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Una joven con capacidad visionaria, otra con un marcado componente histérico, un aficionado al cante hondo y el narrador-conductor del seíta parten de madrugada hacia Aracena. Pero en el utilitario se ha colado alguien de rondón.

Esta es la crónica de un viaje jalonado de trampas y complicaciones, de ascensos y descensos. Este desplazamiento en el espacio, sin ser circular, una vez alcanzado el clímax, acabará donde empezó, tal vez para ser rehecho con la experiencia adquirida, tal vez para darle carpetazo.

Este viaje a un pueblo famoso por su feérica gruta de estalactitas y estalagmitas, de remansados lagos y salones de ensueño, razón por la que ha recibido el nombre de gruta de las Maravillas, y famoso también por su derruida fortaleza que perteneció a la orden del Temple, bajo la cual se extienden las galerías y las salas en las que el agua ha modelado sugestivamente la piedra caliza, componiendo ambos, el castillo y la caverna, un binomio emblemático, este viaje es la antítesis de una visita turística.

Dichos lugares, que no se nombran, son solamente el telón de fondo de este relato donde se ventila un drama. Más que un viaje es una inmersión que llevará al conductor del Seat 600 primero al abandono de sus compañeros, y luego a la confrontación con otros personajes, particularmente con ese desconocido quinto ocupante del coche.

El próximo miércoles publicaré la primera entrega de este periplo que saldrá a la luz cada lunes.

 

 

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Splendor Solis

 

 

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¿De qué insondable abismo
surge ese engendro
tenaz?

De voz estrangulada,
cegado por el odio, aullando sin aullar,
emerge de un sustrato
anterior a la luz.

Cargada de presagios, de cornejas, de urracas,
graznando sin graznar, volando en amplios círculos,
la noche.

En ese hondón recóndito habitan las gorgonas,
los primeros ofidios,
las quimeras, los entes sin forma definida,
las horrendas criaturas de nuestras pesadillas.

 

 

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Tapiz

 

 

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Elogio del silencio

193.-Cuando se habla, sobre todo cuando se habla más de la cuenta, cuando se tiene un afán protagónico, cuando uno se deja arrastrar por las expectativas sociales y adopta papeles infatuados, se cae en una trampa de la que no se sale indemne. La incontinencia verbal pasa una factura que pagamos con nuestro bienestar.

En situaciones impostadas se dice lo que no se piensa ni se siente por agradar, brillar o no tener que escuchar las aventuras de otro. Aunque no se trate de una sangrante traición, si uno vuelve sobre lo hablado, se percata del grado de insinceridad de sus manifestaciones.

Como poco esa constatación produce incomodidad. ¿Por qué no dije lo que realmente creo? ¿O al menos porque no me callé? Se pregunta uno a toro pasado.

Incluso sin querer o tener plena conciencia de ello, se hacen críticas infundadas o malévolas, se exagera para lograr un mayor efecto, se hacen chistes coyunturales que al recordarlos resultan deprimentes, se trivializan temas capitales para el interesado y se enaltecen otros que le importan un comino.

Si la velada transcurre bien, uno puede quedar como un magnífico conversador que ha acaparado la atención de los oyentes y se ha granjeado su simpatía. Pero este triunfo, si el sujeto en cuestión es reflexivo, puede traducirse en un pesado lastre interior cuando se contabilizan las infidelidades y las teatralizaciones. A Kierkegaard, en esta tesitura, le entraban ganas de suicidarse.

Cuando el filósofo danés volvía a su casa tras haber participado en una reunión en la que su ingenio había suscitado los elogios, la tentación de poner fin a la pantomima de la vida se intensificaba peligrosamente. En las personas lúcidas los papeles lucidos tienen esa contrapartida.

Ese riesgo no se corre si se habla poco o se calla. A lo mejor el silencio puede ser interpretado como sosería o falta de inteligencia, la prueba palmaria de que sólo se es bueno para hacer bulto. Así y todo, es preferible pasar por obtuso antes que exponerse al autorreproche y al malestar.

El silencio no pisotea los propios principios, no veja por haber servido de vehículo a pensamientos ajenos, a lugares comunes o a retruécanos sin gracia. El silencio no expone a los aguijonazos, pues no hay superficie sólida donde clavar el rejón.

Por el contrario su no ser es acogedor y suavizador. Es el ineludible telón de fondo que hace posible la función. El silencio está asociado a la escucha cuya dimensión torturante en ocasiones a nadie escapa. Pero incluso teniendo en cuenta este martirio, su práctica es preferible. Más penoso aún es llegar a casa y desear levantarse la tapa de los sesos.

