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13
Las encinas y los fresnos se delineaban con nitidez. El frío de la amanecida mordía los pies y las manos de doña Rafaela hija que respetaba religiosamente el silencio impuesto. Un rayo de sol iluminó el claro. La perdiz, gozosa, gorjeó algunas notas.

Don Roberto, vigilante, hizo señas a su sobrina de que se acercase al hueco por donde asomaba el cañón del arma.

Doña Rafaela, a gatas, fue hasta la tronera y miró.

Del gracioso templete semejante al que los romanos consagraban al dios Término, salía el chorro sonoro de una jubilosa cantada.

La quietud majestuosa de los árboles, la pureza de la alborada, la chanzoneta del pájaro, las embestidas del frío mañanero eran los signos de un lenguaje que doña Rafaela hija desconocía.

“Estás temblando” dijo don Roberto estrechándola y frotando con su mano la espalda de su sobrina para conjurar los tiritones.

Los rayos de sol, remontando las copas de las frondosas encinas, inundaron de luz el claro. La perdiz, loca de alegría, entonó una romanza.

14
Doña Rafaela hija no era ya una hoja en la punta de una rama azotada por el viento. No obstante, siguió pegada a su tío.

El reclamo no cesaba de cantar. Ora se quejaba dulcemente, ora prometía caricias, ora se enrabietaba por no obtener respuesta.

Un macho que picoteaba una algarroba, levantó la cabeza y prestó atención. E inmediatamente se puso a gorjear. La hembra enjaulada calló y escuchó complacida la larga tirada de notas que emitió su congénere.

El cuerpo de don Roberto se tensó. Retiró el brazo de los hombros de su sobrina y cogió la escopeta. Sus sentidos se aguzaron.

Doña Rafaela hija, inconscientemente, aminoró su ritmo respiratorio, adoptando una actitud de recogimiento.

El amoroso diálogo adquirió un furioso crescendo. Cuanto más se acercaba el macho, más se revolvía, presa de incontenible nerviosismo, la hembra en su cárcel, aunque no por ello dejaba sin respuesta las cantadas del que, desde un principio, estaba condenado a no aparearse con ella.

Cuanto más se acercaba el macho, mayor era la concentración de don Roberto a quien, si bien no entendía trino por trino el diálogo de los pájaros, el significado en conjunto de su inflamado lenguaje no se le escapaba.

Doña Rafaela hija no se atrevía siquiera a cambiar de postura, pese a que la pierna derecha le hormigueaba.

Una horrísona perdigonada agujereó el silencio.

El eco del disparó se alejó como un gato escaldado.

La hembra, con ojos redondos de asombro, permaneció inmóvil.

El macho yacía en la hierba.

El cazador esperaba intrigado la reacción del reclamo.

La perdiz, asomando la cabeza por entre los alambres, entonó un gorigori.

 

 

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XVI
De los álamos gotas
de humedad condensada
caen sobre mi frente,
resbalan por mi cara,
refrescando mi piel,
aventando quimeras.

Álamos argentados
de inaudibles susurros,
testigos fidedignos
de tantos desvaríos,
insomnes, vigilantes
bajo el cielo invernizo.

 

 

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11
Faltaba media hora para que amaneciera cuando Juan Riego, apartando la sábana y la manta, se levantó, se vistió y salió al patio.

Un impresionante mastín vino a su encuentro, interceptándole el paso y, zalamero, lamiéndole las manos.

Juan Riego fue al cobertizo de las perdices y cogió la jaula de la hembrita retozona que don Roberto había mostrado a su sobrina el día anterior. El pájaro estaba adormilado.

Enfundó la jaula y regresó con el reclamo que dejó en el banco de piedra donde su mujer solía sentarse cuando no tenía nada que hacer. Luego encendió un cigarrillo mientras esperaba a don Roberto.

Una sombra atravesó la terraza cubierta de parte a parte por una parra de grandes pámpanos, bajó los dos escalones y se dirigió a lo que para ella sería otra sombra surcada por una punta de fuego.

Juan Riego se distrajo un momento y, al fijar la vista de nuevo en la silueta que avanzaba hacia él con paso decidido, se percató de que otra repetía las mismas operaciones que la primera.

