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Archive for the ‘Anotaciones’ Category

40.-Los malos humores, las caras largas, las respuestas airadas, los gestos desdeñosos, los dardos verbales, las reacciones irracionales son las gotas o los chorros de ácido que corroen la convivencia hasta dejarla reducida a una patética carcasa.
A los graves problemas, a las grandes canalladas se les hace frente de otra manera. Asumiéndolos, reaccionando en el acto ante ellas. La posibilidad de que todo salte por los aires no se puede descartar en ninguno caso.
Pero las fijaciones, los desplantes, los desencuentros, las proyecciones, las falsas expectativas segregan un vitriolo que va destruyendo los tejidos paulatina e insidiosamente. Llegado un momento, puede ocurrir que uno no sepa si pertenece al reino de los vivos o al de los muertos.

41.-A los malos humores hay que oponer el sentido del humor, que es el remedio más eficaz para neutralizarlos. Para diluir ese ácido letal. Para facilitar los intercambios humanos.
Tomárselo todo en serio es condenarse a caminar por un desfiladero, es empobrecer la propia vida con una lectura en la que no cabe ninguna interpretación salvo la estrictamente literal. Y por supuesto, de semejante actitud, la convivencia se resiente en serio.
Tomárselo todo a risa es una estupidez. Y tomárselo todo a pecho un disparate. Entre medias anda el sentido del humor, cierta frívola impostación de los acontecimientos que no cuestiona su importancia ni todavía menos los relativiza, sólo los ilumina con otra luz más amable.

 

 

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39.-Siempre es preferible hacer lo que uno cree que debe hacer. De esta forma, si uno se equivoca, es asunto suyo y algo puede sacar en claro de la pifia. Lo malo es equivocarse por delegación, porque otro ha indicado la conducta correcta, los pasos necesarios o la respuesta oportuna. Aquí no hay posibilidad de aprendizaje. Este tipo de errores sólo produce irritación contra uno mismo por haberse dejado influir, por haberse doblegado a la opinión ajena, y resentimiento hacia el asesor, hacia la persona a cuyos consejos uno se ha atenido, incluso sin demasiada convicción, por cortesía o condescendencia. Todo lo cual, a toro pasado, será etiquetado acertadamente de pura y simple debilidad de carácter.
Otra cosa es escuchar y seguir las directrices de quien está investido de autoridad en un determinado campo, pero en la vida corriente, en los asuntos cotidianos, uno debe respetar sus razones. Actitud que incluye aceptar las consecuencias negativas de la decisión que se tome. Pero cuando las sufrimos por habernos sometido a otra persona, la reacción inmediata será de rechazo por considerar que esas consecuencias no nos atañen, cuando de hecho así es porque, en definitiva, cada uno responde de sus actos. Tampoco podemos cargarlas en la cuenta de la otra persona que se las sacudirá como algo ajeno, que se inhibirá o que acusará al pardillo de no haber hecho las cosas tal como se le recomendó.
Si de ser responsable se trata, como va a ser la propia pata la que uno meta, para evitar actitudes rencorosas y autoflagelaciones, lo mejor es proceder según el propio criterio y la propia conciencia, que son las dos instancias con las que uno tiene que convivir día y noche.

 

 

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                              Julián

