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Archive for the ‘Cuentos’ Category

En cuanto enfilamos la carretera, le preguntamos: “¿Qué tal la boda?” “Vosotros sabéis que esas cosas me espantan”. Ella había sido nada más y nada menos que la madrina, pero explicó: “Le correspondía serlo a mi madre, pero como ella es más rara que yo, y como soy la única hermana, tuve que pasar por el aro” “Claro, te sentiste obligada a aceptar ese cargo” “Esa carga”.
Nos contó que, sin que sirviera de precedente, se había comprado para la ocasión un vestido largo de color berenjena en el que no se hallaba. Prosiguió diciendo que asumió esa responsabilidad con una condición: los trayectos se harían en coche, o sea, de la casa a la iglesia, y de la iglesia al salón de celebraciones a pesar de que las distancias en el pueblo no son largas y se pueden recorrer cómodamente a pie, opción que escogen algunas parejas.
Esto fue lo que pactó con su cuñada, a la que atemorizaba esa exhibición pública, y que se manifestó encantada con la idea confesando que se quitaba un peso de encima.
Todo transcurrió según lo previsto. Fueron motorizados a la parroquia. La ceremonia religiosa, en la que sonó la marcha nupcial de Mendelssohn, fue muy lucida. Todo se desarrolló tan estupendamente que, al final, tras contemplar a la concurrencia desde las gradas del altar mayor, la flamante recién casada se creció.
La madrina observó con aprensión que, cada vez más segura, sacaba el pecho mientras pasaba la mano, alisándolo o acariciándolo, por su hermoso vestido de raso con encajes de Chantilly.
Cuando su marido, mirándola tiernamente, le ofreció el brazo y le dijo: “Vamos, el coche nos está esperando”. Ella, viéndose con fuerzas, replicó: “En coche no. Andando”.

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                                   II
Aparte de esas modificaciones exteriores que han convertido mi piso en un lugar ajeno, hay otras con una mayor incidencia en mi sentimiento de extrañeza y en mi incomodidad.
En las relaciones cotidianas, ignoro por qué razón, das por sentada una serie de ideas y juicios sin haberlos hablado previamente conmigo. Al parecer, partes de la base de que pienso igual que tú, de que comparto tus puntos de vistas al cien por cien, de que tengo tus mismas fobias y tus mismas filias.
Cuando se trata de uno de tus grandes temas, o más bien fijaciones, he observado que cualquier otra opinión distinta a la tuya la consideras herética, condenable, digna de desprecio. De hecho, cualquier otra opinión no tiene cabida, es imposible.
Tus grandes temas incontrovertibles reducen al interlocutor al papel de comparsa con el patético derecho de asentir o, a lo sumo, matizar dentro de los límites establecidos, con el debido respeto a la ortodoxia, sin sacar los pies del plato.
En este asunto, como en el de la redecoración del piso, tu ninguneo resulta ya cómico ya humillante. Y lo mismo da que se trate de una actitud deliberada o inconsciente.
Me preguntas por el motivo de mis enfurruñamientos, como tú los llamas, y de mis reaccionas desproporcionadas, así las calificas. A pesar de tu inteligencia y de tu sensibilidad, sólo ves lo que quieres ver. Padeces de ceguera selectiva.
Ahora que te vas, me preguntas también por qué no hago nada por impedir tu partida. Me reprochas que no siento pena.
Reconoces que llegaste y lo organizaste todo a tu gusto, marcaste las pautas por las que había que regirse, te encargaste de poner la música a cuyo son había que bailar. Por supuesto, todo lo hiciste en aras de una feliz convivencia, con la mejor de las intenciones.
El infierno está empedrado de buenos propósitos que a menudo no son más que una coartada para hacer nuestra santa voluntad, una justificación de nuestros desafueros.
Mi cometido consistía en admirarte, en llevarte la corriente no como a los locos o a los niños, que eso resulta irritante, sino como a un ser merecedor de ese trato por estar más evolucionado.
También debía apoyarte y no decir inconveniencias en presencia de tus amigas, aunque fuese con el ánimo de hacer un chiste y divertir.
No te equivocas al afirmar que necesito estar solo, sobre todo después de la experiencia de haber vivido contigo.

