempo atmosférico, situación exacta de cualquier objeto, ruidos exteriores, etc.)?
Los cronistas no serían necesarios. Los jueces, probablemente, tampoco.
“Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín (…). Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigesimocuarto capítulo del libro séptimo de la “Naturalis historia”. (…)
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad.
(…)
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción de Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: “Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo”.
Jorge Luis Borges, Funes el memorioso
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Estaba ansioso e ignoraba la causa. Salí a dar un paseo. Un largo paseo por las calles del pueblo.
Dentro de poco anochecería.
Cogí el método de solfeo, me lo puse bajo el brazo y eché a andar.
Andar me tranquiliza. Por lo general, es un recurso que da buenos resultados.
El cielo, por la parte de poniente, se había coloreado de rojo. Luego había una franja azul que se iba oscureciendo.
Me percaté de que estaba parado en mitad de la calle como un pasmarote, y de que varios ociosos recostados contra la pared de un bar todavía cerrado me observaban.
Enrollé el método Eslava, lo introduje en el bolsillo de mi chaquetón y proseguí mi camino.
Mi ansiedad, en contra de lo previsto, iba en aumento. Este pequeño incidente me alteró aún más.
¿Qué me ocurría? ¿Estaba verdaderamente enfermo?
Deseché al punto esa posibilidad.
Pasó la hora de la clase de solfeo y yo seguía recorriendo las calles del pueblo. Iba tan deprisa como si debiese gestionar un asunto que no admitía demora.
Otra vez volvió a asaltarme el pensamiento de que algo no funcionaba y otra vez volví a rechazarlo.
Me dije que estaba buscando algo, pero no sabía qué.
Por fin me detuve. Mi respiración se regularizó. Ante mí se extendía una calle en cuesta. Una farola iluminaba la hilera de casas de la derecha y la tapia de la izquierda. No había aceras.
Esa calle empinada tenía vida. En su mitad, una verde cascada salpicada de amarillo le confería ese don.
El silencio y el frío de la noche obraron los efectos de un sedante.
Debía regresar a casa.
Por encima de la tapia, la mimosa asomaba sus ramas verdes con borlas amarillas
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Dadas las circunstancias, pensaron en la conveniencia de que fuera a ver un psicólogo.
Jorge, como siempre, se las arregló para facilitar las cosas. También se encargó de escoger al especialista y de concertar la cita.
Tanta solicitud me hacía sentir incómodo. Por supuesto, iría a la consulta del psicólogo. No quería echar leña al fuego.
Lo que rechacé fue que alguien me acompañara. Les había asegurado que iría a ver a ese señor, que le contaría lo que hiciera falta, que no tenían por qué preocuparse.
Eran los primeros tiempos. Posteriormente su actitud evolucionaría hacia la indiferencia mezclada con la resignación. Incluso hacia una cierta tolerancia.
En el último momento mi madre se empeñó en venir conmigo. Pero eso no era lo que habíamos hablado.
Habíamos acordado que yo iría solo. No necesitaba ningún lazarillo que me guiase.
Jorge y mis padres dijeron que eso no era lo que ellos habían entendido.
Trataron de explicarse. Hilvanaron algunas frases que no llegué a oír porque me dio un ataque de risa.
Mi padre se tomó mi risa como un insulto. Es posible que mi reacción no viniese a cuento. Pero aquella farsa me resultaba tan cómica que no pude contenerme.
Mi madre estaba consternada. A sus ojos esa explosión de hilaridad era injustificada e irrespetuosa.
Al final propusieron una solución de compromiso: llamar a un taxi para que me llevase y me trajese de Sevilla.
Durante el viaje tuve que contenerme para no soltar nuevas carcajadas, de las que mi familia habría tenido puntual información a través de taxista.
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