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Archive for the ‘El forjador de quimeras’ Category

V
Ya no queda otra cosa que el perpetuo naufragio,
los recuerdos punzantes que a la deriva flotan,
y no sirven siquiera, inútiles del todo,
para sujetarse a ellos
y vivir la ilusión de un último asidero.

 

 

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IV
Después de tanto tiempo,
la voz dentro de mí no encuentra su camino.

Y se agita y retuerce como aquel niño ahogado
que el río se llevó.

En las aguas verdosas se hundía, palmoteaba,
en las aguas verdosas donde se reflejaban
los árboles, las cañas
y el cielo, tan ajenos.

Nosotros, en la orilla, sin poder hacer nada,
contemplando impotentes en la mañana clara
el trágico accidente.

Tú gritabas con toda la fuerza de tu voz,
de tu vozarrón ronco.

Pero yo no te oía.
Estaba hipnotizado por el río y el niño,
por la higuera frondosa de grandes hojas ásperas
que cubría de sombra aquel rincón tranquilo,
que cubría de sombra tus giros en redondo,
tus gritos estentóreos en demanda de ayuda,
de alguien que viniera y salvara al chiquillo.

Pero nadie acudió.
Por más que desgarraste pulmones y garganta,
no hubo nada que hacer,
salvo ser los testigos de cómo la corriente
se cobraba la pieza, sin pena, indiferente.

 

 

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III
Pretendo decir cosas
cuando lo que debiera es dejar que tú hablaras,
cederte la palabra.

Pretendo decir cosas,
mas me basta sentir tu profunda mirada
—eso tengo de bueno—
para tragar saliva y comprender mi juego.

 

 

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II
En la acera, sentados sobre el duro cemento,
jugábamos, reíamos.

Por un fugaz momento no existían los padres
que volvían borrachos, y luego se enfadaban
sin que nadie supiera el porqué de su enojo.

No existía la escuela con sus maestros crueles.
No existían las madres con su poder inmenso.

Ni siquiera existían las vecinas chillonas
que nos amenazaban
con fríos cubos de agua, porque nuestro bullicio
las sacaba de quicio.

Sus delicados nervios soportar no podían
a unos pocos chiquillos sentados en la acera,
olvidados de todos, especialmente de ellas.

Mas la realidad era que a todos molestábamos.
¿Acaso no veíamos que estábamos en medio?
Entonces nos mandaban a jugar a otro sitio,
más allá, más abajo.

Nosotros en enjambre salíamos zumbando,
posándonos de nuevo cerca de una ventana.
Y una voz destemplada se escuchaba al momento
mandándonos más lejos.

Entre risas, protestas, otro sitio buscábamos,
un lugar imposible donde no molestásemos.

Al final acabábamos
al abrigo de tapias, sentados sobre piedras,
en el campo, extramuros.

CSC_0071 (2)

 

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I
Vuelvo a ti, Sebastián,
como antaño, en la calle iluminada apenas
por escasas bombillas.
Pero hoy no traigo nada, hoy sólo vengo yo.

Contigo no hace falta andarse por las ramas,
ni dárselas de listo.

Tus verdades son simples.
Cualquiera las entiende. Y por eso también
cualquiera las desprecia.

Sebastián, no es mi caso.
Los años me enseñaron que tus verdades simples
son las solas verdades.

No debiera siquiera hablar de tus verdades
En buena ley debiera hablar de tu verdad.

Es decir, de tu hambruna,
de ese estómago terco que soñaba con platos
rebosantes, colmados,
con platos de lentejas, de garbanzos, de chícharos.

Recuerdo esa hambre tuya. Y más cosas recuerdo,
pero esa es la primera, la que tiene más peso.

CSC_0071 (2)

 

 

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