38.-A Julián le pasaba como a Teresa y a la mayoría de la gente. No entendía que lo que para él era un placer, más aún, lo que objetivamente sólo podía ser definido como tal, para otras personas fuera un suplicio. Esa posibilidad descabellada sólo era digna de tomarse a broma.
En su cabeza no cabía que lo que a él le chiflaba a otros les produjese terror. En su interior no sonaba tampoco una alarma tocando a rebato, como les ocurría a Loli, a Amador, a Pablo, una alarma, un grito sordo, que anunciaba la negra marejada ante la que no había defensa posible, la insidiosa invasión de todas las parcelas de su ser.
Rara vez o nunca había experimentado esas somatizaciones que dejan fuera de juego a quienes las sufren, los efectos de esos mecanismos infernales que escapan a la voluntad, que se disparan solos, no siendo desatinado hablar de posesión puesto que se está bajo la férula de un demonio.
Julián, un hombre serio, tirando a envarado, un modelo de ciudadano, siempre a la altura de las circunstancias, con su ración de prejuicios de los que nadie está libre, capaz de resistir cualquier acto protocolario por largo y tedioso que sea, conversador mediocre pero manejando los clichés con la soltura que da la práctica, haciendo un aspaviento, preguntó a su primo Raúl, que cojeaba del mismo pie que Loli y los antedichos: “¿Pero tú por qué te angustias?” Raúl no respondió nada, pues no valía la pena. Entrar en explicaciones era engorroso e inútil. Además, Julián no se las estaba pidiendo. Sólo quería darle un consejito paternal acompañado de una afectuosa palmada en el hombro. “Lo que tienes que hacer” dijo “es sobreponerte. Los acontecimientos sociales son una ocasión de relacionarse y lucirse. Aprovéchalos y no te obsesiones. Mírame a mí”.

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                              Teresa

37.-Teresa no sufre en absoluto ataques de ansiedad ni nada parecido. Goza de buena salud tanto física como psíquica, por lo que da gracias al cielo
Mujer elegante y educada, apartando un rizo de la frente con un dedo en el que luce un anillo con un brillante, contaba con generosas dosis de sorna lo que había hecho Pablo, su consuegro, para asistir a la boda de su hijo y de la hija de Teresa.
Le fue necesaria una preparación psicológica que duró varias semanas, de las cuales la última se retiró además a un balneario. Como Teresa se apresuró a apostillar, lo que estaba diciendo sonaba increíble. Cualquiera que la escuchase pensaría que era un invento suyo.
Pues que quedara claro, recalcó, que ella carecía de tanta imaginación. Teresa tenía los pies bien plantados en la tierra. Su capacidad fabuladora era escasa o nula. La cantidad de detalles concretos que dio, incluidos los económicos, demostraban que ella había sido testigo de esa historia familiar.
Con retintín, en un tono influido por su propia cicatería, refirió que ese apuesto varón, de quien nadie a simple vista podía sospechar semejante debilidad, se había costeado una estancia en unas termas que incluía los servicios de un fisioterapeuta y de un psicólogo. Ella, al principio, pensó que ahí había gato encerrado. Pero su consuegra la convenció de que Pablo no la estaba engañando, no había otra mujer ni ningún asunto turbio. Pablo se había recluido para encajar el golpe, eso era todo.
Si su consuegra, en quien Teresa tenía confianza, confirmaba ese punto, es que esa ridiculez era verdad. Pero Teresa, presa de una súbita agitación, preguntó: “¿Qué hay que encajar?”
Como la cuestión pecuniaria la tenía siempre presente, añadió: “¿Sabes cuánto dinero se gastó o tiró?” Y me informó de la cantidad exacta que era elevada. Haciendo un gesto de desaprobación concluyó que esa actitud resultaba inaudita, notándose claramente que le hubiese gustado decir “estúpida”.
Ella no entendía ni quería hacer ningún esfuerzo por entender ese comportamiento que la sublevaba. El único problema de su consuegro era que se miraba demasiado el ombligo, y, como era rico, podía permitirse esos caprichos y extravagancias. Si estuviese en la situación de Teresa, iría al cuarto de baño a darse una ducha cuando quisiese relajarse.
Su veredicto era inapelable. Pablo era un maniático pudiente. Ya le gustaría a ella pasar una temporada en un balneario o en un buen hotel con mucha más razón, por todo lo que trajinaba y por tantas responsabilidades como tenía, que ese hombre de envidiable aspecto. O mejor aún: embolsarse ese dinero que, con la cantidad de gastos a los que tenía que hacer frente, buena falta le hacía.
Sus palabras rezumaban menosprecio. En la actitud de su consuegro no veía más que arrugamiento. Pero ella sabía cómo arreglar esa mojigatería masculina: dando un empujón al pusilánime para que entrase bien derecho primero en la iglesia y después en el convite.
No se le estaba pidiendo nada extraordinario. Sólo tenía que estar presente. No era él quien iba a oficiar la ceremonia ni servir el almuerzo. Lo que tenía que hacer era no comerse tanto el coco.
Ahí acertaba Teresa. Se trataba de estar presente sin mirar las salidas como un animal acorralado, de estar centrado en sí mismo y no disperso, en lucha con su creciente malestar.
Le pregunté a Teresa si ese recurso tan costoso dio resultado. Pablo, impecablemente trajeado, más que el novio que había optado por la informalidad, combinando chaqueta de vestir y pantalón vaquero, ambos de marca y con mucho estilo, pero que no por ello dejaban de ser lo que eran, como subrayó Teresa, a quien desagradó la libertad que se tomó su yerno el día de su boda, Pablo, que era a lo que íbamos, se comportó con toda normalidad, tranquilo, seguro, con una discreta sonrisa en los labios.

