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Caminos (XIV)

 

 

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XXVII
Tú siempre disponible, atento al menor gesto,
el tiempo, la energía ofrecidos sin tasa,
con genuina alegría.

Qué importan las esperas, la sed, el tedio, el hambre.
Qué importan que se burlen de tu fidelidad.

Desafiante, tranquilo, sabes lo que te juegas.
Te has propuesto no ser un barco a la deriva.

Tu precio pagarás, hoy piensas que elevado.
En aquellos momentos más hubieras pagado.

Lo malo de ese afán es que erraste los tiros.
Después de tanto tiempo, qué fácil es decirlo.

Como tantos negocios iniciados con fe,
que a pesar del empeño se tuercen y fracasan,
la cosa salió mal.

Sólo quiero pedirte
que de decir te abstengas, pedirte y acabar,
memeces del calibre “si volviera a empezar”.

 

 

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Azulejos (XIII)

 

 

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  11

Por último colocaron en la mesa una tabla con quesos, de los que Rafael encomió el zamorano, y un frutero con escenas galantes encuadradas en un cordoncillo dorado. Por fin, como dijo Eduardo, íbamos a poder utilizar los dos cuchillos que seguían impertérritos sobre el inmaculado mantel, uno de los cuales acababa en una punta curva como una gumía y bífida como la lengua de una víbora.

Todo el mundo quedó prendado del frutero rococó con su montaña de frutas en perfecto equilibrio. Mariana se había esmerado en su distribución y el efecto era espectacular. Aunque ella, toda urbanidad, hizo votos de modestia, se advertía que estaba orgullosa de la composición.

Rafael fue categórico. Alonso lo apoyó de inmediato. El primero cogió un gajo de uvas y dictaminó: “Con el queso zamorano son “boccato di cardinale”. Enhebrando banalidades, expoliaron el racimo y trastocaron la calculada disposición de las frutas.

Mariana había combinado los granos brillantes de las uvas con las manzanas de piel roja, los membrillos, las nueces y las moras. Sólo probé éstas últimas que la anfitriona en persona había ido a recoger.

Durante el viaje había contemplado los colores del otoño. Pero los que ahora surgían en mi interior venían de antiguo. Estas pinceladas componían un cuadro deslavazado pero de una realidad apabullante.

Las llamaradas inmóviles de los zarzales dibujaban una bóveda compacta en el recodo del río. Las hojas cobrizas se reflejaban en el agua remansada. En mi retina quedó flotando la imagen de una caldera invertida con abolladuras.

De las antañonas encinas de corteza negra y resquebrajada colgaban largos líquenes que se balanceaban al menor soplo de viento. El tono grisáceo de las barbas daba un aire venerable a estos árboles, que, en lo más agreste de la sierra, formaban una colonia.

Los chopos erguían sus ramas hacia el cielo plomizo. Aquí y allá se balanceaban algunas hojas pajizas cuyos peciolos no resistirían mucho tiempo. Alrededor de los troncos, semejantes a columnas plateadas, se extendía una alfombra vegetal.

Los amarillos, los anaranjados, los escarlatas, los marrones, los colores del otoño se diluían poco a poco. La gama cromática se iba uniformando ante la inminente llegada del invierno.

 

 

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XXVI
No sé qué le infundían mis juegos infantiles.
Lo ponían frenético.
Veía que temblaba igual que un azogado
cuando me descubría a ellos entregado.

Si no fuese porque era un caso manifiesto
de impotencia incurable,
diría que embargábalo el placer del orgasmo,
tal era el alborozo que afloraba a su rostro.

Tan abstraído estaba que cuenta no me daba
de que era observado, de que solo no estaba,
hasta que una risita, aterrado, escuchaba.

Entonces me volvía y allí me lo encontraba
en la misma actitud de quien pilla in fraganti
a un vulgar ladronzuelo.

Más tarde escucharía, cuando público hubiese,
sus consideraciones.