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                                    I
Un día llegué a casa y descubrí atónito que habías cambiado la decoración. Me miraste y dijiste: “He quitado los cuadros y he puesto otros”.
Sin consultarme, sin pedirme permiso ya que el piso es mío, te tomaste esa libertad. No se te ocurrió preguntarme si estaba de acuerdo con esa idea. No se te ocurrió contar con mi parecer. Me di de bruces con un hecho consumado.
Los cuadros que descolgaste tenían su importancia. Estaban allí porque eran de mi agrado o porque eran un regalo o un recuerdo.
Había un paisaje al que le tenía especial cariño aunque no valiese gran cosa. Corrió la misma suerte que los restantes adornos. Acabó en el trastero gracias a tu diligencia. Esa pintura era el broche de oro de una historia, la prueba visible de otra relación sentimental cuya añoranza se incrementó desde ese momento.
Cuando te pregunté por el cuadro, esbozaste una sonrisa angelical y dijiste: “¿No te gusta el que he colocado en su lugar?”.
Sin duda, mi cara reflejó mi estado interior porque te apresuraste a añadir: “Si te hace más ilusión, cuelgo de nuevo ese paisaje que había ahí. Y todos los demás si quieres”.
Esa actitud era improcedente. Pedirte tal cosa me hubiese resultado violento. Mi carácter encaja mal esas jugadas arteras.
Te escudaste en que habías querido darme una sorpresa, lo cual es innegable. Pero sencillamente no me tuviste en cuenta.
Permanecí callado. Ésa fue mi reacción. Leía en tu insistente mirada que esperabas una respuesta verbal.
“Bueno” concedí, “se agradece una renovación”.
Para contrarrestar ese atropello, decidí comprar y poner en un rincón un póster con un denso bosque asaeteado por los rayos del sol, que creaban un hermoso juego de claroscuros.
Te faltó tiempo para pegar a su lado otros carteles con motivos urbanos que, según tú, constituían un contrapunto original, cuando en realidad anulaban el mío.
Saqué la conclusión de que mi iniciativa te había fastidiado. Como, tras tu reciente actuación arbitraria, no te atreviste a pedirme que lo retirara, me hiciste saber lo que pensabas de esa forma.
Desde luego, no te equivocaste al interpretar ese gesto como una afirmación personal. Bastante discreta por cierto.

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                                 II
Estaba en mitad de una calle, mirando a través de la cancela de un panteón. Alguien me llamó por mi nombre. Tras cerciorarse de quién era yo, me preguntó: “¿No te acuerdas de mí?”. Era la persona que había vislumbrado al pasar, inclinada sobre una tumba presidida por una cruz con un sudario.
Esbozando una sonrisa se presentó: “Soy Benito”. Claro, era Benito. Hacía tanto tiempo que no nos veíamos. Yo había tratado sobre todo a sus dos hermanos. Benito era varios años más joven que yo. Es curioso cómo, cuando se es niño, uno se fija en los muchachos mayores, a los que uno cree dotados de prerrogativas de las que uno carece.
Ahora reconocía a Benito, pero él no fue nunca objeto particular de mi atención. Era sencillamente el hermano menor de mis amigos, un crío que andaba por allí.
Él estaba a la entrada de la calle, yo en su mitad. Durante los minutos que duró nuestra corta entrevista, mantuvimos la distancia. Por supuesto, no hacía falta hablar alto. La quietud reinante hacía innecesario levantar la voz.
Me explicó, sin que hiciera falta, lo que estaba haciendo en esa sepultura. El cubo y la bayeta que llevaba en la mano, y su semblante apesadumbrado lo revelaban.
Pero, aunque sólo fuera la milésima de un segundo, aunque sólo fuera una ilusión, él tenía ganas de descargarse del peso que lo agobiaba. Lo escuché dando cabezadas de asentimiento. Fue más bien parco. Yo ya sabía lo que me estaba contando. Me había enterado por una de mis hermanas.
Nos quedamos callados. Sentía que algo estaba fallando. En primer lugar las palabras, que desertan en los momentos más críticos. En mi ayuda no acudieron las frases de circunstancias.
Podía haber dicho: “Así es la vida” “Ánimo” “Hay que seguir adelante” o cualquier otra trivialidad por el estilo que, aun siéndolo, puede servir de vehículo a un sentimiento sincero. La originalidad, ya de suyo problemática, es una pretensión ridícula en semejante coyuntura. Los lugares comunes sancionados por el uso son mucho más eficaces y verdaderos.
También fallaron los gestos. No fui capaz de acercarme y abrazar a Benito. Permanecí parado allí en medio, como uno de esos ángeles de piedra que, con las manos cruzadas en el pecho, se inclinan en una ligera reverencia.
Al final reaccioné. Antes de que se fuera con sus andares cansinos, con esa imagen de hombre apagado que largo tiempo retuvo mi retina, justo en el momento en que se volvía para colocar en su sitio el cubo y la bayeta, acerté a decir incongruentemente pero de corazón: “Me alegro de verte, Benito”.
Él no replicó nada. Alzó la mano en sucinta despedida y se marchó con aire ausente. Tal vez se alegrara también, a fin de cuentas fue él quien me reconoció y quien entabló conversación.
Luego me puse en movimiento y salí a la avenida central. A mi izquierda se alzaba la cruz de granito, flanqueada por dos palmeras y sombreada por altos cipreses. Mi visita había acabado. Giré a la derecha y me encaminé a la cancela que Benito había franqueado antes que yo.

