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Archive for the ‘Cuentos’ Category

                                 II
El oso, cuya paciencia tenía un límite, harto de explicaciones y acribillado de aguijonazos, reaccionó airadamente un día.
La gota que rebosó el vaso no fue otra picadura a traición, sino el sermón que encima tuvo que soportar.
Una avispa de cintura estrechísima y ojos azules le dijo sin parpadear que las dosis de veneno inyectadas eran por su bien, para que recuperase la conciencia social. En esos términos se expresó ese insecto redicho y presumido. “Hasta aquí hemos llegado” respondió el oso, al que también le reprochaban su vozarrón.
Ni iba a dejar de roncar, porque eso era algo que no dependía de su voluntad, ni iba a dejar de andar como lo hacía, porque era un oso y no una comadreja, ni tampoco iba a dulcificar su voz con jarabe de arce o haciendo gargarismos con una mezcla de agua caliente, zumo de limón y miel como le habían aconsejado. Los elefantes barritan, los pájaros pían y los osos tienen una voz retumbante. Sólo los peces y los muertos guardan perpetuo silencio.
En un arranque de cólera, el oso cogió un palo y se dirigió al nido de avispas derribándolo a trancazos limpios.
Descargó furibundos golpes y pisoteó los trozos que cayeron a su alrededor, de forma que sus moradoras más tardas en reaccionar, las menos avispadas, se podría decir, acabaron despachurradas en sus casillas de barro.
Este atentado con víctimas provocó un escándalo en el bosque. El oso fue criticado, censurado y denostado. Las avispas, por muy chinchorreras que fuesen, no se merecían ese castigo desproporcionado.
Las martas, llevándose las manos a la mancha amarilla del cuello, los armiños, alisándose su pelaje estival de color canela, las gráciles comadrejas que no podían estarse quietas, los turones, las garduñas, las somnolientas marmotas, todos los dulces animales del bosque reunidos en cónclave coincidieron en que el oso no era digno de vivir en comunidad.
Aunque era cierto que las avispas no caían simpáticas, y los dulces animales las rehuían, sobre todo los que habían probado el sabor de su veneno, para ellas sólo hubo palabras de aliento y de apoyo en su justa reivindicación de venganza.
A ese mostrenco achocolatado había que desterrarlo. Se oyeron gritos de: “¡Fuera! ¡Fuera!”. La solidaridad con las diezmadas avispas se tradujo en una condena unánime.
Todas las soluciones que habían propuesto al oso, habían caído en saco roto. Todas habían sido desatendidas. Los aguijonazos recibidos, que serían dolorosos pero que no eran mortales, estaban justificados.
Era un animal violento, incapaz de controlar sus estados de ánimo. Un peligro público como lo demostraban su conducta antisocial, su ofuscación asesina y su perseverancia en el error. La masacre perpetrada no podía quedar impune.

 

 

 