El desconcierto se pintó en el rostro del guarda que no lograba encajar la tercera pieza de ese inesperado puzle.

Con voz pausada, sin alterar su tono habitual, preguntó: “¿Su sobrino viene también?” “¿Mi sobrino?”.

Antes de que don Roberto despejara la incógnita, esta se resolvió sola con la presencia de doña Rafaela hija, que no había olvidado la sugerencia de su tío, como a este parecía haberle ocurrido.

12
El improvisado jorobado, el amo y la neófita se pusieron en marcha. Dejando atrás el cortijo, tomaron por una vereda que llevaba al río. Saltando de piedra en piedra salvaron la corriente y alcanzaron la otra orilla, donde, como un modesto Guadiana de tierra, reaparecía el camino.

A un lado se extendía un bosque de aromáticos eucaliptos, al otro lado el campo ralo. El singular grupo avanzaba a buen paso. Más arriba la vereda se bifurcaba. Cogieron el ramal de la derecha que se internaba en el monte.

El estrecho camino se pobló de vueltas y revueltas, subidas y bajadas, como la pista de una montaña rusa.

Vadearon un arroyo e hicieron alto en un mullido prado. Los dos hombres se orientaron e intercambiaron esotéricas apreciaciones acerca del terreno y los vientos.

Continuaron por el blando piso remontando el curso de agua que quedaba a la derecha. Juan Riego, experto en anfractuosidades serranas, iba en cabeza. Escalaron una pared caliza, recorrieron una pequeña meseta y descendieron por la otra ladera que era más alta pero menos empinada.

Anduvieron unos cincuenta metros en paralelo a la vertiente cada vez más alta hasta llegar a un punto en que sobresalían una visera en lo alto y un muñón en lo bajo. Habían llegado.

Doña Rafaela hija, por primera vez en su vida, asistió a una ceremonia de impenetrable significado. Los celosos sacerdotes de tan misterioso ritual se aplicaban a cortar jara y lentisco, a estudiar el terreno, a entrar silenciosa y devotamente en lo que no podía ser más que una capilla de reducidas proporciones adosada al muro de piedra, una capilla donde, con toda seguridad, se rendiría culto a una divinidad pagana.

La reciente viuda consideró también la posibilidad de que se tratase de un innoble escondrijo para espiar a las hamadríadas de las encinas y a las ninfas del riachuelo.

Se sobresaltó doña Rafaela cuando su tío le pidió que entrase en el puesto, que otra cosa no era esa cavidad natural, y guardase silencio.

Juan Riego se alejó unos metros y colocó la jaula desenfundada, asegurándola con las correas que habían servido para transportarla en sus espaldas, sobre una piedra que camufló con las ramas cortadas, así como también la mitad posterior de la jaula, quedando al descubierto la que daba a lo que primero fue minúscula capilla y alevoso escondrijo para convertirse finalmente en puesto de caza del pájaro perdiz.

Como contrapartida, lo que primero fue jaula se trocó en hornacina.

Una vez realizados los preparativos, Juan Riego se despidió con la mano. Don Roberto correspondió a su saludo de la misma manera. Después entró en el tiradero donde su sobrina se había acurrucado en un rincón.

Don Roberto sacó la escopeta por la tronera y esperó a que el reclamo empezase a cantar.

 

 

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Sementera (II)

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Sobre la sabiduría

117.-Pregunto a Emma: “¿En qué consiste la sabiduría?” “No pretenderás que te dé una respuesta” “Al menos una pista” “Eso sí” dice con seriedad para mi asombro. Teniendo en cuenta su escepticismo, pensaba que despacharía esta cuestión con una humorada.

“Un camino para alcanzarla es dejar de luchar con los demás, abandonar los combates externos. O, si lo prefieres, puesto que vamos a tener que seguir bregando mientras estamos vivos, trasladarlos a nuestro interior” “La sabiduría consiste, pues, en vencerse a uno mismo”.

“Ya sabes que no me gustan las definiciones. Empobrecen la realidad y encorsetan a las personas. Por fortuna tanto la realidad como las personas desbordan los esquemas y acaban burlando ese afán de encontrar una buena etiqueta a la que adecuarse”.

Tras esta digresión concedió: “Es más sabio tratar de doblegarse a uno mismo que al prójimo” “Y desde luego no es más fácil”.

