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Posted in Fotos, tagged palacio de las Dueñas, salón, Sevilla on enero 17, 2017| Leave a Comment »

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Posted in Iniciación al mito, tagged ABC, Alameda de Hércules, calle Córdoba, calle Doctor Letamendi, calle Feria, calle Puente Pellón, calle Regina, calle Sagasta, calle Sierpe, círculo Agricultores y Ganaderos, colegio de los salesianos, don Roberto, esquela mortuoria, Paquita, plaza de la Encarnación, plaza del Salvador, Pomona, Sevilla on noviembre 14, 2016| 4 Comments »
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Don Roberto Delgado, cómodamente sentado en un sillón de cuero del “Agricultores y Ganaderos”, hojeaba el ABC y miraba a través del ventanal.
A la entrada del Círculo, grupos de hombres conversaban interceptando el paso a los transeúntes y obligándolos a describir complicadas parábolas.
Don Roberto Delgado mezclaba las imágenes del periódico (inauguraciones, intervenciones, declaraciones…) con las del río de gente que, abriéndose en numerosos brazos, sorteaba los escollos.
Mecánicamente pasaba una página del matutino leyendo apenas los titulares y echaba un vistazo al exterior.
Hombres tocados con mascotas hablaban de la próxima cosecha. A menudo volvían la cabeza, como buscando a alguien.
Pasó otra página: Deportes. Cruzó las piernas.
Esos hombres circunspectos, de vez en cuando, dejaban caer un comentario malicioso acompañado de una sonrisilla.
“Rogad a Dios en caridad por el alma de…”.
Don Roberto se incorporó.
“Sus familiares ruegan a sus amistades una oración por su alma y asistan a la misa de réquiem que por el eterno descanso de la misma tendrá lugar…”.
Se levantó y salió del Círculo donde solía encontrarse con su hermano. Había llegado a Sevilla el día anterior.
Se sumergió en el río de gente que abandonó a la altura de la calle Sagasta. Sus cortas estancias en la ciudad estaban dedicadas a solucionar asuntos relacionados con el cortijo, a visitar a Paquita y a deambular.
Plaza del Salvador, calle Córdoba, calle Puente y Pellón. El provincianismo de la antigua Hispalis se manifestaba en este barrio invadido de zapaterías, tiendas de ropa y catetos.
Don Roberto, hombre descastado, mejor que vérselas con su cuñada y su sobrino, e incluso, si mucho lo apuraban, con su propio hermano, prefería charlar y retozar con Paquita. Le tenía, además, un cariño especial a la Alameda de Hércules, donde la atmósfera se impregnaba de olores a guisos caseros y resonaban las voces de los vecinos.
Desembocó en la plaza de la Encarnación, cruzó ese espacio sombreado por frondosos árboles y se detuvo a contemplar a Pomona, pintada de ocre, mostrando a los viandantes su carga de frutos.
La diosa de los jardines le recordaba a una compañera de Paquita que hizo las delicias de sus años mozos. Y en otro sentido diametralmente opuesto a su sobrina, a la que le unía un afecto que lo violentaba en ocasiones.
Don Roberto siguió andando por la calle Regina y la calle Feria. Prevalecía de Sevilla la imagen que se había formado durante su adolescencia, la cual se concretaba en calles estrechas donde el aire se adelgazaba, se hacía fino y penetrante, donde el frescor de los zaguanes penumbrosos lanzaba tentadoras invitaciones.
Avanzaba calmosamente. El bullicio quedó atrás. Nunca había logrado relacionar Sevilla con el esplendor que los libros de historia le atribuían. Esos libros que un lejano día estudiara en aulas de incómodos pupitres en el colegio de los salesianos.
Por fin llegó a la calle Doctor Letamendi. Tres casas después de la tienda de especias estaba la suya.
La tienda era el rasgo más característico de la calle. No podía pasar por delante de ella sin pararse a mirar los saquitos abiertos y coronados de nombres que fulguraban como luces de Bengala: pimienta de Tacari, nuez moscada, madreclavo…

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Posted in Iniciación al mito, tagged 1965, Artemisa, Ártemis, Cronos, Diana, don Roberto Delgado, Las Hilandarias, mitificación, mito, Sevilla on noviembre 7, 2016| 3 Comments »
Este relato gira en torno de la familia Delgado, que constituye el núcleo del proceso de mitificación, así como de los mecanismos que se ponen en funcionamiento para crear personajes y situaciones arquetípicos.
