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Dando pesados aletazos, el murciélago avanzaba en dirección a nosotros.
En Maweli los llaman zorros voladores. Aunque no son tan grandes como estos animales, hay que reconocer que les falta poco.
A medida que se acercaba, su cara se fue perfilando hasta el punto de que pude apreciar a simple vista todos sus rasgos.
Tenía dos grandes orejas rematadas en punta y un hocico que, en efecto, recordaba el de un zorro o un perro. Y unos colmillos de un blanco luminoso. Y ojos enrojecidos, como los de un insomne.
Su vuelo era incierto, pero no había duda de que nosotros éramos su objetivo.
Mascullé que estos animales eran inofensivos. Que no se sabía de ningún caso en que hubiesen atacado a una persona.
El murciélago se puso a revolotear por encima de nuestras cabezas. Yo observaba con aprensión creciente sus idas y venidas.
¿Y si detrás de éste venían más? Desde luego, no pensaba quedarme para comprobarlo.
No me atrevía a desviar la mirada del orejudo, cuyas pasadas eran cada vez más bajas, por temor a que, en un descuido, nos atacase.
Cuando esa careta flotante, en la que sólo distinguía dos ojos sanguinolentos y dos colmillos de inmaculada blancura, alcanzó el punto más lejano antes de dar la vuelta, decidí que era el momento de escabullirse.
Al ir a coger a Raúl por el brazo, creyendo que estaba a mi lado, descubrí que el niño estaba en medio de la plataforma.
Grité azorado que teníamos que regresar al coche sin tardanza.
El niño me miró impasible. Luego, cogió su pistola de juguete que tenía metida en la correa del pantalón. Sosteniéndola con ambas manos, apuntó al murciélago, esperó a que se acercara lo suficiente y disparó.

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El cielo pasó del rojo fuego al cárdeno y al gris, mezclando vetas y tonos, como un grandioso calidoscopio que girase lentamente.
Las copas de los árboles se apelmazaron en una compacta masa verdinegra.
Con las últimas luces del día, las bocas de las cuevas se pusieron a arrojar murciélagos en una regurgitación que parecía no tener fin.
Salían de estampía al exterior, como reses a las que hubiesen mantenido apretujadas en un corral y les hubiesen abierto la puerta.
Su vuelo irregular y alocado hacía que uno se preguntase cómo no chocaban unos con otros a pesar de entrecruzarse continuamente.
Considerando que se contaban por miles, un encontronazo se tendría que haber producido tarde o temprano. Pero esa eventualidad, contra todo pronóstico, no se materializó.
Tras desentumecer las alas, regresaron a la pared rocosa, donde se posaron.
En poco tiempo, el acantilado, convertido en gigantesca alcándara, quedó ocupado en su totalidad por los murciélagos.
Los ruidos de la selva se habían apagado. Sólo se escuchaba de tarde en tarde un chillido lejano que moría rápidamente.
Por un momento, la sensación de estar viviendo una pesadilla fue tan intensa que me faltó el aire.
Mucha gente encuentra a estos animales repulsivos e incluso siniestros. Vuelan pero carecen de la gracia de los pájaros. Sus costumbres, como la de pasarse el día colgado cabeza abajo, poco tienen que ver con las del resto de los mamíferos. En fin, son unos híbridos raros que inspiran escasa simpatía.

                          
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De repente, los orejudos abandonaron la cresta rocosa en silenciosas bandadas.
Sería falso afirmar que evolucionaban como un cuerpo de baile o que ejecutaban elegantes piruetas. Pero sus tumultuosos desplazamientos e inusitados giros sugerían los movimientos de una rudimentaria coreografía.
A veces, sin motivo que la justificase, se producía una espantada y los murciélagos salían disparados en todas las direcciones. Luego, se reagrupaban en multitudinarias formaciones en las que se apreciaba un cierto orden.
Sabía que se alimentaban de insectos y frutas, pero no vi un solo murciélago que se adentrara en la selva.
A pesar de sobrevolar constantemente los manglares, no se tenía tampoco la impresión de que estuvieran cazando mosquitos.
Fue entonces cuando uno de los quirópteros se destacó de la turbamulta y enfiló hacia el mirador.

