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Archive for the ‘Cuentos’ Category

Tégula romanaII
Sus primeros años de vida habían transcurrido en Itálica, donde nació y de donde no tenía que haber salido.
Allí conoció a Fabricio Estacio, el padre de Cecilio y de Aurelia. Él y el resto de los comensales llegaron a la casa sobre las cuatro de la tarde. Se descalzaron y dos esclavos, antes de conducirlos al comedor, les lavaron y les secaron los pies.
Los invitados se acomodaron en los triclinios cubiertos con una blanca tela de lino.
Lucio, desde la puerta, estuvo contemplando el banquete hasta que su madre, con un gesto de la mano, le ordenó que se fuese.
Entonces corrió a ver a su abuelo, que estaba fumando su pipa de barro. El humo del espliego ascendía de la cazoleta impregnando con su aroma la atmósfera del cuarto.
Le contó lo que había visto y oído. Y le preguntó por qué no le permitían echarse en uno de los divanes y participar en el convite. Su abuelo, un hombre sumamente callado, siguió expeliendo bocanadas azules.
Si no fuera por el lugar donde se hallaba, podría afirmar que la noche estaba siendo perfecta.
En cierto momento creyó percibir la respiración anhelosa de Furio, otro conjurado, que parecía una burlesca parodia de la pasión amorosa. O el resuello de un corredor agotado. Pero cuando aplicó el oído, el jadeo se desvaneció.
Una vez, Furio estuvo a punto de morir asfixiado. Convertido en descontrolada flauta, su pecho emitía silbidos cada vez más rápidos y agudos.
Este silencio era propicio a la reflexión y a los balances. “El camino es fatal como la flecha” era el verso final del poema. Y tuvo que darle la razón al vate ciego. La verdad de su vida se resumía en esa escueta frase. O tal vez la verdad de la vida a secas.

 

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Tégula romanaI
Su destino estaba sellado. Sólo podía encontrar una razón a su insólito bienestar: lo tranquila que había transcurrido la noche. Normalmente la pasaba escuchando lamentos y gemidos.
Por enfermedad, por hambre o por rutina, los prisioneros no paraban de quejarse. En la oscuridad los reconocía por sus sonidos. En el rincón de la derecha había uno cuyos golpes de tos perruna parecían emerger de una insondable profundidad cavernosa.
Las toses solían ser breves e iban acompañadas de expectoraciones. Algunos habían adquirido la costumbre de expulsar la flema en sonoros escupitajos. Expertos en esta técnica, competían entre sí y se comparaban a lanzadores de jabalina.
La música de fondo eran los ronquidos. Quinto Elio, uno de los conjurados, tronaba.
En estas condiciones él no podía dormir, si acaso trasponerse.
Al principio de la noche, Lucio Coruncario había recordado unos versos del vate ciego: “No te arredres. La ergástula es oscura, / la firme trama es de incesante hierro”.
Estos versos le habían servido de consuelo, pero la memoria se había negado a servirle la continuación. En cuanto dejara de esforzarse, aflorarían las certeras palabras.
En la cárcel se producían extraños fenómenos. Los días se desvertebraban, se confundían unos con otros, se entremezclaban promiscuamente.
Las horas acababan diluyéndose entre esos gruesos muros como los terrones de miel en la leche caliente que su madre le daba por la mañana.
Sin duda, Lucio se había adormilado. Flotando en las tinieblas de su encierro, había visto a su madre con su largo collar de cuentas de oro y cornalina, mirándolo afectuosa, envolviéndolo en su sonrisa.

Nota.-En esta entrada puedes leer el relato completo.

