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Calabazas

Curcubita pepo es la calabaza común, pero hay una gran variedad. La pulpa de las de la foto, una vez cocida y preparada, se utiliza como relleno de morcillas.


Entre sus cuernos lleva
De rojo coloreada
Como un sol refulgente
Una gran calabaza

(El carnero mítico de los Dogon)

 

 

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[A veces]

A veces
recibo cartas
de países lejanos,
de ciudades extrañas.

Estas cartas me llegan
de infrecuentes maneras.
En verdad el cartero
nunca me las entrega.
Me las traen las nubes
que el sol poniente incendia,
o cuando cae la noche
la lechuza que vuela.
Me las traen el viento,
la lluvia, las estrellas.

Son cartas imposibles,
escritas por quién sabe,
que se acuerda de mí
de tarde en tarde.

Y veo su sonrisa
-casi puedo decir-
cuando coge la pluma
y se pone a escribir.

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Carmen, encogida en un rincón, jadeaba como un perrillo asustado. Ella era muy sentida y vivía los sucesos, incluso los más nimios, intensamente.
Ella y María habían observado cómo la luz que entraba por la tronera del torreón, modificaba su recorrido.
−Se acerca el momento –dijo María.
Carmen no repuso nada.
−Se acerca el momento –repitió María−. Es nuestra oportunidad. Levántate y deja de lloriquear.
La respiración de Carmen era anhelosa porque estaba recordando, o más bien reviviendo, historias del pasado. Ella intuía también la proximidad de ese momento. No obstante, sus palpitaciones las provocaban esos viejos episodios que acudían a su memoria.
Al contemplar a María en tensión, volvió a la realidad. La ocasión se presentaría pronto y Dios sabe cuánto tiempo tendrían que seguir esperando si no la aprovechaban.
Su corazón latió más de prisa. Se levantó y permaneció recostada contra el muro, mirando fijamente la abertura. Algo se removió en su interior.
María, flaca y desmelenada, sostenida por su fuerza de voluntad, declaró:
−Conmigo no pueden ni las diez plagas de Egipto.
Era una bravuconada. Ella estaba allí porque sus constantes vitales se habían desactivado y había sufrido un terrible retroceso. A veces se revolvía contra su amiga y la zamarreaba. Pero Carmen no le guardaba rencor por estos arranques.
Las dos querían salir de allí. Carmen se dirigió al punto asignado. Tenía que estar atenta y preparada.
Un rayo de sol barría los sillares milímetro a milímetro.
Disimulado en los bloques de piedra, había un dispositivo. Una vez que fuera iluminado, dispondrían de escasos minutos para identificarlo y accionarlo.
María entonó una canción marinera sobre un barco que cruzaba el mar. Las embestidas de las olas y los crujidos del maderamen eran el tema del estribillo.
Carmen pensó en las nubes y en la lluvia que se abatía sobre el barco mientras avanzaba impertérrito. Y sintió añoranza.

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Invierno (I)

 

 

 

 
Noches claras y frías
Amaneceres blancos
Agujas y cristales
Paisajes escarchados

 

 

 

 

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Gregorio y Esteban

En el principio fue la energía. Una fuerza arrolladora que se manifestaba en remolinos cósmicos desplazándose por un ámbito ilimitado. Una fuerza que se plegaba sobre sí misma y después se abría en infinidad de destellos cegadores. Un desbordamiento de partículas luminosas. Una actividad sin sombra de lasitud multiplicándose en todas las direcciones.
− ¿Qué miras? –preguntó Gregorio a su amigo.
−El cielo.
Gregorio empinaba el codo más de la cuenta. Estuvo a punto de que le entrase la risa floja. Y eso que no había empezado a beber todavía. Tan sólo un par de copas.
− ¿El cielo?
Su amigo, como consecuencia de un accidente de coche, tenía una lesión cerebral. A veces perdía el habla. O se expresaba de forma incoherente, tartamudeando. Esteban sufría crisis de afasia.
Gregorio pensó que en ese momento estaba teniendo una. Algo raro le estaba pasando.
Esteban tenía el cuello ladeado y la cabeza levantada hacia el techo del local.
−Cualquiera diría que el borracho eres tú.
Energía en movimiento continuo. Naciendo y renaciendo. Expandiéndose. Rebosando. Girando en espiral. Despeñándose en resplandecientes cascadas. Avanzando como una marea tumultuosa.
Finalmente, esas miríadas de puntos centelleantes que bailan enloquecidos, empiezan a organizarse.
−Aquí caben dos posibilidades.
−Ardo en deseos de saber cuáles son.
−La mano de Dios ha intervenido.
Gregorio se pone en pie y anuncia:
−Voy por más combustible.
Cuando vuelve, pregunta:
− ¿Y la otra?
− ¿La otra qué?
Gregorio suelta una carcajada y dice:
−La otra posibilidad.
Esteban calla. En su cabeza se ha producido un vacío. Un agujero negro se ha tragado sus pensamientos, recuerdos y sensaciones.
Al principio, tras el accidente, un dolor punzante le perforaba el cerebro, como si le hubiesen clavado una gumía. Así y todo, ese desgarro era preferible a la oscuridad interior.
Él hacía esfuerzos sobrehumanos por recomponerse. Por realizar una acción creadora consigo mismo.
Cerró los ojos. Era un ardid que no siempre daba resultado, pero tenía que intentarlo. Respiró hondo. Al rato, en la lobreguez de su mente, sintió un aleteo. Un pájaro había emprendido el vuelo. Escuchaba su insistente batir de alas. Ahora había que confiar en que su instinto lo condujese al mundo de las formas y colores.
− ¿Estás bien?
Esteban entreabrió los ojos y vio a Gregorio con un vaso largo. ¿Era el tercero o el cuarto? ¿Cuánto tiempo llevaban en el pub? Con voz empañada articuló:
− ¿Y tú por qué bebes tanto?

 

 

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Medianoche clara

Esta es tu hora, alma, la de tu libre vuelo más allá de las palabras,
De los libros, del arte, esfumado el día, concluida la noche,
Tú emerges plenamente, callada y absorta, meditando sobre los temas que más amas:
La noche, el sueño, la muerte y las estrellas.

W. Whitman

Aulagas (I)

 

 

El oro viejo de las aulagas en diciembre muy diferente al amarillo nuevo de las flores de esta planta en primavera.

 

 

 

 

 

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1
Los petirrojos,
con el último fuego,
cierran los ojos.

2
Cuando anochece,
los herrerillos
caen blandamente.

3
En la espesura,
sin aleteo,
cuánta finura.

4
En la enramada,
mientras declina
la luz dorada

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Nunca podré pagarte tu lealtad, tus desvelos.
Tus enseñanzas siguen mi senda iluminando.
Tu voz en mis oídos del todo no se apaga.
Así, cuando me pierdo y creo lo que no soy
y espero lo imposible, acechando a una presa
que sólo he visto en sueños, no necesito más
que pararme un momento y dejar que tu voz
resuene en mi interior. No necesito más
que coger el farol que tu mano me tiende,
el antiguo fanal de luz adamantina
y suave fulgor que hiere mi retina.

 

 

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