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Olivo

 

 

 

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Cuando reverdezca el campo
Cuando florezca la mandrágora
Cuando crezca el caudal del río

El camino emprenderé
Si los hados me son propicios

El camino que discurre
Paralelo al río
Remontando la corriente

El camino que se adentra
En el corazón de la sierra

Ese camino inexplorado
Que adónde lleva
No sé

Tan sólo
Que se adentra
En el corazón de la sierra

 

 

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Angélica

Me había vestido correctamente. Nada de vaqueros ni ropa informal. Me había puesto una camisa clara y mi mejor chaqueta. De la corbata, que tan convencional me resulta, prescindí. Fue una pequeña concesión que me hice a mí mismo.
¿De qué vale arreglarse cuando se salta al vacío? Con ella uno nunca sabe a qué atenerse. Es impredecible. Ella es Angélica.
El trayecto hasta su casa no lo hice en mi coche sino en autobús. Era consciente de que no las tenía todas conmigo.
No quería pensar. Quería distraerme mirando a través de la ventanilla.
Confiaba en que esta vez sería diferente. No esperaba que todo fuese como una seda. Eso sería soñar con los ojos abiertos. Me conformaba con que todo transcurriese con normalidad. ¿Era mucho pedir?
Sé que no hay soluciones definitivas, que raramente nuestras expectativas se ven colmadas. Mis ilusiones habían mordido el polvo a menudo. Sin embargo, me resistía a darme por vencido. La trémula llamita de la fe se mantenía encendida.

-o-

Durante el viaje en autobús me convierto en el campo de batalla de emociones contradictorias. Como si yo fuera un botín de guerra, unas forcejean por hacerse con mi corazón que late como si fuera a apagarse; otras por hacerse con mi cabeza que, bajo el peso de mis obsesiones, se inclina sobre el cristal. En mi estómago despunta la náusea.
Aunque la sangre no llega al río, ese malestar mina los cimientos de mi confianza.
Bien es verdad que esas somatizaciones son controlables. De hecho, cuento con ellas.
Son la respuesta del animal que se apresta a la lucha. El primer combate que libra.
Estas consideraciones me ayudan a encarar mi situación con el espíritu de un guerrero al que, indefectiblemente, se le ofrecen dos posibilidades: el triunfo o la derrota.
Delante de mí, en un asiento de la derecha, va un hombre gordo, vestido con atildamiento. Tiene un morrillo como el de un buey. Un cuello robusto que se alarga como el de una serpiente antediluviana.
Cuando vuelve la cabeza, muestra su rostro en el que brillan sus ojos enrojecidos. Observo sus fauces entreabiertas y su monstruoso pie guarnecido de grandes uñas corvas.
El dragón habla con una voz ronca que se superpone al ruido del tráfico, que anula cualquier sonido, una voz retumbante imposible de silenciar. Comenta que su madre tiene novecientos y pico de años.
“Y está como una rosa”. Una bruja de nariz ganchuda y mejillas hundidas le pregunta por el secreto para conservarse en tan envidiable estado.
“Bueno, mi señora madre tiene una gotera” “¿Qué le pasa?” pregunta la vieja en un tono meloso que trasluce su falso interés.
“No lo van a creer” responde fijando sus protuberantes ojos, que recuerdan los de un besugo gigante, en la bruja, la cual, sin pestañear ni achantarse, le sostiene la mirada.
“Le duele la muela del juicio” declara soltando una carcajada que la vieja corea de buena gana. “¡La muela del juicio!” repite entrecortadamente el dragón muerto de risa.
De pie, agarrado a la barra, un doncel de cabeza arrogante contempla con la barbilla alzada a esa singular pareja.
Como aún no ha sido armado caballero, no lleva espada. Si tuviese una, tal vez la usara para hacer callar a esos dos patanes.
Del cuello del joven cuelga una cadena con un medallón. Figura en él una leyenda en letras góticas que, por más que aguzo la vista, no consigo leer.
El doncel, disgustado por el espectáculo que están dando esas dos criaturas, cambia de postura y se pone de cara a la ventanilla. Luego, abstrayéndose del entorno, mueve la cabeza al son de una música que sólo él oye.
Mi viaje llega a su fin. Angélica me espera, no quiero llegar tarde a la cita. Me levanto. Mejor dicho, nos levantamos el dragón, la bruja y yo. Los tres bajamos en la próxima parada.

 

 

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El verdeo (III)

 

 

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Fuente

16 de abril de 2013 011

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In illo tempore

IN ILLO TEMPORE

 

 

30 de mayo de 2011 204

 

Antonio Pavón Leal

Octubre 2013

 

 

 

Libro en formato PDF: In illo tempore

Correo de contacto: apavlea@gmail.com

 

Nota.-El libro ha sido revisado una vez más para su publicación en formato PDF, por lo que esta versión no coincide completamente con la del blog. Con vistas a deslastrar y a mejorar el texto, se han eliminado frases y palabras innecesarias, sobre todo adjetivos, y se ha tratado de optimizar la expresión de algunos pasajes.