II
Sus primeros años de vida habían transcurrido en Itálica, donde nació y de donde no tenía que haber salido.
Allí conoció a Fabricio Estacio, el padre de Cecilio y de Aurelia. Él y el resto de los comensales llegaron a la casa sobre las cuatro de la tarde. Se descalzaron y dos esclavos, antes de conducirlos al comedor, les lavaron y les secaron los pies.
Los invitados se acomodaron en los triclinios cubiertos con una blanca tela de lino.
Lucio, desde la puerta, estuvo contemplando el banquete hasta que su madre, con un gesto de la mano, le ordenó que se fuese.
Entonces corrió a ver a su abuelo, que estaba fumando su pipa de barro. El humo del espliego ascendía de la cazoleta impregnando con su aroma la atmósfera del cuarto.
Le contó lo que había visto y oído. Y le preguntó por qué no le permitían echarse en uno de los divanes y participar en el convite. Su abuelo, un hombre sumamente callado, siguió expeliendo bocanadas azules.
Si no fuera por el lugar donde se hallaba, podría afirmar que la noche estaba siendo perfecta.
En cierto momento creyó percibir la respiración anhelosa de Furio, otro conjurado, que parecía una burlesca parodia de la pasión amorosa. O el resuello de un corredor agotado. Pero cuando aplicó el oído, el jadeo se desvaneció.
Una vez, Furio estuvo a punto de morir asfixiado. Convertido en descontrolada flauta, su pecho emitía silbidos cada vez más rápidos y agudos.
Este silencio era propicio a la reflexión y a los balances. “El camino es fatal como la flecha” era el verso final del poema. Y tuvo que darle la razón al vate ciego. La verdad de su vida se resumía en esa escueta frase. O tal vez la verdad de la vida a secas.
III
A su llegada, el bullicio de Roma lo aturdió, así como también la residencia de los Estacio, cuyo austero exterior no dejaba adivinar sus mármoles y sus estucos, sus pinturas y sus mosaicos, sus candeleros y lampadarios de bronce distribuidos por todas las habitaciones.
Lucio llevaba la mitad de la tésera de plata que el patricio había dado a su padre en señal de amistad.
Viejo y enfermo, de hecho moriría poco después, Fabricio lo llamó “hijo” y le presentó a sus nuevos hermanos, Cecilio y Aurelia.
¿Faltaba mucho para que amaneciese? No se escuchaba el rechinar de las ruedas de los carros recorriendo las mal pavimentadas calles, ni el entrechocar de los cascos de los caballos, ni los juramentos de los conductores y de los jinetes.
Lucio dirigió la mirada hacia la ventana entrelarga, a ras del techo, que daba a la vía Tiburtina, por donde entraban el rumor de la ciudad y la claridad del día.
Cuando el juez dictó sentencia y los reos fueron conducidos a la cárcel, Lucio tuvo la oportunidad de ver desde fuera esa abertura enrejada, que era la única ventilación del subterráneo donde permanecerían encerrados hasta su ejecución.
IV
Podían haberlos exilado o condenado a un castigo público para que se divirtiese la plebe. Ni siquiera respetaron su derecho a una ejecución privada.
Su suerte, si de tal cosa cabía hablar, era que no los echarían a las fieras ni los descuartizarían. Morirían por decapitación que, según afirman, es un final rápido e indoloro.
Su arresto se produjo en la taberna adonde había ido por razones diferentes a las alegadas en el juicio. No estaba allí para encontrarse con ningún conjurado ni tampoco para comer.
Mientras esperaba, había pedido vino mezclado con resina y un plato de mariscos, esto último no para él sino para quien debía llegar de un momento a otro.
Aguardaba con impaciencia a un esclavo que le traía un mensaje de Aurelia Estacio.
Él no había intervenido en ninguna conspiración. Ciertamente le habían propuesto participar en los cambios que se avecinaban, pero él había declinado la oferta. No era ambicioso ni tenía intereses políticos.
Sus delitos eran ser amigo de Cecilio Estacio, uno de los jefes, y, aunque se mantuvo escrupulosamente al margen, saber lo que se estaba fraguando.
Esos dos cargos le habían valido un veredicto de traición. Al ajusticiamiento había que añadir la afrenta póstuma de que su cabeza se expusiese a la entrada de la ciudad.
V
Miró en dirección a la ventana entrelarga que se transmutó en otra alta y más bien estrecha. Por ahí se asomaba Lucio al interior de la habitación, donde, sentado en un sillón de mimbre, estaba su abuelo envuelto en el sahumerio azul de las plantas aromáticas que quemaba en su pipa de barro.
Lucio no sentía la frialdad ni la sordidez de la cárcel. Sólo echaba de menos la luz, incluso la de las antorchas.
Pero este silencio y esta tranquilidad eran un regalo que los dioses le hacían. Cuando llegase el momento, despuntaría el alba.
Mientras tanto, por qué no abandonarse y disfrutar de esta plácida noche poblada de recuerdos.
No le molestaba siquiera esa punzada en el costado que le dificultaba la respiración.
¿No había escrito también el poeta: “En algún recodo de tu encierro / puede haber una luz, una hendidura”?
Tenía la impresión de que el camino hacia los dioses estaba expedito, e incluso de que volaba hacia ellos. No lo cercaban gruesos muros de mortero. Nada lo ataba.
La oscuridad se iba diluyendo. Por la ventana entraba la primera luz del día.
Lucio se volvió para comunicar a su vecino esta buena nueva. Para hablarle de esta noche apacible. De su alegría al contemplar ese leve resplandor.
Se volvió pero a su lado no había nadie.

