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Azulejos (XI)

 

 

 

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4
En mi alma te grabaste
a fuego con punzón
y preparé el terreno
y la tienda planté
y loco de alegría
grité a los cuatro vientos
¡no se me escapará!

Y tú te me escapaste

 

 

 

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Eucalipto

 

 

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                               VI
Un mediodía de invierno en que uno de los contingentes de chavales no alcanzaba la mitad de sus componentes, y en que el aburrimiento los hacía bostezar, uno de ellos, el mismo que reía a mandíbula batiente cuando refería este hecho, ideó una variante para provocar a la banda rival que contaba con la mayoría de sus miembros.
En lugar de colocarse todos a la vista del enemigo y empezar a moverse rítmicamente al son de palmas y gritos, sería uno solo el que lo hiciera. El resto se emboscaría para tender una trampa. No hace falta decir a quien le cupo el honor de servir de cebo.
Mientras sus compañeros se deslizaban como anguilas por entre los peñascos y los matorrales, nuestro hombre esperó pacientemente el aviso para encaramarse en la roca de superficie superior amplia y plana que utilizaban para ese fin.
Por fin recibió la señal. A partir de este momento los acontecimientos se precipitaron y se embrollaron. Las consecuencias, sin embargo, no admiten discusión.
La otra pandilla observó a ese iluso moviendo las caderas, dando saltitos, levantando en alto las manos que sostenían una honda y una vara de acebuche, canturreando la frase de marras en singular, es decir, provocando en solitario.
Como los otros no eran tontos, esa fantochada les olió a chamusquina y tomaron las medidas oportunas. Como tontos tampoco eran los que habían instado al zangolotino a subir a la plataforma de piedra, sabiendo que estaban en franca inferioridad numérica, pusieron el cuerpo a buen recaudo.
Se retiraron a una distancia prudencial: ni demasiado cerca para verse involucrados en una refriega en la que llevaban las de perder, ni demasiado lejos para no presenciar el desenlace de su charranada.
En lo alto de la roca el niño seguía contoneándose y gritando: “¡Quiero guerra! ¡Quiero guerra!”.

 

 

 

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                                 V
Aunque casi todas coincidiesen en su bonachonería y su cordialidad, las opiniones sobre él eran divergentes, incluso contradictorias.
Cuando, por ejemplo, tronchándose de risa, fulano contaba el episodio ocurrido en la pronunciada ladera erizada de matorrales y peñascos que desciende del ruinoso castillo, la imagen resultante no era nada lisonjera.
La pandilla a la que pertenecía el zangolotino, enfrentada a muerte con otra rival, lo utilizaba, entre otros ingratos ejercicios, como emisario de las declaraciones de guerra. De hecho, dado el grave peligro que implicaba, hubo que cambiar esa norma.
Al principio, las pandillas acordaron que un representante en persona iría al cuartel enemigo y comunicaría verbalmente tan delicado mensaje. Pero solía ocurrir que, en cuanto el mensajero volvía la espalda, pese a considerarse un acto cobarde y deshonroso y estar formalmente prohibido, alguna que otra pedrada caía sobre él.
En cualquier caso, nadie lo libraba de los numerosos insultos y selectas procacidades, acompañados del vehemente encargo de que no olvidara transmitirlos puntualmente a sus camaradas, con los que despedían al infeliz enviado.
Por razones obvias hubo que renunciar a este método, optándose, desde un lugar alejado pero visible de la otra banda, por entonar cantos indios, contorsionar el cuerpo en danzas rituales, enarbolar las armas y, por si todavía hubiese dudas, gritar a pleno pulmón: “¡Queremos guerra! ¡Queremos guerra!”.

 

 

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Toldos

 

 

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3
Soñaba con países
exóticos lejanos
y hermosas aventuras
por nadie imaginadas
a lomos de un camello
recorría regiones
por todos ignoradas
vestido con guerrera
y un largo catalejo
exploraba planetas
y los fondos marinos
de astronauta de buzo
soñaba con caminos
que llevaban a Siria
al País de la Seda
a la Arabia Feliz

 

 

 

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Escaramujo (II)

27 de julio de 2014 038

 

 

 

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27 de agosto de 2014 065                                IV
En las noches de verano era fácil encontrarlo en el patio de la bodega sita en la plaza de la Alhóndiga, sentado en un tocón de encina, ante una mesa plegable en cuyo tablero renegrido reposaban una botella de vino blanco peleón y un platillo de altramuces. Nunca lo abandonaba la sonrisa de niño pachorrudo y un tanto simplón que todos los que le habían tratado durante la infancia le conocían. Esa sonrisa que, entonces como ahora, le granjeaba la confianza de los demás.
Mofletudo, coloradote, boca pequeña, frente abombada, ojos vivos, calvicie incipiente, era sin duda su soberbia nariz en forma de porra lo más llamativo de su rostro, su rasgo más marcado y personal.
De constitución robusta, la barriga que ya le apuntaba en sus primeros años, se había desarrollado hasta alcanzar la esfericidad actual.
Guardaba por sus antiguos compañeros de juego un afecto y una devoción ejemplares. En su mesa había siempre uno o dos vasos para invitarlos, aparte de la eterna sonrisa con que acogía a todo el mundo.
Su gran pasión consistía en desempolvar recuerdos mano a mano con un amigo de la niñez. Y eran tantos sus amigos y sus recuerdos que en esa tarea podía invertir horas.
Como, pese a su cachaza, no carecía de gracejo cuando contaba tal o cual historia, de las muchas que almacenaba celosamente en su memoria, no tenía nada de raro verlo en compañía de alguien que bebía de su botella y escuchaba divertido sus innumerables anécdotas.

 

 

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27 de agosto de 2014 065                               III
El niño había estado royendo un mendrugo mientras escuchaba. Su cara no traslució ninguna emoción cuando se enteró de la determinación paterna. Con anterioridad había asistido a escenas semejantes en las que un hermano suyo había sido el afectado. No había nada de qué extrañarse. Era algo con lo que había que contar. Algo que debía suceder tarde o temprano. Por eso, mientras su padre hablaba, él había seguido mordisqueando el pedazo de pan sin alterarse.
Fue el primero en subir al doblado donde dormían los muchachos. Era un camaranchón donde había que andar agachado. Su hermana y su abuela compartían con el matrimonio la habitación de abajo.
Arriba estaba oscuro. Ese cuchitril no tenía ventanuco ni tronera por lo que, además, la falta de oxígeno creaba una atmósfera enrarecida. La verdad era que el olfato acababa acostumbrándose a ese tufo a vejez y al cabo de cierto tiempo no advertía nada.
El niño no tenía problemas para conciliar el sueño. Caía como un fardo y no daba señales de vida hasta que lo despertaban dándole voces y zamarreándolo. Aún debían transcurrir algunos minutos antes de que recuperase el uso pleno de sus facultades mentales.
Esa noche tuvo la mala suerte de resbalar al poner el pie en uno de los travesaños de la escalera de mano que conducía al doblado, y estuvo a punto de dar un batacazo. El susto lo desveló. Se dirigió gateando y sorteando los jergones esparcidos en el piso de tablas al rincón donde estaba el suyo.
Se desvistió, amontonó la ropa junto a la cabecera y se tendió en el colchón de foñico que crujió bajo su peso.
Estuvo dando vueltas. Oyó a una de las vecinas desgañitándose e insultando a su marido que volvía borracho a casa. Sus hermanos llegaron y ocuparon sus respectivos lechos. Finalmente lo ganó el sopor que precede al sueño.

 

 

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