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36.-Estos episodios (“Loli”, “Amador”) más o menos chuscos son dignos de ser contados, pero no gozan del privilegio de la comprensión. La gente sonríe o ríe, pone una cara de extrañeza, pero no se toma en serio esos lances. Lo cierto es que trata de apartarlos de sí como si se expusiera a un contagio. Lo indiscutible es que, en un alto porcentaje, los rechaza, a veces con una nota de visceralidad. Esto quiere decir que, afortunadamente, la mayoría de las personas no sufre ese mal, que de todas formas está bastante extendido. Todo el mundo sabe lo que es un dolor de cabeza, conocimiento que facilita la empatía. Pero los ataques de pánico, la claustrofobia, los zarpazos de las neurosis obsesivas, los golpes de ansiedad, las fulminantes somatizaciones que dejan para el arrastre, todo eso es harina de otro costal. Cuando se cuenta o, sencilla y discretamente, se hace alusión a una experiencia de esta índole, el interlocutor, tal vez como reacción defensiva, se siente obligado a confesar que él se agobia también cuando va a El Corte Inglés, u otra pamplina semejante. Esta respuesta merece una réplica a la altura de su deprimente simpleza. Puesto que la otra persona no ha tenido, al menos, la deferencia de callar, es justo que se le diga: “¿Y quién te manda ir a El Corte Inglés? Compra en tu barrio. A mí ni se me pasa por el pensamiento pisar unos grandes almacenes”. Y decidido a mostrarse desagradable, se puede añadir: “Si vas, es porque ese agobio es para morirse de risa. Si ese sofoco tuviera algo que ver con lo que yo he referido, te quedarías en tu casa. Pero lo tuyo es una pose tan alejada de la agonía de la ansiedad como España de Nueva Zelanda”. Una pose o un remedo de una enfermedad tan acogotante que quien la padece de veras hará lo que en buena ley le correspondería hacer al otro: callarse respetuosamente y despedirse cuando su interlocutor acabe de desembuchar su ristra de sandeces, algunas de ellas malintencionadas y burlonas. Esta incomprensión, rechazo, desinterés o ignorancia no es privativa del ciudadano común. Afecta igualmente al personal especializado que atiende según los parámetros aprendidos, pero cuyo conocimiento teórico no lo capacita para un verdadero acto de solidaridad con el paciente. La mayoría de los médicos se limita a extender una receta. Seguramente, aunque quisieran, no podrían hacer otra cosa. Para hacerse cargo de ese vía crucis hay que haberlo recorrido, haber caído y saber lo que cuesta levantarse y seguir. Los comentarios conclusivos son la guinda de esta actitud generalizada, los cuales se pueden resumir en un consejito que debería estar legalmente penalizado. “Sobreponte” te dicen y se quedan tan frescos. “Hay que sobreponerse” te indican con una sonrisa benevolente como quien te pide que comas un kiwi en ayunas para solucionar tu problema, que no acaban de creer que sea real, que lo consideran fruto de una mente calenturienta, de una imaginación demasiado viva. ¿Qué cosa más fácil hay que comerse un kiwi? Pero lo que de verdad te están pidiendo, aunque en su inconsciencia ni lo sospechen, es que cruces a nado el estrecho de Gibraltar o escales el Everest, algo que está fuera de tus posibilidades y de las suyas.