Como hice esta observación mirándola sonriente, replicó: “Crees que ese es mi caso” “El tuyo, el mío y el de todos” precisé de inmediato.

“Voy a dar más pábulo a tu ironía. En una primera fase debemos dejar de luchar con los demás. Y más tarde también debemos dejar de hacerlo con nosotros mismos” “Primero trasladar la lucha del exterior al interior y finalmente abandonar toda forma de lucha. ¿Es entonces cuando alcanzamos la sabiduría?”

“Cuando se han abandonado todos los frentes, cuando se está perfectamente disponible y receptivo, no queda nada por hacer” “Lo que dices suena como un eco de lo que replicó María tras escuchar el mensaje del arcángel Gabriel: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” “Es una coincidencia. Ya sabes que no soy religiosa, que incluso tiro al monte”.

“Y también” remato “me recuerda esta frase del Padrenuestro: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Emma me lanza una mirada crítica y dice: “Al contrario que tú tengo poco o nada de mística” “Entendido. No nos extendamos sobre este tema que te incomoda, pero permíteme al menos, porque lectora sí que eres, que te sugiera un ensayo de Aldous Huxley titulado Reflexiones Sobre El Padrenuestro” “Ya veré lo que hago”.

 

 

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10
En el salón el fantasma del letrado campaba por sus respetos y se complacía en apretar el cuello a su viuda, a la que a veces faltaba el aire, y en hacer segregar enormes cantidades de bilis a su ayudante y cuñado.

La noche encerraba en su seno sapos y culebras que el espirituoso escanciado por don Roberto iba a liberar por la boca del pálido don Justino.

El ofuscado joven, desde la ménsula de la chimenea, describía lentos movimientos de traslación alrededor de padre, tío y hermana. Hacía escala en el espaldar del sillón ocupado por don Zacarías y continuaba hasta la consola, donde volvía a detenerse y levantaba la tapa de uno de los velones dejando al descubierto el vaso vacío. Luego, con un gesto de cansancio, la soltaba y se quedaba mirando el velón de asa afiligranada y mechas secas.

Su actitud era similar a la que el viejo abogado adoptaba con él cuando, al leer un contrato de compraventa, se saltaba una línea o trastocaba los nombres de las partes.

Al completar su tercera órbita, estalló la rabia de don Justino.

“¡Sacar a relucir en su testamento no sólo a sus hermanas solteras sino también a una hija que tuvo con una criada! ¡Cuartear sus riquezas de forma que ni sus hermanas ni la bastarda ni nosotros recibamos una cantidad decente que nos resarza de tantas humillaciones! ¡Enredar sus disposiciones de tal modo que, mientras se reconocen los derechos de su hija y se da cumplimiento a sus últimos deseos, algunos de nosotros estaremos haciéndole compañía en el infierno! ¡Cabronazo!”

El furibundo don Justino, con su siniestra mano apoyada en la repisa de la chimenea, junto a la indiferente bailarina, al adjudicar ese rotundo tratamiento al finado, no contó con la reacción de la viuda de don Esteban Estébanez, presidente del Real e Ilustre Colegio de Abogados de Sevilla y Hermano Mayor de la Hermandad de la Hiniesta.

Doña Rafaela hija, desencajada, antes que rebatir el juicio de su hermano, vana empresa por lo demás, prefirió abandonar la reunión.

También don Zacarías se levantó y dio unas buenas noches que rebotaron en el tenso ambiente. Ni su hijo ni su hermano respondieron, uno porque piafaba como un caballo, otro porque, testigo de las miserias de su familia, estaba abstraído en sus cavilaciones.

También ellos dos, al cabo de unos minutos, se fueron, primero don Justino y a continuación, tras apagar la lámpara, don Roberto.

Poco a poco los objetos y los muebles del salón recuperaron su identidad perdida durante la acalorada sobremesa. El espectro de don Esteban volvió al reino de Plutón. Los violentos humores se disolvieron en la oscuridad.

Sólo las copas de coñac y la bailarina de porcelana, que conservaban las huellas dactilares de los intrusos, seguían afectadas por el turbión de las humanas emociones. Pero ya ni la bailarina resultaba odiosa ni los velones constituían un símbolo de la inutilidad.

 

 

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Torre albarrana

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