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[La lluvia empapa]

La lluvia empapa
verdes trigales.
Las nubes grises
cubren los cielos.

Aquella lluvia,
aquellas nubes
que conocimos
con mudo asombro.

Cuando los trigos
nos confiaban
sus mil secretos.
En nuestros labios
se dibujaba,
de pura dicha,
una sonrisa.

¿Eres un sueño
que me atormenta,
que me resisto
a abandonar?

Oigo el susurro
de los trigales,
de la arboleda,
de los maizales.


 

 

 

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Arroyo

 

 

 

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La corneja

13 de abril de 2013 063Por la mañana procuro salir temprano para no verla posada en uno de los árboles de la plazoleta o dando ridículos saltitos en mitad de la calle. Pero esta estrategia no siempre funciona y, a pesar de mis precauciones, se produce el encuentro.
A veces tengo la impresión de que surge de la noche, de una profundidad tenebrosa de la que se ha evadido para aguarles la fiesta a los pobres humanos. Y no lo digo por el color de sus plumas que no es negro sino grisáceo.
Si este incidente ocurre a mi vuelta del trabajo, cuando vengo cansado y sin ganas de nada, mi restablecimiento anímico es más difícil. Su imagen se me queda grabada en la mente y, por más que quiera, no logro borrarla. Ya sé que es un hecho psicológico que mientras más te esfuerzas en olvidar algo, más se afianza en la memoria. Lo tengo comprobado: uno olvida lo que no quiere olvidar y recuerda lo que quiere olvidar.
Es verdad que ella no mira a nadie, como si estuviese por encima de todos, como si fuese un ser superior que no se digna prestar atención a quien pasa a su lado, a quien, si se lo propusiera, le podría dar una buena patada y estrellarla contra un banco.
Su presencia es un mal presagio que inocula la inquietud y el malestar. Uno no puede evitar preguntarse qué desgracia va a pasar, qué mala noticia va a recibir, qué revés le aguarda.
En la plazoleta se la ve en compañía de una graja presuntuosa, de pico rojo y uñas negruzcas, con la que aparentemente hace buenas migas, aunque no soy yo el único que ha detectado rivalidad entre ambas.
Graznan sin mirarse, como si mantuviesen un diálogo de sordos y es probable que así sea, que cada una vaya a lo suyo sin importarle lo que la otra esté diciendo. La corneja intenta agradar, congraciarse con la otra, a la que, por alguna razón, seguramente por su mayor envergadura, considera más señora.
Las dos hacen alarde de recato y buenas maneras. Sus roncos graznidos se mantienen en un tono discreto, que en nada se parecen a los que emiten cuando revolotean solas. Pero entre ellas guardan las distancias. Se diría que no paran de estudiarse mutuamente.
¿Cómo puede ese bicho – me pregunta desazonada mi vecina de abajo tras cruzarse con la corneja – tener el inaudito poder de hacerte sentir incómoda, incluso violenta? Le respondo que no lo sé. Pero desde luego corroboro su opinión. Esa corneja es, sin duda, un pájaro de mal agüero.
Hablando con esta vecina y otras personas hemos llegado a la conclusión de que ese avechucho ceniciento es vanidoso y antipático.
El vecino del segundo es categórico. Afirma que en esa corneja hay un fondo de resentimiento y de envidia. Ésa es la razón de que cree un profundo malestar a su alrededor.
Cuando pasas a su lado, no se asusta como los demás pájaros, sino que sigue abstraída, ajena, como si no viese ni oyese.
Ese comportamiento provoca el asombro de este vecino. No se explica cómo hay gente con ánimos de lanzarle puñados de pipas o un trozo de pan que ella picotea displicentemente.
Él se cuenta entre los que sienten un vivo deseo de arrear un puntapié a esa derramasolaces. Sólo lo detiene el temor de que alguien lo denuncie a la Sociedad Protectora de Animales.

