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Frutos de lentisco

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tras el largo verano de herbazales secos
y estridentes chicharras, las aguas otoñales,
tal vez por allí cerca formen un arroyuelo.

Veo un suave repecho que una encina corona,
festoneada de barbas de un verde ceniciento;
más allá unas rocas tan viejas, tan gastadas
como este mundo nuestro.

Oigo el viento silbando en las noches de invierno,
y el rumor de la lluvia y el retumbar del trueno.
Si no es mucha molestia, un lugar así quiero
para el definitivo reposo de mis huesos.

 

 

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La hermana tórtola

 

 

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Con Borges nunca se está seguro de haber comprendido sus relatos. Siempre queda la duda de haber permanecido en la superficie, de ser un lector lo suficientemente inculto para no ir más allá de la mera anécdota.
Sus textos, de una extraordinaria riqueza y con innumerables ramificaciones, producen con frecuencia una sensación de estupor. Incluso de cierta saturación, a pesar de su relativa brevedad.
Erudito y lúcido, como se pone de manifiesto en sus “boutades”. Admirado por la intelectualidad francesa, lo cual da una idea de la dimensión genuinamente literaria de su obra, y quizá de su vida, Borges, como sólo ocurre con los grandes autores, proyecta su sombra bajo la que se cobijan y se cobijarán escritores, o aspirantes a serlo, actuales y futuros.
Este relato nos presenta a un hombre, Ireneo Funes, con una portentosa y abrumadora capacidad de recordar. ¿Cómo sería el mundo si tuviésemos ese don y no dudásemos de lo que ocurrió, de lo que se dijo y de todas las circunstancias concomitantes (tiempo atmosférico, situación exacta de cualquier objeto, ruidos exteriores, etc.)?
Los cronistas no serían necesarios. Los jueces, probablemente, tampoco.

“Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín (…). Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigesimocuarto capítulo del libro séptimo de la “Naturalis historia”. (…)
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad.
(…)
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción de Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: “Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo”.

Jorge Luis Borges, Funes el memorioso

El hermano asno

 

 

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Estaba ansioso e ignoraba la causa. Salí a dar un paseo. Un largo paseo por las calles del pueblo.
Dentro de poco anochecería.
Cogí el método de solfeo, me lo puse bajo el brazo y eché a andar.
Andar me tranquiliza. Por lo general, es un recurso que da buenos resultados.
El cielo, por la parte de poniente, se había coloreado de rojo. Luego había una franja azul que se iba oscureciendo.
Me percaté de que estaba parado en mitad de la calle como un pasmarote, y de que varios ociosos recostados contra la pared de un bar todavía cerrado me observaban.
Enrollé el método Eslava, lo introduje en el bolsillo de mi chaquetón y proseguí mi camino.
Mi ansiedad, en contra de lo previsto, iba en aumento. Este pequeño incidente me alteró aún más.
¿Qué me ocurría? ¿Estaba verdaderamente enfermo?
Deseché al punto esa posibilidad.
Pasó la hora de la clase de solfeo y yo seguía recorriendo las calles del pueblo. Iba tan deprisa como si debiese gestionar un asunto que no admitía demora.
Otra vez volvió a asaltarme el pensamiento de que algo no funcionaba y otra vez volví a rechazarlo.
Me dije que estaba buscando algo, pero no sabía qué.
Por fin me detuve. Mi respiración se regularizó. Ante mí se extendía una calle en cuesta. Una farola iluminaba la hilera de casas de la derecha y la tapia de la izquierda. No había aceras.
Esa calle empinada tenía vida. En su mitad, una verde cascada salpicada de amarillo le confería ese don.
El silencio y el frío de la noche obraron los efectos de un sedante.
Debía regresar a casa.
Por encima de la tapia, la mimosa asomaba sus ramas verdes con borlas amarillas

Hierbabuena (I)