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                                  I
Era un plantígrado enorme y pesado, con un pelaje de color chocolate negro. Llamaba la atención por su falta de gracia y, sobre todo, por lo ruidoso que era.
Él no podía evitar ninguna de las dos cosas. No podía proponerse ser elegante ni silencioso porque esas cualidades eran ajenas a su naturaleza.
Al andar trituraba con sus grandes pies todo lo que encontraba a su paso. Cuando se adentraba en la espesura, apartaba las ramas a manotazos tan recios que a veces las tronchaba. No conocía otro método para abrirse camino.
Él estaba acostumbrado a la barahúnda que organizaba, le parecía normal, la propia de un oso. Pero los dulces animales del bosque no compartían esta opinión y comparaban al oso con la marabunta.
En un árbol cercano a la entrada de su cueva había un avispero en perpetuo estado de agitación durante el día. Por la noche reinaba la quietud absoluta.
A las avispas les molestaban grandemente los ronquidos del oso. Y no sólo su desagradable respiración, que se escuchaba a mucha distancia y perturbaba el descanso de los animales, sino también sus costumbres y sus modales.
Ya habían hablado con él en varias ocasiones. Con buenas palabras habían tratado de hacerlo entrar en razón. Argumentos no les faltaban. Y el oso, aunque parecía un poco lerdo, daba la impresión de comprender.
Le insistieron en que tenía que reformarse, cambiar sus hábitos, civilizarse. Todo lo cual se podía resumir en una sola petición: no hacer ruido.
Se lo repitieron por activa y por pasiva, pero el oso, pese a sus cabezazos de asentimiento, seguía comportándose igual. Como decían entre ellas, era un incorregible de mucho cuidado.
Estos gentiles insectos rayados de amarillo decidieron utilizar otra táctica. De una u otra forma, conseguirían su objetivo.
Gracias a la providente Madre Naturaleza, las avispas están dotadas de un aguijón de cuyos efectos persuasivos nadie duda.
Cada vez que el oso salía y entraba, e incluso dentro de su mismo cubil las más atrevidas, se lanzaban sobre él y le clavaban el rejoncito en algún punto de su cuerpo. A pesar de que el veneno inoculado producía una inflamación dolorosa, ellas no lo hacían para hacerle daño. Además, su piel era tan gruesa y peluda que estaban convencidas de que el oso no siempre se enteraba del ataque. Ellas se exponían, se cansaban y sufrían más en esa guerra de desgaste.
Cuando el oso protestaba, las avispas le recordaban que sus ronquidos les impedían dormir, que todo se arreglaría tan pronto como dejase de hacer tanto ruido.

Nota.-En esta entrada puedes leer el relato completo

II
El oso, cuya paciencia tenía un límite, harto de explicaciones y acribillado de aguijonazos, reaccionó airadamente un día.
La gota que rebosó el vaso no fue otra picadura a traición, sino el sermón que encima tuvo que soportar.
Una avispa de cintura estrechísima y ojos azules le dijo sin parpadear que las dosis de veneno inyectadas eran por su bien, para que recuperase la conciencia social. En esos términos se expresó ese insecto redicho y presumido. “Hasta aquí hemos llegado” respondió el oso, al que también le reprochaban su vozarrón.
Ni iba a dejar de roncar, porque eso era algo que no dependía de su voluntad, ni iba a dejar de andar como lo hacía, porque era un oso y no una comadreja, ni tampoco iba a dulcificar su voz con jarabe de arce o haciendo gargarismos con una mezcla de agua caliente, zumo de limón y miel como le habían aconsejado. Los elefantes barritan, los pájaros pían y los osos tienen una voz retumbante. Sólo los peces y los muertos guardan perpetuo silencio.
En un arranque de cólera, el oso cogió un palo y se dirigió al nido de avispas derribándolo a trancazos limpios.
Descargó furibundos golpes y pisoteó los trozos que cayeron a su alrededor, de forma que sus moradoras más tardas en reaccionar, las menos avispadas, se podría decir, acabaron despachurradas en sus casillas de barro.
Este atentado con víctimas provocó un escándalo en el bosque. El oso fue criticado, censurado y denostado. Las avispas, por muy chinchorreras que fuesen, no se merecían ese castigo desproporcionado.
Las martas, llevándose las manos a la mancha amarilla del cuello, los armiños, alisándose su pelaje estival de color canela, las gráciles comadrejas que no podían estarse quietas, los turones, las garduñas, las somnolientas marmotas, todos los dulces animales del bosque reunidos en cónclave coincidieron en que el oso no era digno de vivir en comunidad.
Aunque era cierto que las avispas no caían simpáticas, y los dulces animales las rehuían, sobre todo los que habían probado el sabor de su veneno, para ellas sólo hubo palabras de aliento y de apoyo en su justa reivindicación de venganza.
A ese mostrenco achocolatado había que desterrarlo. Se oyeron gritos de: “¡Fuera! ¡Fuera!”. La solidaridad con las diezmadas avispas se tradujo en una condena unánime.
Todas las soluciones que habían propuesto al oso, habían caído en saco roto. Todas habían sido desatendidas. Los aguijonazos recibidos, que serían dolorosos pero que no eran mortales, estaban justificados.
Era un animal violento, incapaz de controlar sus estados de ánimo. Un peligro público como lo demostraban su conducta antisocial, su ofuscación asesina y su perseverancia en el error. La masacre perpetrada no podía quedar impune.