El tiempo juega un papel primordial en el cincelado de una historia de esas características, siendo una de ellas precisamente que acaba escapando a la tiranía de Cronos, rompiendo el círculo en el que quedan atrapados los acontecimientos humanos y erigiéndose en un referente atemporal.
No obstante, los sucesos narrados tienen una fecha exacta, 1965, y tres lugares: Sevilla, el cortijo de don Roberto Delgado y, como telón de fondo y caja de resonancia, el pueblo de Las Hilandarias.
Por un lado están los actores principales: el tío, el padre, la madre, el hijo y la hija (o el tío, el hermano, la cuñada, el sobrino y la sobrina). Por otro lado el coro, encarnado en la cuadrilla de trabajadores, y el público, constituido por los habitantes del pueblo. Entremedias están los necesarios personajes secundarios que sirven de enlace.
Unos generan los hechos, otros los propagan. La hermenéutica y la tasación de los mismos se ponen en marcha desde el primer momento hasta su definitiva fijación e integración en el imaginario colectivo.
Don Roberto Delgado es un hombre maduro, discretamente feliz, al que la caza de la perdiz hará conocer insospechados momentos de plenitud. Su sobrina ha enviudado recientemente. Al resto de su familia, en situación económica comprometida, los planes no le han salido como pensaba.
El traslado de estos parientes en primer grado al cortijo marca el comienzo de ese tiempo fabuloso que culminará en la renovación del mito de la Ártemis griega o la Diana romana. El desencadenante concreto de esa actualización será el pájaro perdiz, tanto en su vertiente cinegética como culinaria, que se convierte en símbolo de este relato, y que es el catalizador de los sucesos que lo jalonan.

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Posted in Cuentos, tagged calle Capitán Valiente, calle Enanos, callejón de la Pimienta, cine, El Zorro Azul, Isabelita, mi abuela, mi hermana Luisa, mis padres, Paqui, plaza de la Alhóndiga, Sevilla, tardes dominicales on julio 20, 2016| 6 Comments »
La llamé sin obtener respuesta. Golpeé con los nudillos en la madera y grité el nombre de mi amiga que esta vez, desde el patio, dejó oír su voz opaca, de fumadora empedernida. Al poco tiempo apareció con un escobón en la mano. Me sobresalté al verla. Sus ojos, ya de por sí saltones, parecían a punto de salírsele de las órbitas. Le pregunté si se encontraba bien.
Y no, muy bien no estaba. Francamente alterada, trabucándose de lo ligera que hablaba, me comunicó que un gato se había colado en su casa, y que se negaba a irse. Se había subido a una repisa que tenía en el cuarto de la lavadora, y allí se había hecho fuerte, amenazándola con una zarpa cada vez que ella amagaba con darle un escobonazo. Ella le enseñaba el palo y el animal sus uñas puntiagudas. Y esa era la situación.
Pero lo que verdaderamente le ponía los pelos de punta era la mirada luciferina del gato. Sus pupilas se estrechaban hasta quedar reducidas a una delgada línea, luego se anchaban y redondeaban. Y así una y otra vez. Como si tratase de hipnotizarla. De hecho, Paqui sintió que la cabeza empezaba a darle vueltas.
Me pidió que la ayudase a expulsar al intruso. Le dije que tenía prisa. Ella insistió. Entre los dos podíamos librarnos de ese bandido en un periquete. Si no, tendría que llamar a un familiar o a los vecinos o a la Guardia Civil. De pensar que tenía que pasar la noche con el gato se moría. No pude negarme. Su estado de nervios no presagiaba nada bueno.
Nuestro trabajo nos costó echar al minino, pero lo conseguimos no sin llevarnos más de un susto. Paqui me dio las gracias y yo me fui precipitadamente tras comprobar la hora.
