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Madroñeras (II)

 

 

 

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De nuevo aletean las ilusiones de antaño,
las ilusiones que creías muertas
retoñan con inusitada energía.

Las habías desterrado
más allá de los límites de la conciencia.
Te portaste
como un príncipe contrariado y furioso
porque su hada madrina
se había negado a concederle un deseo.

Esa era la condena que merecían
esas engatusadoras,
que susurraban en tus oídos
promesas de felicidad,
que, entre risas y guiños de ojos,
ponían el mundo a tus pies.

Esas buhoneras
habían invadido con sus puestos de baratijas
el recinto de tus días,
ofreciendo sus collares de cuentas,
sus ajorcas doradas,
sus afeites, sus penachos de plumas.

Tenías que arrojarlas sin miramientos
fuera de tu vida,
si no querías quedar atrapado
en sus pregones.

Desde sus mercancías a sus palabras,
todo era falso.
Sus piedras preciosas
eran vidrios de colores,
sus juramentos
una sarta de mentiras.

Y este otoño,
como hace el mar en la playa
con su cargamento de algas,
ha depositado ante ti
esas denostadas,
y que hasta muertas creías,
ilusiones de antaño.

 

 

 

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Encinar

3 de noviembre de 2014 097

 

 

 

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                              XXII
El niño de facciones equinas gemía y resoplaba. Sostenido por los nervios y el amor propio, se debatía con fiereza. Pero, como se veía a las claras, no podría resistir mucho tiempo.
La superioridad del zangolotino era patente. De su rostro se había borrado la furia que aflorara al principio de este incidente. Se había limitado a esquivar o parar los puñetazos y puntapiés que el otro repartía a tontas y a locas. Cuando golpeó, el mamporro conmocionó a su rival que se tambaleó, y que, tan pronto como se repuso, se abalanzó sobre él como un meteorito, perdiendo ambos el equilibrio y cayendo.
Sobre el pavimento de la plaza, el niño de cara caballuna se tomó toda clase de licencias: arañazos, mordiscos, bofetadas… Pero las cosas no le fueron mejor.
Daban vueltas a derecha e izquierda tan bien entrelazados que formaban un único bulto. Cuando esa masa humana se detenía, el zangolotino era el que estaba arriba, sentado sobre el vientre del otro niño, al que trataba de dominar.
Pero éste, al que la rabia dotaba de gran agilidad, lograba zafarse. Tres veces escapó a la inmovilidad, que era sinónimo de derrota, a que lo condenaban el peso y la fuerza de su contrincante. Pero no hubo cuarta vez.
El niño zangolotino, a horcajadas, colocó las rodillas sobre los hombros de su adversario, y con las manos le mantuvo la cabeza pegada al suelo.
El niño de cara de caballo, con los ojos desencajados, forcejeó unos instantes más, trató de combar el cuerpo y revolverse, sin demasiado convencimiento, a un paso de darse por vencido.

 

 