III
Tras el veredicto y la sentencia, se planteó el problema de quién le ponía el cascabel al oso. Automáticamente la tropa dio un paso atrás.
Por fortuna, las martas y los armiños habían previsto esta contingencia. Ellos conocían a una manada de lobos que estarían encantados no sólo de llevar el mandato de expulsión, sino de hacerlo cumplir.
Río de por medio, puesto que, por muchos pactos de convivencia que hubiese entre ellos, era más prudente mantener las distancias, desde su orilla, una delegación de mustélidos comunicó el fallo de la asamblea a los cánidos.
Los lobos entornaron sus ojos oblicuos y, mostrando sus afilados colmillos en una sonrisa que heló la sangre de los pequeños mamíferos, se despidieron asegurando a sus aliados que quedarían satisfechos.
“Ésos piensan darse una comilona” dijo un armiño. Ninguno de los presentes replicó nada.
Al día siguiente, río de por medio, volvieron a verse. Los dulces animales del bosque querían saber si sus socios habían cumplido el encargo, aunque no estuvieran interesados en saber cómo.
Los lobos no estaban de buen humor. Rebullían, se acercaban a la orilla del agua como si quisieran beber o saltar. No paraban de gruñir. ¿Qué les ocurría?
El jefe de la manada habló por fin. Empezó preguntando por qué los habían engañado. Los dulces animales, cada vez más nerviosos, no comprendían nada.
El lobo explicó que en la osera no había nadie. Esa cueva maloliente estaba vacía. “¿Qué quieres decir con que no hay nadie?” preguntó asombrada la comadreja. “Quiero decir exactamente eso” fue la cortante respuesta.
Los dulces animales se miraron unos a otros. La luz se hizo en su entendimiento. El oso se había ido. Él mismo había tomado la decisión de abandonar el bosque. Había llegado a la conclusión, a pesar de su cazurrería, de que era preferible vivir en un lugar menos fino pero más respetuoso.

 

 

 

 

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                                 II
Con la burbuja inmobiliaria su cuenta bancaria subió como la espuma, tanto que desbordó la bañera que debía contenerla. Ese enriquecimiento exponencial le trajo finalmente problemas con el fisco y con la justicia. Eso se veía venir, decían unos y otros, pero a ella parecía darle igual esa vertiginosa carrera de la que era testigo de excepción, cómplice en la sombra y gran beneficiaria.
No era el marido que había soñado, pero era el que le convenía. Por supuesto, ser la mujer de un malabarista financiero tenía sus inconvenientes. A veces se veía salpicada por los escándalos. Pero ella con tiesura y aplomo, como si en toda su vida no hubiese hecho otra cosa, capeaba el temporal y aprovechaba para lucir elegantísimos modelos con los que ponía los dientes largos a todas las que la criticaban acerbamente.
Lo que peor sobrellevaba era que la llamasen “la Tiburona”. El mote se lo debía a uno de esos impresentables del periodismo que lo había puesto en circulación exitosamente. Desde luego, ella no era una carpa de río, pero equipararla a un escualo era un insulto que acabaría pagando esa rata del amarillismo.
Se hizo con una colección única de cristales decorativos de Tiffany. Su guardarropa incluía modelos de alta costura de Lacroix, Chanel y Armani. Tenía joyas diseñadas exclusivamente para su cuello o para sus muñecas.
Cuando sucedió la hecatombe, en la fotografía de portada de los diarios que compartió con su marido embutido en su traje de chaqueta cruzado y barba de varios días, ella aparecía seria, metida en su papel pero sin sobreactuaciones innecesarias, con la vista fija en el frente, en el futuro, se diría, en la libertad que le aguardaba teniendo las espaldas bien cubiertas.
No hubo gusano periodístico o de otra profesión que no comentase el semblante de la señora ni, por supuesto, lo impropio de su atuendo. Para la ocasión había escogido unos pantalones de canutillo azul cielo y un jersey de cheviot. Parecía enteramente que iba al centro de la ciudad a tomar un aperitivo, y no que estuviese acompañando a su marido a la cárcel de Alcalá-Meco donde debía ingresar por delitos varios.
Ella era la imagen del hermetismo. Él parecía un toro a punto de embestir. Ella sabía arreglárselas para, incluso en tales circunstancias, estar radiante. Él no estaba para bromas.
La actitud de la mujer pregonaba a las claras la consigna que tantas veces se había repetido a lo largo de su vida: “No retroceder nunca salvo para coger carrerilla, dar un salto y llegar más lejos”.