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No disponíamos de mucho tiempo para llegar al observatorio.
El disco solar estaba a la altura de esos árboles altísimos que, como gigantes en medio de una tribu de pigmeos, sobresalían de la masa forestal circundante.
Por su lado derecho, la pista descendía en un suave talud que acababa en un terreno pantanoso.
Dejé el coche en la explanada que habían habilitado como aparcamiento, y nos dirigimos al mirador, una especie de fortín del Lejano Oeste.
Esta pintoresca construcción en armonía con el paisaje era provisional. Las autoridades habían recurrido a la madera porque era abundante y barata, pero tenían pensado sustituirla por sillares de piedra caliza, un material inexistente en la isla que había que importar.
Con los prismáticos colgados del cuello, subimos los dos cómodos tramos de escalera y llegamos a una espaciosa plataforma, en cuyo antepecho nos acodamos.
El sol se ocultaba tras la selva, desde donde los monos lanzaban agudos chillidos.
Aprovechando que todavía disfrutábamos de suficiente luz, propuse a mi hijo localizar en las horquetas de las ramas y en las grietas de los troncos las delicadas orquídeas de Maweli.
Se trata de una variedad que combina el anaranjado y el violeta. El resultado es de una insólita belleza. Con todo derecho figura en el escudo de este país.

                                  
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Pero lo que interesaba a Raúl era el famoso acantilado.
Tras la zona pantanosa, en el mismo lindero de una selva impenetrable, se erguía una cresta rocosa, que había generado multitud de hipótesis científicas a cual más descabellada.
Se podría pensar que la exuberancia vegetal acabaría engullendo esa mole de piedra. Nada más lejos de la realidad. Ni los bejucos ni los manglares cubrían un solo palmo de ese afloramiento.
Sólo los monos lo recorrían saltando de un saliente a otro, con total indiferencia por esa rareza geológica en la que se despiojaban tranquilamente.
A esa hora de la tarde quedaban pocos monos en el acantilado. Los que todavía andorreaban por allí saldrían corriendo de un momento a otro. Esta huída, acompañada del correspondiente griterío, formaba parte del espectáculo.

                                  
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La claridad diurna adoptó un tinte rosáceo que presagiaba la caída de la noche.
Durante un rato mi hijo y yo escudriñamos en silencio esa cresta rocosa, perforada de innumerables cuevas, que cobijaba a una nutrida colonia de murciélagos. La mayor del planeta, según la secretaría de Turismo de Maweli.
Este dato está pendiente de las últimas comprobaciones, pero, en cualquier caso, tan populosa y turbulenta como para tener el honor de convertirse en una atracción turística. A esto hay que añadir que los murciélagos tienen el tamaño de un conejo.
Di una pasada con los prismáticos por los manglares y distinguí enjambres de insectos entregados a una frenética actividad. Las compactas nubes, cuando se posaban en un arbusto o en un tronco descolorido, los recubrían por completo.
Raúl exclamó:
− ¡Cuántos mosquitos!
Como creí percibir en su voz una nota de alarma, dije para tranquilizarlo:
−No son mosquitos.
−Entonces ¿qué son?
No tenía ni idea. Seguramente eran mosquitos, ¿qué otra cosa podían ser?

1
Se lo tenía prometido a mi hijo Raúl desde nuestra llegada a la isla de Maweli, pero, por una razón o por otra, había ido postergando este asunto. Hacía tres meses que nos habíamos instalado y aún no había encontrado el momento de cumplir mi palabra. En definitiva, yo también estaba interesado. No en vano se trata de uno de los atractivos de la isla.
Aunque ese fenómeno natural apenas es conocido fuera de las fronteras de este exiguo país, sus responsables turísticos tienen depositada en él toda su confianza.
Es un acontecimiento curioso y, probablemente, único en su género. No obstante, tengo mis dudas respecto al resultado de la campaña publicitaria en ciernes.
No niego que acuda gente. Pero la respuesta no va a ser masiva como cree Probone, el secretario de Turismo, a quien la boca se le llena de cifras con muchos dígitos. Escuchándolo, se diría que estamos a punto de sufrir una invasión.
En una de las reuniones propuse una diversificación de la oferta turística. Argumenté que los murciélagos producen repeluzno a numerosas personas. Si éste era el único reclamo para su desplazamiento a un lugar tan a trasmano como Maweli, muchas desistirían. Lo cual era una pena, pues la isla cuenta con atractivos indiscutibles.