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                              XXI
Al grito de “¡lavanta, buena planta”! con que el niño de rostro caballuno anunció el segundo pase esforzándose en no soltar una carcajada, y tras recibir en el costillar los primeros azotes que no se hicieron esperar, el zangolotino saltó como impulsado por un muelle, pero no para ponerse a correr sino para encararse con el tramposo.
Lo miró fijamente intentando disuadirlo de perpetrar la faena. Le advirtió con su voz bronca que no siguiera pegándole ni de broma, pues el otro, suavemente, no paraba de sacudirle el polvo.
Le dijo que había puesto la correa fuera de su alcance, igual que la vez anterior. Una podía pasar, dos no.
De haberse tratado de un chiquillo menos engreído y estúpido, el de las facciones equinas habría desistido. Si el enfrentamiento degeneraba en una pelea, llevaba las de perder.
Los dos niños se habían convertido en el punto donde convergían no sólo las miradas de sus compañeros, sino también las de las de las mujeres que tomaban el fresco, a las que no había pasado por alto que algo estaba ocurriendo.
El mocoso sorbió con ruido. Vacilaba. Su rostro se ensombrecía por momentos. Sólo era consciente de que ese grandullón le estaba desbaratando los planes. Arrugando el morro, falto de palabras para contrarrestar los argumentos del otro, cada vez más enajenado, sus respetables orejas enrojeciendo a ojos vistas, se puso a gritar como un poseso, incrementándose su rabia en proporción directa a su berrea.
Mediante muecas de connivencia había creado una expectativa que ahora se volvía en su contra. Si no reaccionaba a tiempo, acabaría siendo el hazmerreír. No podía dar marcha atrás. El tiro no saldría por la culata sino por el cañón.
Con las venas del cuello hinchadas, farfulló frases ininteligibles cuajadas de nítidos insultos. El zangolotino cerró los puños, provocando una elevación del tono de voz del otro niño.
La plaza entera estaba pendiente de este suceso. Como la curiosidad era más fuerte que la prudencia, nadie intervino.
El niño de facciones equinas necesitaba el apoyo de los demás para lanzarse. Hasta no verse respaldado no golpeaba. Era un cobardón que se echaba a llorar de despecho cuando le fallaban los recursos.
Pero, espoleado por su propia verborrea, la obcecación lo estaba conduciendo a lo que, de conservar un resto de lucidez, no se hubiese atrevido.
De momento dos circunstancias lo detenían: el silencio de sus compañeros que se mantenían al margen del altercado, sin tomar partido, y, tras alegar sus razones, el silencio del zangolotino interpretado correctamente como la firme resolución de arrearle un sopapo al menor movimiento en falso.
Los otros niños se levantaron y formaron un nuevo círculo alrededor de sus dos compañeros, hecho que envalentonó al niño de cara de caballo, cuyo despotrique contrastaba con el mutismo del zangolotino.
A éste no le gustó verse cercado por los demás. Este acto aceleraba el desenlace de la disputa en el sentido menos deseable. Era un mal presagio. Barruntaba que, aunque ganase en el cuerpo a cuerpo, el perdedor iba a ser él.
Ni una sola vez se tomó la molestia de replicar por más disparates que el otro profiriese. Callaba con la misma obstinación que su contrincante ponía en apabullarlo con sus aspavientos y sus gritos.

 

 

 

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Paisajes (XVIII)

3 de noviembre de 2014 1473 de noviembre de 2014 148

 

 

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Tus palabras
—recuerdos de lutos
y penas apergaminadas—
me llegan envueltas en un aire antiguo.
Pero yo no canto tu adocenamiento
ni tus enaguas apulgaradas.
Sólo intento revivir
—el pneuma insuflándoles,
el tibio aliento de mi corazón—
aquellos días.

Te he visto llorando a escondidas,
desconsolada.
Y tomando café
en compañía de tus parientes,
a media tarde, en invierno,
de la desvencijada camilla
sentados alrededor,
bebiendo un café tan amargo
como una ilusión varada.

De ti se desprende un tufo a rancio.
¿Qué quieres que diga?
Si me fijo en tu pecho,
sólo veo
dos senos marchitos y vencidos,
si en tus ojos,
ojillos viboreznos,
si en tu piel,
cuero de baúl resquebrajado.

En la puerta de tu casa,
como un animal huidizo,
me miras, me inspiras
estos versos.

 

 

 

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Atardecer (III)

 

 

 

