Feeds:
Entradas
Comentarios

La linda parejita viviendo a tope. Manos arriba. Todo el mundo al suelo. Tú también. He dicho todo el mundo al suelo. Mientras ella apunta con la pistola, salto por encima del mostrador. Le arrojo la bolsa al cajero. Llénela. Rápido. Luego la huida. La sirena de la policía. La persecución por las carreteras del Medio Oeste. Huele bien. A café con leche y tostadas. Un cliente moja voluptuosamente un churro en un tazón de chocolate. Lo sumerge una y otra vez. Lo empapa. Luego se lo lleva a la boca y lo mastica con delectación. Un chorreón de chocolate le resbala por la comisura de los labios. No se molesta en limpiarse. Felicidad absoluta. Sólo cuando acaba de zamparse el largo cilindro de masa frita, coge una servilleta de papel y se la pasa por la barbilla. Luego hace una bola y la tira al suelo que está lleno de servilletas sucias y sobrecitos de azúcar vacíos. ¡Mmm! Se da cuenta de que. El churro en suspenso, goteante. Sigo andando. Cojo por una calle más tranquila. Atravieso la plaza. Deambulo por los alrededores de la catedral. Turistas con cámaras fotográficas, señalando con el dedo, chupando una patilla de las gafas de sol que se han quitado. Tan atentos. Tan curiosos. Tan metidos en su papel. Extranjeros por todas partes. Ojalá no encuentre a nadie conocido. ¿Qué haces por aquí? ¿Y a ti qué te importa? Gesto de consternación. Hacer yoga. La postura del loto. La postura del guerrero. Perro cara arriba. Perro cara abajo. Me duele la espalda. Relajación. Concentración. Meditación. Liberación. Comprar un libro sobre este tema. Entro y pregunto. No entro. Sale una monja sonriente. Me quedo mirando una reproducción del Cristo de Velázquez. Tan sereno. Tan natural. Tan resplandeciente. Como esta luminosa mañana. Me vuelvo. La monja ha desaparecido. Se la ha tragado la multitud. La voraz multitud.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Azulejos (I)

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Me detengo ante los escaparates y miro con ternura las corbatas y las chaquetas. Alguien me ha hablado de las cartas astrales. Conseguir la dirección de un astrólogo. El mandato de las estrellas. Los astros eternos siempre tendrán razón. Rezar al Sol Naciente. ¡Oh Padre Sol! Con probar nada se pierde. Conocerme a mí mismo a través de los horóscopos, de las traslaciones de luz, de las figuras celestes. Estudiar astrología. Y matemáticas. Y astronomía. Y las tablas alfonsinas. Oiga, señora, ¿es usted Aries, Virgo…? La verdad es que usted tiene cara de Capricornio. Me observa como a un bicho raro. No, no es una encuesta. Ni tampoco es para ningún estúpido programa de la televisión. Acelera el paso. Se escapa. Allá veo a otra mujer que se ha parado a la puerta de una joyería. Las piedras preciosas la tientan. Me acerco y le susurro: ¿Entramos? No hace falta insistir demasiado. Por favor, le digo al empleado, enséñenos los zafiros, las esmeraldas, los rubíes orientales, los topacios del Brasil, los granates de Bohemia, el ámbar negro y los ojos de gato y las sanguinarias. Por favor, no olvide los diamantes almendrados. No puedo aceptar, dice con un hilo de voz, falsamente turbada, sin lograr ruborizarse. Se lo suplico, soy tan rico que no sé qué hacer con mi dinero. Comprar un paquete de cigarrillos. Si pudiera hacer un experimento como ése. Sí, no, sí, no… Ese forcejeo. Aquí. No. Hay mucha gente. Más adelante hay otro estanco. Tengo tantas ganas de fumar. Y cerillas. Arrodillarme. Gritar. Periódicos colgados de un cordel, como si estuvieran puestos a secar. Clamar en el desierto. Grandes titulares. A toda plana. Loco de atar. Y una foto en la que aparezco cubriéndome el rostro con las manos. Como un cencerro. ¿Y cómo están ellos? Como una regadera. O todavía mejor: tocado con un sombrero cordobés. O con una boina negra calada hasta las orejas. Con un panamá. Con un salacot. Con un bombín. Con una gorra de fieltro verde con la visera ligeramente levantada.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Las razones de su oficio de escritor, las que le llevaron a redactar “El cuaderno gris” y, por extensión, las de la creación literaria, las expone en la entrada del 20 de junio.
Escribir es “una necesidad íntima”, una actividad a la que uno se ve abocado. Escribir es también una disciplina, un medio de actualizar su potencial humano ateniéndose a las normas y condiciones anejas a esta ocupación, que no sólo afectan a esta parcela sino que abarcan la totalidad de la vida, que imprimen el tono existencial.
Hay vidas de deportistas, de aventureros, de burócratas, de negociantes, de tahúres…y vidas de escritores.
No se trata de una reglamentación absurda sino de un compromiso que incardina al autor en la caótica realidad, y que le permite realizar su trabajo. Esa directriz actúa como un correctivo que ataja las desviaciones y facilita el camino emprendido.
Planteada la escritura como necesidad y como disciplina, estando la segunda supeditada a la primera, que es la que marca la pauta, sólo hay una respuesta a la pregunta de si uno seguiría escribiendo en el caso de tener dinero. Fue la que dio Pla: “Quizás escribiría más “.