2
Iba pensando en todo esto y me había olvidado de mi hijo, que tenía un juguete en la mano y miraba el paisaje, capaz por sí solo de sacar a la isla del anonimato.
Raúl es un niño afable. Cuando le di un golpecito en el hombro, volvió la cabeza con la sonrisa en los labios. Después se enfrascó de nuevo en la contemplación del bosque tropical iluminado por el sol de la tarde.
El todoterreno avanzaba despacio por la pista de tierra batida. A causa de las lluvias torrenciales, había numerosos baches y protuberancias, sin contar algún que otro socavón encharcado.
− ¿Te gusta?
El niño asintió.
Recordé la primera vez que divisé la isla desde el barco. Estaba en cubierta, echado en una tumbona, leyendo o, al menos, con un libro en las manos.
Durante la travesía habíamos tenido marejada. En ese momento, después de tantos vaivenes, me encontraba increíblemente sereno.
Cerré el libro y me incorporé. A continuación, me puse en pie y me froté los ojos porque no les daba crédito.
Pero no era un espejismo ni una alucinación. Me acerqué a la borda y permanecí absorto hasta que mi mujer me tocó en el brazo.
La isla de Maweli se me apareció como un estallido de vegetación en mitad de océano.
Tras el tumultuoso oleaje, el mar se había alisado, adquiriendo una límpida tonalidad turquesa.
En esa bandeja inmensa que la quilla del barco hendía sin esfuerzo, se alzaba un penacho sombrío de árboles que parecían hundir sus raíces en las profundidades del abismo.

Nota.- En esta entrada puedes leer el cuento completo.

3
No disponíamos de mucho tiempo para llegar al observatorio.
El disco solar estaba a la altura de esos árboles altísimos que, como gigantes en medio de una tribu de pigmeos, sobresalían de la masa forestal circundante.
Por su lado derecho, la pista descendía en un suave talud que acababa en un terreno pantanoso.
Dejé el coche en la explanada que habían habilitado como aparcamiento, y nos dirigimos al mirador, una especie de fortín del Lejano Oeste.
Esta pintoresca construcción en armonía con el paisaje era provisional. Las autoridades habían recurrido a la madera porque era abundante y barata, pero tenían pensado sustituirla por sillares de piedra caliza, un material inexistente en la isla que había que importar.
Con los prismáticos colgados del cuello, subimos los dos cómodos tramos de escalera y llegamos a una espaciosa plataforma, en cuyo antepecho nos acodamos.
El sol se ocultaba tras la selva, desde donde los monos lanzaban agudos chillidos.
Aprovechando que todavía disfrutábamos de suficiente luz, propuse a mi hijo localizar en las horquetas de las ramas y en las grietas de los troncos las delicadas orquídeas de Maweli.
Se trata de una variedad que combina el anaranjado y el violeta. El resultado es de una insólita belleza. Con todo derecho figura en el escudo de este país.

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Pero lo que interesaba a Raúl era el famoso acantilado.
Tras la zona pantanosa, en el mismo lindero de una selva impenetrable, se erguía una cresta rocosa, que había generado multitud de hipótesis científicas a cual más descabellada.
Se podría pensar que la exuberancia vegetal acabaría engullendo esa mole de piedra. Nada más lejos de la realidad. Ni los bejucos ni los manglares cubrían un solo palmo de ese afloramiento.
Sólo los monos lo recorrían saltando de un saliente a otro, con total indiferencia por esa rareza geológica en la que se despiojaban tranquilamente.
A esa hora de la tarde quedaban pocos monos en el acantilado. Los que todavía andorreaban por allí saldrían corriendo de un momento a otro. Esta huída, acompañada del correspondiente griterío, formaba parte del espectáculo.

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La claridad diurna adoptó un tinte rosáceo que presagiaba la caída de la noche.
Durante un rato mi hijo y yo escudriñamos en silencio esa cresta rocosa, perforada de innumerables cuevas, que cobijaba a una nutrida colonia de murciélagos. La mayor del planeta, según la secretaría de Turismo de Maweli.
Este dato está pendiente de las últimas comprobaciones, pero, en cualquier caso, tan populosa y turbulenta como para tener el honor de convertirse en una atracción turística. A esto hay que añadir que los murciélagos tienen el tamaño de un conejo.
Di una pasada con los prismáticos por los manglares y distinguí enjambres de insectos entregados a una frenética actividad. Las compactas nubes, cuando se posaban en un arbusto o en un tronco descolorido, los recubrían por completo.
Raúl exclamó:
− ¡Cuántos mosquitos!
Como creí percibir en su voz una nota de alarma, dije para tranquilizarlo:
−No son mosquitos.
−Entonces ¿qué son?
No tenía ni idea. Seguramente eran mosquitos, ¿qué otra cosa podían ser?

