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Archive for the ‘Poemas’ Category

Y todo para qué
me pregunto y miro
a través de la ventana
los campos lejanos
el azul infinito
una libertad imposible
más allá de las copas de esos árboles
que cabecean al unísono
una paz que se aleja
sin atender a ruegos

Entonces sobreviene
ese golpe capaz de desnucarte
ese pájaro de alas cenizosas
ese iceberg a la deriva
en el océano del tiempo
esa amenaza atenazante
ese pico infernal
ese ángel geométrico y frío
ese emisario de la nada
la pavorosa nada
en cuyo honor se apagan
los colores del mundo

Y todo para qué
me pregunto y miro
un punto distante
tal vez inexistente

Y pienso
esta larga agonía
que sellará la muerte
este largo penar
para acabar pudriéndose

Y yo aquí
mirando a través de la ventana
contemplando aleros desagües y veletas
soñando con árboles que mecen sus copas
observando mis manos a la par que mi boca
se me llena de hiel

Ese vómito amargo
me coloca en el acto
donde me corresponde
gracias a esa lanzada
en mi costado izquierdo
reconozco quién soy

 

 

 

 

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Pequeñas muertes cotidianas,
pequeñas muertes silenciosas
que te acechan calladas y tenaces
y te asaltan al torcer una esquina.

Son amantes de un día,
o más bien de un minuto,
que te salen al paso,
y con sus yertos labios
te besan fugazmente,
y con sus manos lívidas
acarician las tuyas.
Y clavan en tus ojos
su vidriosa mirada
de idéntica fijeza
a la de las serpientes.

Diminutas y fogosas amantes
capaces de las mayores entregas
en brevísimos espacios de tiempo.
Amantes pizpiretas que se enganchan
a tu brazo y tiran de ti
hacia su seno
con olor a flores marchitas
y frescura de sepulcrales lápidas,
que te cogen del brazo
como la novia de tus dieciocho años
y pegadas a tu flanco susurran,
entre estertores y resuellos,
promesas de fidelidad eterna
en el profundo reino del Averno.

Con cuánta pesadumbre
desanudan su brazo,
desvían su mirada,
disponen la partida.
Antes de abandonarte
te rozan una última vez,
oh gesto tierno y ponzoñoso,
con la punta de sus huesudos dedos.

Y se emboscan de nuevo
y salen a tu encuentro
cuando menos lo esperas,
para rendirte
con sonrisa falaz
y algunas carantoñas
un dudoso homenaje.

Pequeñas muertes cotidianas,
pequeñas muertes silenciosas
que lanzan una vaharada de frío
en la entraña ardorosa del estío.

 

 

 

 

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Mientras viene la inspiración,
me distraigo observando
por la ventana
el vuelo de los pájaros.

No sopla una gota de viento,
las hojas de los árboles
quietas están.

Para pasar el tiempo
escribo alguna cosa,
adopto una actitud
pensativa, me rasco.

Mientras viene la inspiración,
se puede respirar,
embriagar la mirada
en la luz vespertina,
escuchar a los pájaros
trinando enloquecidos.

 

 

 

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La lluvia (y II)

II
Las golondrinas salen a su encuentro
en alegre desbandada.
Las ranas y los sapos
se ponen a croar enloquecidos.
Hasta el tímido conejo
se asoma a la boca de su madriguera
para presenciar su llegada.

Su furia es proporcional a la calma que reina
cuando se retira a sus ignotos dominios.
Nada hay más bello
en los miles y miles de galaxias
que pueblan el universo,
que sus esponsales con el sol.
De esta unión que descompone la luz,
nace un arco perfecto y coloreado.

Sobre todo lo que se mueve o se está quieto,
sobre los ratones como sobre los elefantes,
sobre las casas y los champiñones silvestres,
sobre esto y sobre aquello,
sobre no se sabe cuántas cosas
que a lo mejor ni nombre tienen,
pero que no por eso son ignoradas por ella,
que todo moja, que todo limpia, que todo refresca,

¿quién puede ser sino ella?
La lluvia,
naturalmente.

 

 

 

 

 

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La lluvia (I)

I

Sobre las mieses que amarillean
su tamborileo.
Sobre los juncos de la ribera
su fresca mano.
Sobre el ceño arrugado de los hombres
desciende
como un querubín mofletudo y juguetón.

