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9

Me preguntaba si sólo yo estaba atrapado en ese segmento espacio-temporal. Y también cuánto duraría la broma. Ese grotesco disfraz de la eternidad, ese vislumbre del infinito consistente en repetir una y otra vez los mismos gestos en un decorado inmutable amenazaban con desequilibrarme.

Me entraron ganas de reír. Primero disimuladamente y luego a carcajadas, di rienda suelta a mi hilaridad.

Me volví hacia mis amigos con los ojos llorosos por ese estallido de risa maligna y, al ver sus caras de circunstancias, se redobló mi jolgorio. Parecían estatuas. Ni el más leve tic los traicionaba.

En un arranque de rabia me puse a zamarrearlos. “¡Despertad! ¡Decid algo!”.

En cuestión de segundos conseguí revolucionarlos. Luisa empezó a gritar asustada. Carmelina no tardó en unírsele. Pedrote, desorientado, preguntaba: “¿Qué pasa? ¿Qué pasa?”.

Como se limitaban a defenderse, me apliqué a repartir mamporros. “¡Despertad! ¡Despertad!”.

“Que se esté quieto” decía Luisa sin hacer nada por evitar mis embestidas. “Pedrote, tú que tienes más fuerza, agárralo”.

Pero cuando este intentaba atraparme, la emprendía a tortazos con él.

“Yo solo no puedo. Tenéis que ayudarme” “Si lo llego a saber…” se lamentaba Carmelina.

“Tiene que ser entre los tres” insistió Pedrote. “¿Qué mosca le ha picado? ¿Por qué nos pega? ¿Qué le hemos hecho?” decía Luisa.

Mis golpes se fueron espaciando a causa del cansancio y ellos aprovecharon la ocasión para inmovilizarme.

“¿Por qué eres tan malo?” preguntó Luisa. “¿Y si ahora te sacudiésemos el polvo?” apuntó Carmelina. “Soltadme. No puedo respirar” “¿Para que empieces de nuevo?”

“No puedo respirar” repetí acezante. “¿Tuviste tú compasión de nosotros?” replicó Carmelina. “Hasta ahora nadie se había atrevido a levantarme la mano y tú te has ensañado”.

Al cabo de un rato Pedrote dijo: “No podemos seguir así todo el viaje. A ver si el remedio va a ser peor que la enfermedad”.

Carmelina y Luisa lo miraron extrañadas. “Si no lo dejamos conducir, acabaremos estrellándonos”.

Las dos mujeres vacilaron. La presión de sus manos disminuyó un poco.

“Pero si este coche sabe el camino. ¿No ves que va solo y no pasa nada?” repuso Carmelina. “Que estemos teniendo suerte, no significa que la vayamos a seguir teniendo” dijo Pedrote.

“¿Y tú qué piensas?” preguntó Carmelina a Luisa. “No sé qué pensar”.

Con la cabeza agachada, escuchaba estos dimes y diretes y recapacitaba sobre lo ocurrido. Por fin, me decidí a intervenir y les conté mi pasada experiencia, que me afectó hasta el punto de perder los estribos. Yo mismo estaba asombrado y ahora, en frío, no me explicaba esa reacción.

“Pues yo” dijo Pedrote “sigo notando esa sensación de la que tú has hablado” “Sí” confirmó Luisa, “estamos recorriendo una y otra vez el mismo tramo” “Eso es imposible” replicó Carmelina.

“Soltadme y vamos a aclarar este asunto” “¿Prometes no volver a las andadas?” “Lo prometo”.

 

 

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Mandrágoras (IV)

 

 

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8

Pedrote se puso a cantar. Se arrancó con un fandango acompañándose de las palmas. Tenía una voz bronca. Cuando acabó, siguió jaleándose. Cantó un segundo fandango y luego otro. Entre copla y copla repetía: “¡Ole! ¡ole!”.

Comprobamos que sabía muchas letras y, a juzgar por lo animado que estaba, parecía dispuesto a agotar su repertorio. A pesar de su buena voluntad Pedrote desafinaba con frecuencia. Al principio se lo perdonamos porque nos sorprendió con su faceta de cantaor. Incluso lo incitamos a que continuara. A Pedrote, por cierto, no hacía falta que le rogaran para que prodigase su arte.

Dado el empeño que ponía calculé que Pedrote se cansaría pronto, si antes no se quedaba afónico. Pero tenía cuerda para rato. Con las venas del cuello hinchadas y rojo como la grana, se balanceaba con los brazos encogidos hasta que conseguía romper y entonaba un nuevo fandango.

En una de esas, soltó un jipido espantoso que galvanizó a Carmelina. Poniéndose más derecha que una vela le espetó: “¿Te quieres callar de una puñetera vez?”.

“¿Ya estás bien?” preguntó incongruentemente Luisa.

Carmelina encaraba a Pedrote sin parpadear. Este, tras la fulminante interrupción, no lograba articular palabra. Parecía no comprender lo que había sucedido.

Experimenté un gran alivio al divisar el siguiente pueblo. Quizá encontrásemos un bar abierto. “Valdeflores” anuncié sin estar seguro.

Nadie me desmintió. Tratando de imprimir un tono festivo a mi comentario, añadí: “Ya queda poco para llegar a nuestro destino”.

Nadie replicó nada. El ambiente se había enrarecido. Desistí de animar el cotarro. Pedrote permanecía hosco. Carmelina, muy estirada, miraba al frente.