“(…) este cuaderno, empezado frívolamente, se ha convertido para mí ineludiblemente en una necesidad íntima.
“Este cuaderno es, en primer lugar, un elemento de disciplina positiva que actúa sobre mi vida. En la biblioteca, un día Climent me preguntó:
“-Tú, si tuvieras dinero, ¿también escribirías?
“Contesté a la pregunta sin dudar un momento:
“-Sí, también escribiría… Quizás escribiría más.”

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Alameda de Hércules

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Mi estado es la zozobra
mi música el embate
de las furiosas olas

Y sin embargo canto

Mientras aliente en mí
un átomo de vida
modularé la voz
y entonaré canciones
con sabor a salitre
con algas en la playa
con barcos que se alejan
con manos que se agitan
en un último adiós

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Maceta de geranios

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Avanzaba trabajosamente por el pasillo del autobús lleno de gente apoyada en los asientos.
“¿Me permite?” “Usted perdone” “Por favor”. Y uno y otro nos empinábamos hasta que lograba pasar. Realicé esta operación repetidas veces. El objetivo era encontrar un hueco.
Los lunes por la mañana era una locura. El autobús venía completo del pueblo vecino. Los viajeros que subían ahora, abarrotaban el pasillo.
Encontré un sitio y coloqué los libros y cuadernos en la red. Luego eché un vistazo. No cabía un alfiler. El vehículo permanecía en marcha durante el tiempo de espera.
Aunque hacía frío, el conductor no había puesto la calefacción. Rogué a los cielos que no lo hiciera porque la atmósfera se volvería sofocante.
Prefería la tartana ruidosa y renqueante a este autobús nuevo. Prefería arrebujarme en mi chaquetón a respirar este aire viciado. Pero la antigualla rodante estaba averiada.
Ya a punto de irnos, se organizó un alboroto en el largo pasillo. Un rezagado se abría paso. No presté atención al desbarajuste y me sorprendí cuando me llamaron por mi nombre.
Era Diego que me preguntaba si había un hueco por donde yo estaba. Sin esperar mi respuesta, que hubiese sido negativa, se acercó y me dijo: “Está a tope. ¡Qué vergüenza!”.
Su cara redonda me recordó a la luna llena. Tenía los labios contraídos en un gesto de repugnancia.
En el ambiente flotaba un tufillo a humanidad que revolvía el estómago.
Su mueca se convirtió en una afable sonrisa y me preguntó qué era de mi vida. Últimamente nos veíamos poco. Él estaba interno en un colegio y venía al pueblo de vez en cuando.
Respondí con un escueto bien. Las puertas se cerraron y el autobús arrancó con una sacudida que nos obligó a agarrarnos a los espaldares de los asientos.
Diego me agasajó con otra sonrisa y empezó a hablar de los estudios, su tema preferido. Ambos acabábamos el bachillerato el año próximo y había que ir pensando en la carrera que más nos convenía.
O que más nos gustaba, dije por decir algo. Me miró condescendiente y se apresuró a sacarme del error. Según él, debía prevalecer un criterio práctico.
El autobús saltaba cada vez que sus ruedas se metían en un bache. Empecé a sentirme mareado, pero no pude cambiar de postura debido a la falta de espacio.
Diego se había entusiasmado y multiplicaba sus argumentos con el fin de convencerme. Por mi parte, ni siquiera me había planteado esa cuestión. Los estudios superiores me parecían algo lejano.
