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Archive for febrero 2019

Almendros (XI)

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285.-“Hace tiempo que ese amigo tuyo no publica nada” “¿Cuál? Entre mis conocidos hay más de un autor” “El que tiene tantos libros como premios” “En efecto, desde hace al menos tres años no ha sacado nada. Los escritores tenéis rachas de esterilidad” “Nos volvemos infértiles como las tierras sobreexplotadas. A lo mejor es eso lo que le ha pasado a este”.

Prosigo: “Ese silencio me extraña porque ganaba bastante dinero con los galardones literarios, todos dotados económicamente. Los honoríficos no le interesaban”. Emma replica: “Yo tengo una explicación que puede ser interpretada como una maldad, por eso no sé…” “Por favor. A nadie le voy a ir con el cuento”.

“Tres años es el tiempo que lleva jubilado” “Eso significa que ahora tiene menos obligaciones y más disponibilidad para consagrarse a la creación” “Eso significa que ya no recoge redacciones a los alumnos”. Esa insinuación me deja pensativo. “¿Tú crees?” “No te hagas el ingenuo. Acabo de decirte que me codeo con varios representantes del gremio al que también tú perteneces” “¿Nos consideras gente “non sancta”?” “No me tires de la lengua”.

Luego me pregunta a bocajarro: “¿Acaso no es eso lo que tú haces conmigo?” “¿Qué hago yo contigo?” “Utilizar mis confidencias y mis desahogos como material. Si soy la musa de tu blog” “Exageras”.

Matizo: “Aun en el caso de que sea como dices, no hay comparación entre el supuesto comportamiento de tu amigo y el mío” “¿Cuál es la diferencia?” “Tú eres consciente de que a veces incluyo un dato o hago referencia a nuestras conversaciones. Y que conste, aunque esta precisión sea innecesaria, que no transcribo literalmente sino que recreo literariamente esos datos y referencias” “Y episodios y anécdotas y reflexiones…” “Para el carro”.

“Concedido. Soy consciente de que, cuando hablo, me expongo al pillaje” Ante mi cara de espanto se apresura a añadir: “Y no me importa” “¿Ya no recuerdas tu enfado cuando glosé una de las historias de tu hermano y tu cuñada?” “Aquello fue una reacción puntual. Y no glosaste, repetiste con pelos y señales lo que te conté”.

“Cuando se está en época de sequía, se busca agua desesperadamente” “Mi amigo no la ha encontrado todavía. El protagonista de “El ciudadano ilustre” volvió a su pueblo perdido para beber” “Sí, ese escritor guapetón al que no le faltaba un solo tic progre, fue adonde tenía que ir para recuperar la inspiración. A pesar de sus penosos discursitos, empezando por el que dio cuando recibió el Nobel, y de su rueda de prensa, en la que estrena “look”, con ocasión del recién parido libro que lo catapulta de nuevo a la fama, la película se me pasó volando. Ciertamente es muy verdadera”.

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XXIII

Habían colocado el cadáver dentro del ataúd y el ataúd en mitad de la habitación. Tu abuelo, con las manos unidas sobre el pecho y un pañuelo alrededor de la cara sujetándole la mandíbula, parecía dormir apaciblemente.

Los sufrimientos de los últimos días lo habían demacrado, su pelo negro y brillante del que tan orgulloso estaba, se había puesto blanco.

La tensión de sus rasgos se había esfumado, las canas le daban un aire de beatitud, la lividez de la piel resaltaba lo evidente.

Vosotras estabais sentadas a su vera: tu abuela, tu tía, tu madre, tu hermana y tú. Tu tío andaba por allí lloriqueando porque la muerte de su padre le había afectado sobremanera.

Chocaba ver al engreído y autoritario de tu tío sonándose los mocos a menudo, con los ojos hinchados y rojizos, hablando con un hilo de voz.

A él le gustaba alardear de falta de sentimientos para reforzar su imagen de hombre duro y de vuelta de todo. Una actitud diferente la consideraba una merma de su masculinidad.

Afligidas, esperabais el momento en que os desharíais en lágrimas, en que os levantaríais temblorosas, traspasadas de dolor.

XXIV

A la muerte de tu abuelo siguió un luto riguroso. La puerta y las ventanas de tu casa se cerraron al mundo y quedasteis enclaustradas.

Se impuso un nuevo ritmo de vida donde no eran posibles las escapadas, a las que tanta afición les tenías. De esa época data el alejamiento de tus amistades.

Ignoro si te adaptaste bien o mal. En cualquier caso nunca manifestaste desacuerdo ni disgusto. Si al principio tuviste que luchar contigo misma, es algo que yace en el olvido.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que no destacabas por tu ingenio ni por otras cualidades que hiciesen de ti una compañía apreciada. Ocurría más bien lo contrario.

