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Retahíla (II)

                              La ciudad

La temperatura ha bajado. El sol invernizo calienta poco. El picor del frío en la cara y en las manos tiene la virtud de incrementar la sensación de estar vivo. No hay rastro de nubes en el cielo. Jornada luminosa. Siempre hay escapatoria. La realidad tiene repliegues. Ofrece refugio. No es lisa y dura como un muro de cemento. Tiene recovecos. La ciudad es vertical y geométrica. Ciclámenes rojos y blancos. Naranjos. La realidad no es una superficie impenetrable con la que uno choca como una mosca contra un cristal.

El dependiente

Era dependiente en una tienda de ropa. Ése era el trabajo que había encontrado. Al principio no le gustaba, pero con el tiempo fue acostumbrándose. No era lo que había soñado. Él aspiraba a un empleo en una oficina, a ser posible en el centro de la ciudad, pero las circunstancias mandan y, mientras se presentaba la oportunidad de cambiar, más le valía mostrarse diligente.
Estaba en la sección de hogar. Se convirtió en un experto en mantas, edredones, sábanas y cortinas. Podía presumir de ser apreciado por la clientela, mujeres en su mayoría, para quienes la juventud y la buena presencia del joven eran un reclamo.
Había un obstáculo que se interponía en la consecución de su objetivo. Ante él se abría una hondonada que debía salvar para alcanzar ese centro urbano donde se realizaría como flamante oficinista, tal vez en la plaza de la Magdalena o en la del Duque. O mejor aún, en la plaza Nueva, en un despacho desde el que se viese el Ayuntamiento.
No cabían trampas ni atajos. Esa zanja inmensa y profunda, ese socavón lleno de extraños zumbidos, como si estuviese habitado por gigantescos insectos que no parasen de aletear, no podía franquearse directamente. Había que tener la paciencia de sortearlo con precaución.
Cuando iba a tomar un café, se paraba junto a uno de los naranjos y, cerrando los ojos, visualizaba un barranco y luego, sin solución de continuidad, una comarca plagada de cárcavas que se entrecruzaban y sucedían creando un paisaje onírico, lunar.
Daba entonces una última calada al cigarrillo, tiraba la colilla aplastándola con la punta del zapato y volvía a la tienda, donde ya lo esperaban dos clientas que querían ser atendidas por él.

 

 

 

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Retahíla (I)

                      La salida de casa

Mi madre se levantaba antes que yo y me preparaba el desayuno, que tomaba en la mesa de la cocina. Un vaso de leche con cola-cao y una tostada untada con margarina.
Me despedía y me iba con los libros debajo del brazo y las manos metidas en los bolsillos del chaquetón. Mi madre, como todavía era temprano, volvía a acostarse.
Aún no había amanecido. Me dirigía a la parada del autobús y, junto a otros usuarios, esperaba su llegada.
Estaba oscuro y hacía frío en esa esquina, a la intemperie. Había pocas ganas de hablar. Entonces aparecía ese tipo mal encarado, que miraba a los demás por encima del hombro, como si pasase por casualidad y sintiese lástima de los infelices que estaban allí, a pie firme. Seguramente se creía merecedor de viajar en una limusina o en un cadillac, pero el caso era que, cuando el autobús se detenía y abría sus puertas, se daba prisa en subir y acomodarse en uno de los asientos, si tenía la suerte de encontrar uno.

El puente

Era un puente viejo, abandonado. Era un desafío. Ni siquiera tenía barandas. Pero si querías pasar al otro lado tenías que atravesarlo.
Si no te querías quedar en el mismo sitio como un pasmarote o regresar a casa con el rabo entre las piernas, si querías ir más allá, había que arriesgarse. Había que cruzar el puente por largo o peligroso que pareciera.
No valía la pena perder el tiempo pensando. Mientras más pensases, peor. Más crecería tu miedo, más terreno ganaría tu inseguridad, más te encogerías.
Había que echar valor. Escoger el mejor momento. Cuando uno se siente más animoso. Marchar con decisión, sin mirar atrás, con los ojos puestos en la otra orilla.
Un puente es una tierra de nadie. Un espacio delimitado por dos fronteras, la de acá que es, digamos, la tuya, y la otra, la más lejana, la que es preciso conquistar.
Los miedos siempre acechan. Miedo a derrumbarse, a perder el control, a experimentar la fatal atracción del vacío. Miedo a convertirte en un antihéroe.