Este asunto, y todavía más el de las salidas laborales, a las cuales supeditaba mi amigo la elección de la carrera, me traía al fresco.
Su apología de lo rentable estaba incrementando mi malestar de forma que tuve que bajar la cremallera del jersey y desabotonarme un poco la camisa.
A mitad de camino observé que la línea del horizonte se nimbaba de una claridad titubeante.
Interrumpiendo su discurso, le pregunté la hora. Quedaban todavía quince minutos de viaje. Quince eternos minutos.
Diego lo tenía claro. Él iba a estudiar Medicina. En su familia no había médicos…
Cerré los ojos. Me estaba mareando. “¿Te pasa algo? Estás pálido” “Abre una ventanilla”.
El aire frío me reanimó. De inmediato se oyeron voces de protesta. Nadie quería exponerse a coger un resfriado o una pulmonía. Hubo que cerrar el cristal casi del todo, dejando una ranura que no servía de nada. Por fortuna Diego se calló.
Al llegar a Sevilla, bajé precipitadamente del autobús, me apoyé en la pared y vomité. Como no había desayunado, tras dar varias arcadas, arrojé una baba espesa que me dejó un regusto amargo en la boca. Me rompió un sudor frío por todo el cuerpo y sentí un gran alivio.
Diego esperaba a que me repusiese. Cuando me erguí, me entregó mis libros y cuadernos que había olvidado. Tenía que estar en el colegio a las nueve menos cinco. No podía perder tiempo. Se despidió y se fue.
Saqué el pañuelo del bolsillo y me sequé la cara. Miré a mi alrededor. Dos empleados de la empresa enfundados en monos azules manchados de borra limpiaban un autobús.
Respiré hondo, crucé la estación y salí a la calle bañada en la luz grisácea del amanecer.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Sobre la posesión del dinero, las razones de Pla no pueden ser más sensatas. Quizá en la vejez tiene un valor relativo, pero cuando se es joven su carencia es una desgracia porque deforma grotescamente la percepción de las cosas.
Téngase en cuenta que durante esos años la vida se basa sobre todo en la perentoria satisfacción de los deseos. Todos los oropeles y perifollos con que la adornamos en nuestra ofuscación, podrían ser desenmascarados si tuviésemos los medios económicos para confrontarlos con la realidad.
A menudo eso no ocurre. Al sernos materialmente imposible dicha comprobación, las expectativas se agrandan y se multiplican, sumiéndonos en la infelicidad. Y la culpa la tiene el deseo frustrado que tiñe de misterioso y sumamente apetecible lo inalcanzable.
Una de las nefastas consecuencias de este fenómeno es impedir que nos centremos en lo que de verdad importa, que en el caso de Pla era escribir más.

“Cuanto menos dinero se tiene, más deseo suscita la vida. El deseo insatisfecho llega a hacer creer que en la vida humana hay algún misterio, algún tesoro oculto de una mágica fascinación hedonística. El dinero, pues, se debería tener en la época de la juventud, con el objeto principalmente de hacer comprender, por saturación, que la vida humana no tiene ningún misterio, que las fascinaciones hedonísticas son monsergas –o aproximadamente. Por eso me gustaría, personalmente, tener dinero; para poder pasar delante de un restaurante, (…) o de un escaparate, con una completa, profunda indiferencia. Así evitaría enormes pérdidas de tiempo y ese dolor de convertir la vida en una sedienta tentativa”. Entrada 20 de junio.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Yuca

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.