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VIII
Galería de horrores, museo de la infamia,
siniestros aguafuertes, retratos al carbón,
tétricos claroscuros, sombrías miniaturas,
pinceladas que ponen la carne de gallina,
mi colección privada de atracciones de feria,
de bufones sin gracia, de refinados sádicos,
de enanos mentirosos, chillones, narigudos,
de burros sin albarda.

 

 

 

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Azahar (I)

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                                  V
La muerte de Sócrates la conmovió tanto que, cuando cerró el libro, bajo el pretexto de una compra cualquiera, fue a la tienda de Hortensia para referir la profunda impresión que ese hecho le había producido.
Había estado presente en la cárcel durante los últimos momentos del filósofo. Había presenciado la entrega de la copa con la cicuta triturada a un Sócrates impávido que la sostuvo con mano firme, y, antes de llevársela a los labios, preguntó si con esa bebida se podía hacer una libación. Como nadie sabía si eso era posible, elevó una súplica a los dioses para que su viaje al otro mundo fuera feliz.
Isabelita, derramando lágrimas igual que los demás, contempló cómo apuraba el veneno sin hacer una mueca.
Luego lo vio pasear hasta que las piernas se le pusieron pesadas y tuvo que echarse.
Desde su lecho póstumo Sócrates les recriminó su inadecuado comportamiento. ¿Por qué lloraban y se mostraban desolados? Desde luego no por él sino por ellos mismos.
Antes de que el frío de la muerte que iba insensibilizando sus miembros, llegase hasta su pecho y detuviese su corazón, en ese vertiginoso intervalo de tiempo, con el rostro ya cubierto por un paño, el filósofo se acordó del gallo que le había prometido a Asclepio, y encomendó a Critón el pago de esa deuda.
En ese sublime momento, al conjuro de esas palabras, Isabelita sufrió una interferencia mental y, en lugar de a Sócrates agonizando, vio al gallo que la había atacado salvajemente. Y no sólo a ese satánico animal de lustroso plumaje sino también a Manolo dando manotadas y voces.
Isabelita, respirando hondo, se sobrepuso y volvió a su ensoñación. El filósofo tenía que haberla comisionado a ella, y no a Critón.
Con cuánta diligencia habría emprendido el camino de Epidauro con el gallo de marras enjaulado y se lo habría ofrecido al dios de la medicina. Con qué deleite habría contemplado su inmolación.
Era lo menos que podía hacer por Sócrates, el mejor de los hombres, y por ella misma, para satisfacer su sed de venganza.

 

 

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Higuera (III)

 

 

 

 

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                                IV
Esa radiante mañana primaveral, con la tienda de Hortensia llena de parroquianas que solicitaban ser atendidas con premura, pues todas sin excepción tenían muchas cosas que hacer y no podían perder un minuto, Isabelita, ojerosa por la mala noche pasada, entró y permaneció callada hasta que le preguntaron cuál era la causa de su pesaroso estado.
Sin hacerse rogar, les contó el lamentable incidente. Le había pedido a su hermano que la llevase en coche al cortijo de la Ruzafa. Allí trabajaban de caseros Manolo y su prima Rafaela, a la que quería hacer una visita porque no se veían desde hacía mucho tiempo.
Manolo insistió en que Nicolás no volviese a recogerla. Él mismo, con mucho gusto, de todo corazón, prestaría ese servicio. Era lo menos que podía hacer, añadió.
Ella hubiese preferido que su hermano se tomase esa molestia, pero como se mostró encantado con la propuesta, ella tuvo que resignarse a hacer el viaje de vuelta con Manolo.
La narradora finalizó su introducción señalando que el percance sufrido tuvo repercusiones filosóficas.
“¿Tan grave fue?” “Por poco me cuesta un ojo” respondió Isabelita engurruñendo los dos.
Por fortuna el maldito gallo era alicorto y, aunque lo intentó, no logró picarle en la cara por no alcanzar su vuelo suficiente altura. Este fiasco le produjo una enorme frustración que pagó ensañándose con las enflaquecidas piernas de Isabelita. A Dios gracias llevaba pantalones.
Todavía temblaba al recordar el salto y el tenaz aleteo del iracundo animal. Ella se quedó de piedra. Por su cabeza cruzó la espantosa idea de perder uno o los dos ojos, de tener que renunciar a la lectura. Comprendió que no estaba preparada para soportar semejante sacrificio.
“Si hubiese tenido el poder de Apolo” comunicó a la concurrencia, “habría convertido a ese bandido en un boniato”.
Rafaela y su marido tuvieron que salvarla de la furia asesina del ave que no cejaba en su empeño de dejarla como un colador. Por cierto, el memo de Manolo andaba diciendo por ahí que la culpa era suya por haber provocado al gallo.