 

 

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                                  I
Había ido a hacer mi visita periódica, a recordar a amigos y parientes que ya están del otro lado, a dedicarles un pensamiento. Es algo que suelo hacer cuando llega noviembre.
Es un paseo reconfortante, tranquilo, por esas silenciosas calles en las que la mirada va de un sitio para otro, sin prisa, inmersa en un proceso de purificación que alcanza su mayor intensidad cuando se eleva de las hileras de nichos al inmaculado cielo, cuyo esplendente azul aspira las banalidades e insufla compasión y esperanza en el pecho.
En esa predisposición íntima, en esa apertura hacia lo absoluto, hacia ese más allá donde se encuentran los que me rodean, camino por la avenida principal, me interno cada vez más, deambulo entre las tumbas.
No se trata de una debilidad sentimental o de un rito mecánico. En todo caso, podría calificarse de una experiencia filosófica, de una ratificación de la precaria condición humana. Antes decía que iba a recordar amigos y parientes, pero sería más exacto afirmar que voy para recordarme algunas verdades básicas, para refrescar la voluble memoria, para depurar la mirada.
Ese día mi actitud interna se podría resumir en un verso. Con cierta frecuencia me ocurre que una línea poética encierra en sus pocas palabras mi estado anímico mejor que el más largo y elaborado de los discursos.
Ese día me repetía: “Mi caballo se ha cansado”.
En ese día, tan claro y luminoso, no podía dejar de pensar que la muerte no existe. Es cierto que los ciclos tienen un fin. Todo empieza y todo acaba. Es la ley sublunar. Pero la muerte es sólo una puerta. Eso era lo que sentía cuando contemplaba los cipreses apuntando derechos a la eternidad.
Me detenía y leía una inscripción. Algunas datan del siglo diecinueve y son tan escuetas y contundentes como un puñetazo en la boca del estómago. Una dice:

“Peregrino Sánchez Vázquez
Falleció el 3 de mayo de 1899
a la edad de 21 años.
-o-
Su padre y hermanos
le dedican este recuerdo
y ruegan a Dios por su eterno descanso”.

Peregrino murió bien joven. Iba pensando en esto y en el tiempo que hace que partió (ciento quince años), en que era seguro que los que mandaron grabar esa lápida de mármol, su padre y hermanos, estaban también haciéndole compañía.
En fin, iba distraído y apenas percibí la silueta de una persona a mi izquierda. No presté atención y proseguí mi paseo. Fue una visión fugaz a la que no concedí importancia. Podía ser una mujer o un hombre que estaba inclinado sobre una sepultura, limpiándola o recomponiendo las flores.
Seguí andando y me olvidé de esa persona que cumplía un deber familiar, o a la que la aflicción encorvaba la espalda. Probablemente ambas cosas. Pasé al segundo patio. Cuando volví al primero lo único que tenía en la cabeza era el verso de marras y dos más, el principio del poema que Fernando Villalón dedicó a los garrochistas: “Mi caballo se ha cansado / Él no les teme a los toros / Ni a los jinetes de acero”.
En mi mente caracoleaba un alazán claro. Fue entonces cuando alguien, sobresaltándome, me dirigió la palabra.