El callejón de la Pimienta, angosto y arqueado, tenía varios tramos sumidos en la penumbra. Siempre que me adentraba en él, experimentaba respeto. Sus casas viejas, su mala iluminación, la hierba que crecía entre los adoquines, me trasladaban a una época pretérita. En realidad era como si esa calleja estuviese fuera del tiempo. Y las tardes de los domingos esa impresión se incrementaba. El callejón de la Pimienta era un mundo en sí mismo, con sus propias leyes, con su propia dinámica, a las que tenía que someterse el transeúnte que lo recorría.
En la primera bocacalle giré a la izquierda. Estaba en Capitán Valiente, con sus casas altas y estrechas, con un único balcón en la fachada, en una de las cuales vivía mi abuela.
Cuando llegué, la puerta estaba cerrada y la casa a oscuras. Ni en la planta alta ni en la baja había una sola rendija por donde se escapase un rayo de luz. No lo podía creer. Aunque era evidente que no había nadie, llamé con la aldaba. Los golpes resonaron en el interior. Luego me retiré y me quedé en mitad de la calle mirando la puerta y el balcón, comprendiendo que mi abuela, en vista de mi retraso, con la firmeza que la caracteriza, se había ido en autobús a Sevilla.

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Posted in Cuentos, tagged calle Capitán Valiente, calle Enanos, callejón de la Pimienta, cine, El Zorro Azul, Isabelita, mi abuela, mi hermana Luisa, mis padres, Paqui, plaza de la Alhóndiga, Sevilla, tardes dominicales on julio 19, 2016| Leave a Comment »
En cuanto salí del cine, me dirigí a casa de mi abuela. El coche lo había aparcado en la plaza de la Alhóndiga, cerca de su domicilio.
Iba a buen paso. Cuando llegué a la altura de El Zorro Azul, no pude evitar echar un vistazo. Mis amigos suelen frecuentar este bar, aquí nos reunimos y tomamos una copa. A veces mantenemos tertulias animadas, otras veces dejamos transcurrir los minutos en un agradable silencio hasta que uno de nosotros hace una observación chistosa y soltamos la carcajada.
El bar estaba lleno de humo. Había bastantes clientes pero ningún amigo mío. Me asomé a la parte izquierda del local, que tiene forma de ele. El dueño, desde la barra, me saludó con la mano. Le devolví el gesto y me fui.
Luego cogí por la calle Enanos y, a pesar de que ya era de noche y hacía frío, por increíble que parezca, encontré a Isabelita a la puerta de su casa.
Subida en el umbral, sus ojos quedaban a la altura de los míos. Mide un metro cincuenta. Por eso le gusta colocarse en una posición ventajosa que le permita mirar al otro sin tener que levantar la cabeza.
Isabelita está escuchimizada. Ella misma reconoce que no come casi nada. Su rostro de rasgos afilados trasluce la astucia y la perspicacia. Es una mujer inteligente y culta cuya charla me encanta. Al verme me dijo: “¿Qué haces tú por aquí?”.
Respondí y me detuve un momento a hablar con Isabelita. A ella le gusta pegar la hebra y a mí me gusta escuchar su verbo chispeante y sus reflexiones sobre lo divino y lo humano. Le interesa tanto el cotilleo como la filosofía. Le pregunté si seguía leyendo a Platón y me dijo que en eso estaba. Había descubierto a este pensador tardíamente y ahora le dedicaba gran parte de su tiempo libre. Me invitó a entrar para leerme y comentarme algunos pasajes del Fedón, que era su diálogo favorito, junto con La República.
Me excusé. Le expliqué que debía llevar a mi abuela a Sevilla, y quedamos para otro día. Nos despedimos. Ella se metió en su casa y yo seguí mi camino.
Pero más adelante, justo en la esquina del callejón de la Pimienta, me paré de nuevo. La puerta de Paqui estaba abierta, lo cual me extrañó. Ella vive sola y es muy cauta. Esa imprudencia no era propia de ella.

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Posted in Cuentos, tagged calle Capitán Valiente, calle Enanos, callejón de la Pimienta, cine, El Zorro Azul, Isabelita, mi abuela, mi hermana Luisa, mis padres, Paqui, plaza de la Alhóndiga, Sevilla, tardes dominicales on julio 18, 2016| 12 Comments »
Mi hermana Luisa se había ido a trabajar al extranjero y hacía mucho tiempo que no teníamos noticias suyas. No respondía a nuestras cartas ni a nuestras llamadas telefónicas. Mis padres estaban preocupados y me pidieron que fuera a visitarla para ver qué pasaba, para averiguar a qué se debía su silencio.