El coche se adentró en la población con su habitual traqueteo sin que nadie se inmutase. El empedrado puso de nuevo a prueba la integridad del seíta que brincaba y resoplaba sin parar.

De vez en cuando surgía a la izquierda o a la derecha una calleja que desembocaba en el campo. En un rincón había un montón de estiércol circundado de ortigas y malvas. En otro lugar vimos un carro desvencijado. Bordeamos una plaza de trazado triangular en donde medraban unos raquíticos naranjos.

Poco después de abandonar el pueblo tuve la sensación de que ese momento ya lo había vivido. Un seto de chumberas me provocó una turbación inexplicable. No había nada de insólito en ese entramado de pencas cuajadas de espinas, salvo que su disposición concordaba fielmente con una imagen conservada en mi memoria.

Mi desazón fue en aumento. Una avalancha de detalles corroboraba esa impresión de estar viviendo por segunda vez un retazo de mi pasado.

La distribución de los matorrales era la misma. Por más que me afanaba en hallar uno fuera de su sitio, no lo conseguía. Otro tanto me ocurrió con los desconchados de una casucha a orillas de la carretera. Y en lo que a esta respecta, no tenía secretos para mí.

Cerré los ojos con la esperanza de que, al volver a abrirlos, se hubiese desvanecido ese espejismo.

Unas adelfas que la brisa acunaba, me hicieron dudar de mí y de todo. ¿Era el aire el que movía esos arbustos o mi precognición de los hechos?

 

 

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Tierra campa (II)

 

 

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7

Al salir de una curva divisamos un pueblo, al que nos fuimos acercando a la velocidad adoptada por el vehículo. Varias veces perdimos de vista la población, que aparecía de repente y se ocultaba con la misma brusquedad. Las vueltas y revueltas de la carretera convirtieron nuestra llegada en un juego.

“¡Ahí está!” exclamaba Pedrote. “¿Dónde?” preguntábamos a la vez Luisa y yo. “A la derecha”.

Con un poco de suerte vislumbrábamos los tejados o una chimenea. Luego permanecíamos a la expectativa. Tan pronto como uno de nosotros atisbaba un indicio, lo pregonaba y, de confirmarse, se apuntaba un tanto. Si era una equivocación, tenía que restárselo a los ya acumulados. Si el marcador estaba a cero, se convertía en un negativo.

Por supuesto, se suscitaron discusiones a propósito de quién había sido el primero en distinguir una señal. Si Luisa se desgañitaba afirmando que había sido ella, Pedrote y yo la contradecíamos. Si era yo el que pretendía llevarse el gato al agua, Luisa y Pedrote hacían frente común.

“¿Acaso crees que somos idiotas?” “Imaginad una carrera de caballos…” “No me hagas reír. Para empezar tú no eres uno ni yo soy una yegua” “Lo enredas todo” “Lo que me faltaba por oír” “Déjame acabar porque no has comprendido”.

“No hay nada que comprender” terció Pedrote. “Así que no te molestes en hacernos comulgar con ruedas de molino”.

“¿Te das cuentas?» dijo Luisa a Carmelina que, aunque se encontraba mejor, no participaba en el juego. “Hace un momento se puso hecho una fiera porque yo no podía haber visto nada. Él, sin embargo, puede verlo todo el primero” “Ya lo tenemos calado”.

“Así no arreglamos este asunto” sentencié. Finalmente llegamos a un acuerdo: en los casos conflictivos todos nos apuntaríamos un tanto.

“¿Qué pueblo es ese?” preguntó Pedrote. “Debe de ser El Garrobo” respondió Luisa. “No” repliqué, “El Garrobo lo hemos dejado atrás. Ni siquiera hemos pasado por él. Quedó a la izquierda”.

“¿Estás seguro?” “Lo vamos a comprobar en seguida”. Pero a la entrada no había ningún rótulo con el nombre.

“Vaya, hombre” dijo Pedrote, “seguimos con la duda” “Habría que parar y tomar algo” sugirió Luisa. “Lo digo sobre todo por Carmelina. Un vaso de leche caliente le vendría bien” “Y una copita de coñac” añadió Pedrote. “No, nada de alcohol” “Primero tendremos que encontrar un bar abierto” dije.

Carmelina no intervino en ningún momento. Parecía dormida pero no lo estaba. De vez en cuando levantaba una mano y se echaba el pelo hacia atrás.

Las casas, de una sola planta, tenían dos ventanas enrejadas, una a cada lado de la puerta. Las paredes encaladas relucían.

El ruido del seíta adquirió proporciones sacrílegas en ese silencio de durmientes. Para colmo, el irregular adoquinado lo hacía saltar y estremecerse como si tuviera el mal de San Vito.

“Reduce” me indicó Pedrote. Metí la segunda, pero el coche mantuvo la misma velocidad.

Luisa, con la punta de los dedos en los labios, esperaba lo peor. Pedrote se había llevado también la mano a la boca, pero para contener la risa. “Verás tú” masculló.

Mirábamos con recelo hacia las puertas de las casas, por donde temíamos que, en cualquier momento, saliese un vecino airado o una comadre desgreñada. Por fortuna, atravesamos el pueblo y no ocurrió nada.

 

 

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En mi hombro reclinándose contempla
estos signos que no le pertenecen.
Cuando me lleve,
el fin será de mis garabateos.

Pero la insoslayable compañera
poder no tiene
para impedir que trace estos palotes,
este precipitado
de nuestra efímera fragilidad.

 

 

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Contraluz (V)

 

 

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