Nota.-Los versos citados pertenecen al soneto “Para una versión del I King” de Jorge Luis Borges.

 

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Palmitos “La oscuridad avanza en la misma medida en que el misterio retrocede”.
Numerosos fieles arrugaron el ceño. La alocución del sacerdote no era de su gusto. Pensaban que debía limitarse a cumplir con los ritos establecidos.
Para unos pocos, sin embargo, esas palabras estaban repletas de sentido. Cada uno de ellos, según su capacidad, había observado ese progreso y ese repliegue.
El sacerdote vestía una túnica de lino con una cenefa dorada. En una mano tenía una rama de mirto.
En lugar de rendir honores a la imagen que tenía a sus espaldas, hablaba otra vez de la oscuridad. Estaba haciéndose viejo o estaba perdiendo la cabeza. Tal vez ambas cosas.
El sacerdote se esforzaba por encontrar el tono y la expresión certeros que lograsen despertar a la multitud congregada en el templo.
Prudentemente se abstenía de aludir a las criaturas demoniacas empeñadas en destruir los deseos de salvación que alberga el corazón humano, y que constituyen su mayor tesoro.
Se preguntaba cómo podía explicar que el misterio está fuera y está dentro, nos rodea y nos conforma.
No sólo estaba en peligro su cargo sacerdotal sino su propia vida.
Sabía que estaba en el punto de mira de algunos lugartenientes.
Desafiar al poder implicaba asumir la contingencia del sacrificio.
“Hay que detener el avance de las tinieblas. Si no actuamos, nos engullirán. Debemos preservar el misterio del que venimos y al que vamos. El misterio es la garantía de nuestra condición de seres humanos. La otra opción es convertirnos en patéticos comparsas o en desalmados esbirros”.

 
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Mercedes

OrzaSabía dónde encontrarla. Así que no perdí el tiempo buscándola por la casa ni preguntando a nadie.
Me dirigí directamente al rincón donde ella se refugiaba con un libro.
Allí estaba, en efecto, junto al ventanal, sentada en una silla baja, colocada de forma que la luz natural diese de lleno sobre las páginas de la novela.
“Vengo a hablar contigo. Quiero consultarte una cosa” dije.
Pareció no oírme. Estaba embebida en la lectura. Por fin, levantó la cabeza y me miró. En sus ojos había un fondo de tristeza.
Mercedes era menuda y tenía el pelo rizado. Iba por el mundo sin hacerse notar.
Entrecerró el libro, se quitó las gafas y me miró largamente, como si no me conociera.
“Quería preguntarte una cosa” repetí.
Mercedes era callada y tenía tendencia a ensimismarse. Era una gran profesional de la cerámica.
Desvió la mirada hacia el ventanal y contempló la calle con sus naranjos y sus estatuas.
No le gustaba salir ni relacionarse. Su vida social se reducía a lo estrictamente necesario. Prefería pasear por el campo. También era amante de las tradiciones, aunque no participase en ellas, y anteponía la vida familiar a otros intereses.
Basándome en comentarios suyos, siempre de pasada, deduje que Mercedes había tenido una infancia intensa.
Ese día estaba más reconcentrada que de costumbre. Tras disfrutar de la hermosa perspectiva de la calle, fijó de nuevo sus ojos en mí y me planteó la cuestión que le rondaba por la cabeza.
“Gabriel, ¿por qué seré tan rara?”
Mi respuesta fue inmediata y categórica: “Tú no eres rara. Los raros son los demás”.
Mercedes esbozó una sonrisa y dijo: “¿Qué querías preguntarme?”.