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                            Amador

35.-Sabía a lo que se exponía pero no podía negarse. Era un compromiso del que no podía escapar salvo causas mayores, y no había ninguna. Como él decía: “Había que comérselo”. Con suerte no ocurría nada. A veces no ocurría nada. Es verdad que él no se hallaba predispuesto a un desenlace feliz. No porque lo quisiese desgraciado sino porque dentro de él bullía esa desazón que siempre se cobraba un precio.
Se vistió como un torero que tiene el presentimiento de la cogida y el revolcón en la arena. Pero no podía decir que no. Nadie entendería que se echase atrás cuando él era uno de los responsables de la organización, uno de los promotores de ese acto público al que concurriría un buen número de personas.
Para convencerse, tanto en el sentido de ir como de no ir, se repitió que él no era uno de los oradores. Su presencia no era necesaria, nadie lo iba a echar en falta.
Mientras se ponía la corbata, maldijo la decisión que tomaron a la hora de elegir el local. Como la mayoría estaba de acuerdo, él no se opuso, incluso tuvo la flamenquería de afirmar que le parecía un sitio estupendo.
El salón donde iba a tener lugar el evento estaba en las afueras de la ciudad, a varios kilómetros. Puesto que al final confraternizarían tomando una copa, acordaron que alquilarían autobuses para llevar a los asistentes. Amador hubiese preferido llevar su propio coche pero, dado que había unanimidad al respecto, no quiso sacar los pies del plato. Reinaba un ambiente de camaradería tan cálido que no se atrevió a desmarcarse.
Cuando acabó de arreglarse, Amador y su mujer se dirigieron al lugar de donde debían partir. Había bastante gente esperando. Amador sintió un vacío en el pecho, la luz de la tarde se volvió irreal, las piernas se le aflojaron un poco. Pero hizo de tripas corazón y sonrió, saludó a unos y a otros. Cuando llegó el momento, con las mandíbulas apretadas, subió al autobús.
La presión de la caldera interior era alta. Con suerte se mantendría en ese nivel que, sin necesidad de que se lo dijera su mujer, repercutía en sus orejas. Su mujer le había comentado que las tenía coloradas.
Cuando llegaron al local en las afueras de la ciudad, el agua de la caldera empezó a borbotear con más fuerza. Empezó a molestarle la corbata, la chaqueta, el bullicio. Aunque él no sudaba, tenía húmedas las palmas de las manos. Como tenía calor, le pidió a su mujer el abanico, pero ella no se lo había traído. Este olvido fue una auténtica hecatombe. “Voy a tener que salir a tomar el aire” dijo Amador desabrochándose el botón superior de la camisa.
Dar un paseo le había servido otras veces para hacer disminuir la presión, para tranquilizarse y reequilibrarse mínimamente.
Pero en esta ocasión le falló este recurso. La caldera siguió recalentándose. Amador, a pesar de que estaba a varios kilómetros de la ciudad, con mano temblorosa, sacó el móvil y llamó un taxi.
Cuando fue a buscar a su mujer y le contó lo que había hecho, ésta le dijo: “Pero ese taxi nos va a costar una fortuna”.
Se fueron sin dar explicaciones, se fueron lo más rápido posible porque Amador no aguantaba ni un minuto más. Su mujer no entendía esas reacciones que calificaba de rarezas, pero contaba con ellas cuando iban a un restaurante, al centro de la ciudad o a casa de un amigo en visita de cortesía. En realidad, a cualquier sitio público o privado.