 

 

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Azulejos (III)

 

 

 

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Pequeño poema

Agradezco a Salvela (http://salvela.wordpress.com/2013/12/09/el-crimen-de-porfirio/)
su invitación a participar en el concurso de relatos cortos organizado por la autora del blog Gaviotas con Amor (http://gaviotasconamor.wordpress.com/)

Éstas son las seis direcciones de los blogs a los que, a mi vez, invito a participar:

http://narracionesycuentos.wordpress.com/

http://miradab.wordpress.com/

Noticias

http://literaturageneralycomparada.wordpress.com/

http://ernestocisnerosrivera.wordpress.com/

http://desireejimenez.com/

 

Y éste es mi relato:

 

Conocí a Mauricio Monzón una despejada mañana de principios de primavera. Como me suele ocurrir en los cambios de estación, había cogido un resfriado tremendo. Estornudaba, tenía la nariz congestionada, me dolía la cabeza. Confieso que no presté atención a sus palabras. Sólo recuerdo que sus gestos y su verborrea salpicada de retóricas preguntas suscitaron en mí una mezcla de lástima y desprecio.
Si el azar no nos hubiese juntado de nuevo, habría olvidado por completo la existencia de un poeta llamado Mauricio Monzón. En esta ocasión me regaló un libro de poemas que había publicado recientemente.
Me hizo saborear “in situ” algunas de sus composiciones más logradas y me arrancó elogios que yo estaba lejos de sentir.

-o-

Después de desayunar me dirigí al despacho con la intención de preparar las lecciones de la semana próxima. No más sentarme a la mesa me percaté de que no iba a preparar nada. No obstante, estuve un rato garabateando en una cuartilla y mirando la pared de enfrente.
Finalmente me levanté y empecé a andar por la habitación. En uno de esos paseos me acerqué a la mesa, abrí uno de los cajones y saqué una carpeta azul.
Con la carpeta debajo del brazo me fui al patio, a un rincón del patio. No sabía por qué estaba haciendo eso. No podía pensar.
Los fui quemando uno a uno. El humo de los papeles ennegreció levemente los ladrillos de la pared.

-o-

Cerré la carpeta vacía y regresé al despacho. Me senté de nuevo y me puse a juguetear con la pluma que reposaba encima de la cuartilla.
Me sobresalté al comprobar que la hoja no estaba virgen. Había algo escrito. La cogí y leí:

Hay poco que decir
Soñé con la eternidad
Y olvidé darle cuerda a mi reloj

 

 

 

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Plumbago

 

 

 

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[Tontamente pensaba]

1
Tontamente pensaba
que por haber venido
a este valle de lágrimas
la vida me debía
una compensación,
porque no tiene gracia
ir abriendo los ojos,
grandes, desorbitados,
para darse uno cuenta
de dónde ha aterrizado.

2
Poco a poco uno aprende
—su buen trabajo cuesta—
que alzar el puño al cielo
no merece la pena.

Estamos siempre solos.
Así es como nacemos.
Así es como morimos.
Y en los malos momentos
nadie viene a indicarnos
el camino correcto
Cruces, bifurcaciones,
eso es asunto nuestro.

3
Poco a poco uno admite,
aunque mucho le pese,
esta verdad tan simple,
dolorosa, evidente:
la vida no nos debe
nada absolutamente.

 

 

 

 

 

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20.- ¿Se puede concebir la izquierda sin la derecha, el día sin la noche o la mortalidad sin la inmortalidad?
Vivimos en una época sesgada que propone todo eso y se queda tan ancha. Y que nadie chiste.
Las grandes creencias han sido barridas. Vivimos en una época desalmada, en el sentido de carente de alma. También propone esto: cuerpos sin alma. Las realidades espirituales son, a lo sumo, objeto de mercadeo o de burla.
Sus lemas son dos: “Todo está permitido” y “Esto es lo que hay”. La única opción viable, correcta y aplaudida es recocerse en su propio jugo aderezado con la salsa del “carpe diem”, con ese delicioso ajilimójili.
El reconocimiento y el aprecio del mundo manifiesto no implican la negación de su opuesto complementario. Pero hablar de ese otro mundo no visible mueve a risa. O sea, hablar de la verdad, de la bondad y de la belleza como atributos divinos y como vías de salvación, hablar de la trascendencia, hablar de Platón, que es de quien parte la filosofía occidental, de la que se ha dicho que sólo son anotaciones a pie de página de la obra del pensador ateniense.
Para rellenar esa laguna de dimensiones oceánicas, proliferan las propuestas de goce inmediato. La reclusión en el aquí sin allá y en el ahora sin antes ni después. La glorificación de la tierra sin cielo. Lo que contemplamos sobre nuestras cabezas son los espacios siderales, el éter, el vacío.
El mundo es un lugar cerrado, un castillo con siete murallas alrededor. Fuera no hay vida, no hay nada.
Este estatus exige la aniquilación del impulso trascendente, el desarraigo de todo brote espiritual.
Nos encontramos en la paradójica situación de querer alcanzar nuevas cotas de libertad sofocándola.

 

 

 

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