 

 

 

 

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                                  I
Se casó con un cantante desharrapado porque, haciendo un mal cálculo, pensó que iba a convertirse en una gran estrella del rock. Pero el cantante en lo único que destacó fue en su mal gusto indumentario, siendo éste un aspecto de su personalidad que ella sobrellevaba a duras penas.
Al chico le gustaba llevar gorros de lana incluso cuando hacía buen tiempo, camisas de franela a cuadros y, por supuesto, vaqueros desgarrados, deshilachados, remendados y descoloridos.
Por todo eso habría pasado ella, no sin chistar porque su carácter le impedía morderse la lengua, si él hubiese tenido éxito. Cuando tuvo que rendirse a la evidencia de que el supuesto crack era un bluf, no se la llevaron los demonios de milagro. Puso pies en pared y dijo hasta aquí hemos llegado. Tú por tu lado y yo por el mío.
Una vez libre, empezó a brujulear, que era una actividad para la que estaba excelentemente dotada. Poseía buenos radares, suficiente encanto personal y era de verbo fácil y envolvente. Sabía bailar el agua y camelar con arte. Con estas buenas cualidades e impulsada por su ambición, podía conseguir un partido en consonancia con sus aspiraciones, un partido que la colocase en el sitio que le correspondía, que no era el de groupie precisamente. Ella no había nacido para ir a remolque de un telonero sino para brillar en sociedad.
Ella era una mujer elegante, con clase y con cultura. Y como también era lista encontró lo que andaba buscando en la persona de un especulador inmobiliario. La horma en cuestión no se ajustaba exactamente a su zapato. Pero se dijo: “Nobody is perfect” y siguió adelante.
No le gustaba su forma de vestir, aunque ésta nada tuviera que ver con la de su primer marido. Se podría decir que era la versión opuesta, su contrarréplica. Otro caso de chabacanería más atemperado pero poco. Al menos el cantante tenía cierto aire de espontaneidad que compensaba su look de piojoso.
A su segundo marido le gustaban los trajes de chaquetas cruzadas con seis botones y solapas de pico, confeccionados en telas de ojos de perdiz o príncipe de Gales. La imagen circunspecta y envarada, de forzado empaque, se ajustaba bastante a la de los gánsteres, estatus que más o menos correspondía al suyo. Por supuesto, en lugar de guardar bajo el sobaco una parabellum como Al Capone, su marido llevaba en la mano un attaché-case que, quieras que no, le daba un toque de hombre de negocios e incluso de mundología. Bien es verdad que su impronta de hampón seguía prevaleciendo.
Pero tenía a su favor dos o tres puntos importantes que se podrían resumir en uno solo: estaba forrado. Y ella sabía que, cuando se tiene dinero, el resto viene por añadidura.