Siempre fuiste un poco pava. Pertenecías a la clase de niñas que se enganchan del brazo de otra y pasan todo el rato riendo sin motivo y diciendo bobadas. Por esa actitud fuiste blanco de bromas y te bautizaron con diversos motes en los que se combinaban la penetración psicológica, el humor y la crueldad, siendo “la Tonta” el que gozó de más aceptación.

De tu paso por la escuela y de tu adolescencia sobrenadan algunas anécdotas que rememoras en las contadas ocasiones en que te encuentras con una compañera de entonces.

“¿Te acuerdas de…?” Y habláis de la maestra baja y gruesa, entrada en años, que os tiraba la regla cuando se encolerizaba. “La pobre se ponía histérica” “Pero es que no nos callábamos” “Gritaba como una loca” “Decía que no éramos niñas sino cafres” “Al pasar despedía cierto tufillo” “Y nos obligaba a ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar” “Cuando llegaban los primeros calores, se ponía colorada y no paraba de abanicarse” “¿Qué ha sido de ella?” “Nos castigaba de cara a la pared” “Por la tarde echaba una siestecita” “Cuando llegaba el mes de María, nos mandaba traer flores para adornar el altar que montaba en la clase”.

Tu tío afirmaba que no te gustaba la escuela, que no servías para los estudios, que eras corta de entendederas. A lo mejor lo decía solamente por meterse contigo, por satisfacer esa manía suya de hacer chistes a costa de los demás.

Tú no eras una lumbrera, pero tampoco un tarugo. Eras normal.

Aun siendo sosa, no dejabas de captar la poesía de los días lluviosos en los que, sorteando charcos, llegabas jadeante y feliz al colegio. Ni dejabas de saborear el placer de la libertad cuando salías por la tarde después de dos horas de no hacer nada, pero en las que había que guardar la compostura so pena de que la regla voladora se estrellase en tu cabeza.

Tumultuosas estampidas y gritos de júbilo coronaban la jornada escolar. Una vez fuera del recinto, arrojabais las carteras en la acera y os poníais a jugar al tejo, a los cromos, a lo que fuese, olvidadas del mundo, disfrutando plenamente de ese periodo de tiempo comprendido entre la salida y la vuelta a casa.

La libertad se podía tocar con las manos. No era un concepto abstracto. Era un hecho real. Libertad era vivir esos minutos absorbidas en dar al tejo el impulso justo.

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X
Cuando menos se espera, ocurren los milagros.
Se escuchan caracolas en mitad de los campos.
Uno encuentra un tesoro en un cofre enterrado.

Se ven volar arcángeles
que tal vez sean nubes,
que tal vez sean pájaros.

Llueven pétalos blancos
que se tiñen de rojo
con el sol del ocaso.

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XXII

Un día, siendo niño, advertí en tu casa cierto revuelo. ¿Qué habría pasado?

Fui a preguntar a mi tía abuela. Me pidió que no hiciera ruido. El vecino había fallecido. Por eso había gente en la calle. El entierro era por la tarde.

La escuchaba boquiabierto. Era mi primer contacto con esa realidad cuyo significado nunca me había planteado. Sabía que el prójimo se moría, pero eso ocurría siempre fuera de mi ámbito y no me afectaba.

Esta era la primera vez que afrontaba la desaparición de alguien cercano. Al principio no me hacía a la idea de que el hombre de pantalones de pana y gorra negra con el que a menudo me cruzaba por la calle, al que observaba mientras se alejaba camino de la huerta con el burro de reata y el cigarrillo en la comisura de los labios, hubiese dejado de existir.

Salí de la cocina y subí al soberado. Desde la ventana de la buhardilla te vi atravesar el patio. Llevabas un pañuelito en la mano con el que te restregabas los ojos y la boca. Tus ademanes eran mesurados.

Descubrí en ti, pese a tu juventud, a una persona madura. Tus lágrimas, tu pelo recogido en un moño, tu andar decidido y silencioso eran los datos con los que elaborar una nueva imagen de ti.

Ya no eras una muchacha delgaducha y falta de gracia. Tu habitual palidez realzaba a ese ser desdichado en que te habías convertido de la noche a la mañana.

Como he podido corroborar en otras ocasiones, el mundo se disolvía a tu alrededor, sólo tú tenías consistencia. De ti emanaba una afirmación tan rotunda que pensar en otra cosa que no fuera tu tragedia familiar me habría parecido un sacrilegio.

Bajé del soberado para informarme de la enfermedad de tu abuelo y de la actitud que había que adoptar en esas circunstancias.

El funeral era a las seis. Las dos horas más largas de mi vida fueron las que transcurrieron antes de que agitaran la campanilla anunciando el fin de la jornada escolar. Salí disparado.

Delante de tu puerta varios grupos de hombres conversaban en voz baja. De vez en cuando una mujer aparecía en el umbral, miraba a un lado y a otro, suspiraba y se iba.

