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42.- Los poemas y los relatos son como los chistes. La chispa salta o no salta. Eso es todo. Las explicaciones los matan.

43.- ¿Cuál es la palabra clave para nombrar ese sentimiento que socava el pecho al comprobar el paso del tiempo, al contemplar un paisaje, al andar por un camino y percatarse de que esa experiencia anodina tiene una correspondencia interior?
Esa resonancia, esa vibración que se producen en determinados momentos de paz, a la clara luz de la mañana, al matizado resplandor de la tarde, en el silencio de la noche, se pueden definir como nostalgia.
Esa querencia que se hace sentir tan sutil como inapelablemente, que se puede ignorar pero no negar, es la piedra angular sobre la que se eleva el edificio de la existencia. Todos los grandes artistas la han experimentado y han dejado constancia de sus efectos. Ese soterrado deseo que habita en el alma es lo más genuinamente humano. Incluso puede que sea todavía más: el fundamento compartido por todas las criaturas.
Nostalgia de absoluto, nostalgia de infinito, nostalgia de plenitud, pálpito inefable, puerta abierta a horizontes inconmensurables, exigencia de realización total, vacío cálido y acogedor, norte, raíz, abandono, aceptación.

44.-Nuestras contradicciones e incoherencias constituyen siempre un espectáculo penoso. Cuando entre nuestras acciones y nuestro discurso el hiato se agranda demasiado, su contemplación deja de ser penosa para convertirse en deplorable. Porque deplorable es ver atrapado a alguien en la trampa que él mismo ha montado, y en la que se debate no con el objeto de escapar sino de quedar más pillado. La soberbia juega un papel importante en este juego bufo. Es la que nos impide dar marcha atrás, reconocer nuestros errores, tener en consideración otro punto de vista. La que nos hace pensar que tenemos poderes extraordinarios ante los que los otros se doblegarán o retrocederán.

 

 

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XII
Oh tiempo de desastres, de profundo clamor,
de no saber adónde dirigir la mirada,
flotando en el vacío como globos que escapan,
remontándose lejos, el viento se los lleva,
se los traga el espacio azul, el infinito,
como globos o pompas de jabón transparentes,
se irisan un momento, tras el breve milagro,
explotan, se deshacen

Esta huida perenne, esta fuga imparable,
hemorragia que nadie sospechaba siquiera,
se producía por las ventanas abiertas
cuando hacía buen tiempo

Oh qué linda escapada,
estrellas de colores moteaban los cielos,
puntos rojos, violetas, puntos verdes, añil,
amarillos, turquesas, naranjados, marfil

 

 

 

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Vilanos

 

 

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Ese día la conversación recayó sobre el amor, del que mis tres compañeras, huelga decirlo, tenían un alto concepto. Ensalzándolo a porfía, como si estuviesen participando en unos juegos florales, se llevaron todo el trayecto enumerando sus milagrosas virtudes. En definitiva las tres coincidían, por lo que la competición se limitaba a rivalizar en la originalidad de las aportaciones.
Como era costumbre en mí, permanecía calladito en mi asiento trasero, detrás de la conductora, escuchando con una oreja y mirando el paisaje con los dos ojos. A veces perdía el hilo de la charla que retomaba sin problemas algunos kilómetros más adelante.
Dos de ellas estaban casadas. Con voz en la que todavía vibraba la emoción, una contó que en el salón de celebraciones, a petición de su marido que le tenía reservada esa sorpresa, pusieron la canción “When a man loves a woman”, lo cual la conmovió hasta las lágrimas. La otra había hecho inscribir en su tarta nupcial la frase: “Sólo se ve bien con el corazón”.
Por supuesto, yo no tenía nada que objetar a lo que se estaba exponiendo, que me parecía de perilla.
Se llevaron prácticamente todo el viaje cantando las excelencias del amor que ilustraban con anécdotas propias y ajenas, de personas y de animales, reales y ficticias. Haciendo gala de prudencia no intervine ni para decir que se estaban poniendo pesadas.
Fueron ellas las que me sacaron de mi prolongado mutismo, que les resultaba incómodo, solicitando mi opinión al respecto. “¿No es el amor la clave del universo, la solución de todos los problemas, la base más sólida de la convivencia?” me preguntaron.
Me animé entonces a referir el episodio protagonizado por mi abuela materna en mi propia boda. Tenía que reconocer que estaba cansado de tanta matraca.
Al final del convite, cuando uno de los camareros estaba troceando la tarta de varios pisos superpuestos, adornada con cenefas de florecitas, y coronada por una parejita de novios, él de frac y ella con un vestido tan blanco como la nata del pastel, mi abuela se acercó a la mesa.
Tenía ochenta y tres años. Había vivido penosas experiencias. Pero su espíritu se mantenía joven, no había perdido la alegría y su genio seguía siendo vivo. Había enviudado hacía varios años. Su matrimonio constituía un punto de referencia para mí.
Se acercó decidida a la mesa transversal que presidía el salón, cuyos asientos centrales ocupábamos los recién casados. Mirándonos sonriente nos dio un consejo aplicable a todas las relaciones humanas. Nos dijo: “Para que un matrimonio funcione, el marido tiene que respetar a la mujer y la mujer tiene que respetar al marido”.