 

 

 

 

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No tenía ganas de soportar al insulso de Toribio, empapado en televisión y prensa progres, hablando en castellano. Demasiado bien conocía su discurso para prestarme a oírlo otra vez.
Él tiene muy claro, y así lo manifiesta, que hay que cobijarse siempre a la sombra del poder. Que ésta sea más negra que el ala de un cuervo le da lo mismo. Socarronamente precisa que esa tenebrosa tonalidad sólo la adopta en contados y trágicos periodos históricos. En general, según este camastrón andaluz, no se puede hablar de sombra sino de penumbra, de un estado intermedio soportable en invierno y agradable en verano.
“No vamos a engañarnos” dice “ni hacernos los estrechos. Lo único que hay que ver es cómo sacar beneficios, prebendas, subvenciones, tajadas. Y nada de eso vas a conseguir si te enfrentas a la sombra. Si incurres en esa temeridad, te expones a achicharrarte o a congelarte en el espacio exterior. El poder marca los límites. Lo que hay más allá es una tierra de nadie recorrida por los parias y los imbéciles”.
Toribio no es ni una cosa ni otra. Es un cazurro cuyo refrán favorito no hace falta citar. Un ciudadano que no plantea problemas. Un olfateador nato de zonas umbrías hacia las cuales inicia de inmediato maniobras de acercamiento. Un hacha atando cabos y llevando la corriente. El ojal de la solapa donde se exhibe la insignia correspondiente.
Si hay que aplaudir, aplaude. Si hay que reír un chiste malísimo, su carcajada deja al descubierto la campanilla. “Total”, argumenta “la mayoría de las veces uno aplaude, ríe o asiente sin obtener nada a cambio. Con cuanta más razón si uno puede pillar algo”.
Sin embargo, él mismo reconoce que en la práctica las ganancias son más ficticias que reales. De donde se infiere que su actitud lacayuna se sostiene meramente en un deseo de provecho que rara vez o nunca se materializa.
A él le llega lo que a todos, incluidos los que no condescienden a hacer reverencias. Para Toribio este comportamiento no es una degradación sino un deporte. Y todos los deportes son respetables.
No hay nada de lo que avergonzarse, y si lo hubiera, un comino le importa. Él sabe todo lo que hay saber, empezando por la premisa mayor de cualquier silogismo político: el poder no da nada gratis.
Si él arrambla con algunas monedas, es porque el padrino ha tirado un puñado a la chiquillería vociferante entre la que él se encuentra.
“Como no se va a obtener nada” afirma “es haciéndoles cosquillas a los mandamases ni oponiéndose a la fuerza dominante por más despótica que sea”.
“La intensidad de la sombra” añade guasón “tiene una importancia relativa”. No hace falta decir que Toribio es relativista. Todo depende del contexto. En cuanto al contexto, coincide con sus intereses.
Frente a un poder consolidado sólo cabe doblegarse, aceptar la condición de esclavo. Esta conclusión habría escandalizado a Cicerón, pero Toribio desconoce a este escritor latino. Él sólo lee a autores “à la page”, como está mandado.
Espécimen modélico de la voluntad de servidumbre, testigo risueño de enjuagues y componendas que justifica o ante los que se encoge de hombros, comparsa disciplinado que repite como un papagayo las consignas del momento, no se plantea otra línea de actuación. Y si esa idea surge en su cabeza por azar, la espanta de inmediato como a una mosca inoportuna.
En una ocasión le comenté a Toribio que Casio no podía soportar no sólo la tiranía, sino el poder excesivo, por considerarlo la fuente de todos los males. Enarbolando su periódico favorito, me replicó: “Ese Casio es un cantamañanas. El poder es la única realidad incontrovertible. Cuanto más grande es, más tiene uno que someterse”.

