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Sementera

 

 

 

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Mis poemas (¿hace falta decirlo?)
se me parecen.
No son versos para grabar en mármol
ni proyectados para resistir
el despiadado paso de los años.
No son un prodigio de sencillez
engañosa ni de discreto ingenio.

A lo mejor cuando logre rehacerme
y el aire llegue limpio a mis pulmones
y la luz a mis ojos,
a lo mejor
entonces doy al mundo
auténticos poemas que trasluzcan
una sensibilidad exquisita.

También puede ocurrir
cuando me sienta libre
como un soplo de brisa
o una ráfaga de lluvia golpeando
sobre los cristales o los tejados,
que deje de escribir
porque ya no me haga ninguna falta.

 

 

 

Cedro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La última vez

Probaría una vez más. Era la última moneda que le quedaba. Aunque quisiera, ya no podría seguir jugando. De todas formas, ya se había quedado sin dinero para el bocadillo. Podía pedir prestado, pero desechó esa idea, pues no tenía suficiente confianza con sus compañeros de clase, y con su paisano no quería negocios.
Introdujo el duro en la ranura y la máquina, a juzgar por la musiquilla que emitió, se puso la mar de contenta. Apareció automáticamente la primera bola que, tras coger y soltar el muelle, salió disparada por el canal. El juego empezaba.
Con el dedo índice sobre los botones que accionaban los flippers, observó la entrada de la bola en el tablero inclinado para prever su recorrido. Fruto de su experiencia, tenía buen ojo clínico. Había tres o cuatro itinerarios posibles, si cogía el peor la bola se iría de rositas.
Tuvo suerte relativamente porque la condenada tampoco optó por el mejor camino, sino por uno intermedio con agujeros de donde era expulsada en diversas direcciones.
Estaba tan absorbido en las idas y venidas de las bolas por el tablero que no se dio cuenta de que sus compañeros se habían ido, el cicatero que estudiaba en el mismo instituto que él, y los que iban a otros centros.
Se había quedado solo en el bar, ante la máquina que no sabía siquiera cómo se llamaba exactamente.
Tampoco se percató de las miradas críticas que le lanzaba el dueño del establecimiento.
Resultaba que la puntuación obtenida era cada vez más alta y él ganaba partidas gratis una tras otra. Estaba en vena. En su vida había tenido tanta suerte. No iba a abandonar ahora y dejar que otro disfrutase de su buena racha. O que nadie se beneficiase de ella.
Las bolas chocaban contra los obstáculos hechizando al jugador, que no pestañeaba. Le encantaba el ruido metálico que hacían cuando eran golpeados. Había clavos, arcos, estrechos pasillos oblicuos y esas especies de setas luminosas y cantarinas que eran las que proporcionaban los puntos, y contra las que lanzaba las bolas con toda la fuerza de los flippers.
A veces la bola se volvía loca y en lugar de bajar por el plano inclinado, se ponía a rebotar en las gomas y las setas haciendo que el marcador ascendiera velozmente. No estaba claro si era la máquina o el jugador quien había perdido la cabeza.
En cualquier caso, él experimentaba la misma excitación. Tenía motivos para creerse un as de los billares electrónicos. Los resultados obtenidos, las partidas ganadas lo acreditaban.
El muchacho no era consciente de su estado de nervios. Pulsaba los botones con rabia, lanzaba la nueva bola con un golpe fuerte de la palma de la mano, profería exclamaciones de júbilo o de decepción. Estaba ajeno al mundo que le rodeaba.
Para jugar las partidas acumuladas habría necesitado toda la mañana. La primera hora de clase ya había pasado, la segunda corría. A lo sumo podía incorporarse en el recreo. Pero este pensamiento se disolvió sin dejar rastro. Había decidido hacer novillos. Hoy era su día de suerte. Cuándo se vería en otra.
Pero en esto la maquina dejó de funcionar, sus luces se apagaron, sus dispositivos enmudecieron. La bola en juego, chocando aquí y allá, descendió hasta ser engullida por la abertura situada en la base sin que él pudiera impedirlo.
Se dio media vuelta y vio al dueño del bar y a otros parroquianos que lo estaban observando. Al principio no comprendió lo que ocurría. Fue necesario que, en un tono desabrido, el dueño le dijera: “¿No te parece que ya está bien?”.
El muchacho no se atrevió a replicar nada. Cogió sus libros que había dejado en una silla cercana, y se fue.