 

 

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                                Loli

34.-Loli recuerda la vez que le pasó en el autobús que cogía a diario para ir al trabajo. En cada parada entraba un nuevo contingente de pasajeros que repercutía en su interior aumentando su nivel de angustia. Sabía que la culpa no la tenía la gente pero, conforme el vehículo se llenaba, ella iba perdiendo el control sobre sí misma, la ansiedad se disparaba, el malestar, como si estuviera echándole un pulso, le ganaba la partida.
Llegó un momento en que, faltándole el aire, sintiéndose morir, dominada e impulsada por esa penosa experiencia, Loli se puso en pie y le pidió al conductor que parase inmediatamente. Su grito se expandió, o así le pareció, en ondas concéntricas de contorno desigual de las que ella era el centro, de las que ella era el origen, como en el cuadro de Edvard Munch.
Esa explosión aterradora e irracional conmovió al autobús. Los presentes pensarían que esa mujer de mediana edad y aspecto corriente, ni alta ni baja, ni gorda ni flaca, vestida con discreción, se había vuelto loca. Nada más lejos de la realidad. Loli era una persona sensata, centrada, afectuosa.
El conductor frenó. Loli, desencajada, sin tenerlas todas consigo, se apresuró a bajar y, con dificultad, aspiró el aire del exterior. Al principio a pequeños sorbos, luego a tragos más largos. Se sentó en el bordillo de una acera, agachó la cabeza, colocándola entre las piernas, y esperó a que pasase el arrechucho. A medida que se recuperaba, se intensificaban sus ganas de llorar. Derramó algunas lágrimas que le hicieron bien.
Siempre que le ocurría esto, siempre que se veía arrojada a ese estado de abandono, afloraba también la pena. Se preguntaba por qué le pasaba esto a ella que iba al trabajo, que no viajaba por placer sino por obligación. Bien sabía que esa cuestión era ociosa. Le había tocado la china y, para animarse, como en otras ocasiones, hizo un repaso mental de personas que sufrían males iguales o peores que el suyo, niños con enfermedades incurables, accidentados con terribles secuelas, amigos o conocidos que cargaban también con su cruz.
Se puso en pie y abrió su bolso, del que sacó un pastillero. Se colocó medio comprimido debajo de la lengua, pues ya había pasado lo más duro y, respirando hondo, siguió su camino. Se sentía como si le hubiesen dado una paliza. Y eso era lo que había ocurrido.
Los usuarios del autobús pensarían ante su reacción que no estaba en sus cabales, los transeúntes con los que ahora se cruzaba, a la vista de su paso tardo e inseguro, que estaba borracha. Éste era otro efecto colateral. Loli estaba maltrecha, tocada para el resto del día, deseosa de acabar y volver a su casa para tenderse y a lo mejor llorar un poco más.

 

 

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32.-Que eso se te quite de la cabeza. Las condiciones ideales son propias del Empíreo, pertenecen al País de Nunca Jamás. En este mundo sólo existen las condiciones reales, que son las que son, unas veces más favorables y otras francamente complicadas. No hace falta que me extienda sobre este punto que tu propia experiencia confirmará sin duda.
No se trata de esperar esa maravillosa situación que nos permita expandirnos, dar la medida de lo que somos, realizar esos sueños que amorosamente acariciamos. Esa actitud no es más que un patético autoengaño. Una trampa que nos tendemos y en la que caemos de buen grado. Un expediente para encubrir nuestras carencias y limitaciones, de las que nadie está libre y que conforman las situaciones personales, ésas de las que hay que partir, las únicas sobre las que se puede construir algo.
Así que olvidémonos de ese espejismo y atengámonos a las circunstancias concretas, a las que a cada uno nos ha tocado en suerte, de las que hay una extensa gama, pero que raramente coinciden con nuestros deseos, o sólo de forma parcial.
Ponte a trabajar con los mimbres de que dispones, que seguro que puedes trenzar un bonito canasto. El cual no figurará nunca en la vitrina de un museo, ni falta que hace, pero que a ti te ha servido para desarrollar tus capacidades, para ocupar tu tiempo y para encauzar tu energía productivamente. Tus principales armas son tu resolución y tu pericia, y eres dueño de ambas. Los resultados van a depender mucho del uso que de ellas haga.
Los cambios óptimos, los maximalismos, las condiciones ideales son las excusas de los trápalas, de los que temen comprometerse, de los gandules, de los inútiles
Deja, pues, de lloriquear y sácale partido al día a día en la medida de tus fuerzas y habilidades, independientemente de que llueve o ventee, haga frío o calor.

