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Paisajes (XX)

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Aleros

«La máxima libertad nace del máximo rigor» (Da Vinci)

 

 

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[Ese pájaro de alas verdiazules]

Ese pájaro de alas verdiazules
que va a cruzar el cielo
es tu propio coraje
alzando al fin el vuelo

 

 

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                                  I
Había ido a hacer mi visita periódica, a recordar a amigos y parientes que ya están del otro lado, a dedicarles un pensamiento. Es algo que suelo hacer cuando llega noviembre.
Es un paseo reconfortante, tranquilo, por esas silenciosas calles en las que la mirada va de un sitio para otro, sin prisa, inmersa en un proceso de purificación que alcanza su mayor intensidad cuando se eleva de las hileras de nichos al inmaculado cielo, cuyo esplendente azul aspira las banalidades e insufla compasión y esperanza en el pecho.
En esa predisposición íntima, en esa apertura hacia lo absoluto, hacia ese más allá donde se encuentran los que me rodean, camino por la avenida principal, me interno cada vez más, deambulo entre las tumbas.
No se trata de una debilidad sentimental o de un rito mecánico. En todo caso, podría calificarse de una experiencia filosófica, de una ratificación de la precaria condición humana. Antes decía que iba a recordar amigos y parientes, pero sería más exacto afirmar que voy para recordarme algunas verdades básicas, para refrescar la voluble memoria, para depurar la mirada.
Ese día mi actitud interna se podría resumir en un verso. Con cierta frecuencia me ocurre que una línea poética encierra en sus pocas palabras mi estado anímico mejor que el más largo y elaborado de los discursos.
Ese día me repetía: “Mi caballo se ha cansado”.
En ese día, tan claro y luminoso, no podía dejar de pensar que la muerte no existe. Es cierto que los ciclos tienen un fin. Todo empieza y todo acaba. Es la ley sublunar. Pero la muerte es sólo una puerta. Eso era lo que sentía cuando contemplaba los cipreses apuntando derechos a la eternidad.
Me detenía y leía una inscripción. Algunas datan del siglo diecinueve y son tan escuetas y contundentes como un puñetazo en la boca del estómago. Una dice:

“Peregrino Sánchez Vázquez
Falleció el 3 de mayo de 1899
a la edad de 21 años.
-o-
Su padre y hermanos
le dedican este recuerdo
y ruegan a Dios por su eterno descanso”.

Peregrino murió bien joven. Iba pensando en esto y en el tiempo que hace que partió (ciento quince años), en que era seguro que los que mandaron grabar esa lápida de mármol, su padre y hermanos, estaban también haciéndole compañía.
En fin, iba distraído y apenas percibí la silueta de una persona a mi izquierda. No presté atención y proseguí mi paseo. Fue una visión fugaz a la que no concedí importancia. Podía ser una mujer o un hombre que estaba inclinado sobre una sepultura, limpiándola o recomponiendo las flores.
Seguí andando y me olvidé de esa persona que cumplía un deber familiar, o a la que la aflicción encorvaba la espalda. Probablemente ambas cosas. Pasé al segundo patio. Cuando volví al primero lo único que tenía en la cabeza era el verso de marras y dos más, el principio del poema que Fernando Villalón dedicó a los garrochistas: “Mi caballo se ha cansado / Él no les teme a los toros / Ni a los jinetes de acero”.
En mi mente caracoleaba un alazán claro. Fue entonces cuando alguien, sobresaltándome, me dirigió la palabra.

 

 

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Paisaje (XIV)

 

 

 

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1
Si dependiera de mí,
una lluvia caladera
empaparía la tierra,
haciendo crecer la hierba.

Pespuntearía de flores
los prados y los alcores.
Pintaría de verdín
los muros de los conventos
y otros viejos paramentos.

2
Y los árboles añosos,
retorcidos y nudosos
mostrarían jubilosos
sus tiernos brotes de oro.

Crecerían las violetas,
delicadas, pizpiretas,
y surgirían las setas
entre la hojarasca seca.

Legiones de caperuzas
amarillentas, parduscas,
anaranjadas, blancuzcas,
¡qué alegría! ¡qué locura!

3
Si dependiera de mí,
en el cielo habría mil
nubes de ámbar gris
que en lluvia se desharían
con gozosa algarabía.

Las tejas de los tejados,
cobertizos y terrados
a murmurar se pondrían
su incansable letanía.

En algún rincón sombrío,
con insistencia tenaz,
una gota marcaría
del aguacero el compás.

Y el silencio volvería,
más profundo, más hermoso,
cuando la lluvia callase,
a ese rincón penumbroso.

 

 

 

 

 

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[El estúpido sueño de la vida]

“El estúpido sueño de la vida”
dices contemplando el azul del cielo.
“¿Por qué esta inquietud y este desvelo?”
preguntas con sonrisa desvaída.

“Los tristes frutos son de la caída”
añades esgrimiendo el escalpelo.
“De ahí procede también este repelo
o disgusto o náusea que nos embrida”.

La gran bóveda de color turquesa,
de la que al cabo apartas la mirada,
de luces diminutas se empavesa.

“¿Acabaste por fin tu jeremiada
o tienes preparada otra remesa
que te impida gozar de la velada?”.

 

 

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Muro de niebla

 

 

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[Cual nubes apretadas]

 

 

 

Cual nubes apretadas, bajas, amenazantes,
que acongojan el ánimo, que turban con su torva
intención de inundarnos, cargadas de aguaceros
capaces de horadar tejados y paredes
con su furia satánica, preñadas de relámpagos
que vuelven más profunda la lobreguez del día…
Mas he aquí que se alejan.
El viento las ahuyenta, el viento las dispersa.
Un pedazo de cielo aparece de pronto
azul, hermoso, límpido.

 

 

 

 

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[Dondequiera que estés]


Dondequiera que estés,
espero que te alcancen
estas pocas palabras
que en tu búsqueda parten.

Dondequiera que estés:
en el séptimo cielo,
en el fondo del mar
en la línea del viento,

espero que te alcance
este breve mensaje:
la tierra titubea,
no hay cobijo ni anclaje.

 

 

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