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Siempre hablamos de las mismas cosas
Perdidos como estamos en este laberinto
¿De qué íbamos a hablar sino de la hipotética salida?

Porque barruntamos que esa puerta hacia un espacio luminoso existe
Hacia los siempre verdes campos que circundan
Estos largos y oscuros corredores
Por donde vamos y venimos
Orugas presurosas y atrapadas en este mundo subterráneo

Porque nos debatimos bravamente en las profundidades
Donde a veces hemos llorado de desesperación
Cuando nos encontramos en un recodo de estos sinuosos pasillos
Nos paramos y nos pasamos información
Hacemos acopio de valor para seguir excavando nuevas galerías

Siempre que nos vemos
Siempre que el azar nos pone frente a frente
Hablamos de lo mismo
Nuestras miradas se dirigen al norte o al sur
A caminos aún inexplorados

Después seguimos perforando la tierra
En busca de ese cielo esplendente
De esas suaves praderas coloreadas de flores
De ese mundo hospitalario
Que nos resistimos a creer que sólo sea una leyenda

 

 

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La Magdalena – Artemesia Gentileschi

 

 

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Como cada hijo de vecino, disponía de un repertorio de pequeños placeres que me ayudaba a remontar los días. Pero esas compensaciones, que la vida o yo mismo me ofrecía, no me colmaban.

Cuando acabé en la Universidad, tras unas vacaciones en Canarias, empecé a preparar oposiciones para el Cuerpo de Abogados del Estado. No era necesario que hiciese ese esfuerzo. Mi padre tenía amigos en empresas que, de habérselo pedido, me habrían ayudado.

No obstante, mi proyecto no le desagradó. Podía intentarlo y si no lo lograba, él se pondría en contacto con esos conocidos.

Saqué el número cuatro. Así que no hubo que recurrir a nadie.

A partir de ese momento los acontecimientos se embarullaron hasta el punto de que soy incapaz de exponer coherentemente su desarrollo. Me ocurre como con mis años infantiles: mi memoria flaquea, se muestra reticente y contradictoria.

Aunque me empeñe, no consigo poner en pie ese periodo de mi vida. Leía voluminosos dosieres. A veces se me agarrotaban los dedos y no podía hacer el nudo de la corbata. Tomaba varias tazas de café a lo largo del día. Me aficioné al coñac. Mis camisas eran de un blanco impoluto.

A los ojos de los demás pasaba por un ambicioso. Tanta actividad como desplegaba sólo era explicable por mis ansias de destacar.

No me molesté en responder a esas habladurías. ¿Qué tenía que ver con ellas? Pero proliferaron y me envolvieron. Yo seguía haciendo mi vida sin atender a las escasas recomendaciones ni a los numerosos presagios.

Antes de salir para el despacho cepillaba los zapatos. Comía en buenos restaurantes. Era un funcionario eficaz y cumplidor. Exigía que los demás lo fueran también. Coleccionaba corbatas de seda.

Caí enfermo. Un día no pude levantarme de la cama. Me dolía la cabeza. Los miembros me pesaban como el plomo. Ni siquiera pude telefonear a mi secretaria para decirle que no iría a trabajar. Esa mañana tenía una reunión importante.

Me adormilaba. Al rato me despertaba sobresaltado pensando en la reunión. Luego el sopor me vencía de nuevo. Acabé por perder la noción del tiempo.

Durante varios días permanecí en ese estado de aletargamiento. Oía el timbre de la puerta y el del teléfono pero sonaban muy lejos.

Estos hechos ocurrieron hace dos meses. Estoy recuperado. Pero no voy a volver a mi despacho.

He aprovechado mi convalecencia para pasear y pintar. La semana pasada fui al Museo de Bellas Artes del que es usted ilustre director.

Salvo algunos turistas silenciosos, las salas y los patios estaban vacíos. Disfruté de una paz de cuya existencia dudaba.

Por último fui a tomar una infusión a la cafetería. Yo era el único cliente. El camarero entabló conversación conmigo. Hablamos un poco de todo. Le comenté que había dejado mi empleo y buscaba otro. Me dijo que en el museo había una plaza libre de vigilante.

Cuando le pregunté qué documentos debía presentar y a quién debía dirigirme, se extrañó. Mi aspecto no respondía a su perfil de vigilante. No obstante, me dio la información que deseaba.

No sé si reúno los requisitos para ocupar esa vacante. Es a usted a quien corresponde decidir sobre esta cuestión. De lo que estoy seguro es de que este es el puesto que me conviene. Atentamente.