 

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El mugrón Se estremeció. ¿Era el inicio de una crisis? Un simple temblor podía estar motivado por múltiples circunstancias.
Lo malo era que empezase a escuchar voces. Se quedó quieto y aguzó el oído. Sólo se escuchaba el murmullo de los árboles.
¿De qué árboles?
Ese rumor eran voces. Sí, eran los cantores que entonaban un himno.
Él había formado parte del coro. También él había repetido a menudo “santo”, antes de que esta palabra se convirtiera en un conmutador que apagaba las luces y lo dejaba a merced de fuerzas irracionales.
Luego el pánico se apoderaba de él. Ese pánico era la antesala de la manifestación.
Ya sólo cabía esperar que el terror no lo desintegrara.
El tallo emergió de las tinieblas, donde estaba enterrado.
Experimentó una conmoción. Y también furia a causa de su impotencia.
El mugrón se fue acercando con el propósito de penetrar por su boca y arraigar en su interior.
El inmundo retoño se detuvo cuando llegó frente al hombre, esperando que éste se arrodillase para proceder al injerto. Pero él no estaba dispuesto a inclinarse ante ese emisario del infierno que lo miraba sin ojos y lo conminaba sin palabras.
El silencio y la oscuridad se espesaron.
El hombre dejó de debatirse.
Pálido y desmadejado, yacía en el suelo como un guerrero caído tras duro combate.

 

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DumpingMiró a su cariacontecida hermana Irene y le explicó: “Hay personas que tienen una gran capacidad de dramatización. Se tuercen el dedo meñique, y digo se tuercen, y te cuentan una novela en cien capítulos. Tú, que te has roto una pierna y tienes que estar inmovilizada tres meses, despachas este asunto en cinco palabras.
“Lo siento. No estoy dispuesta a perder mi tiempo oyendo historias que me interesan poco o nada. Y no solamente eso sino que, además, me exponen a una pérdida de energía tan grande, a una sangría tan peligrosa que no veo razón alguna para semejante sacrificio.
“El gato se lo lleva al agua quienes están dotados de facundia y desprovistos de paciencia. A lo sumo, si son mínimamente educados, escuchan con una oreja mientras con la otra están pendientes de las conversaciones cercanas.
“Acuérdate de Catalina, que hablaba por los codos y reclamaba atención absoluta. Cuando alguien conseguía meter una cuña en su monólogo, ella no tenía empacho en volver la cabeza y mirar a las musarañas.
“De esta forma, y no voy a entrar en la cuestión de si su comportamiento era consciente o inconsciente porque ese dato es irrelevante en un adulto, te hacía sentir que lo que tú estabas contando carecía de importancia.
“Una vez me dijo mi marido: parece que rehúyes a Catalina. Y yo le respondí: no lo parece, la rehúyo, la temo más que a una vara verde.
“No te hagas ilusiones, Irene. Aunque trates de poner en práctica tus propios recursos y estrategias, las Catalinas de turno te acaban comiendo. Sus aventuras acaparan toda la pantalla. Se imponen con el peso de una montaña y las tuyas son un puñado de arena que el viento arrastra en menos que canta un gallo”.

 