Se marchó sin necesidad, sin una razón de peso. Un día nos comunicó que había decidido irse, que iba a probar suerte en otra tierra. Esto no era una explicación sino un simple anuncio de sus intenciones. Y a renglón seguido hizo las maletas y cogió el tren.
La propuesta de mis padres me causó una gran contrariedad. No sentía el menor deseo de hacer un viaje tan largo. Soy sedentario. Un simple desplazamiento a Sevilla, que está a treinta kilómetros de Las Hilandarias, me supone un notable esfuerzo. No quería ir, pero tampoco podía negarme.
Cuando se me presenta un conflicto de esta índole, un choque de intereses, un problema que no sé cómo resolver, una papeleta difícil, acudo a mi abuela, que es una mujer con mucha experiencia de la vida y abundantes recursos, con determinación, capaz de hacer frente a cualquier eventualidad, indoblegable, trabajadora, independiente.
Le planteé mi dilema y no tuvo el menor inconveniente en sustituirme. Ella haría ese viaje en mi lugar, se entrevistaría con su nieta, que se llama como ella y que ha heredado numerosos rasgos de su carácter, y luego informaría a mis padres.
Sólo me puso una condición: que la llevase en coche a Sevilla. No era mucho pedir. Así que acepté encantado.
El día de su partida era domingo. El tren salía por la tarde de la estación de Plaza de Armas. Como estaba tranquilo y satisfecho, tuve la ocurrencia de ir al cine, a la primera sesión, por supuesto. Había tres: a las cinco, a las siete y a las nueve. Calculé que tendría tiempo de hacer las dos cosas.
Era una tarde tristona de invierno. Una tarde buena para ver una película o para quedarse en casa, al calor del brasero, leyendo un libro, jugando al parchís o de cháchara con los amigos.
Estaba nublado, pero no había caído una gota de agua. Las calles estaban solitarias. Siempre he pensado que las tardes dominicales tienen un toque opresivo, como si en ellas se concentraran los años vividos, no sólo los míos, sino los de todos los habitantes del pueblo, incluidos los que ya han muerto. Esas tardes tienen un regusto antiguo y un color cenizoso que ponen de manifiesto la misteriosa dimensión de la existencia.

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Posted in Cuentos, tagged el conferenciante jesuita, el cura, el hundimiento, el ufólogo, NASA, noviembre, ovnis, paseo de Colón, Quique, Sevilla, teatro Lope de Vega, telepatía on julio 6, 2016| 7 Comments »
Afortunadamente llegamos a Sevilla. Los ocupantes del coche se callaron un rato. Por el Paseo de Colón nos dirigimos a la sala donde tendría lugar la representación. Estaba extrañado de que durante todo el trayecto no se hubiese hecho la menor alusión a la obra. Sólo se abordó la cuestión ufológica y sus implicaciones en otras áreas.
Cuando nos apeamos, con inmenso alivio por mi parte, inhalé una gran bocanada de aire y pregunté: “¿Vamos a ver una tragedia o una comedia?”. Los otros se quedaron mirándome como si hubiese dicho un disparate. Yo miré a mi amigo Quique, que adoptó una actitud ambigua.
El ufólogo, colocándose las gafas en su sitio, dijo: “¿Cómo?” El Lope de Vega estaba frente a nosotros. A la entrada había bastante gente. El cura, haciendo un calambur, explicó: “Vamos a un teatro pero no al teatro”.
Mientras nos encaminábamos a la marquesina que sobresale de la fachada del ecléctico edificio, pregunté a Quique: “¿Tú estás también en la inopia?”. Lo estaba pero no le importaba. Para él lo importante era salir del pueblo.
Nos instalamos en el patio de butacas y esperamos a que empezase la función. Pero no se levantó el telón rojo de pliegues ondeados. Al cabo de un rato salió un clérigo trajeado de negro con alzacuello blanco, alto, elegante, con las manos cogidas a la altura del pecho que movía en simbólicos abrazos a los espectadores, los cuales lo recibieron con una ovación.