Ella sabe de canciones de cuna
que susurra entre los eucaliptos.
Ella se posa sobre las flores y las hojas
que son diminutos toboganes
en su honor.

Su salmodia en los tejados
la envidian los músicos más afamados,
que en ella se inspiran
para componer sus propias melodías.

Sobre los cerros pelados y resecos
su canto persistente.
Sobre el lomo del dinosaurio
y otros animales antediluvianos
su teclear de secretaria eficiente.
Sobre los labios entreabiertos
y las manos extendidas,
la paz de su contacto.

 

 

 

 

 

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Mis poemas (¿hace falta decirlo?)
se me parecen.
No son versos para grabar en mármol
ni proyectados para resistir
el despiadado paso de los años.
No son un prodigio de sencillez
engañosa ni de discreto ingenio.

A lo mejor cuando logre rehacerme
y el aire llegue limpio a mis pulmones
y la luz a mis ojos,
a lo mejor
entonces doy al mundo
auténticos poemas que trasluzcan
una sensibilidad exquisita.

También puede ocurrir
cuando me sienta libre
como un soplo de brisa
o una ráfaga de lluvia golpeando
sobre los cristales o los tejados,
que deje de escribir
porque ya no me haga ninguna falta.

 

 

 

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Tengo tanto que hacer
a todas horas
que de dónde sacar
cinco minutos.

Tengo tanto que hacer
que acabo el día
mortalmente cansado.

Y después está la vida
social
(eso se sobreentiende)
que nos exige
estar siempre a la altura.
Y si bien nadie ignora,
por haberlo sufrido en carne propia,
que no hay mayor fastidio,
¿quién es el guapo que se planta?

Es difícil (imposible, diría)
encontrar ese tiempo necesario.

Lo curioso del caso
es que cinco minutos
pueden ser suficientes,
cinco minutos
sin peros ni evasivas,
sin dimes ni diretes,
sin rodeos ni engaños.

Lo curioso, lo trágico.

 

 

 

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[el trigo amarillea]

el trigo amarillea
el agua serpentea
el niño corretea

en su tienda el tendero
en su fragua el herrero
serrando el carpintero

el escoplo el martillo
el cemento el ladrillo
la lezna el escardillo

la marina mercante
el caballero andante
el holandés errante

el agua cristalina
un pájaro que trina
el lis la clavellina

las montañas los puertos
los vivos y los muertos
los cojos y los tuertos

los tirios los troyanos
vietnamitas birmanos
zulúes bosquimanos

faralaes peinetas
taconeos piruetas
visajes morisquetas

la baba del lascivo
con su barba de chivo
indigno repulsivo

 

 

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[La lluvia empapa]

La lluvia empapa
verdes trigales.
Las nubes grises
cubren los cielos.

Aquella lluvia,
aquellas nubes
que conocimos
con mudo asombro.

Cuando los trigos
nos confiaban
sus mil secretos.
En nuestros labios
se dibujaba,
de pura dicha,
una sonrisa.

¿Eres un sueño
que me atormenta,
que me resisto
a abandonar?

Oigo el susurro
de los trigales,
de la arboleda,
de los maizales.


 

 

 

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1
Si dependiera de mí,
una lluvia caladera
empaparía la tierra,
haciendo crecer la hierba.

Pespuntearía de flores
los prados y los alcores.
Pintaría de verdín
los muros de los conventos
y otros viejos paramentos.

2
Y los árboles añosos,
retorcidos y nudosos
mostrarían jubilosos
sus tiernos brotes de oro.

Crecerían las violetas,
delicadas, pizpiretas,
y surgirían las setas
entre la hojarasca seca.

Legiones de caperuzas
amarillentas, parduscas,
anaranjadas, blancuzcas,
¡qué alegría! ¡qué locura!

3
Si dependiera de mí,
en el cielo habría mil
nubes de ámbar gris
que en lluvia se desharían
con gozosa algarabía.

Las tejas de los tejados,
cobertizos y terrados
a murmurar se pondrían
su incansable letanía.

En algún rincón sombrío,
con insistencia tenaz,
una gota marcaría
del aguacero el compás.

Y el silencio volvería,
más profundo, más hermoso,
cuando la lluvia callase,
a ese rincón penumbroso.

 

 

 

 

 

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