 

 

 

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Vinagritos (II)

 

 

 

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Por razones laborales teníamos que pernoctar en la ciudad donde trabajábamos. Acabábamos tarde y al día siguiente empezábamos a primera hora.
Por el camino, la conductora propuso que aceptásemos la invitación de otra colega. Aun siendo consciente de que no era una buena idea, no me negué.
No se trataba, por supuesto, de cenar sino de tomar una copa o, como la que convidaba dijo finamente, un aperitivo. La conductora insistió en que estaría encantada de recibirnos a todos en su casa. Puede que fuera cierto.
Mi reticencia se fundamentaba en el conocimiento que tenía de esa colega. Su apego al dinero era “vox populi”. Dependiendo del grado de afecto o de discreción, unos la calificaban de buena administradora y otros de tacaña.
Como a las otras dos les pareció bien la sugerencia de la conductora, no quise pasar por un aguafiestas y me sumé al consenso general.
El aperitivo no defraudó mi recelo. Nos puso de beber cerveza importada de Holanda que estaba en oferta a un precio irrisorio. Sin espuma y floja, parecía gaseosa sin burbujas, pero justo es decir que estaba lo suficientemente fría.
Para picar nos obsequió con unas aceitunas que, según explicó la anfitriona, había lavado en el grifo porque estaban un poco saladas. Y lo seguían estando después del baño. Haciendo gala de prudencia afirmamos, no obstante, que estaban buenas.
Nos sorprendimos cuando nos sacó un plato de queso. Los triángulos alargados formaban un círculo perfecto que elogiamos.
Se trataba de un queso industrial, de pasta semiblanda, de color amarillo pálido. Tal vez no podía alardear de una acusada personalidad, pero tenía buen aspecto.
Cuando comimos el primer trozo, los cuatro, sin poderlo evitar, pusimos una cara extraña.
Al masticar el queso no se apreciaba nada digno de mención ni en un sentido ni en otro, pero al tragarlo dejaba en la boca un regusto metálico, como si te hubieses comido la hoja de un cuchillo.
Los cuatro pensamos lo mismo: ¿nos estará envenenando?
En esto llegó de la calle el marido de la susodicha, que es catalán, lo cual es un dato irrelevante, igual podía ser murciano. De nuestros rasgos deformados por el repelús desvió la mirada a la mesa y comprendió.
“¿No me digas que les has puesto ese queso?” Ella, que no tiene sentido del límite ni del ridículo, con una desinhibición supuestamente festiva, respondió: “A nosotros no nos ha gustado, pero eso no quiere decir que a ellos no tenga que gustarles. Yo lo he puesto. Lo pueden comer o no. De todas formas ¿no íbamos a tirarlo?”.

 

 

 

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Paisaje (XIV)

 

 

 

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Si miramos en dirección a Oriente y hacemos un pequeño cotejo, las diferencias existenciales y literarias saltan a la vista. La actitud del poeta oriental y la del occidental frente a la vida se podrían resumir diciendo que la del primero es de abandono y la del segundo de desconfianza. De la primera brota una genuina alegría de vivir. De la segunda la tentación de trampear y burlarse de las normas establecidas. En la primera está presente el sentido del humor, que supone una aceptación de la realidad tal cual es. En la segunda asoma la ironía, que es distanciamiento de lo real, cuando no abierto rechazo.
El poeta oriental no tiene que huir al campo porque vive allí. Ése es su hábitat natural y el vagabundeo es su estilo de vida.
El que más y el que menos tiene su vena de lunático o de borrachín, que le hace contemplar las cosas con benevolencia y un cierto fatalismo, pero la rebelión y la crítica están ausentes. A menudo experimenta un alborozo que se manifiesta en un asombro impensable en un poeta occidental del tipo de Pessoa o Baudelaire.
El poeta oriental no realiza deprimentes tareas burocráticas o académicas que ahogan su espontaneidad, sino que es un mendigo o un pescador. Un caminante que, con su hatillo al hombro, va de un lado a otro. Un gozador del paso de las estaciones. Un gourmet de paisajes.
El ansia de libertad alienta tanto en la poesía oriental como occidental, pero en ésta, concretamente en el poema de Pessoa, acaba en un gesto inconcluso, en un deseo truncado, en una felicidad incompleta, en un acto que revela cierto nerviosismo.
En aquella, sobre un fondo de montañas verdes y nubes blancas, se ve avanzar al poeta andariego viviendo esa libertad que se traduce en sencillas y exultantes constataciones poéticas:

Invierno

Ni una gota de rocío
cae
del crisantemo helado

Otoño

Día de apacible felicidad
el monte Fuji velado
por la lluvia brumosa

Verano

La libélula
intenta posarse en vano
sobre una brizna de hierba

Primavera

Desde el fondo
de la peonía
de mala gana sale la abeja

Matsuo Basho, Haiku de las Cuatro Estaciones

 

 

 

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Pessoa, Basho (I)

¡Ah, ese frescor en la cara de no cumplir un deber!
Faltar es, positivamente, estar en el campo.
(…)
Respiro mejor ahora que ha pasado la hora de las citas.
Falté a todas con deliberación (…),
esperando esa gana de ir que ya sabía que no vendría.
Soy libre frente a la sociedad organizada y vestida.
Estoy desnudo y me zambullo en el agua de mi imaginación.
Es tarde para estar en cualquiera de los dos puntos donde debía estar a la misma hora,
deliberadamente a la misma hora…
Pues bien, aquí me quedaré soñando versos y sonriendo en cursiva.
(…)
No consigo siquiera encender el cigarrillo siguiente…Si es un gesto, que se quede con los otros que me esperan en este desencuentro que es la vida.

———————————————-

Es problemático calificar este poema de Pessoa como una muestra de la alegría de vivir. Ese frescor a que alude el primer verso rebaja simplemente la presión existencial. Es un alivio porque el poeta ha burlado un deber. En ese momento no está donde debería estar, que es cumpliendo una tarea oficinesca.
No obstante, toda la composición está recorrida por una corriente de felicidad, advirtiéndose un regocijo que tiene algo de infantil, o sea, de auténtico. El poeta hace novillos. Como él dice: “Faltar es, positivamente, estar en el campo”.
El hecho de no asumir sus compromisos burocráticos, de hacer trampas, de escaquearse, propicia ese sentimiento de libertad que reconcilia al autor con la vida, de la que no tiene muy buen concepto como queda de relieve en el último verso.
Deliberadamente concertó dos citas a la misma hora para escudarse en la tautología de no poder ir a ésta porque tiene que ir a aquella, y de no poder ir a la segunda porque tiene que ir a la primera. Como él no tiene el don de la ubicuidad, coge por la calle de en medio y decide tomarse la tarde libre. Decide darse el gustazo de no hacer nada. De hecho, no atina siquiera a encender el siguiente cigarrillo, gesto frustrado, como tantos otros, con el que pretendía redondear su dicha.
Resulta comprensible que sustraerse a citas, reuniones y papeleo sea motivo suficiente para festejar el hecho de estar vivo. Eludir las obligaciones, que tanta energía roban, es recuperar la libertad. ¿Qué preso no experimenta una oleada de gozo cuando traspone el umbral de la cárcel? La sangre corre más de prisa por las venas, la atmósfera se hace más transparente.
Para el poeta es una ocasión de abandonarse a los sutiles placeres de la imaginación. A fin de cuentas el mundo soñado ofrece más compensaciones que el de todos los días, tan romo, a menudo tan arduo.
Es una ocasión de quitarnos las vestimentas que nos disfrazan e inmovilizan, de desnudarnos y mirarnos tal cual somos en el espejo de la mente. De zambullirnos en el agua de la imaginación, dice Pessoa.
¿Qué otras satisfacciones ofrece la vida, que el poeta define como un desencuentro?
Pessoa, precursor de la posmodernidad, no se hace ilusiones al respecto. Fumar un cigarrillo, dar un paseo en un coche prestado, ver pasar a la gente desde su ventana…y soñar hasta el cansancio.

 

 

 

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