 

 

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                                 II
No recordaba dónde había dejado el coche. Pero no me importaba demasiado. Así callejearía un poco. Hacía una noche de verano bochornosa. El solano había estado soplando todo el día y ahora se había echado. El recalmón ponía los pelos de punta.
Me acordé de aquellos nórdicos que no acababan de creer, pese a estar sufriéndolo en sus carnes, que cayera la noche y siguiera haciendo el mismo calor. Ellos asociaban oscuridad y bajada de temperatura. Aquí, entre sofocos y trasudores, comprobaron que vivían en el error.
Caminé sin rumbo, más en busca de frescor que del auto.
Besoto se ha extendido en ondas concéntricas a partir de su inmensa mole parroquial que, aunque no se levanta en el centro, es sin duda el punto de referencia de la población. Las calles parten serpenteando de la imponente iglesia desprovista de gracia y elegancia en sus líneas y volúmenes, cuyo aspecto es el de un mazacote proyectado para imponerse implacablemente a los fieles.
A pesar del calor, me sentía bien. Tenía la impresión de que nada de lo que estaba ocurriendo me concernía. En ese apacible estado de ánimo llegué sin proponérmelo adonde estaba aparcado el coche.
Pensaba marcharme, pero comprendía que era una faena. Si me iba, ¿cómo regresarían los que habían venido conmigo? Esa idea me detuvo. Me guardé la llave y desanduve lo andado.
Todos debían estar en el sótano donde no tenía la intención de bajar. Recorrí las habitaciones cuya distribución y decoración correspondían a las de la vivienda de un rico hacendado.
En lugares penumbrosos había parejitas bisbiseando y haciéndose carantoñas, pero el grueso de la clientela estaba abajo.
Se oía el lejano retumbo discotequero, pero no lo suficiente para romper la ilusión de hallarse en una casa particular. En cuanto a los enamorados o a los individuos solitarios que encontraba a mi paso, podía catalogarlos como sus moradores.
Subí tres escalones y llegué a un cuarto de medianas proporciones donde había, al lado de una mesa baja, un sillón de asiento de anea en el que me acomodé.
Se estaba a gusto. El zumbido de la música no era molesto. No había nadie.
Apoyando el codo en el brazo del sillón y la mejilla en la mano, me dispuse a velar, a dejar que las horas transcurriesen plácidamente, como un río tranquilo.
No pensaba en nada concreto. El tiempo parecía haberse detenido en esa habitación encalada con reminiscencias de celda monacal. Me entregaba a vagas ensoñaciones cuando entró una mujer que rondaría los cincuenta años, metida en carnes, de aspecto cordial.
En cuanto me vio, esbozó una sonrisa y dijo: “Enseguida vuelvo”.
Me enderecé en el sillón y esperé su regreso. Apareció con una bandeja en la que había una taza de caldo humeante que depositó con cuidado en la mesa. “Le he puesto un poco de hierbabuena” comentó. Luego se fue dejándome de nuevo solo.

 

 

 

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                                   I
Sito se aplicó a soliviantar a unos y a otros hasta que consiguió su objetivo. En una discoteca de Besoto daban una fiesta bárbara.
Con los ojos chispeantes y en un patente estado de agitación, Sito no paraba de preguntar: ¿quién tiene coche? ¿cuántos somos? ¿cabemos todos? Explicaba exultante que la discoteca estaba situada en una casona antigua, lo cual le daba un toque especial, haciéndola diferente de los demás establecimientos de su género.
No puedo decir que me contagiara su alborozo, pero como todo el mundo parecía encantado, también yo me sumé a la iniciativa.
“Nos tenemos que ir ya” repetía Sito coreado por otro insensato que lo apoyaba incondicionalmente.
Era tarde. La consigna era seguir al primer vehículo, en el que iba Sito, único conocedor de la ubicación exacta del local nocturno. No podíamos perderlo de vista, sobre todo cuando entrásemos en el pueblo.
Había poco tráfico. En el cielo resplandecía una luna amarillenta en cuarto creciente.
Durante el camino se cantaba, se contaba chistes, se hablaba compulsivamente. Como iba conduciendo, me mantenía al margen de ese guirigay, salvo cuando entonaban “En el coche de papá” viéndome obligado entonces a dar un par de bocinazos.
Como en la parte antigua de Besoto, donde se encontraba la casona, era imposible aparcar, dejamos los coches en un barrio cercano, desde donde nos dirigimos a nuestra meta armando jaleo a pesar de lo avanzado de la hora.
Esta situación me ponía violento. Mis compañeros no paraban de soltar risotadas y de dar voces. Si alguien rogaba que se guardase silencio, esa prudente petición enconaba los ánimos y el resultado era más lamentable.
“Al menos, que lleguemos pronto” pensaba para mis adentros.
En la entrada había dos focos iluminando un panel rectangular pintado de negro y dorado donde se inscribía el nombre de la discoteca. Desde fuera sólo se oía un murmullo apagado. Entramos en el zaguán en el que había una cabina acristalada donde vendían los tiques. Detrás había un cortinón de terciopelo granate entre cuyos pliegues se hallaba camuflado el portero.
Desde luego aquello parecía lo que era: la planta baja de un caserón de gruesos muros y habitaciones más bien destartaladas con muebles antiguos y fotos desvaídas de color sepia.
Sito estaba radiante. Encendiendo el enésimo cigarrillo, con la satisfacción pintada en el rostro, nos preguntó: “¿A que no esperabais esto? ¿A que es superoriginal?”.
Dada la perplejidad reinante, el mentecato que le seguía el juego formuló la objeción que a todos nos bullía en la cabeza: “Pero esto no es una discoteca”. Sito, aspirando con fruición el humo del pitillo, repitió triunfante: “¿A que es una chulada?”.
La sala de baile estaba en el sótano, adonde se llegaba por una escalera de ladrillos desgastados. Agarrados al pasamano, en fila india, iniciamos el descenso al sanctasanctórum.
Conforme bajábamos, se iba desvelando a nuestros ojos el mundo colorista y alborotado de un gran cubo de vidrio insonorizado que ocupaba la mayor parte del subterráneo.
Mis compañeros se precipitaron en su interior, desperdigándose por todas partes. Yo entré también pero me quedé a un lado, cerca del disc-jockey. La pista estaba llena. Allí dentro la música era atronadora. Decidí acercarme al bar y tomar una copa, pero lo pensé mejor, di media vuelta y me fui.