Al contrario que las palabras, el silencio no deja resaca ni desencadena impulsos destructivos. Es un regazo en el que uno puede reposar y hallar consuelo. El silencio tiene ribetes maternales.

El silencio respetuoso no incita a represalias, aun cuando se deba a disconformidad o signifique protesta. Quien calla no busca camorra. El silencio y la agresividad no casan. Si acaso incita a tasaciones a la baja que suelen importar poco a quien es objeto de ellas, más consciente de los beneficios que de los inconvenientes, más satisfecho con la tranquilidad que aporta que molesto con las críticas que suscita.

Cuando hablamos y sobre todo cuando discutimos, la vehemencia asoma su cabeza de medusa y se apresura a intervenir alzando la voz, gesticulando, avasallando. Suele venir acompañada de una prima igualmente inclinada a caldear los ánimos: la reactividad. Una y otra son especialistas en hacer estragos. En el silencio, aun siendo un ámbito sin fronteras, no tienen cabida.

Tras el silencio hay poco o nada que recapitular. Las hipérboles, las tergiversaciones, las mentiras, tan conectadas al humor del momento y las circunstancias exteriores, le son ajenas. Al no haber nada de lo que arrepentirse o avergonzarse, al haberse sustraído a la confrontación, la mente se ocupa con libertad de otros asuntos.

Los refranes a este respecto son ilustrativos: “Quien mucho habla mucho yerra” (“mucho peca” y “mucho miente” son otras variantes igualmente significativas), “En boca cerrada no entran moscas”, “Decir me pesó, callar no”, “En almoneda ten la boca queda” entre otros. Un proverbio indio recomienda hablar solamente cuando las palabras sean mejores que el silencio. Y Larra llama bienaventurados a los que no hablan porque se entienden.

 

 

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4

La discoteca se llenó de un público variopinto que, tarde o temprano, era engullido por la pista.

El monstruo devoraba y regurgitaba con la indiferencia de un dios bailarinas de ballet con vaporosos tutús, jeques árabes de pobladas cejas y aviesa mirada, frágiles gueisas de floreados kimonos, vaqueros sacados de una película rodada en Almería, gatos negros de hermosos mostachos, arlequines saltarines, busconas besuconas, espantajos con refajo, un trapecista juerguista, una teutona tetona, escoceses, tiroleses y otros artistas circenses.

Apuré mi «gin lemon» y fui por otro. A la vuelta me crucé con la flamenca que me guiñó un ojo. Estuvo un rato merodeando. Quizá esperaba un gesto de mi parte para entablar conversación. Pero esa señal no llegó y se zambulló en la pista con revuelo de faralaes.

Anulación, aniquilamiento, imperio de músculos, huesos y nervios, animalidad y promiscuidad como verdades primeras, como cuando éramos primates, reptiles, peces, amebas.

“Se te ve aburrido” dijo Araceli sentándose a mi lado. “Perdido más bien” “Estás un poco borracho” “Es probable” “Vamos a bailar. Esto se ha animado muchísimo” “Ahora salimos”.

5

De entre ese gentío abigarrado que respondía puntualmente a los cambios de ritmo, que ya agonizaba en espasmódicos movimientos, ya pregonaba su recuperada vitalidad alzando los brazos, girando la cabeza, doblando el tronco, imprimiendo a las caderas un vaivén obsceno, de entre esa turbamulta que se entregaba a una ceremonia dionisiaca sin tirsos en las manos, sin pámpanos aprisionando las sienes, sin copas de vino alzadas en honor del hijo de Zeus y Sémele, de entre ese barullo que no se sabía si era un rebrote del caos primigenio o el exquisito resultado de siglos de cultura, en mitad de esa tolvanera de cuerpos magnéticos, de individuos anónimos, de máscaras grotescas, surgió la imagen ordenadora, el principio rector.

La pista ya no era solamente el lugar de la confusión y el desorden, ni el ara de la abdicación, ni una máquina generadora de vagos ensueños o devastadoras alucinaciones. Como la almendra de dura cáscara, también este fruto de la civilización encerraba una semilla en su interior.

“¡A mí los caballeros andantes, los encantadores, los gigantes, los curas, los barberos y los bachilleres! ¡A mí Blancanieves y su cohorte de enanos, los dioses del Olimpo, el gato con botas, Edipo acompañado de su madre Yocasta, su padre Layo y su hija Antígona! ¡A mí Andrés Hurtado y sus inútiles conocimientos de medicina!”.

Araceli se sobresaltó cuando me oyó gritar esas insensateces. Cogiéndome del brazo, empezó a zarandearme.