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El cielo pasó del rojo fuego al cárdeno y al gris, mezclando vetas y tonos, como un grandioso calidoscopio que girase lentamente.
Las copas de los árboles se apelmazaron en una compacta masa verdinegra.
Con las últimas luces del día, las bocas de las cuevas se pusieron a arrojar murciélagos en una regurgitación que parecía no tener fin.
Salían de estampía al exterior, como reses a las que hubiesen mantenido apretujadas en un corral y les hubiesen abierto la puerta.
Su vuelo irregular y alocado hacía que uno se preguntase cómo no chocaban unos con otros a pesar de entrecruzarse continuamente.
Considerando que se contaban por miles, un encontronazo se tendría que haber producido tarde o temprano. Pero esa eventualidad, contra todo pronóstico, no se materializó.
Tras desentumecer las alas, regresaron a la pared rocosa, donde se posaron.
En poco tiempo, el acantilado, convertido en gigantesca alcándara, quedó ocupado en su totalidad por los murciélagos.
Los ruidos de la selva se habían apagado. Sólo se escuchaba de tarde en tarde un chillido lejano que moría rápidamente.
Por un momento, la sensación de estar viviendo una pesadilla fue tan intensa que me faltó el aire.
Mucha gente encuentra a estos animales repulsivos e incluso siniestros. Vuelan pero carecen de la gracia de los pájaros. Sus costumbres, como la de pasarse el día colgado cabeza abajo, poco tienen que ver con las del resto de los mamíferos. En fin, son unos híbridos raros que inspiran escasa simpatía.

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De repente, los orejudos abandonaron la cresta rocosa en silenciosas bandadas.
Sería falso afirmar que evolucionaban como un cuerpo de baile o que ejecutaban elegantes piruetas. Pero sus tumultuosos desplazamientos e inusitados giros sugerían los movimientos de una rudimentaria coreografía.
A veces, sin motivo que la justificase, se producía una espantada y los murciélagos salían disparados en todas las direcciones. Luego, se reagrupaban en multitudinarias formaciones en las que se apreciaba un cierto orden.
Sabía que se alimentaban de insectos y frutas, pero no vi un solo murciélago que se adentrara en la selva.
A pesar de sobrevolar constantemente los manglares, no se tenía tampoco la impresión de que estuvieran cazando mosquitos.
Fue entonces cuando uno de los quirópteros se destacó de la turbamulta y enfiló hacia el mirador.

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Dando pesados aletazos, el murciélago avanzaba en dirección a nosotros.
En Maweli los llaman zorros voladores. Aunque no son tan grandes como estos animales, hay que reconocer que les falta poco.
A medida que se acercaba, su cara se fue perfilando hasta el punto de que pude apreciar a simple vista todos sus rasgos.
Tenía dos grandes orejas rematadas en punta y un hocico que, en efecto, recordaba el de un zorro o un perro. Y unos colmillos de un blanco luminoso. Y ojos enrojecidos, como los de un insomne.
Su vuelo era incierto, pero no había duda de que nosotros éramos su objetivo.
Mascullé que estos animales eran inofensivos. Que no se sabía de ningún caso en que hubiesen atacado a una persona.
El murciélago se puso a revolotear por encima de nuestras cabezas. Yo observaba con aprensión creciente sus idas y venidas.
¿Y si detrás de éste venían más? Desde luego, no pensaba quedarme para comprobarlo.
No me atrevía a desviar la mirada del orejudo, cuyas pasadas eran cada vez más bajas, por temor a que, en un descuido, nos atacase.
Cuando esa careta flotante, en la que sólo distinguía dos ojos sanguinolentos y dos colmillos de inmaculada blancura, alcanzó el punto más lejano antes de dar la vuelta, decidí que era el momento de escabullirse.
Al ir a coger a Raúl por el brazo, creyendo que estaba a mi lado, descubrí que el niño estaba en medio de la plataforma.
Grité azorado que teníamos que regresar al coche sin tardanza.
El niño me miró impasible. Luego, cogió su pistola de juguete que tenía metida en la correa del pantalón. Sosteniéndola con ambas manos, apuntó al murciélago, esperó a que se acercara lo suficiente y disparó.