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El gato - tigreLa exhibición tuvo lugar en la plaza del pueblo. La gente guardaba una prudente distancia. Yo estaba en una esquina y, como el resto de los vecinos, contemplaba con aprensión y curiosidad las manipulaciones del domador.
El gato fue elevándose por los aires hasta alcanzar una altura considerable. El domador, con los brazos extendidos, mantenía flotando al felino en el vacío.
El hombre se quedó inmóvil en esa postura, sin apartar la mirada del gato, al que no parecían gustarle esos manejos.
Mi impresión era que estaba siendo forzado a realizar esas acrobacias aéreas.
El domador puso en movimiento al animal, desplazándolo hacia la esquina en la que me encontraba.
El gato tenía los pelos erizados, tiesos los bigotes que eran de una longitud extraordinaria, los ojos contraídos en una ranura amarillenta y feroz…
A medida que se acercaba iba aumentando su tamaño. O mejor dicho, iba adquiriendo la apariencia de un tigre.
Este fenómeno produjo una gran agitación en el público, que no se tranquilizó hasta comprobar que sólo era un gato enorme.
La piel de su cara estaba atirantada como la tela de una cometa. Este estiramiento reforzaba el efecto de tigre enfurecido.
No me cupo duda de que, si por él fuera, saltaría sobre nosotros y nos sacaría los ojos.
El domador, trazando figuras en el aire, lo bajaba, lo subía, lo llevaba, lo traía. Finalmente, con cuidado, lo metió en una jaula.
Cuando el animal se vio libre de la influencia telepática, se abalanzó sobre los barrotes y los mordió.
Luego, bufando y mostrando sus agudos colmillos, sacó una pata y arañó el vacío repetidamente.
El hombre esbozó una sonrisita y adoptó la pose de brazos y manos extendidos.
Al gato se le puso una espantosa cara de tigre. Haciendo caso omiso de esa reacción, el domador lo volvió a sacar de la jaula para ofrecer una segunda demostración.
Mientras planeaba otra vez por encima de nosotros, me percaté de los ímprobos esfuerzos del gato para escapar al poder que lo sojuzgaba. Sus músculos estaban sometidos a una tensión extrema.
Venciendo la rigidez de sus miembros, logró girar la cabeza. Luego arqueó ligeramente el lomo y recuperó la movilidad de una de las patas…

 
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Uno de sus mayores empeños era encontrar un emblema que sintetizase su ideal de armonía. Un emblema que permaneciese anclado en la memoria, aunque su significado no fuera evidente.
Cuando su novia lo dejó por razones relacionadas con este asunto que absorbía su tiempo y su atención, él era consciente de que se aislaba del mundo con demasiada frecuencia.
Eso era lo que su novia le reprochaba precisamente: su evasión de la realidad.
Pero él necesitaba concentrarse en sus sueños para darles forma, para concretarlos y evitar que se desvaneciesen o que se derrumbasen como un castillo de cartas al primer soplo de la crítica.
Debía aprehender sus intuiciones, las cuales comparaba a animales salvajes que se dejan ver de lejos pero en cuanto das un paso en su dirección, alzan la cabeza y se pierden en la espesura.
Cuando hacía partícipe a su novia de estas reflexiones, ella reía sin que él supiera por qué o ponía una cara extraña. Y a continuación le hablaba del vestido de lentejuelas doradas que había comprado para la fiesta de fin de año.
Ese vestido que lanzaba destellos le dio una idea. Se abstrajo y dejó de oír a su novia que le contaba algo a propósito del cotillón y de lo que sus amigas iban a ponerse.
Pensó en un espejo que reflejase e iluminase el dolor, en un espejo que nos devolviese la imagen de nuestro verdadero rostro, del que yace bajo tantas capas de hipocresía, de amargura, de miedo…
Más tarde desestimó ese símbolo. De hecho, abandonó la búsqueda de uno. Por entonces su novia ya lo había plantado. Afortunadamente no le había buscado un sustituto.
Quiso reanudar las relaciones. A fin de cuentas no habían roto por nada serio.
Justamente durante este proceso de acercamiento se fue perfilando un nombre. Las letras crecían y se entrecruzaban como si un paciente copista estuviese trazándolas.
Cuando acabaron de entrelazarse, al modo de las iniciales de un florido monograma, pudo leer el apodo con que era conocido en su niñez.

