Dejo el enlace de la entrevista que Roberto Álvarez Galloso ha tenido la gentileza de hacerme y publicar en su blog.
Le doy las gracias y animo a los lectores a visitar su Noticiero donde encontrarán información variada y buena música.
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Las palabras resuenan en los oídos,
los colores desfilan ante los ojos
como prados moteados de flores,
como la lección aprendida de memoria
y recitada sin tomar aliento.
El mundo se ha descompuesto.
Gracias a la ciencia ya no sabemos nada.
Al parecer estamos tocando fondo.
Hemos crecido tanto
y nos hemos vuelto tan sabios
que los charcos en que chapoteábamos
pertenecen a un pasado remoto.
Las estrellas nos hablan
de la inmortalidad y de la armonía.
Vanas palabras inventadas
para enloquecer a los hombres.
A los hombres que creen en las sirenas,
como otros en la exactitud de las matemáticas.
Hay voces que anuncian
catástrofes o descubrimientos,
que nos han convertido
en seres soberbios
o apesadumbrados.
Cuando probamos la raíz amarga de la vida
y queremos huir hacia los confines de la Tierra,
nuestro olfato proclama que vivimos,
nuestro oído corea la misma cantinela,
nuestros ojos gritan hasta desgañitarse
y nuestras manos recorren morosas las formas de este mundo.

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106.-La ciencia, al igual que la religión, requiere una buena dosis de fe. Las explicaciones científicas, todas ellas apabullantes, se suceden a lo largo de la historia, quedando orilladas o cayendo en el olvido algunas veces, y otras quedando rebasadas o mejoradas. Ni que decir tiene que la última edición es la inapelable. Ante la que sólo cabe hincarse de rodillas y decir amén, so pena de ser expuesto a la vergüenza pública con sambenito y capirote, o ser quemado en la hoguera de la excomunión si el hereje es contumaz.
El caso es que las teorías científicas, de cuya luz no podemos prescindir, no agotan el misterio, que juega a esconderse. Lo que ahora se descubre abre una puerta inquietante a lo desconocido. Lo que se pregonó como lo último es sólo otro peldaño de una escalera cuyo principio y fin están sujetos a especulaciones, afirmaciones y negaciones. Pero los creyentes de la ciencia no pierden la fe, ni es bueno que nadie la pierda, pues ya sabemos lo que ocurre cuando la razón se pone a roncar.
El caso es que el misterio escapa, retrocede, se muestra parcialmente, se vela, sigue envolviéndonos, pero no por ello hay que desanimarse. Quizá habría que flexibilizarse, no ser tan mamporrero cuando alguien se manifiesta agnóstico o escéptico con la ortodoxia, o no logra tomársela en serio al cien por cien, dejando abierta una rendija por la que pueda escabullirse la imaginación.
En materia doctrinaria la gran diferencia entre ciencia y religión es que a esta la fe del carbonero le basta. Con argumentos o sin ellos, en última instancia se cree. Pero con la ciencia esta fe simple, esta pura fe, es inviable. Ese acto tiene que venir arropado por demostraciones, experimentos, estadísticas, teoremas, publicaciones en revistas especializadas, etc. Es comprensible que, después de un trabajo tan arduo, se exija una fe sin fisuras.
Sólo después de haber establecido el dogma, que en su época de mayor esplendor es aplastante, se exige la fe.
Todo eso no constituye, sin embargo, un sistema inamovible, aunque en su momento de gloria su peso sea abrumador, sino una condensación de los conocimientos en un determinado periodo. Pero la ciencia no queda agotada en ese éxito, por más que los medios de comunicación voceen lo contrario.
En los tiempos que corren la religión se pone muchos menos moños. Demasiados pescozones le han dado y le siguen dando para no haber aprendido humildad y respeto.
En definitiva cada uno con su fe sigue adelante. Con lo que al menos una cosa queda clara: su necesidad.

