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Bestiario (I)

I
No haberte conocido, eso hubiese querido,
que tu vida y la mía no se hubiesen cruzado,
o quizá me lamento porque el valor no tuve
de cortar y alejarme, de seguir mi camino
sin dejarme atrapar.

 

 

 

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                                    III
Y yo aquí, sentado en una duna, rodeado de gramíneas que doblan sus tallos al menor soplo de viento, y que tiemblan azogadas cuando éste corre racheado. Contemplando la línea de la playa que se extiende en un largo abrazo. Como si pretendiese abarcar al mar, acunarlo en su regazo, adormecerlo en su seno. Y yo aquí, fascinado por las aguas del Atlántico cuyo oleaje rompe a escasos metros de donde estoy, de esta atalaya desde la que admiro sus luces, sus crestas espumosas, su poder ilimitado. Arrullado por su murmullo. En esta duna a mitad de camino de los pinares y el mar. Entre el verde oscuro de las agujas y el verde inestable del océano. Envuelto en los olores procedentes de uno y otro lado. En este confín. En este paraje de vegetación rala. Hipnotizado por ese flujo creciente que va anegando la playa, y que arrastrará consigo, cuando se retire, todos los detritos. A un tiro de piedra de ese espolón desafiante, de ese esquife escorado, de esa excrecencia que desentona en este paisaje costero de suave trazado. Sentado en esta colina de arena tibia. Dejando vagar la vista. Ubicado en ese punto concreto del universo. Considerando la extravagancia de esa roca carcomida que es mínima, inexistente, comparada con la de un ser humano. Sintiendo cómo ese pensamiento produce un vacío. Y el vacío vértigo. Y el vértigo angustia. Y la angustia desvalimiento. Como cuando miro las paredes desnudas de mi habitación. O a través de cristales empañados en un día brumoso. Como cuando marcho cansinamente sin objeto. Entonces. Ahora. En el teso de la duna. Sin ataduras. Libre de lastre. Un tenue cosquilleo me recorre las yemas de los dedos. Mi cuerpo se vuelve más liviano. Mi respiración se hace más pausada. Mi mente adquiere la pureza de un diamante.

 

 

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                                        II
La fina arena de la playa. La rubicunda arena que cubre esa franja costera. Esos infinitos granos que se escurren por entre los dedos sin dejarse atrapar. La arena apelmazada que lame el agua, y la otra, suelta y ligera, sobre la que el viento dibuja cordilleras y valles cuya configuración trastoca por completo una ráfaga más impetuosa. Efímeras orografías. Cambiantes mapas de arena. Doradas partículas que se agolpan en esa banda fronteriza y se codean día a día, hora a hora, segundo a segundo, con el rugiente mar. Pero ellas no le oponen resistencia. Cuando la pleamar remonta esa suave pendiente, cuando las olas empiezan a ganar terreno y a una sucede otra que llega más lejos, cuando esos lengüetazos van empapando la playa, allanándola, comprimiéndola, oscureciéndola, la arena se deja invadir. Sólo las pulgas huyen enloquecidas ante el imparable avance de la marea, se refugian en sus agujeros excavados a toda prisa, dan grandes saltos en todas las direcciones dominadas por la preocupación de poner sus traslúcidos cuerpos a buen recaudo.

 

 

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                                     I
Una roca batida por las olas. Una roca a la que el agua moldea, a la que la fuerza del mar con su tenacidad infinita desbasta, perfora, corroe. Cientos, miles de años expuesta a la acción insobornable de la naturaleza. Con su base pavimentada de conchas que se superponen formando montículos. De conchas que se distribuyen como las teselas de un mosaico. Una roca cruzada de costurones que se yergue a escasos metros de la costa. Una roca azotada por los vientos, desteñida por el salitre, con olor a yodo y a plantas marinas, alrededor de la cual flotan trozos de madera negruzca procedentes tal vez de una barca desvencijada que otrora surcaba este sobrehaz verdeazulado en constante movimiento, rizado por la brisa, de reflejos tornasolados. Y mezcladas con esos maderos podridos que se estrellan una y otra vez contra el peñasco solitario, las gelatinosas algas cubriéndolos con sus filamentos, entrelazadas, encaramadas, o bien dejándose llevar a la deriva, mecidas por el eterno bamboleo de las olas. Una roca maltrecha, de cimientos dudosamente firmes, un tanto inclinada, como si estuviera prosternándose ante la grandeza del océano. Un minúsculo islote donde las gaviotas se posan, lanzan sus estridentes graznidos, se dan picotazos debajo del ala, miran a derecha e izquierda con suprema indiferencia. Una roca aislada, de contorno irregular, con numerosas cicatrices y concavidades, devorada por el mar al que sigue plantando cara.