Se trataba de un jesuita experto en parapsicología. “¿Será esto una señal?” murmuré. Quique, que aplaudía como si fuese otro fan, siempre atento a lo que sucedía a su alrededor aunque fuese un balbuceo, me preguntó: “¿Qué has dicho?” “Nada. Estoy interesado en saber cuál va a ser el tema de la conferencia”.
Era la telepatía. Un escalofrío me recorrió el espinazo. La disertación duró una hora. El jesuita, que era todo un showman, finalizaba con una batería de demostraciones prácticas a las que dedicaba treinta minutos más. Esta ilustración era el plato fuerte del espectáculo.
Yo estaba sentado en una butaca junto al pasillo central, justo en frente del conferenciante que, micrófono en mano, haciendo gala de un aplomo abrumador, escrutaba las filas en busca de un conejillo para su primer experimento.

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Posted in Cuentos, tagged el conferenciante jesuita, el cura, el hundimiento, el ufólogo, NASA, noviembre, ovnis, paseo de Colón, Quique, Sevilla, teatro Lope de Vega, telepatía on julio 4, 2016| Leave a Comment »
Era mi primera salida tras el hundimiento. Íbamos a ver una representación. Eso creía. Hacía tiempo que no asistía a una. Me dejé convencer por mi amigo Quique. Formábamos un grupo variopinto constituido por nosotros dos, un cura, un ufólogo y una quinta persona que, por más que me esfuerzo en ponerle cara, no recuerdo quién es.
Me resultó raro que el promotor de esta actividad fuera el aficionado a los platillos volantes e historias afines. Ignoraba que también lo fuera al teatro.
Quizá la culpa de la confusión la tenga mi amigo Quique, que suele embarullar las cosas por conveniencia o por verbosidad. De todas formas debo declarar que estoy en deuda con él. Gracias a su insistencia, a su entusiasmo, a sus exageraciones, me animé a hacer mi primera incursión en el exterior.
Me tendría que haber escamado que no supiera el título de la obra o al menos el nombre del autor. Aunque es verdad que él tenía por costumbre inventarse lo que no sabía sin reparos ni remordimientos, en este caso reconoció que no se los había preguntado al cura, que era quien le había propuesto ir al teatro con él y el ufólogo. Quique, por su parte, se tomó la libertad de invitarme a mí, a lo que, cuando se enteraron, no se opusieron los demás, pues en el coche había sitio.
Era a finales de noviembre. Durante el viaje a Sevilla, ya de noche, el ufólogo, que hablaba a increíble velocidad, en un estilo farragoso, hizo un recuento de las últimas apariciones de platillos volantes. Alguien dijo que éramos objeto de curiosidad para los extraterrestres y quién sabe si no nos encontrábamos en los prolegómenos de una invasión.
El ufólogo, que iba en el asiento del copiloto, se volvió y negó rotundamente tal posibilidad. Si, con su avanzadísima tecnología, quisieran apoderarse de nuestro planeta, ya lo habrían hecho. Sólo éramos, cosa un tanto humillante, objeto de curiosidad. Bichos raros dignos de estudio. Y la Tierra un zoológico tan divertido como didáctico.
Las luces de la carretera, de los pueblos, de los cortijos se transformaron en ovnis camuflados que orientaban sus antenas en seguimiento nuestro. La conversación que manteníamos en el coche, era harto ilustrativa de la psicología humana.
Tanto mi amigo Quique como el cura se habían involucrado en esa pintoresca charla. En cuanto al conductor, de vez en cuando echaba su cuarto a espadas. La ufología era un tema que daba mucho de sí, un tema que tenía ramificaciones arqueológicas, veterotestamentarias, mitológicas. Y relaciones directas con la NASA y los servicios de espionaje y contraespionaje de las principales potencias. Todo esto constituía un guirigay que estaba afectando a mi precaria estabilidad psíquica y física. Es decir, faltaba poco para que me marease.

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Posted in Fotos, tagged chimenea, cipreses, fuente, Monasterio de Santa María de las Cuevas, naranjos, Sevilla on diciembre 1, 2015| 2 Comments »
Posted in Fotos, tagged CAAC (Centro Andaluz de Arte Contemporáneo), Monasterio de la Cartuja, Sevilla on octubre 6, 2015| 13 Comments »