 

 

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31.-No tengo tu resistencia ni tu nivel de exigencia. Mis parámetros son diferentes a los tuyos. Mi filosofía de la vida no incluye responder a un modelo. Mi organismo se resiente en cuanto abuso de él. Es tan sencillo como decir que somos diferentes. Es estúpido pretender que el otro asuma mis expectativas, y se comporte según las pautas que yo considero correctas.
Estoy citando algunas de las causas de la infelicidad, de las que sin duda la primera, la principal, es la comparación. En el momento que miro a mi alrededor como si ahí fuera estuviese el paraíso, estoy sentando las bases de la insatisfacción y mis supuestas carencias alzarán sus cabezas leoninas para morderme o para reprocharme la anodina vida que llevo.
Con frecuencia las comparaciones están implícitas en el discurso que uno desarrolla. No se establece una lista de lo que me falta o de lo que me sobra. Basta con pintar un maravilloso cuadro de Fulano para que, por contraste, quede de relieve la mediocridad de mis días. Basta con referir cuánto viaja Fulano, cuántos restaurantes frecuenta, cuánta ropa se compra para que yo sienta pena por mí mismo que ni viajo tanto ni como tan bien ni tengo tanto dinero para derrochar en trapos.
Si Fulano tiene una casa en la playa adonde va todos los fines de semana, la conclusión, aunque no se verbalice, es que yo no tengo ninguna, que él puede hundir sus pies en la arena de la playa, que es algo excelente para la circulación sanguínea, mientras que yo me tengo que conformar con darles un baño de agua caliente en el bidet, que también es relajante pero no es lo mismo.
Las situaciones personales son tan distintas, nuestra visión de las mismas es tan externa, tan parcial, que una de las peores trampas en que podemos caer es salir de lo que somos y tenemos y asomarnos a lo que, presuntamente, son y tienen los demás. Porque está claro que uno tiende a detenerse en lo bueno, en las ventajas, en las comodidades. Se desea lo apetecible. Las servidumbres, los inconvenientes y los problemas suelen ser ignorados o se pasa sobre ellos de puntillas. En cualquier caso no interesan.
Las comparaciones constituyen una vejación que te hunde en la miseria, en la desdicha, impidiéndote disfrutar de lo que eres y de lo que tienes. Con entera seguridad la vida, que a cada cual ofrece su ración de penas y alegrías, te ha hecho también algunos hermosos regalos, cuanto más simples más valiosos.
Pocos están contentos con el lote que les ha tocado. A todos nos sobran kilos, responsabilidades, achaques, hipotecas, vecinos ruidosos, etc. o nos faltan liquidez, relaciones estables, un coche, un trabajo digno, ser más estimados, etc.
Aunque no aspiremos a la sabiduría ni a la santidad, por meras razones prácticas deberíamos aprender a contentarnos con nuestra suerte, que no significa aguantar carros y carretas, y sacarle el mayor partido posible. No estamos hablando de resignación sino de aceptación para poder operar sobre una base real. Para reconciliarnos con nuestra vida en lugar de lamentarnos o sentir celos cuando contemplamos la vida ajena. Para dejar de hablar de lo que los otros hacen o proyectan como si nosotros no tuviésemos esa misma capacidad dentro de nuestro ámbito de actuación. Para no dar tanto crédito a las conversaciones de salón que suelen ser una puesta en escena, y estar más atentos a la propia voz interior, pues es ella la que nos va a indicar el camino, nuestro camino.