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                               XX
Algunas mujeres se echaban aire con un abanico que abrían y cerraban con movimientos bruscos. Pero este remedio servía de poco. En todos los corrillos se hablaba de la ola de calor. No se podía dormir. Sólo apetecía empinar el botijo. Como las condiciones atmosféricas no cambiasen pronto, no iba a quedar con vida un anciano en el pueblo. A continuación las vecinas procedían a un recuento de las defunciones. A menudo un suspiro rubricaba sus intervenciones.
Sólo los niños vivían ajenos al hecho de que, desde principios de julio, se había franqueado la barrera del insomnio. Las diarreas y otros trastornos estaban a la orden del día. Pero, aun sufriéndolos, aun sudando no menos sino más debido al constante ejercicio físico, no se ofuscaban. La emoción del juego prevalecía sobre cualquier otro interés o consideración, así como sobre los consejos de los mayores que, en sus diversas variantes, se reducían a uno solo: estarse quietos.
Si al niño de cara caballuna, inmerso en la segunda ronda de vueltas, le hubiesen preguntado lo que experimentaba en ese momento, con seguridad no habría respondido “calor”. Ni él ni los otros participantes.
El niño de cara caballuna estaba ebrio de felicidad. Era tan grande su satisfacción que no le cabía en el pecho, desbordándosele por los ojos que despedían chispitas malignas. Su única preocupación consistía en que la víctima no se percatase de la granujada en ciernes.
A estas alturas, que los demás levantasen la cabeza, no sólo no le importaba sino que contaba con ello. Así tendría ocasión de transmitirles mediante miradas y visajes, en un primer intento de complicidad que fue captado por pocos, y a renglón seguido por el método más expeditivo de señalar con el dedo al niño zangolotino, el mensaje que, de no protestar, los involucraría en la jugarreta.
Todos guardaron silencio en espera del desarrollo de los acontecimientos. Codazos a diestro y siniestro habían servido para poner sobre aviso a los cumplidores de las reglas que, cabeza gacha, permanecían en la ignorancia. Todos estaban al tanto de lo que iba a ocurrir salvo el antagonista del lance.
El zangolotino, aunque nada sospechase, inspeccionaba a menudo, en un radio lo más amplio posible, el espacio a sus espaldas. No le cabía duda que la vez anterior la correa había sido colocada más lejos.
Ciertos trucos estaban permitidos. Se había dado el caso de no encontrar la correa por tenerla muy cerca del cuerpo. Pero las posibilidades eran muy limitadas. Se trataba, en definitiva, de un juego de agilidad y rapidez.
El zangolotino, que era concienzudo, después de pasar sus manos desde los muslos a la rabadilla, donde ambas se juntaban, las lanzaba hacia atrás explorando el terreno palmo a palmo hasta donde alcanzaban sus brazos.
Al niño de cara de caballo se le ofrecían dos opciones, una de ellas a desechar. O bien dejaba la correa dentro del área reglamentaria y echaba a correr para que le diese tiempo a recuperarla antes de ser hallada, con lo cual se descubriría él mismo, pues el súbito cambio del trote cochinero al galope tendido sólo podía significar una cosa. O bien hacía lo que ya había hecho: poner entre el predestinado y la correa la distancia necesaria para no verse obligado a prescindir de su paso corto.

 

 

 

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                              XIX
“Más fuerte le tenían que haber dado” “Parece mentira, con su edad…” “A ver si aprende” “¿Quién es?” “Es el hijo de…” “Su padre trabaja en…” “Ya caigo”.
El bochorno de la noche veraniega retenía a las mujeres a la puerta de las casas. No tenían otra distracción que la que les ofrecían los chavales en la plaza. Sus juegos eran motivo de conversación, su alboroto era fuente de quejas haciéndolas añorar una tranquilidad de la que ya disfrutaban ampliamente durante el invierno.
La correa, al no haber sido descubierta a tiempo, no cambió de manos. Su poseedor empezó otra vez a girar alrededor de sus compañeros mascullando la cancioncilla. A la vista del éxito obtenido, decidió probar otras variantes marrulleras de forma que quedase patente, por obra y gracia de su astucia, quién era el dueño de la situación.
En lugar de correr se puso a trotar parándose de vez en cuando y haciendo restallar la correa. Para despistar, invertía a su gusto el sentido de las vueltas. Como notaran algo raro, hubo participantes que, escamados, levantaron la cabeza y denunciaron esa triquiñuela amenazando con dejar de jugar si no marchaba siempre en la misma dirección, según indicaban las reglas.
El aludido replicó que ellos estaban haciendo trampas también, pues, ateniéndose a esas mismas reglas, había que permanecer con la vista clavada en el suelo. Tras estos dimes y diretes, el niño de la correa, ensoberbecido, esgrimió ese argumento para controlar a sus compañeros. Al más leve movimiento, ya fuese real o imaginario, se paraba y gritaba que había descubierto a fulano o a mengano haciendo fullerías.
A todo esto, el niño zangolotino, fiel y estricto cumplidor de las normas, respiraba con dificultad de tan encorvado como estaba.
El caballito trotón (aparte del paso adoptado, el mozalbete tenía facciones equinas) sonreía entre malévolo y estúpido. Su mente estaba maquinando otra jugarreta.
El payaso que cae y vuelve a caer a causa de las bofetadas que le llueven, o que tropieza numerosas veces seguidas dando con sus huesos en el suelo, provoca la hilaridad del público. Esta reincidencia en la desgracia es uno de sus recursos. Haga lo que haga, no puede escapar a ese destino plagado de mamporros, patadas, cubos de agua, tartas voladoras, resbalones y costalazos.
El payaso monta su número en esa línea difusa que separa lo trágico de lo cómico. Si es un verdadero artista, la gente ríe.
El niño de la correa sabía que una de las claves de ese divertido resultado era la repetición. Sus ojos saltones brillaban de gusto. La idea le parecía tan graciosa y tan factible que celebraba el éxito de antemano.

 

 

 

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