En verdad lo callado era más torturante
y encerraba más bilis que lo que ese tunante
exponía a las claras.

 

 

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  10

El asado presentaba un apetitoso y uniforme color dorado. Aunque venían trinchadas de la cocina, los trozos estaban dispuestos de forma que las dos aves parecían enteras. Rechonchas y con las patas encogidas, las dos pulardas, bañadas en su propio jugo, hacían la boca agua.

Mariana, utilizando los pertrechos “ad hoc”, procedió a servir. Rafael descorchó otra botella que reavivó nuestro entusiasmo. No era yo el único que apreciaba el buqué del vino. A estas alturas tenía ya varios incondicionales.

Cuando cada comensal tuvo ante él su plato con la ración de carne, Mariana puso en circulación el recipiente ventrudo con una salsa cremosa. Por último, pasó de mano en mano la fuente de arroz basmati.

Alonso proclamó que la salsa estaba de rechupete. Con su habitual llaneza, Mariana explicó que no tenía ningún secreto: a la crema fresca le había añadido un poco de jugo del asado. Eso era todo.

Alonso, incrédulo, negó que eso pudiera ser todo. Sonriendo complacida, la anfitriona ratificó lo dicho.

La salsa, en efecto, era una exquisitez. El sabor de las pulardas impregnaba su suave textura. Mezclada con el arroz era una delicia irresistible. Se acabó pronto. Mariana, que tenía preparada más, se levantó y rellenó la panzuda vasija de loza con el filo dorado.

Las mujeres ayudaron a Mariana a llevar los platos y las fuentes a la cocina. Colaboro de buen grado pero me repele dar lecciones. Como vi que los otros hombres permanecían sentados, hice lo mismo.

Mi mirada se cruzó con la de Elena y leí claramente en sus ojos lo que pensaba. En otras circunstancias me hubiese irritado, incluso hubiese entrado al trapo, pero en mi estado de ánimo no me afectaban las impertinencias. En este sentido, Reme es más contemporizadora.

Ante Elena, que no daba nunca su brazo a torcer, sólo cabía la sumisión. Su perspicacia le permitía, además, descubrir las motivaciones secretas, ésas de las que uno mismo no quiere enterarse. No tenía nada de extraño que su novio hubiese puesto tierra de por medio.

Pero lo fastidioso y contradictorio era que no me identificaba con el comportamiento, los chistes y los guiños de complicidad de Alonso y los otros. Y allí estaba yo sin escuchar lo que ellos hablaban y sin ayudar a ellas, en esa tierra de nadie.

 

 

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XXV
Sus ojillos de víbora, su lengua en consonancia,
su caminar penoso, sus rasgos afilados,
todo en él indicaba el más férreo rencor.

Sus flechas venenosas herían, escocían.
Él sabía tirarlas sin tregua ni descanso.
En verdad lo temía.

Temía su mirada
penetrante, ruin, experta en desnudar
y sacar a la luz los secretos del alma.

Temía sus palabras, cargadas de sarcasmo,
como balas directas a los puntos sensibles.

Se veía que el juego era muy de su agrado.
Él era el cazador y yo el conejillo,
sin defensa posible ante el retorcimiento
de un hombre resabiado.

Sus ojillos brillantes cual dos perversas ascuas
se volvían rientes cuando en mí se posaban.

Tengo que declarar que alegraba su vida
ratonil, arrastrada, mas eso digo ahora.

En cuanto a su risita que daba escalofríos,
señal era inequívoca de su vil regocijo.

Había reparado en mi humilde persona.
Sabrosos comentarios los que me dedicaba.

Juro solemnemente que de psicología
más que Freud sabía.

Adicto empedernido a la denigración,
no ayudaba a crecer, hacía lo contrario
por el puro placer de aplastar al más débil,
funesta tentación ante la que sucumben
los pobres infelices.

 

 

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