 

 

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40.-Los malos humores, las caras largas, las respuestas airadas, los gestos desdeñosos, los dardos verbales, las reacciones irracionales son las gotas o los chorros de ácido que corroen la convivencia hasta dejarla reducida a una patética carcasa.
A los graves problemas, a las grandes canalladas se les hace frente de otra manera. Asumiéndolos, reaccionando en el acto ante ellas. La posibilidad de que todo salte por los aires no se puede descartar en ninguno caso.
Pero las fijaciones, los desplantes, los desencuentros, las proyecciones, las falsas expectativas segregan un vitriolo que va destruyendo los tejidos paulatina e insidiosamente. Llegado un momento, puede ocurrir que uno no sepa si pertenece al reino de los vivos o al de los muertos.

41.-A los malos humores hay que oponer el sentido del humor, que es el remedio más eficaz para neutralizarlos. Para diluir ese ácido letal. Para facilitar los intercambios humanos.
Tomárselo todo en serio es condenarse a caminar por un desfiladero, es empobrecer la propia vida con una lectura en la que no cabe ninguna interpretación salvo la estrictamente literal. Y por supuesto, de semejante actitud, la convivencia se resiente en serio.
Tomárselo todo a risa es una estupidez. Y tomárselo todo a pecho un disparate. Entre medias anda el sentido del humor, cierta frívola impostación de los acontecimientos que no cuestiona su importancia ni todavía menos los relativiza, sólo los ilumina con otra luz más amable.

 

 

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39.-Siempre es preferible hacer lo que uno cree que debe hacer. De esta forma, si uno se equivoca, es asunto suyo y algo puede sacar en claro de la pifia. Lo malo es equivocarse por delegación, porque otro ha indicado la conducta correcta, los pasos necesarios o la respuesta oportuna. Aquí no hay posibilidad de aprendizaje. Este tipo de errores sólo produce irritación contra uno mismo por haberse dejado influir, por haberse doblegado a la opinión ajena, y resentimiento hacia el asesor, hacia la persona a cuyos consejos uno se ha atenido, incluso sin demasiada convicción, por cortesía o condescendencia. Todo lo cual, a toro pasado, será etiquetado acertadamente de pura y simple debilidad de carácter.
Otra cosa es escuchar y seguir las directrices de quien está investido de autoridad en un determinado campo, pero en la vida corriente, en los asuntos cotidianos, uno debe respetar sus razones. Actitud que incluye aceptar las consecuencias negativas de la decisión que se tome. Pero cuando las sufrimos por habernos sometido a otra persona, la reacción inmediata será de rechazo por considerar que esas consecuencias no nos atañen, cuando de hecho así es porque, en definitiva, cada uno responde de sus actos. Tampoco podemos cargarlas en la cuenta de la otra persona que se las sacudirá como algo ajeno, que se inhibirá o que acusará al pardillo de no haber hecho las cosas tal como se le recomendó.
Si de ser responsable se trata, como va a ser la propia pata la que uno meta, para evitar actitudes rencorosas y autoflagelaciones, lo mejor es proceder según el propio criterio y la propia conciencia, que son las dos instancias con las que uno tiene que convivir día y noche.

 

 

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Madroños

 

 

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Homenaje a WW

One hour to madness and joy!
W. Whitman

 

 

 

Súbitos relámpagos que iluminan la vida,
telúricos espasmos que nos nublan la vista.
¿Hasta el último céntimo quién no se jugaría
por una hora
de incurable locura, de salvaje alegría?

 

 

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