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Circularon historias peregrinas, noticias confusas, hipótesis descabelladas. La familia adoptó cara de circunstancias.
Esto ocurrió a mediados de otoño. Los días se acortaban y había llovido.
Por la mañana, cuando iba a mi trabajo, no encontraba a la vieja esforzándose en cerrar la puerta, ni me cruzaba con ella por la calle.
No fui yo el único en notar su ausencia. En el bar donde desayunaba oí los primeros comentarios. O la vieja había cambiado de rutina o había enfermado o…
Sus parientes estaban tan desinformados como los vecinos. Uno de los sobrinos había aporreado la puerta pero nadie respondió.
La curiosidad de la gente aumentaba. Al tercer día no se hablaba de otra cosa. Los familiares tomaron cartas en el asunto. Modesto era quien más se movía.
El deslenguado Modesto, a quien tanto divertían los percances de la maniática vieja, se desvivía ahora por localizarla, temiéndose lo peor.
Al cuarto día de infructuosas averiguaciones, hubo reunión de sobrinos y primos para tomar una decisión.
Como la idea que les rondaba por la cabeza era que la vieja había muerto, todos estuvieron de acuerdo en solicitar el permiso de las autoridades para llamar a un cerrajero.
Una vez que les fue concedido, en medio de la expectación popular, se dirigieron a la casa.
-o-
En la casa no estaba la vieja ni muerta ni viva. Los postigos de las ventanas estaban cerrados. Las puertas de las habitaciones también. Las camas estaban hechas. En la cocina los utensilios estaban limpios y en su sitio.
Buscaron, hurgaron, revolvieron. Y acabaron teniendo un nuevo cónclave en la cocina, que era una habitación amplia y luminosa.
La vieja había desaparecido y nadie sabía su paradero.
Las mujeres mostraron cierta impaciencia. Una de ellas dijo que la vieja estaba como un cencerro. Y añadió que esta era la prueba definitiva de su deteriorado estado mental.
Resolvieron denunciar la desaparición a la Guardia Civil y esperar. Otra cosa no podían hacer.
También hablaron del problema de la puerta forzada. Lo más barato era poner un candado. Como nadie se opuso, esta cuestión quedó zanjada.
En esa fecha dejé el pueblo y volví a la ciudad. No había hablado nunca con la vieja pero simpatizaba con ella.
Me apenó marcharme sin saber el final de esta historia. Me prometí que me informaría, pero el tiempo pasó y hasta el verano, cuando regresé de nuevo al pueblo, no me enteré del desenlace.
Había varias versiones del triste suceso, algunas contradictorias. En definitiva se reducían a una sola: un cambio de itinerario.
Según se cree, al atardecer la vieja salió de la casa con su inevitable bolsa de plástico. Cruzó el pueblo sin levantar sospechas y enfiló una carretera secundaria. Anduvo mucho tiempo. Verdaderamente tenía una resistencia formidable.
La imagino con su paso nervioso, la cabeza gacha, intrépida. Pronto la noche se le echó encima, pero ella siguió caminando como si tal cosa.
Fue atropellada por un vehículo que huyó. Es probable que el conductor no la viera hasta encontrarse muy cerca, e incluso que tratara de esquivarla. Según la autopsia el impacto fue parcial.
A consecuencia del golpe la vieja fue arrojada a la cuneta.
El bulto negro fue descubierto al día siguiente por alguien que realizó una llamada anónima a la Guardia Civil del pueblo vecino, cerca del cual se hallaba el cadáver. La vieja había recorrido diez kilómetros.
Como la difunta no llevaba documentación, no fue posible identificarla, siendo trasladada a la morgue. Allí permaneció hasta que el detalle de la bolsa de plástico con restos de tela y naranjas fue aireado por la prensa.
Para mi sorpresa, comprobé que la gente justificaba al conductor del coche y a la persona que se limitó a notificar el descubrimiento. No querían líos. Esa actitud resultaba comprensible. La culpa de lo ocurrido era de la vieja. Ella se lo había buscado. Como decía Modesto, esta había sido su última locura.

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I
Acababa de trasladarme al pueblo por razones laborales. En cuanto llegué, la vi. Era una vieja algo encorvada, vestida de negro, con toquilla y una bolsa de plástico en la mano. Andaba de prisa, con la cabeza gacha.
Y no dejé de verla a diario. Me topaba con ella, arrebujada en su toquilla y con la bolsa de plástico en la mano, a las horas y en los lugares más inverosímiles.
Sin que se lo pidiera, alguien me explicó que esa pobre mujer vivía sola. Tenía sobrinos que le habían ofrecido su casa, pero ella prefería la suya aun siendo antigua y destartalada.
Me alojaba en una pensión cercana al domicilio de la vieja. Por la mañana temprano, cuando iba al trabajo, la descubría luchando con la enorme puerta que se resistía a cerrarse.
Más de una vez pensé que no lo lograría, y se me pasó por la cabeza la idea de ayudarla.
Aminoraba la marcha, me paraba y quedaba a la expectativa. Ella agarraba la aldaba y empujaba con una rodilla, acabando siempre por conseguir su objetivo. Luego guardaba la respetable llave, recogía la bolsa de plástico que había dejado en el umbral, y echaba a andar.
Los vecinos se burlaban de ella. Sus constantes idas y venidas eran una fuente inagotable de anécdotas.
Como esos individuos famosos por su cerrilidad o por su ingenio, por su santurronería o por su amaneramiento, la vieja formaba parte también de la mitología popular.
Entre los que chismorreaban más, se contaban algunos parientes, en especial un primo llamado Modesto que se complacía en referir con todo lujo de detalles “las locuras de la vieja”.
Su historia favorita era la del funesto equívoco. Iba ella una noche por una calle mal iluminada y la confundieron con una loca de verdad, una loca peligrosa que se había escapado del manicomio y había vuelto al pueblo.
Alguien indicó a los loqueros que había visto a la fugada por aquella calle. Dada la oscuridad reinante, atraparon a la vieja que se debatió ferozmente. Tras doblegarla, la condujeron a la ambulancia.
Camino de Sevilla, se percataron de su error y la devolvieron al pueblo, dejándola a la puerta de su casa y pidiéndole mil perdones. La vieja no se dignó responderles.
Todos sabían que era inofensiva. Delgada, de rostro alargado y ojos hundidos, ¿qué mal podía hacer una mujer gastada por los años?
En la bolsa de plástico llevaba naranjas, retazos de tela y a veces una fiambrera vacía. Con ella iba en verano y en invierno, por la mañana y por la noche, andando de prisa, sin mirar a ningún lado, sin detenerse a hablar con nadie, atenta a su improrrogable gestión.

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