 

 

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Azulejos (XII)

Monasterio de la Cartuja (Santa María de las Cuevas) 117Monasterio de la Cartuja (Santa María de las Cuevas) 117Monasterio de la Cartuja (Santa María de las Cuevas) 117Monasterio de la Cartuja (Santa María de las Cuevas) 117Monasterio de la Cartuja (Santa María de las Cuevas) 117Monasterio de la Cartuja (Santa María de las Cuevas) 117Monasterio de la Cartuja (Santa María de las Cuevas) 117Monasterio de la Cartuja (Santa María de las Cuevas) 117Monasterio de la Cartuja (Santa María de las Cuevas) 117

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                                III
Isabelita y su hermano Nicolás, de los Pocasangre, ambos solteros y sin compromiso, vivían en la calle Enanos.
La edad de Isabelita, difícil de precisar, por no decir imposible, era uno de los secretos mejor guardados de Las Hilandarias. Aunque declaraba que no le importaban los años, nadie sabía cuántos tenía exactamente porque ella no soltaba prenda o se salía por la tangente. Las conjeturas que circulaban al respecto eran inflacionistas, lo que no significaba que hubiese que descartarlas sin más por malintencionadas, pues se apoyaban en comparaciones o referencias con un limitado margen de error.
Isabelita dividía su tiempo entre los quehaceres domésticos, que despachaba pronto, los libros y las conversaciones que mantenía con los transeúntes desde el umbral de su casa, y con las clientes de la tienda de Hortensia, donde a menudo tenían lugar auténticos simposios en los que ella asumía el rol socrático.
Menuda, de rasgos afilados y con el pelo corto que peinaba con una raya al lado y a veces hacia atrás, y que en ambos casos quedaba apelmazado sobre su aovada cabeza, su fisonomía tenía una impronta ratonil.
Sus brazos y piernas eran excesivamente delgados. Cuando se encogía, y a ella le gustaba adoptar esa actitud, sus huesos sobresalían y se dibujaban en relieve bajo la ropa.
A la puerta de su casa o en el colmado, era normal verla cruzada de brazos, escrutando con sus ojos vivaces la realidad circundante, ojos tasadores que raramente se equivocaban en la valoración de un hecho o de una persona, ojos registradores a los que no se le escapaba ningún detalle.
Isabelita era apreciada por su fluidez verbal y por su capacidad expresiva. Sin duda disfrutaba hablando, pero también sabía escuchar. Como buena conversadora y expositora, sopesaba seriamente las razones de los demás con el objeto de rebatirlas, confirmarlas o servirse de ellas en el desarrollo de su argumentación.
Ella no sentaba cátedra ni pontificaba. Reconocía que no era una autoridad en nada. Sin embargo, tenía un indiscutible ascendente sobre sus vecinos que, aun sonsacándola para divertirse o contradiciéndola para mortificarla, sentían por esta virgen añosa un misterioso respeto.

 

 

 