 

 

 

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Mimosa (III)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Viajar es adentrarse
en hondos vericuetos,
movido por un fin,
por un febril empeño,
y tras arduo periplo
llegar al mismo centro.

Viajar es alcanzar,
tras larga travesía,
ese núcleo radiante,
esa azul hornacina,
donde un perturbador
arcano se cobija.

Ese hueco profundo
es la meta del viaje,
y descubrir el rostro
de la escondida imagen.

 

 

 

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Flor de pascua

 

 

 

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                                        II

Me quité las pantuflas y me metí en la arena. Los granos se colaban por entre mis dedos produciéndome una sensación agradable.
Pero mi inquietud, que había sobrepasado a mi curiosidad, y esas notas melancólicas me mantenían tensionado, alerta.
Me dirigí a la sala de estar, donde la familia pasaba la mayor parte del tiempo.
Allí era adonde me llevaba la tonada.
Antaño había una gran camilla de enaguas verdes y tapa de cristal bajo la que se extendía un paño de ganchillo tejido por la abuela. Alrededor de esa mesa transcurrieron muchas veladas, muchas horas de charla y de silencio. Se podría afirmar que esa mesa había sido el centro neurálgico de la casa, el lugar donde maduraban y se tomaban las decisiones.

-o-

Envuelto en una manta, sobre la arena que se amoldaba a su contorno, sobre esos miles o millones de granos en los que percibí un movimiento de succión, se encontraba mi hijo pequeño.
Observé espantado que la arena no le había hecho un confortable hueco en su seno, sino que se lo estaba tragando.
Acudí corriendo y me puse a escarbar como un loco. No podía permitir semejante fechoría.
Pero mi hijo se hundía cada vez más. Lo miré a los ojos. Estaba sereno.
Su tranquilidad me abatió aún más. ¿Por qué no lloraba? ¿Por qué no forcejeaba? ¿Por qué no me prestaba su ayuda para que pudiera arrebatárselo a esos minúsculos granos voraces?
A la desesperada traté de desenterrarlo. Cogí la manta y la saqué de un tirón, quedándome con ella en las manos.
Luego contemplé anonadado cómo se cerraba el agujero y la arena se alisaba tras consumar la absorción.

 

 

 

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                                         I

Me despertó la antigua y melodiosa canción con un fondo de tristeza que tanto me conmovía. Pero no lograba identificarla. La letra me llegaba lejana, como si la estuviesen susurrando. Sólo dos palabras, tal vez pertenecientes al estribillo, emergían claras: “mi niño”.
Permanecí escuchando. Ese arrullo monótono y melancólico que debía inducir al sueño, me desveló por completo.
La luz del alba entraba ya por la ventana de postigos entreabiertos. Observé los gruesos muros del dormitorio.
Había vuelto a la casa de mi infancia, a la que me vio nacer, a mí y a la mayoría de los miembros de mi familia, a varias generaciones. La conservaba en un estado de semiabandono. A causa de su vetustez y extensión, resultaba difícil de vender.
Habían aparecido compradores pero cuando se enteraban del precio, tras el regateo de rigor, se retiraban. La casa valía el dinero que se les pedía. Otra cosa es que todos ellos, sin excepción, quisieran derribarla y construir en el solar una nueva vivienda.
Tal vez, dado que había unanimidad al respecto, el importe fuese excesivo. Tal vez, a pesar de ser un elefante blanco, no quisiera desprenderme de la casa. No al menos hasta que descubriese su secreto. Entonces tal vez la abaratase.
Por eso estaba allí. Oficialmente porque había salido un nuevo comprador que quería verla. Verdaderamente porque quería averiguar el origen de esa canción de cuna.