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Estos sitios son puertas a través de las cuales
se llega al otro lado. Lugares encantados
que no corroe el tiempo, ubicados al margen
de todo devenir. Lugares terapéuticos
que curan las heridas y consuelan benévolos
de las arremetidas y de los sinsabores
que depara la vida. Estos sitios son puentes
que cruzan el abismo, y sano y salvo alcanzas
la otra orilla lejana.

Es labor personal encontrar estos sitios
y cartografiarlos con fervor, con esmero,
pues tienen más valor que el ansiado dinero.

 

 

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Berta, una oruga de las Perladas, se enamora de Asmodeo, un lagarto demagogo y pinturero.
Ese amor imposible, que se convertirá en la comidilla de la Colonia Memento, sólo le traerá disgustos y, por último, la abocará al ostracismo.
Pero en la Colonia no faltan las preocupaciones, hasta el punto de que las orugas se verán obligadas a elegir un rey para hacer frente, entre otros, al problema de las desaparecidas.
La historia se divide en cuatro libros: La Colonia Memento, El cenotafio de las desaparecidas, La coronación del Rey y La última procesión.

La novela empieza así:

Las orugas, como correspondía a su estado natural, estaban de buen humor. No es que fueran unas santas, ni se entendieran entre ellas a las mil maravillas. De hecho, había celos y rivalidades. No faltaban tampoco los chismorreos ni las zancadillas. Con todo y con eso, las orugas gozaban de un excelente estado de ánimo, que tendía a mejorar notablemente incluso con los acontecimientos más nimios.
Pero éste no era el caso, porque el hecho de que la Luna hubiese entrado en cuarto creciente no podía calificarse de tal, a pesar de tratarse de un fenómeno cíclico y, por tanto, conocido y esperado.
Cabía calificarlo, más bien, como un acontecimiento contradictorio. Por un lado, las orugas se alegraban; por otro, como no salían nunca de noche, podría afirmarse que el disfrute de esa novedad era meramente intelectual. Para ponerse más contentas les bastaba con saber que la Luna se estaba llenando.
Esto tiene su explicación. Las orugas son amantes de la luz, que es, para su subsistencia, tan necesaria como un puñado de hojas frescas. De la luz solar, se entiende.
Pero la claridad lunar, aunque les produce regocijo por la sencilla razón de que es mil veces preferible a la oscuridad, les resulta inquietante. Hay muchas orugas a las que esa pálida luminosidad les parece inauténtica y la comparan con un sudario que recubre, mermándola y trastocándola, la belleza de los campos.

Esta novela se publicó en Libros En Red en 2009
http://www.librosenred.com/libros/lacoloniamemento.html


 

Con sus coronas blancas
Bajo el cielo azul claro
Y escudos amarillos
Invadiendo los campos

 

 

 

 

 

 

 

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A pesar de los ruegos, el rey tomó el salterio y alabó al Señor, al que llamaba mi roca y mi baluarte y mi refugio. Como estaba viejo y enfermo, sus parientes, alargando la mano, insistían en que les entregase el instrumento. Pero él, haciendo caso omiso, pulsaba las cuerdas y cantaba. Ni siquiera cuando las fuerzas empezaron a fallarle y la voz se le quebraba como una fina capa de hielo, dejó de glorificar a la roca que todo lo sostiene. Al amanecer cerró los ojos, pero sus dedos seguían acariciando el salterio.

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Dos rosas rojas en una maceta tapizada de lajas de granito para impedir que la perra venga a escarbar dentro y arruine la planta.

La ciudad


La ciudad la llevamos
bien dentro de nosotros
dondequiera que vamos.

La ciudad, ¿lo comprendes?,
aunque nos rebelemos,
nos acompaña siempre.

No hallarás otras tierras,
otro mar no hallarás.
La ciudad está en ti
dondequiera que vas.

He aquí algunos fragmentos del poema de Konstantino Kavafis, del que el mío es un reflejo:

Dices: Iré a otra tierra, a otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado
y muere mi corazón
(…)
No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles (…)
La ciudad es siempre la misma. Otra no busques: no la hay,
(…)