 

 

 

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                                 II
Las historias de su prima eran situaciones límites cuyo desenlace natural no podía ser otro que la catástrofe.
Manolita comprobó, sin embargo, que esos terribles trances se sucedían con regularidad sin que el desastre se produjese. Esta constatación la desconcertó primero y la escamó después.
No es que ella desease tal cosa (al contrario, ese pensamiento la acongojaba), pero el mundo de su prima no se acababa, no saltaba por lo aires, que sería lo lógico, sino que seguía girando y girando como en la canción de Gigliola Cinquetti.
Y la próxima vez que se veían, Leocadia no hacía la menor alusión a lo último que le había contado. Si Manolita, ingenuamente, se lo recordaba, la otra, para quien ese asunto era ya agua pasada, la miraba como si Manolita se hubiese convertido en un orangután.
Le costó asimilar esta lección, pero dejó de creer en su prima Leocadia y en todas las que eran como ella. Incluso llegó a la conclusión de que las “primas Leocadia” constituían una categoría de personas que englobaba a un amplio segmento social.
Y era tan tonta que a veces se arrepentía de haber adoptado esa postura, pues se planteaba que un día su prima le contaría un problema serio, y ella permanecería tan indiferente como quien oye llover.
Pero había escuchado tan a menudo el cuento del lobo que, cuando apareciese de verdad, devoraría a su prima sin que a ella, aun pudiendo, se le ocurriese intervenir.
Se lo merecía. Si no que se la comiese entera, al menos que le diese un buen par de mordiscos para que aprendiese a ser menos protagonista y más comedida.
Manolita estaba cansada de atolladeros, berenjenales y conflictos insolubles que se disolvían de la noche a la mañana. Ese guirigay le daba igual.
En el fondo de su corazón le dolían ese endurecimiento de su carácter, ese escepticismo tan ajeno a su forma de ser, ese caparazón de que se había revestido.
Pero ya no había ni desazón ni perplejidad, las dos cartas que su prima jugaba y que le reportaban siempre el triunfo.
Aparentemente Manolita seguía escuchando. Su educación y su naturaleza le vedaban mostrarse descortés. La grosería o cualquier otra manifestación inadecuada estaban reñidas con su personalidad.
Así pues, seguía siendo una oreja complaciente pero, como tenemos dos, lo cierto era que por una le entraba y por otra le salía lo que le contaban las “primas Leocadia”.

 

 

 

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                                 I
Manolita era consciente de que no sabía venderse ni dramatizar. Como les ocurre a las tartanas, la adelantaban sin dificultad por todos lados dejándola tan atrás que ella misma se veía empequeñecida y lejana.
Por más que se había empeñado en superar esa desventaja, nunca lo había conseguido. A la vista de los patéticos resultados, se había rendido a la evidencia de que se trataba de un fallo constitucional, sin solución.
Tras sus infructuosos y deprimentes intentos de cambiar, de ser otra mujer más dinámica y arrolladora, había aceptado la que de verdad era jurándose que no volvería a las andadas. Se había comprometido a lo que sin duda es uno de los objetivos más difíciles de alcanzar en la vida: respetarse.
Lo anterior conllevaba que no debían importarle los adelantamientos, algunos de los cuales parecían atropellos.
Ella no estaba dotada para las filigranas verbales ni para la teatralización. Gesticular era impropio de su temperamento y la cansaba. Cuando hablaba mucho y seguido, le dolía la garganta por el sobreesfuerzo.
Ella no era ni por asomo como su prima Leocadia: una apisonadora humana. Si a Manolita se le ocurría abrir la boca para contar un tropiezo o desventura, en la primera pausa que hacía para tomar aliento, su prima le arrebataba la palabra y dictaminaba que eso era imaginaciones suyas a las que haría bien en no dar importancia.
Y con su supuesto gracejo añadía que no se mirase tanto el ombligo. Esto le decía ella que no sólo se miraba el suyo constantemente, sino que además lo tenía de un tamaño monstruoso.
Como con la mayoría de la gente, con Leocadia no se podía hablar, sólo se podía escuchar. Pero las cosas habían cambiado mucho. Ya no era como antes que, cada vez que le contaba una historia, la ponía al borde del colapso.
Lo que le sucedía a Leocadia era el no va más. Al menos eso era lo que pensaba Manolita al contemplar su propia vida y, quiera que no, comparar. La de su prima oscilaba entre las novelas de capa y espada y las tragedias griegas. La suya parecía la primera tentativa de un escritor de escaso talento.
Alcanzar las cotas de dramatismo y enfatización de su pariente era para Manolita una hazaña equivalente a escalar el Everest. Es decir, una imposibilidad total y absoluta. Ciertamente esa proeza la pasmaba. Incluso podía sufrir una indisposición, marearse ante ese despliegue de recursos escénicos y caerse redonda.
Y después estaban el ahogo y la preocupación que las historias de su prima le causaban. Tras escucharlas con el corazón encogido, se quedaba pensando que de ésa no saldría, que las fuerzas, la salud o los medios económicos para remontar esa empinada cuesta le fallarían.