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                                II
En el colmado de Hortensia, ante su auditorio de comadres, a Isabelita le gustaba filosofar, siendo escuchada con atención, pues los temas que abordaba concernían a todos los seres humanos, cualesquiera que fuesen su edad y condición.
“Lo más importante es aceptar el propio destino”. Y recalcaba: “La grandeza consiste en aceptar el propio destino”.
De la vida afirmaba que era un don. “¿Y quién nos ha hecho ese regalito?” preguntó una cliente socarrona.
Isabelita, que era una entusiasta de Platón, a cuyo estudio dedicaba una gran parte de su tiempo, en compensación, diríase, por su tardío descubrimiento, y que estaba enfrascada en ese momento en la lectura del Fedón, respondió al punto: “Los dioses, a quienes pertenecemos”.
Y tras una pausa teatral añadió: “Ellos son nuestros amos”.
Esta conclusión originó una acalorada polémica. Algunas comadres opinaban que la vida era suya en exclusiva y podían disponer de ella a su antojo. Para otras, que la consideraban fruto del azar, no era de nadie. Pocas admitieron el planteamiento de Isabelita.
“Entonces” arguyó una de las vecinas “son los dioses quienes deciden cuándo debemos emprender el último viaje” “Está claro” confirmó Isabelita “que esa cuestión es de su competencia”.
A la mayoría esta afirmación le pareció un disparate. Hortensia se vio obligada a llamar al orden, pues en la tienda se produjo un gran alboroto.
“¿Y después de la muerte hay vida?” preguntó una mujer gorda con una mano en el cuadril creyendo poner en un brete a Isabelita.
“Con esa dulce esperanza vivo. Tras esta vida hay otra, de la que la muerte es la puerta.
“Albergo la esperanza de llegar a un mundo mejor, a un mundo más justo, donde este rompecabezas que es nuestro paso por la tierra encontrará una explicación, donde se desvelarán todos los misterios y saldrán a la luz todos los secretos, donde nada quedará oculto, donde resplandecerá la verdad.
“Esa esperanza me hace esta vida más llevadera, pues mis sufrimientos aquí son monedas que canjearé allí por bienes de incalculable valor.
“¿Y cómo demuestras eso?” la interpelaron.
“No tengo que demostrar nada puesto que no se trata de un teorema ni de una especulación científica, sino de un profundo deseo compartido con otros seres humanos”.
“¡Una pobre ilusión!” exclamaron burlonas.
“Una ilusión, si así lo queréis, que nos ayuda a ser mejores o a intentarlo al menos”.
“A ver, síguenos contando. ¿Qué sucederá luego?”
“Cuando muramos, deberemos presentarnos ante un tribunal donde seremos juzgados. Después, según la naturaleza de nuestras acciones, seremos conducidos al lugar que nos corresponde.
“Los sacrificios, las penalidades, todas y cada una de las decisiones que hemos tomado en cada bifurcación o encrucijada de nuestra vida serán pesados y medidos. No os quepa duda de que nadie se irá de rositas.
“Todos los ríos de mucho o escaso caudal, impetuosos o somnolientos, que hemos tenido que atravesar, a veces jugándonos la piel, todas las montañas, desiertos o cualquier otro obstáculo en nuestro peregrinaje han sido las piedras de toque en las que nos hemos forjado si hemos tenido la valentía de aceptar el reto. Y ese coraje no caerá en saco roto.
“¿No vale la pena creer en esto? ¿No es esperanzador saber que un día llegaremos a nuestra verdadera patria, a una tierra de colores puros y formas armoniosas?”
“¿Y cómo se llama ese fantástico país?” le preguntaron con retintín.
“Recibe varios nombres. Isla de los Bienaventurados es uno de ellos”.

 

 

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                                  I
Manolo, el marido de su prima Rafaela, insistió en enseñar a Isabelita sus gallinas ponedoras de las que tan orgulloso estaba. Rafaela también la animó haciéndole notar el cacareo de las aves. “Todo el día se llevan así”. Isabelita no pudo negarse a pesar de su escaso interés. “Vamos a ver esas gallinas”.
Lo primero que se le vino a los ojos fue el gallo que se paseaba jactanciosamente por el corral, un hermoso ejemplar sin duda. Manolo, dándose cuenta de que el animal había llamado la atención de la visitante, exclamó: “¡La gente lo confunde con un faisán!”.
Isabelita calló lo que pensaba porque, conociendo la habilidad de Manolo para hilvanar sandeces a remo y vela, prefería no dar pie y exponerse a una andanada.
Aunque hacía dos o tres horas que habían recogido los huevos, el dueño propuso entrar para que Isabelita comprobase in situ la eficiencia de sus gallinas. Rafaela apoyó a su marido y éste, entreabriendo el portillo, cedió el paso a las dos mujeres.
Isabelita estaba pendiente del gallo. Su pico fuerte y sus espolones puntiagudos le daban aires de matón. En la tienda de Hortensia, relatando el lamentable episodio, confesó que el bicho despertó su recelo desde el principio.
El engreído gallo se paseaba a cámara lenta creyendo suscitar la admiración a su alrededor, pero con ella se equivocaba. Tanto las personas como los animales arrogantes la repateaban.
Éste en concreto, con su librea de plumas doradas que brillaban al sol con reflejos metálicos, con su cresta inyectada en sangre y sus andares altaneros de jayán, se creía el mayordomo de un lord inglés o el mismo lord.
¿Por qué la tomó con ella? ¿Leyó acaso en su cara la nula simpatía que le inspiraba? Pero este desafecto no era motivo suficiente, pensaba Isabelita, para lanzar un feroz ataque.
A lo mejor, sin querer, hizo un mohín de fastidio que hirió la sensibilidad del gallo, el cual reaccionó en el acto y se dirigió hacia ella como una flecha con el inequívoco propósito de darle una buena lección.

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