 

 

 

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                                 II
Fue el sabelotodo de su marido quien le dio la clave para salir de ese atolladero, para seguir avanzando en la dirección correcta. Isaac estaba leyendo un libro sobre el origen de las religiones donde se decía que el hombre primitivo descubrió pronto el valor trascendente de los gestos. Este hecho constituía un denominador común de todas las manifestaciones religiosas.
Cuando Isaac hizo este comentario en el tono afectado que le granjeaba tantas antipatías, Laura lo miró con la esperanza reflejada en el rostro.
Su marido siguió hablando de ceremonias y rituales en los que los gestos ponían a los mortales en contacto con la divinidad. No eran movimientos gratuitos y proliferantes sino precisos y escuetos. No se expandían en todas las direcciones como una plaga sin control sino que se encaminaban a un fin.
El mundo profano se servía también de este poder santificador de los gestos como era dable observar en el acto de colocación de la primera piedra de un edificio civil o en la ceremonia de los Oscar, sin olvidar las tomas de posesión de cargos importantes, las aperturas solemnes de congresos y senados, los juegos florales y los juegos olímpicos o la peregrinación al mausoleo de Lenin.
En todas esas celebraciones, los gestos se elevaban a un nivel superior de significación, se santificaban.
Fuera civil o religioso, en cualquier ceremonial subyacía el mismo espíritu y dominaba la misma pretensión de neutralizar el sinsentido de la mímica y frenar su tendencia al desdoblamiento.
Laura reflexionó largamente sobre este asunto. Le iba en ello la cordura, la posibilidad de escapar a un destino de autómata o replicante, la vacuna contra la tentación teatrera.
Sospechaba que la erradicación total de las crisis era un sueño. Le bastaba con que la irracionalidad gesticuladora se mantuviese dentro de unos límites tolerables.
A veces, en la calle, en una tienda o en el autobús, un inesperado ademán la desestabilizaba, una pasmarotada abría las puertas del absurdo y sobrevenía la enajenación. Y en ocasiones la náusea. La terrible náusea que se instalaba en la boca del estómago.
Pero siguió esforzándose en ver las caras tras las caretas, en descubrir individuos en lugar de monigotes, en acogerse a la liturgia como un medio de preservar su integridad psíquica y sacralizar la existencia.