 

 

 

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                                         VI
Llegó exhausto a la cima, con las piernas doloridas y el corazón palpitante. Era evidente que había calculado mal sus fuerzas. Su intención era arrodillarse y orar, pero antes tenía que recuperar el aliento.
Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en una roca, y cerró los ojos.
Le vino un fuerte olor a trementina que aspiró placenteramente. Ese aroma fuerte obró los efectos de las sales que se utilizan para reanimar a los que se han desvanecido.
¿De dónde podía venir esa fragancia que le había restituido la vitalidad? Abrió los ojos y se puso en pie. Acercándose al borde de la plataforma, contempló una multitud de terebintos que se extendía hasta donde la vista podía alcanzar.
Los arbolitos de un verde oscuro se le antojaron a Esdras pebeteros en los que ardían sin llamas costosos perfumes.
A sus años, pensó burlonamente, se estaba convirtiendo en un poeta, en un mago de las palabras.
Observó que las formaciones rocosas, tan cerca de las cuales había pasado sin advertirlo, lanzaban destellos, minúsculos relámpagos, como si estuviesen sembradas de miles de puntas de diamantes.
La mente del mercader, poco dada a los fantaseos, explicó este fenómeno como una consecuencia del cuarzo incrustado en la piedra y la incidencia de los rayos solares. En cualquier caso, ese espectáculo luminoso era magnífico.
También había cerros de poca altura, redondeados, turgentes, que daban al paisaje un toque femenino. Nunca había sospechado que la península del Sinaí encerrase estas maravillas, aunque tampoco lo sorprendía en exceso, pues en ella habían tenido lugar grandes prodigios.
Esas suaves lomas se asemejaban a dunas costeras. Tras ellas se adivinaba el mar. La cercana presencia del mar, con su murmullo incesante, con sus aldeas de pescadores.
Esdras decidió pernoctar en la cima del Sinaí. Era una iniciativa arriesgada, pues la temperatura descendía mucho y él había dejado todo su equipaje abajo.
Pero de momento no hacía frío, se sentía bien. Durante la noche se encomendaría al Altísimo, se acogería a su misericordia. El cielo estrellado, visto desde allí arriba, tenía que ser el contrapunto grandioso a la belleza terrenal.

 

 