“¡A mí mi hada madrina y mi ángel de la guarda, a mí Alicia y Laura y Beatriz! ¡A mí Anita Ozores escoltada por el magistral y el donjuán oficial de Vetusta! ¡A mí Aladino y Alí Babá de la mano de Sherezade! ¡A mí los buscadores de tesoros, los buscadores de ovnis, los buscadores de psicofonías! ¡A mí…!”

“Por favor, Ignacio, estás llamando la atención. ¿Te has vuelto loco? Has bebido demasiado”.

Nada de eso era verdad. Ni estaba borracho ni había perdido la cabeza ni nadie se fijaba en mí.

Yo era uno más. Otro comparsa disfrazado de diario. En la discoteca circulaban personajes más despampanantes que un pobre diablo que imploraba la ayuda de unos entes de ficción.

Mis palabras no eran escuchadas. Podía seguir desgranando mis letanías a voz en cuello sin que nadie reparase en mí. Podía desgañitarme. Otro clamor se superponía al mío disolviéndolo.

Y ese vocerío proclamaba a los cuatro vientos: “¡Esto es carnaval!”.

 

 

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En la discoteca (I)

1

Serían las once de la noche. Habíamos estado bebiendo lo justo para ponernos alegres. Alguien propuso que fuésemos a bailar. Pero había un pequeño problema. Disponíamos de tres coches y éramos cerca de veinte personas.

La discoteca estaba lejos, así que la posibilidad de que algunos fueran andando se descartó. No había más que una solución: repartirnos como pudiéramos en los tres vehículos.

Salimos del bar cantando y riendo. Pese a estar a finales de febrero la atmósfera era tibia.

“¿Cómo nos las arreglamos?” preguntó Inma engurruñendo sus ojillos. “Ya veremos, no te preocupes” respondió un joven espigado que estaba junto a ella. “Ya veremos no. En mi coche sólo hay sitio para cinco”.

Araceli intervino: “En el mío pueden ir cuatro detrás y tres delante. En el de Ignacio y en el tuyo tienen que ir seis en cada uno”.

El aparcamiento estaba casi a oscuras. Uno de los que venían conmigo llevaba una guitarra cogida por el mástil. Cuando entró, me golpeó la cabeza con el clavijero. Me volví y le dije: “Ten cuidado” “Perdona. Ha sido sin querer”.

Arranqué y enfilé la avenida al tiempo que preguntaba: “¿Sabéis dónde es?” “Sí. Por ahora todo recto”.

2

La discoteca estaba en un barrio de la periferia. El portero nos dejó pasar sin pagar la entrada. El local estaba casi vacío.

Nos dirigimos directamente a la pista. El «disc jockey» se animó al vernos bailar y puso la música apropiada para que la fiesta no decayese.

Al poco rato sentí ganas de orinar. En los servicios había un gran espejo rectangular. Me alisé los pelos con la mano. Por un momento me olvidé de que estaba allí para aliviar la vejiga.

Cuando estaba frente al mingitorio, apareció un hombre vestido de flamenca. Me miró y dijo: “¿Y ahora cómo meo?” “En el váter” le indiqué. “He dicho cómo, no dónde” y se levantó los volantes.

Observé que no le faltaba un detalle: un par de flores de tela, la peineta, los pendientes, el collar, las pulseras, el mantoncillo de flecos. También estaba maquillado.

Me espetó: “¿Te gusto?” “No pretendía molestarte” “¿Quién se ha molestado?”.

Inicié la retirada. El otro me miraba con insolencia. Un tanto aturrullado me despedí. Recordé que formaba parte de nuestra comitiva.

3

Me acerqué a la barra. El camarero me preguntó: “¿Qué va a tomar?”. Pedí un «gin lemon». Mientras me lo servía, con la espalda apoyada en el mostrador contemplé la pista.

Había luces de colores que parpadeaban continuamente. Con regularidad un láser blanco daba varias pasadas iluminando brazos, piernas, torsos, cabezas que adquirían existencia independiente.

Bebí un largo trago del combinado. Mi resistencia al alcohol es escasa. Esa noche, además, había comido poco.

Pagué la consumición y, con el vaso en la mano, me dirigí a uno de los sofás. Me arrellané y puse los pies en un puf.

La pared del fondo, el techo y las dos columnas que flanqueaban el círculo de coribantes, estaban revestidos de espejitos que multiplicaban las fuentes luminosas y los tentáculos del pulpo presa de incontenible furor.

 

 

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Azulejos (XXIX)

 

 

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