 

 

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30.- Es corriente escuchar que cada uno tiene su verdad. Con ello se quiere decir seguramente que cada uno tiene su propia experiencia de la vida, construyendo a partir de ella una praxis, unas directrices que marcan líneas de comportamiento y de pensamiento. Una experiencia personal que sirve de base y punto de referencia para relacionarse con los demás y con el entorno.

Esta realidad es innegable y, además, no puede ser de otra manera. Somos hijos de nuestra experiencia y quien no se ciñe a ella tiene escasas posibilidades de madurar. Uno parte de sus propios datos para pergeñar su visión del mundo.

Pero de constatar este hecho a afirmar que ésa es la verdad hay un trecho muy largo. Una engañosa identificación y una confusión de términos sólo explicables desde el relativismo.

Si se plantea la verdad como una cuestión tan extremadamente subjetiva, nos topamos con contradicciones insalvables. Porque fulano me hizo una canallada, concluyo que es un malnacido. Pero otra persona a la que ese mismo individuo ha tratado amablemente, afirmará que es un ángel. ¿Cómo calibrar la bondad o la maldad de fulano, pues dependiendo de a quien se pregunte las respuestas no sólo serán diferentes sino opuestas? Una solución, por supuesto, es afirmar que se trata de conceptos vacíos (como los de belleza, justicia y tantos más), que cada cual rellena “ad libitum”. Otra variante es la que mantiene que fulano es las dos cosas: malo para mí y bueno para ti. Con semejante planteamiento hablar de verdad es cuando menos chistoso.

Si pensamos en Hitler o en cualquier otro psicópata renombrado, esas verdades con minúscula, aparte de caer por su propio peso, se revelan lastimosamente miopes. Que Eva Braun tuviese en alta estima al Führer, que le regalaba flores y bombones, no cambia en nada la catadura moral del encausado ni justifica el menor de sus crímenes.

No hay que poner en duda que para esta mujer y para todos los seguidores del dictador alemán, éste era un hombre fuera de lo común, un genial estratega, alguien digno de confianza y admiración. No hace falta consignar todo el mal del que fue artífice. El daño y el dolor que provocó son inconmensurables.
Si nos atenemos a las pequeñas verdades, habría que aceptar la de Eva Braun, puesto que ella, basándose en su propia experiencia, ha construido una imagen verdadera del Führer. ¿O tendría que ser Eva Braun la que debería modificar su visión y admitir que estaba equivocada?

Cada uno tiene su pequeña verdad para andar por casa, pero hay círculos más amplios en los que esa visión limitada naufraga. Retrotraerlo todo al ámbito subjetivo no sólo supone un empobrecimiento, es sobre todo una traición a la exigencia de objetividad y ecuanimidad, que es en lo que consiste la verdad.

La verdad no es un subproducto de mis preferencias, sino la marea que las desborda y pone de manifiesto su inanidad. Y ésta es la puerta de salida de embrollos y laberintos, la vía de apertura a una visión superior e integradora.

Si, por el contrario, nos encastillamos en las pequeñas verdades, el proceso se invierte. Nuestra percepción de la realidad será un trasunto de nuestras limitaciones. Cada vez más mezquinos y estrechos de miras, rechazaremos todo lo que cuestione nuestros planteamientos.

Las pequeñas verdades son indicaciones prácticas, aplicables en el día a día, siempre sujetas a críticas y reformulaciones, pero absolutizarlas, elevarlas a la categoría de verdad es, como queda dicho, una burla.

Se produce entonces un hundimiento, una implosión de valores que no tienen donde sostenerse. Es un medio seguro de andar a trancazos unos con otros.

La dimensión trascendente de la verdad es la que nos permite vivir, precisamente por sobrepasarnos, por no tener nada que ver con nuestros afectos y aversiones a los que tan obstinadamente nos aferramos.

 

 

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