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                                         V
Esdras miró el monte que se elevaba abrupto. Buscó con los ojos una senda y no encontró ninguna. Por último, localizó una depresión del terreno, un ramblizo, que le permitiría ascender hasta la cima.
La desnudez del yébel lo sobrecogió. La ausencia de vegetación era completa. Esa inmensidad ocre se recortaba majestuosa sobre el azul del cielo.
Inició el ascenso por la ladera norte. Pensó en las riquezas que había dejado atrás, en las piezas de oro y en los objetos de cobre que había acumulado a lo largo de su vida, en las maderas del Líbano, en el lapislázuli de Afganistán, en las turquesas y otras piedras preciosas, en el incienso, en el marfil, en los animales exóticos del país de Punt que había traído de sus largos viajes, y que habían sido el asombro de todos, atrayéndole clientes y multitud de curiosos.
Nada de eso lo había colmado. No quería decir que todo había sido un engaño. Pero ni las riquezas ni la posición social apagaron su sed de infinito. Y después estaba también ese incomprensible deseo de olvidar. De olvidarse de sí mismo. De vivir en la alegría del olvido de sí mismo.
¿No habían sido esa sed y ese deseo los motores de todas sus empresas comerciales, de sus continuos desplazamientos en busca de productos caros y originales? ¿No había sido ese reconcomio la razón última de su permanente desasosiego?
Y por supuesto lo era de esta visita al monte Sinaí, ante el que una vez, hace muchos años, hizo la solemne promesa de que regresaría sola y exclusivamente para honrar al Altísimo, para ofrecerse, para obedecer su mandato aunque éste fuera el de repartir sus bienes.
El Sinaí había sido un centro interior inaccesible. Ahora lo estaba escalando y lo coronaría.
Este era el único viaje de su vida que no hacía por razones prácticas, es decir, económicas. El único viaje que era un objetivo en sí mismo, desde su inicio hasta este trabajoso ascenso hacia una cima desolada.
Este viaje podía ser considerado un acto de valor, una afirmación de su vacilante fe y de su quebradiza esperanza.
Ahora que avistaba el final -había tenido que esperar hasta ahora, hasta encontrarse cerca de la consumación de su vida-, esa fe, esa esperanza, ese deseo, ese impulso, esa llamada, como quisiera nombrarlo, reclamaba su pago.
Él, Esdras el mercader, que había hecho frente a tantos peligros, que había sido infatigable en la lucha cotidiana, había pospuesto indefinidamente el viaje primordial, había ido retrasándolo hasta este momento en que la subida al monte se le hacía tan ardua.
No lo sostenía la seguridad en sí mismo, en sus habilidades, en su don de lenguas, en su seductora sonrisa, sino su confianza en el encuentro.
La única cuestión importante, la única que merecía la pena plantearse concernía al tipo de manifestación que iba a producirse.
Luego regresaría a su ciudad, luego podría morir tranquilo, como los patriarcas que, tras una dilatada vida que les había permitido conocer a varias generaciones de descendientes, dejaban este mundo musitando palabras de agradecimiento.
No llevaba ninguna ofrenda. El rico mercader subía con lo puesto. Sus fuertes manos de dedos nudosos, surcadas de gruesas venas azules, con una banda de pelos en el tercio exterior del dorso, unas manos de las que siempre se había sentido orgulloso, estaban vacías.

 

 

 

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                                         IV
La solución que plugo al Altísimo, fue enviarle un grupo de beduinos que conocían el desierto como la palma de su mano, y que le indicaron dónde estaba el yébel.
Estos nómadas de túnicas y mantos blancos, con la cabeza envuelta en turbantes azules o rojos, le dijeron lo que él ya sabía: que debía seguir andando en dirección sur. Y añadieron lo que él necesitaba saber: debía llegar a un gran cauce seco y pedregoso. “¿Un barranco?” preguntó Esdras. Los beduinos gesticularon y rieron. No entendían esa palabra, pero respondieron que sí.
Tras cruzar el “uadi” seco, más allá, al oeste, se encontraba el Sinaí.
Esdras siguió adelante pero no tan de prisa como hasta ahora, controlando su ansiedad, que seguía acechando.
Poco después se desencadenó un vendaval que lo obligó a interrumpir la marcha.
Esdras lo interpretó como una señal. Su angustia se había transformado en ese viento huracanado cuya fuerza era superior a la del camello y a la suya, pero que, si conseguían soportar sus embates, desaparecería, se desvanecería en ese espacio vacío comprendido entre el cielo y la tierra.
El vendaval se arremolinó alrededor de ellos, se convirtió en un torbellino que amenazaba con engullirlos, pero resistieron, tuvieron suerte, y la fatal absorción no se produjo.
Cuando el viento se fue, Esdras y el camello se pusieron en pie, y continuaron hacia el Sinaí, cuya mole se dibujó pronto en el horizonte.

 

 

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