 

 

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San Pedro liberado por el ángel – Valdés Leal

 

 

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No sé por dónde empezar. ¿Lugar y fecha de nacimiento? Todos nacemos en alguna parte. Hay gente que se jacta de haber visto la luz primera en tal o cual sitio, lo cual me parece ridículo porque esa contingencia no constituye ningún mérito. En lo que a mí concierne, no voy a alegar esos datos.

Baste con indicar que no soy ni demasiado joven ni demasiado viejo. No peco de entusiasmo ni de radicalidad. Mi escepticismo, que se ha afianzado con el tiempo, me salva de caer en esas tentaciones.

Durante mi infancia fui feliz, aunque sólo guardo recuerdos deshilvanados: un saxofón que me regalaron mis padres, el corral de mi abuela donde las gallinas no paraban de escarbar, los días de lluvia, los paseos por el campo…

La felicidad es un mito que forjamos a la medida de nuestros deseos. A nivel práctico se define negativamente. Por la ausencia de grandes desgracias y de grotescos conflictos me he permitido calificar mi infancia de venturosa.

En la escuela me enteré pronto de a qué son había que bailar. La gente es vanidosa y los maestros no son la excepción.

Si uno era rastreramente pelotillero, no hacía carrera. Antes bien, le llovían los palos. Pero si uno era fino y se trabajaba la modestia y cierta ingenuidad, no había maestro que se resistiese.

Ruego disculpe esta divagación. El ejercicio de la adulación es indigno aun cuando la condición humana lo potencie. Confieso, avergonzado, que no se me daba mal. A mis ojos era una cuestión de supervivencia.

Teniendo en cuenta que yo no era tonto y podía salir adelante por mis propios medios, no debería haber recurrido a esas malas artes.

Desprenderme de ese hábito vicioso me ha llevado años. Todavía hoy me descubro a veces esbozando una sonrisa candorosa.

En lo que respecta a los estudios secundarios, como se puede comprobar por mi historial académico, fui mejorando de curso en curso hasta convertirme en un alumno brillante. De esta forma todos estábamos contentos, en especial mis padres.

Al poder alardear de mí ante sus amistades, nunca me negaban lo que les pedía. Yo no era un chico caprichoso ni les pasaba factura por mis buenas notas. Por lo general, eran ellos quienes me preguntaban qué quería. Mis peticiones eran razonables.

Es corriente citar a los profesores que más contribuyeron en la formación y orientación del candidato con su ejemplo, con su estímulo, con su capacidad para abrir nuevos horizontes…

Se pensará que es soberbia pero, por más que me devano los sesos, apenas consigo recordar el nombre de dos o tres. No está en mi ánimo enjuiciar su labor, pero ninguno dejó en mí huella perdurable.

Esta constatación me entristece porque revela una carencia por mi parte. Es imposible que todos los profesores fuesen unas mediocridades.

Otro tanto podría decir de mi paso por la Facultad de Derecho.

 

 

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Kandinsky

“Siempre en los momentos en que el alma humana tiene una vida espiritual más fuerte, el arte revive, pues el alma y el arte actúan recíprocamente y se perfeccionan mutuamente”.

“El artista debe saber que cada uno de sus actos, cada una de sus sensaciones, cada uno de sus pensamientos es el material impalpable, pero sólido, del que nacen sus obras, y que, por eso, no es libre en su vida sino solamente en el arte”.

“Es bello lo que procede de una necesidad interior del alma. Es bello lo que es interiormente bello”.

Kandinsky

En blanco (I)

Fue en un viaje que hizo a una perdida provincia rusa del norte, en su época de estudiante de economía, donde hay que situar cronológicamente las raíces de su abstraccionismo pictórico. En ese lugar vivía una minoría étnica, los zirianos, de cuyos objetos domésticos, fabricados por ellos mismos, quedó prendado el joven Kandinsky.

Los coloristas cofres y ruecas de geométrica decoración estaban dotados de vida. Esos objetos que no habían sido concebidos para la contemplación sino para ser utilizados cotidianamente, eran, sin embargo, de una belleza superior a las pretenciosas creaciones artísticas. Esos objetos, que aunaban la utilidad y la autenticidad, eran una manifestación del alma de los zirianos.

Más aún, Kandinsky percibió que ese ajuar tenía su alma. No eran productos industriales intercambiables sino individualidades, cada una con su historia y su verdad únicas.