 

 

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I

La primera redacción de este libro data del curso 1983-84. La definitiva ha ido apareciendo en este blog entre enero de 2011 y septiembre de 2013.
Daba entonces clases en Huelva, en el instituto La Rábida, y había alquilado un apartamento en Mazagón. Trabajaba en el nocturno y tenía las mañanas libres, que dedicaba a escribir y a pasear por la playa.
El libro se llamaba “Testimonio”, pero cuando empecé a publicarlo en el blog, cambié ese título por “In illo tempore”, que era el de un cuento incorporado posteriormente.
Mi idea era sacar estos episodios como relatos independientes. Pero en vista de que tienen un hilo conductor que no es sólo la voz del narrador sino también los temas tratados, decidí mantener el plan original.
Aparte de las correcciones y abreviaciones, lo único nuevo es el título, que me parece más apropiado, pues hace alusión a aquel tiempo, a la época en que se sitúan estas historias, a los años 1972 y 1973.
Aquel lejano y productivo curso de Mazagón lo pasé trabajando por las tardes y escribiendo por las mañanas. Acabé la redacción del libro en mayo, que es el mes en que finalizo o interrumpo mis tareas literarias.
Con suerte, culmino mi proyecto. Si no es así, llega un punto de saturación, de embotamiento. Lo aconsejable es no insistir, dejarlo, para que los depósitos subterráneos tengan tiempo de llenarse de nuevo y la fuente pueda seguir manando.

II

Este libro, memorándum o periplo por una época en la que se fumaba en los autobuses, adopta por necesidad interna una forma fragmentaria y deslavazada.
Ese estilo es un reflejo de la crisis existencial del joven protagonista, cuya edad no consignada puede ser los diecisiete años, conflictivo momento durante el cual emerge y se perfila su vocación literaria plasmada en relatos que se entremezclan con apuntes de su propia vida.
El inicio del libro es onírico y su final dudoso, en el sentido de que se podría seguir añadiendo episodios. Se trata de una composición abierta, de un ejercicio de escritura sin desenlace.
Ni la crisis está resuelta ni la vocación ha cuajado completamente. Todo está todavía por asumir y definir. En ese limbo se encuentra el protagonista. En ese ámbito se desarrolla la acción del libro.
Como indicaba su primer título, esta crónica es un testimonio personal y social. Una recreación constituida por miradas, balances y apreciaciones. Por intentos de ordenar un material resistente a la fijación y a la categorización.
Tarea prometeica e insensata, condenada al fracaso o a la frustración en la mayoría de los casos, es querer apresar los elementos que conforman la vida en cualquiera de sus manifestaciones.
Esos elementos son irreductibles. Metafóricamente se puede dar cuenta de ellos. Mediante un abrazo creativo pueden ser revividos en el mundo paralelo de la literatura.
La literatura es una tentativa de ordenación y comprensión. El escritor es el arquitecto o el maestro albañil que, con esos componentes transmutados, se esfuerza en levantar el edificio intangible del libro.

 

 

 

 

 

 

 

 

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In illo tempore (CX)

Souvenirs. Giraldas de calamina dorada y plateada. Giraldas luminosas. Giraldas musicales. Repiqueteantes castañuelas. Abanicos pintados a mano. Guitarras flamencas. Mantones de Manila con bordados de flores rojas sobre fondo negro. De flores azules sobre fondo crema. De seda natural. De color albaricoque. De color hierbabuena. Relojes con imágenes típicas de la ciudad. Tic-tac, tic-tac. ¿Qué hora es? ¿Y esa música pachanguera? Máquinas tragaperras. Introduzca una moneda por la ranura. Pulse el botón correspondiente…y nada. Mucho ruido y ni una nuez. Repita su suerte. Al cliente le entran ganas de dar una patada al aparato. Disparata por lo bajo. La diosa Fortuna siempre tan esquiva. Pero el hombre culpa a la máquina. El vigilante con guardapolvo gris también se ha dado cuenta de ese conato de agresión y se acerca para intervenir en caso de malos tratos e insultos. No es su día, amigo. Y ese engendro del diablo se pone a canturrear como si tal cosa. Como si no lo estuviera desplumando. El primo duda, rebusca en los bolsillos, saca la cartera. ¿Me cambia este billete? El vicio lo domina. Coloca una mano en la parte superior de la máquina. Introduce-pulsa-espera. ¡Premio! El escándalo que organiza la condenada porque tiene que aflojar la mosca. Lo pregona a los cuatro vientos. Que todo el mundo se entere. Después se escucha el tintineo de las monedas. El hombre pasa la mano por la bandeja y mira con desprecio a la tragaperras. ¿No le da vergüenza montar ese número por esta miseria? Sigo andando con la cabeza vuelta hacia el salón de juego y tropiezo con una jamona que avanza con la cabeza vuelta hacia la administración de lotería. Perdón. Tenga cuidado, joven. Lo siento. ¡Me ha pisado! exclama iracunda. Me disculpo de nuevo. Me alejo mientras ella masculla: no hay respeto ni educación. Ella iba también distraída. Por eso hemos chocado. Con su tonelaje. Una apisonadora de limitada maniobrabilidad. La reina de las ballenas. Sigue parada. Es increíble. Acercarme. Interesarme. Besarla en los mofletes. Me abofetearía. Echarle el brazo por sus carnosos y redondeados hombros. Pelillos a la mar. Voltearía el bolso y me golpearía con él. Pellizcarle la papada con cariño. Darle un mordisquito en el lóbulo de la oreja. Una colleja en el cogote. Alborotarle el peinado. Esa torre cónica perfectamente moldeada. Conseguir que le dé un soponcio. Un telele. Un patatús. Asunto concluido. Seguir andando. Espacios abiertos. Agorafobia. Escabullirme. Irme. Por la tangente. Prófugo. Cimarrón. Plaza de las Banderas. Atravesarla sin prisa. A la sombra de los naranjos. Adentrarme en la Judería. Enfilar sus calles: Agua, Vida, Gloria, Aire…Recorrerlas. Vagamundear.

 

 

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Azulejos (II)

 

 

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