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Archive for the ‘Anotaciones’ Category

10.-“La vida nos desborda, pero el creyente acepta que tiene sentido. La fe consiste en reconocer que, a pesar de nuestra incapacidad para captarlo plenamente, ese sentido existe. Más aún, es la razón primera y última del Universo”.
Mi interlocutor, un respetuoso ateo, sonríe. Se abstiene de hacer comentarios.
Su sonrisa equivale a decir: “Me gustaría creer, pero me resulta absurdo, imposible. Por eso lo rechazo”.
Añado: “Creer no es una cuestión de impotencia cognitiva sino de aceptación o rebelión”.

 

 

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9.-Ante Emma, una amiga experimentada, expuse mi creencia de que las personas más capacitadas ocupaban los cargos públicos de responsabilidad.
Me miró con una media sonrisa, tratando de averiguar si yo hablaba en serio o en broma. “No seas majadero” dijo al fin.
“¿De veras piensas que la política es una ocupación que se ejerce cuando se alcanza un determinado grado de madurez?”.
Y prosiguió diciendo: “El político, como cualquier ser humano, es el producto de su historia personal. Ignorar este postulado equivale a descartar la única explicación posible a numerosas decisiones de los profesionales del Estado. Concebir la política como un mundo en el que sólo priman la economía y otros factores sociales, es una visión ingenua de la misma”.
“Pero reconocerás” argumenté “que hay que escoger a los políticos en razón de su sabiduría, prudencia y honradez. Que sólo los que antepongan el bien público son dignos de confianza. Que debe prevalecer el mérito y el talento. Que los puestos oficiales deben recaer exclusivamente en los hombres y mujeres que reúnan esas condiciones”
“Para el carro” replicó mi amiga, “como diría Jonathan Swift, todo eso no son más que imposibles y quiméricos dislates. Estás hablando como un visionario”.

 

 

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8.- Los relatos, al igual que los poemas, hay que madurarlos. Hay que someterlos a un proceso de incubación, como si fueran huevos. De hecho, lo son. La criatura sólo verá la luz cuando esté completamente formada.

7.-La literatura como contribución a la belleza. La literatura como puerta al infinito. La literatura como camino, como “modus vivendi”, como terapia, como aventura, como ajuste de cuentas.

6.-La prisa es mala consejera. En el quehacer literario se revela desastrosa porque te hace creer lo que no es y lo que no eres.

5.-El viento o un pájaro trae la semilla que deja caer en la tierra, donde empieza a germinar. Pero la planta hay que cuidarla hasta que se hace adulta y adquiere su máximo esplendor.
Tras el impulso creador o la respuesta creativa viene el trabajo preparatorio, la primera redacción, la segunda, la tercera, las correcciones, hasta que el texto alcanza su punto óptimo de eficacia narrativa.
Todo este proceso de pulimentación y acompañamiento requiere tiempo, dedicación y paciencia.

4.- La diferencia entre los gigantes de la literatura y sus enanos radica en que uno puede nadar hasta el agotamiento y bucear hasta el ahogo en los libros de los primeros, siempre rodeado de agua por todas partes, mientras que en los de los segundones lo único que se puede hacer es chapotear un poco.

 

 

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3.-No se trata de lo que uno quiere, de esa amalgama de elucubraciones, deseos, ensoñaciones y buenos propósitos que afloran mientras damos un paseo o tomamos una copa, sino de lo que tiene que ser.
Ciertamente se parte de algo, de una idea, de una intuición, de un impulso que emerge, de una apertura a la creatividad, de un aldabonazo interior al que no se sabe si acudir y abrir la puerta para ver quién llama y qué quiere, o si olvidarse de ese requerimiento intempestivo del que uno sospecha que sólo va a traer trabajo y sinsabores.
Ciertamente hay algo que pugna por encontrar su camino, por ser expresado o rescatado y por eso golpea la puerta o tiende la mano.
Si uno accede a abrirla o a estrecharla, si uno acoge esa idea, ese sentimiento, ese impulso, que son ellos mismos, no lo que tú quieres que sean o lo que tu fantasía te dicte, que no son el encaje de bolillo que tu funcionamiento imaginativo se apresura a hacer con esos hilos, si uno acepta que esa idea, sentimiento o impulso son un embrión con la capacidad de desarrollarse por sí solos, es un craso error pretender adueñarse de ellos como si fueran monedas que uno encuentra en la calle, y se guarda en el bolsillo para gastarlas en lo que le apetezca.
Es un craso error pretender dirigirlos como niños o animales perdidos porque no son ni una cosa ni otra. O pretender encauzarlos porque, en el caso de que fueran ríos, ¿quién mejor que ellos conocen su propio curso?
Somos nosotros quienes debemos recorrer esos caminos y no arrogarnos jactanciosamente el papel de ingenieros.
Esta actitud implica confianza y disponibilidad.
El problema del bloqueo sobreviene cuando uno se cree un consumado jinete, cuando las riendas adquieren más importancia que la montura y, de hecho, el caballo se reduce a ese par de correas de las que uno tira a derecha o a izquierda con la arrogancia de quien se considera el amo. Poco tiene que ver el proceso creativo con esa obcecación.
El corcel corre, nos lleva. Nosotros mantenemos el equilibrio y controlamos nuestro temor al extravío o al descalabro.
Pero, por más más vueltas que dé, por más que avance o retroceda haciéndonos dudar de su instinto e incitándonos a conducirlo según nuestro buen saber y entender, o sea, según nuestros esquemas, prejuicios y expectativas, es él quien sabe adónde hay que llegar.
Es posible que ese brote necesite ciertas atenciones, por ejemplo, un trabajo preparatorio (recopilación de datos, comprobaciones…). Pero esa labor, pese a tener su importancia, no deja de ser secundaria. Son los arreos del caballo y las provisiones del jinete.
Son las disposiciones que uno toma antes de emprender la cabalgada. Pero el hecho de escribir, la zambullida en la creación, es otra cosa.

 

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2.-Sobriedad y embriaguez, disciplina y desenfreno. El eterno problema de los contrarios y de cómo lograr su reconciliación. Si se admite que ésta es imposible, entonces hay que inclinarse por una de las dos opciones o fluctuar fatigosamente entre ambas. Apolo o Baco. La solución radica en operar una síntesis y trascender esa dicotomía. Pero si ese expediente no está a nuestro alcance, la contención parece preferible a la disipación.

 

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1.-La pretensión de querer ser original es una de las mayores ordinarieces en que puede incurrir el ser humano. Pero en nuestra sociedad la originalidad, o lo que quiera que por ella pase, es un valor codiciado.
En literatura se puede despachar esta cuestión de un plumazo, pues la originalidad es una imposibilidad. Todo está escrito, probablemente mejor de lo que podría hacerlo cualquier contemporáneo.
Por supuesto, siempre caben las variaciones y las reformulaciones. Siempre se puede matizar, remozar los viejos temas.
O empeñarse en levantar un edificio literario propio que no aspira a ser original sino tan sólo, y ya es mucho, a ser una construcción coherente, honesta, armoniosa, capaz de acoger al autor y a algún que otro visitante.

 

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