El concepto de abstracción en el arte se basa en el descubrimiento de la realidad interior. El método que hay que seguir para lograr ese objetivo de revelar nuevas parcelas espirituales, es la interiorización.

Hay que profundizar en la propia alma, en el alma de la sociedad, en el mundo objetual de las formas y colores. La noción fundamental, la palabra clave, el medio que nos permite emprender ese viaje, que posibilita esa conquista, que conduce a esa experiencia transformadora es la interiorización.

Cuadro con puntas

La esencia del arte abstracto, claramente se ve, es de índole espiritual. Se trata de volver visible lo invisible (Paul Klee). La obra nace de esa necesidad de desvelar lo oculto. Siendo esto lo más importante, el artista debe proceder con libertad absoluta y haría mal en ceñirse a las normas, ya sean de índole técnica, social o moral. La realidad tiene un espesor que no puede traicionar anteponiendo reglas o consideraciones ajenas a su compromiso, que es prioritario.

El ser humano, la sociedad, la naturaleza, las cosas no son meras superficies por las que resbala la mirada. En revelar su vida consiste la tarea del artista, para quien es una obligación descender interiormente y explicitar esa espiritualidad que es la que confiere belleza a una toalla de los zirianos o a un lienzo de Da Vinci.

 

 

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182.-Rol incompleto de temas para no quedarse rezagado: la interacción, el espacio vital, la interculturalidad, la desestructuración, la calidad de vida, el cambio climático (o su variante: el calentamiento global), el agujero de la capa de ozono (del que últimamente no se habla), los cultivos transgénicos, la energía nuclear, el impacto medioambiental, la autoestima, las familias monoparentales.

183.-Dice Emma en uno de sus arrebatos pesimistas: “¿Adónde miramos que no se nos caiga el alma a los pies? ¡Cuánto camino les queda por recorrer a unos! ¡Y con esos otros adónde vamos!”.

Aprovecho la ocasión para contarle la anécdota de san Agustín y su amigo Marcial.

184.-Le cuento a Emma la pesadilla que tuve anoche. “Los ciudadanos votaban en asambleas en las que nadie podía abstenerse. Había que votar forzosamente sí o no. Al principio las votaciones eran secretas, pero fueron imponiendo la modalidad de votar a mano alzada, de forma que la posición de los consultados quedase al descubierto. Así se eliminaba también la posibilidad de los votos en blanco y nulos. Ni que decir tiene que hasta el gato votaba lo que había que votar” “Pero eso es historia” replica Emma, “y el peligro de que volvamos a las andadas es una posibilidad real”.

185.-Se les identifica por su dominio de la jerga. Por su palabrería envolvente que deja boquiabiertos a los bobos, e indignados a quienes tienen dos dedos de frente.

Hablan de retos potenciales y proyectos ilusionantes. Su objetivo es camelar al personal. Su capacitación es escasa o discutible, pero nunca dicen que no a un puesto de responsabilidad.

Si se equivocan, la culpa es siempre de los demás. Son unos maestros en echarle el muerto a otro y en colgarse medallas.

No hacen nada que no esté pagado o reconocido de alguna forma. Cuando un asunto no les interesa, dicen chistosos: “Este cura no…” y escurren el bulto.

Las muletillas, los clichés y las rimbombancias con que emperifollan sus discursos, son la marca de fábrica.

186.-Me pregunta Emma con un brillo irónico en la mirada: “¿Cómo definirías la revolución?” “Un deseo de poner la sociedad patas arriba con el supuesto objetivo de crear otra más ecuánime. En la práctica se instaura otra, en efecto, con sus injusticias y crímenes quizá diferentes pero tan lacerantes como los anteriores”.

“¿Qué se le opone a la revolución: el estatismo, el conservadurismo, el tradicionalismo?” “Lo contrario es la conversión. Es decir, la opción radical del cambio personal. O si quieres, a la revolución exterior se opone la revolución interior” “Ponernos patas arriba a nosotros mismos” “Es la única manera de no perpetrar más desafueros. La conversión es el deseo de ser otro mejor sin ajustarle las cuentas a nadie. Es el mero deseo de ser y comprobar que es ahí, en esa base común, donde podemos encontrarnos todos”.

“O sea”, resume Emma “en el fondo de unos y otros lo que late es el deseo” “Sí, pero el deseo se puede orientar en diversas e incluso contrapuestas direcciones. Desde luego es el carburante que pone en marcha los motores”.

187.-Condiciones necesarias para triunfar en la política: tener el estómago de un buitre, las espaldas de un gorila y una lengua bífida.

 

 

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