-o-

Hasta mi dormitorio situado en la planta alta, atravesando unas paredes de medio metro de grosor y unas recias puertas de madera, llegó ese arrullo.
Primero me incorporé, con la vista fija en el testero descalichado. Luego me senté en el borde de la cama. Esa voz me oprimía el pecho. Contuve la respiración para oír mejor.
Sólo captaba las palabras “mi niño”. El resto era ininteligible.
Supuse que la letra, como la de numerosas nanas, aludía a críos que se pierden y no encuentran el camino de regreso, o que tienen hambre y frío, o a los que un hombre malvado se lleva.
Me puse las pantuflas y me levanté. La voz venía de abajo.
Me detuve en el vano de la puerta. La tonada se había debilitado. Estuve quieto hasta que retomó fuerza.
Ocurría siempre que en un determinado momento la voz se extinguía. El silencio me rodeaba. El misterio se escabullía.
Bajé los escalones con la mano apoyada en la pared.
En el rellano me paré en seco, sin dar crédito a mis ojos. La planta baja estaba inundada de arena. Esa superficie rubia y ondulada, por lo que alcanzaba a ver, cubría el suelo de todas las habitaciones.

 

 

 

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EL BOSQUE SILENCIOSO

POEMAS

II

Antonio Pavón Leal

Febrero 2014

Recopilación de veinte poemas publicados en este blog entre abril de 2011 (“Poemas búdicos”) y junio de 2013 (“Un hombre encendió un cigarrillo”).

Este fragmento pertenece a “Al lado de la fuente”:

Allá, en la serranía, en agreste paraje,
tiene su nacimiento una discreta fuente
que en el fondo arenoso borbotea sin ruido,
que brota de la tierra con gentil donosura,
deleite de este edén de encinas centenarias,
de zarzales, de hiedras, de algarrobos, quejigos,
de vides cimarronas, de recios cabrahígos.

 

Libro en formato PDF: El bosque silencioso – Poemas II
Correo de contacto: pavonleal@hotmail.com

 

 

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Desde que subían al coche, no paraban de hablar. Tenían siempre uno o dos temas de conversación que se entrecruzaban. En mi rincón, detrás de la conductora, yo escuchaba distraídamente sin participar.
Esa capacidad comunicativa me asombraba. Reconocía que debía tratarse de un don.
De hecho, como había tenido ocasión de comprobar, podían hacer varias cosas al mismo tiempo. En la medida en que me afectaba, esa actividad múltiple me producía inquietud.
La conductora podía perfectamente manejar el volante, seguir las noticias de la radio haciendo comentarios pertinentes e intervenir en la charla general.
La conductora no era un caso especial. Las otras alardeaban también de tener tres o cuatro frentes abiertos sin trabucarse ni volverse locas.
Mi cabeza funciona lentamente. Este estado se agrava por la mañana temprano. Mis neuronas están todavía desperezándose. La luz escasa las invita a permanecer en una agradable modorra.
Eso sin contar con que no desayuno, tengo la boca pastosa y la garganta seca, todo lo cual dificulta la emisión de cualquier sonido, y no digamos la articulación y concatenación de palabras en un orden lógico.
Modoso y discreto, con la cartera sobre las piernas, me pregunto mentalmente por qué mis compañeras no cierran el pico y tenemos un viaje apacible.
Es cierto que, mientras más disperso mi atención, más peligro corro de marearme. Este temor que se ha hecho realidad tres veces, es otro condicionante de mi comportamiento.
Aun sabiendo que mi actitud suscita curiosidad, no veo motivo para dar explicaciones, ni todavía menos para pretender ponerme a la altura de las circunstancias, temeridad que pagaría cara.
Así que, cuando una de mis compañeras con la intención de involucrarme en la conversación, según ella, con la de chincharme, según yo, me preguntó: “¿Y tú? ¿Cuántas cosas haces a la vez?”, respondí de inmediato: “Yo hago las cosas una a una y concentrado”.

 

 

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