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Mientras desayunaban en un bar de la calle Laraña, cerca del organismo oficial donde trabajaban, Susana preguntó: “¿Un vademécum no es el libro que utilizan los médicos para informarse rápidamente sobre una enfermedad y su tratamiento?”.
Amparo le lanzó una mirada severa y respondió: “No te enteras. No es un vademécum sino un memorándum” “¿Y qué demonios es eso?”.
“Un pergamino de piel de ternera que le han regalado sus hijos. Se lo entregaron solemnemente en la cena que le ofrecieron en uno de los restaurantes más caros de Sevilla cuando se jubiló” “Es la primera noticia que tengo de un regalo de esa naturaleza” “Pues si Dios no lo remedia, en ciertos círculos acabará poniéndose de moda”.
En dicho pergamino, explicó Amparo que estaba presente cuando María fue a la oficina expresamente a enseñárselo a sus ex compañeros, estaban consignados en letra gótica todos sus méritos como hija, esposa, madre, abuela en ciernes y profesional de la administración pública.
“¿Como funcionaria?” “Sí, como eso también. Tú ya conoces su carrera” “Demasiado bien las conozco, a su carrera y a ella”.
La homenajeada había destacado por su docilidad a los requerimientos del poder. Todo lo que éste ordenaba, indicaba, sugería o insinuaba, era acatado sin rechistar por ella, que por nada del mundo quería pasar por tibia, y cuya máxima aspiración, que producía vergüenza ajena, era pasar por una mujer enrollada, a la altura de los tiempos.
“Por alguien guay” apuntó Susana. “Súper guay” precisó Amparo.
Mientras apuraban el café con leche, ambas rememoraron la ocasión en que María, tan exquisitamente acrítica, tan lacayunamente bien sintonizada, tan de buena familia antes, ahora y siempre, se presentó en la oficina con un taco de papeletas del Gran Hermano para venderlas todas y congraciarse con los jerarcas.
Hubo un compañero que le plantó cara y le espetó: “¿Pero las rifas no son cosa de estudiantes y hermandades? Ni siquiera vais a respetar eso”.
Forzando una sonrisa, María repuso: “¿Entonces no me vas a comprar una papeleta?” El otro la miró de hito en hito y le dio la espalda.
María se enfadó y fue con el cuento a uno de los directores, amiguísimo suyo.
“Pero nosotras” dijo Susana “le compramos dos papeletas cada una” “Sí” confirmó Amparo “nos sacó cuatro euros” “Muy a pesar mío” “Eso da lo mismo. Lo que cuentan son los goles”.
“¿Sabes qué te digo?” repuso Susana “Que quien contraste ese vademécum con la realidad se va a tronchar de risa”. “Ya, pero ¿quién va a tomarse esa molestia?”

 

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Durante años esa lejana vivencia había estado actuando en su interior como una levadura. Ahora, mientras subía al barrio alto, tomó conciencia de ese soterrado proceso.
A pesar de la gente que en aquella ocasión había a su alrededor, pues era verano, el hecho transcurrió en un profundo silencio.
Se acodó en el antepecho del mirador, frente al océano. No hubo visiones ni mensajes ni resplandores cegadores. Convertido en árbol, sus raíces se hundieron vertiginosamente en la tierra y sus ramas se extendieron hacia el cielo a pareja velocidad.
La línea del horizonte giró y, dirigiéndose a él, lo ensartó como el trofeo de un cazador. No hubo dentro ni fuera. Sólo una intimidad insondable con lo creado que lo anonadó.
¿Era esa plenitud lo que venía buscando? ¿El deseo de revivir ese esplendor que nunca compartió con nadie no porque fuera su secreto, sino porque sobre su realidad dejó crecer los parásitos de la duda y la herrumbre del olvido?
Aunque se resistiera a confesárselo, esa manifestación revestía un carácter sagrado. Los paseos que, cuando niño, daba al campo con su abuelo, eran la única experiencia que guardaba alguna semejanza con ésta.
Y allí estaba de nuevo, apoyado en el antepecho del mirador, contemplando el cielo de ese atardecer otoñal, ese cielo sin una sola nube.
No había nada que describir en esa cúpula perfecta. No había nada que contar.
Había hecho este viaje para rememorar esa epifanía.
Quería comprobar si había sido un espejismo o una revelación cuya onda expansiva se había propagado hasta el día de hoy.
Quería saber si ese vacío azul y luminoso contenía el sentido último de la vida. Si esa visión inefable era el bálsamo que cicatrizaba todas las heridas. La réplica irrefutable a todas las incertidumbres.

 

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