A pesar de la gente congregada en la calle y de la que había invadido las habitaciones de tu casa, reinaba un extraño silencio que los murmullos y los tañidos de la campana no lograban contrarrestar. Ni siquiera la presencia de un niño que se deslizó por entre las figuras inmóviles humanizó esa escena irreal.

A medida que se acercaba el momento en que vendrían el cura y los monaguillos, el número de acompañantes aumentaba.

Ese cuadro sobrecogedor no impedía que fueras tú quien ocupases mis pensamientos.

Antes de almorzar había notado el cambio que este golpe había operado en ti. Había resignación en tu mirada. Una suerte de sabiduría impregnaba tus gestos.

Nunca te había visto tan inaccesible. Nos separaban experiencias tan profundas que me sentía empequeñecido.

¿Qué edad tenías? Dieciséis años si no me equivoco. Eras una jovencita tirando a desgarbada, a medio hacer, que se entregaba a vagas ensoñaciones. Aunque tu infancia había sido tristona, hasta entonces no habías tenido que encarar el hecho irreversible de nuestra finitud.

Ciertamente ese desenlace no te cogía de sorpresa, no ya porque a tu alrededor se hubiesen producido otras muertes, ni porque la enfermedad de tu abuelo hiciera temer lo peor, sino porque una parte de ti vivía a la espera de la desgracia.

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Mimosa (IX)

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284.-“Hace poco” me cuenta Emma mientras trasegamos una cerveza “Paquita y yo… ¿sabes de quién te hablo?” “De tu amiga Paquita, que mide un metro cincuenta y ha hecho voto de silencio” “No hace falta que te pongas sarcástico. Nos encontramos en el supermercado a una pareja encantadora que no para de viajar…” “Y que logra callar a tu amiga Paquita”.

Emma puntualiza: “Y que tiene siempre muchas cosas que contar. Los lugares que ha visitado, la gente a la que ha conocido, los platos exóticos que ha comido, y los buenos hoteles en los que se ha alojado. A lo que hay que sumar la cantidad de anécdotas que ha protagonizado.

“En esta ocasión no nos informó de su último desplazamiento, lo cual me produjo alivio, la verdad, porque tras la exhaustiva exposición de sus aventuras acabó siempre tarumba. Aprovechó la circunstancia para referirnos un incidente con las hermanas Mendoza, la mayor Teresa y la menor Juana.

“Ni a Paquita ni a mí nos sorprendió el percance. Ambas sabemos por dónde respiran las Mendoza. Cada uno de los miembros del matrimonio, de forma harto imprudente, atrapó a una de las hermanas para referirle el mismo o diferente viaje.

“Las hermanas Mendoza son la noche y el día. Lo único que tienen en común es que están solteras y guardan escrupulosamente las apariencias. Ahora bien, mientras que Juana lo pasa en grande escuchando cualquier historieta, Teresa se impacienta de inmediato y empieza a tirar de su hermana que tiene la exasperante costumbre de animar al narrador. Este, complacido por el interés, suministra detalles a destajo para desesperación de Teresa que está deseando largarse.

“Teresa reconoce que, como alguien la coja por banda, como se vea obligada a prestar atención contra su voluntad, como alguien la mire a los ojos y no le deje escapatoria, cae redonda. Esa abducción le roba la energía vital y se desmadeja. Esto es un hecho del que yo misma he sido testigo.

“Una debilidad cada vez mayor se apodera de ella y acaba desplomándose. Esto fue lo que ocurrió con la pareja encantadora que, quiera que no, se siente responsable.

“Teresa tiene ese fallo. No soporta más de cinco minutos a una persona dicharachera. La locuacidad y la exaltación la aturden. Su hermana lo sabe perfectamente, pero parece importarle un rábano. Teresa le ha explicado innumerables veces que esas situaciones son un cepo, que carece de fuerzas para enfrentarlas. A Juana las fuerzas le sobran y hace oídos sordos al ruego de Teresa de abreviar ese suplicio”.

“Es lógico” replico “que por sus venas corra cada vez menos sangre cuando es vampirizada. Eso le pasa a todo el mundo” “Ya, pero a ella no hace falta que la muerdan. Le basta con ver los colmillos.

“Sigo contándote. Tanto el marido como la mujer advirtieron los codazos que Teresa daba a su hermana que no quería darse por enterada, y que, cuando decaía el ritmo del relato, lo propulsaba haciendo más preguntas.

“Finalmente él y ella tuvieron que interrumpir sus respectivas crónicas y ayudar a Teresa que hubiese dado un batacazo si no la cogen a tiempo” “¿Y por qué no corta alegando cualquier excusa?” “Ese es su problema. Aunque sea en defensa propia, es incapaz de desgarrar la red social que la ha apresado”.

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