 

 

 

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                                 I
El percance ocurrió en un bar lleno de gente, adonde había ido con su pandilla a tomar un refresco. Estaba sentada con sus amigos, sin participar en la conversación general. Miró en torno de ella y descubrió inopinadamente, como si de un ataque a traición se tratara, que todo el mundo hacía gestos artificiales, movimientos afectados y ridículos. Cualquier rastro de espontaneidad había desaparecido. Ese espectáculo la dejó con la boca abierta.
Los labios se estiraban y redondeaban caprichosamente. Los ojos disparaban guiños a diestro y siniestro. Y las caras se descomponían en un amplio repertorio de espantosas muecas.
Cómo no se había dado cuenta antes de la autonomía de los gestos. Todos los presentes estaban parasitados por tics, cuyo poder radicaba en que eran menospreciados o ignorados. Esa inconsciencia contribuía a que los visajes proliferasen como una red cada vez más tupida que recubría y apresaba a las víctimas.
Hasta ese momento, Laura había observado que la risa no solía tener un motivo claro. Lo mismo ocurría con ese ridículo manoteo, seguido o subrayado de absurdas contorsiones, de remilgos, de aspavientos propios de quien está ahuyentando a un animal.
Laura estaba pasmada. Sus amigos la miraron extrañados y le preguntaron si se sentía bien.

-o-

Años más tarde, Isaac, su esposo, un hombre muy leído que tenía respuesta para todo, y que lo que no sabía se lo inventaba, le explicó el significado y la evolución de ese fenómeno gestual. Se trataba, según él, de una manifestación inherente al género humano, que ella había sufrido de forma singular, exacerbada.
Esas crisis gesticuleras, así las llamaba él, no eran privativas de Laura. Cualquiera estaba expuesto a sufrirlas en mayor o menor medida.
Para dotar de sentido a los ademanes había que integrarlos en una unidad superior. Él los comparaba a palabras aisladas que había que contextualizar. Y también a versos sueltos que había que integrar en un poema.
Esos mohines y garabatos que enajenaban a Laura eran las notas con las que se podía componer un adagio, una sonata, una barcarola. También un simple pasacalles, una charanga. O incluso una ópera.
Tras esta explicación, Laura dejó de visualizar gestos aislados y rebeldes, logrando encadenarlos y formar con ellos un personaje. Pero la individualidad de hombres y mujeres seguía diluyéndose y confundiéndose en una sustancia indiferenciada.
Había aprendido a identificar bufones, fantoches, galanes, títeres, graciosos y farsantes, a distinguir a los protagonistas de los comparsas, a los arlequines de los polichinelas, a establecer grados de histrionismo e impostura.
Laura había dado un gran paso en la comprensión de los gestos, pero su imagen de la sociedad seguía siendo igualmente depresiva.
Había comprendido que la vida comunitaria era una representación. Una escenificación pautada sobre esquemas cómicos, trágicos o una mezcla de ambos.
A pesar de estos avances, Laura seguía sufriendo crisis de estupefacción, a veces atenuadas y controlables, pero en otras ocasiones tan devastadoras como en sus años adolescentes.

 

 

 

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                               III
Tras el veredicto y la sentencia, se planteó el problema de quién le ponía el cascabel al oso. Automáticamente la tropa dio un paso atrás.
Por fortuna, las martas y los armiños habían previsto esta contingencia. Ellos conocían a una manada de lobos que estarían encantados no sólo de llevar el mandato de expulsión, sino de hacerlo cumplir.
Río de por medio, puesto que, por muchos pactos de convivencia que hubiese entre ellos, era más prudente mantener las distancias, desde su orilla, una delegación de mustélidos comunicó el fallo de la asamblea a los cánidos.
Los lobos entornaron sus ojos oblicuos y, mostrando sus afilados colmillos en una sonrisa que heló la sangre de los pequeños mamíferos, se despidieron asegurando a sus aliados que quedarían satisfechos.
“Ésos piensan darse una comilona” dijo un armiño. Ninguno de los presentes replicó nada.
Al día siguiente, río de por medio, volvieron a verse. Los dulces animales del bosque querían saber si sus socios habían cumplido el encargo, aunque no estuvieran interesados en saber cómo.
Los lobos no estaban de buen humor. Rebullían, se acercaban a la orilla del agua como si quisieran beber o saltar. No paraban de gruñir. ¿Qué les ocurría?
El jefe de la manada habló por fin. Empezó preguntando por qué los habían engañado. Los dulces animales, cada vez más nerviosos, no comprendían nada.
El lobo explicó que en la osera no había nadie. Esa cueva maloliente estaba vacía. “¿Qué quieres decir con que no hay nadie?” preguntó asombrada la comadreja. “Quiero decir exactamente eso” fue la cortante respuesta.
Los dulces animales se miraron unos a otros. La luz se hizo en su entendimiento. El oso se había ido. Él mismo había tomado la decisión de abandonar el bosque. Había llegado a la conclusión, a pesar de su cazurrería, de que era preferible vivir en un lugar menos fino pero más respetuoso.

 

 

 

 

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