 

 

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«April is the cruellest month» T.S. Eliot

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Bestiario (XI)

XI
Ciertamente era un asno, como tal rebuznaba.
Encogía los brazos,
enseñaba los dientes y soltaba un rebuzno.
No se puede decir que diera gusto verlo.

Narices palpitantes, húmedas, aplastadas,
frente y cara alargadas,
ojos inexpresivos de bestia resignada,
tenía en la barbilla cuatro pelos y medio.

Lo que se dice hablar, hilvanar una frase
o saber comportarse
eran cosas ajenas a este garañón,
no tenían que ver con su naturaleza.

A pesar de las coces,
de las locas carreras, de las ventosidades,
no era ningún peligro.
Era sólo un castigo.

 

 

 

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«Los dorados amentos de la encina»

 

 

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“Tuvo a bien concederme que yo era una auténtica buscadora, aunque anduviese errada. La religión, según él, es la respuesta exhaustiva a la necesidad racional de significado que define al ser humano. E insistió: racional, no racionalista” “Se nota que ha estudiado teología”.
“Con ese sonsonete que le es propio cuando se pone mordaz, añadió que el hombre y, por supuesto, la mujer no son una pasión inútil, un accidente fortuito o una anécdota tragicómica como más o menos propone la posmodernidad y sus ramificaciones ideológicas, filosóficas o políticas”.
“En los tiempos actuales la realidad está bajo sospecha. Haciendo un retruécano se podría afirmar que la realidad no es real. Y desde luego, sea como sea, no es merecedora que nadie se fíe de ella. Ésta es una de la claves para entender la irresistible atracción que ejercen sobre las mentes occidentales, tan afectadas por la gangrena del recelo, las propuestas espirituales del Lejano Oriente, tan respetables como las nuestras, admitió”.
“Pero nuestro amigo Luciano señaló y subrayó una diferencia radical entre ambas tradiciones. Consiste ésta en su posicionamiento ante la realidad, de la que Oriente no tiene, al igual que la posmodernidad, un concepto favorable, por lo que recomienda liberarse de ella. El método para alcanzar esta meta se sintetiza en la supresión total del deseo, que es la madre de todas las calamidades. Pero el deseo, según nuestro teólogo, es lo más específicamente humano, el motor de nuestros actos. El deseo no es algo negativo en sí, un enemigo al que hay que aniquilar. El cristianismo es, por el contrario, la intolerable pretensión de dar cumplimiento total a ese deseo constitutivo”.
“¿Se refería a la exigencia de verdad, belleza y bondad que alberga el alma humana, y a cuya realización aspira?” pregunté. “Él fue más lejos y aludió también al triunfo sobre la muerte y el mal” “Suena fuerte” “Yo le repliqué que eso no eran más que palabras. Fue entonces cuando, lanzándome una mirada en absoluto caritativa, soltó lo que ya sabes. A renglón seguido quiso quitar hierro a ese ultraje y aseguró que lo había dicho con todo cariño. Habrase visto”.
“¿Y así acabó el diálogo interreligioso?” “Antes de irse me prometió que rezaría por mí” “¡Qué detalle! No le guardes rencor. Quien te conoce sabe que no tienes un corazón pequeño” declaro y bebo el último sorbo de vino. Emma aparta los ojos de las patas rusas y de los cangrejos, los fija en la copa vacía y me pregunta: “¿Te apetece otro Barbadillo?”.

 

 

 

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