Feeds:
Entradas
Comentarios

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

15

¿Qué había sido del ratonil Joselito durante este zafarrancho? Sospechábamos que el autor de esta jugarreta era él por dos razones.

Una subjetiva: Joselito nos daba mala espina porque era liante y embustero, aunque él se creía gracioso. Había detalles en su comportamiento que nos hacían recelar.

Otra objetiva: algunos lo habían visto irrumpir con la tropa en el almacén. ¿No tenía que estar dentro con nosotros?

Alguien había salido y había dejado abierta la puerta permitiendo la entrada de esos huéspedes indeseables, a los que con seguridad esa misma persona había avisado.

Nos aplicamos a reconstruir la secuencia de acontecimientos. ¿Quién fue el último que vio a Joselito? ¿Dónde?

En la ropavejería todos lo habíamos visto con una boa de plumas alrededor del cuello corriendo de un lado a otro y haciendo mil monerías. Joselito tenía alma de bufón.

Entre brinco y brinco aprovechaba para dar un pellizco a quien pillara desprevenido. Luego se alejaba gritando: “¡Me ha cogido el culo! ¡Fulano me ha cogido el culo!”.

En cierto momento dejamos de verlo y de escucharlo. Conforme nos travestíamos, regresábamos a nuestro local. Llegamos a la conclusión de que él fue el primero que salió. Estábamos inmersos en el juego y nadie se percató de su desaparición.

Él negó el cargo de traición, pero reconoció que había salido fuera a tomar el aire porque estaba sofocado a causa de los saltos y las carreras. “Cogí un paraguas y di un paseo por la calle” explicó.

Había en su mirada un trasfondo de socarronería que era un indicio cierto de su indignidad. Pero la prueba concluyente nos la suministró un pandillero contrario. Fue Joselito, en efecto, quien apareció corriendo en el bar donde ellos estaban reunidos, y los soliviantó con la noticia.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Caminos (XV)

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

14

Entramos atropelladamente en el box que servía de oficina y esperamos a que Cirilo manipulase la cerradura de la puerta que comunicaba con el local vecino. Antes de dejarnos pasar se esforzó en poner orden y silencio, pues quería recordarnos las instrucciones dadas. No pudo a pesar de que repetía lastimeramente: “¡Soy el responsable! ¡Soy el responsable!”.

Encendimos las luces y nos perdimos por entre las desvencijadas estanterías de madera donde se apilaba la ropa usada. La primera impresión era de desbarajuste, pero el género estaba clasificado y dividido en secciones.

Los abrigos, chaquetones y vestidos largos estaban guardados en armarios, en uno de los cuales se alineaban, colgados de perchas apretadas, trajes de época. Había también baúles con accesorios y varios montones de ropa en el suelo.

En cuanto empezamos a revolver la mercancía, el tufo a sobaquina se intensificó sin que por ello menguara nuestro entusiasmo.

La idea de travestirnos fue general. Uno se puso un traje de noche con mangas de tul plisadas y anchas. Otro, con falda de raso y blusa blanca, se echó sobre los hombros un ajado abrigo de astracán. Un tercero escogió un chaquetón con el cuello y los puños de piel, ajustado con un cinturón.

Dejando a un lado a la tirolesa con su delantal ribeteado de encajes y su blusa abullonada, furor causaron quienes tuvieron la paciencia y la imaginación de vestirse como en tiempos pasados. Había una damisela con peluca llena de rizos que lucía una falda ahuecada por un miriñaque. Otra había optado por un vestido con polisón en forma de gran lazada. Y por último contábamos con una sacerdotisa o con una zarina. La túnica blanca, el manto de terciopelo y la diadema con ínfulas de este disfraz se prestaban a diversas interpretaciones.

Fue en lo más animado de la fiesta cuando la puerta se abrió de golpe y se produjo la funesta irrupción. Bailábamos o paseábamos por el húmedo almacén. No había una gota de alcohol, ni tampoco refrescos. Las bebidas se habían acabado y no se habían repuesto. Estábamos viviendo sobrios esa fantasía colectiva.

Todo iba bien hasta el allanamiento. No tuvimos tiempo de hacer nada. Vimos con horror cómo los miembros de otras dos pandillas con las que manteníamos una relación de rivalidad, invadían nuestro dominio. Les faltó tiempo para silbar y abuchearnos, tronchándose de risa mientras más corridos nos veían.

Cirilo, que era el responsable como tantas veces nos había repetido, salió al paso de los intrusos que se burlaron de él.

Ni lo escucharon ni atendieron su petición de que se fueran. Algunos manifestaron su deseo de unirse a la fiesta cumpliendo el requisito exigido. La situación estaba tomando un feo cariz. Si aquella turba entraba en la ropavejería contigua, el resultado sería una catástrofe.

Quitamos la música y ellos la pusieron. La volvimos a quitar y ellos la volvieron a poner entre risas, insultos, bromas pesadas y conatos de peleas. Lo que salvó la situación fue que de beber sólo había agua, y con la que estaba cayendo esos advenedizos tenían bastante.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Verano (XII)

Los herbazales secos del verano

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

13

Eduardo, que tanto hablaba de comida, era el espíritu de la golosina. Lo que realmente le gustaba era ser el centro de atención y armar jaleo. En este aspecto me recordaba a Joselito, aunque sin la maldad de éste.

Joselito era un cizañero con la cabeza gorda y el pelo rizado. En nuestra adolescencia, durante las vacaciones navideñas, nos reuníamos en uno de los almacenes de Cirilo Cortés. Su padre los alquilaba, pero siempre había uno libre que utilizábamos para nuestras fiestas.

En esa ocasión disponíamos de un local que, como no tardamos en descubrir, comunicaba con otro cuyo arrendatario era un ropavejero.

La tentación estaba servida. Cirilo nos amenazó con echarnos si metíamos las narices donde no debíamos. Luego, cuando llegó el momento, él fue uno de los que participó con más ardor.

La noche se había cerrado en agua. Las chicas no habían salido. Nosotros, sin embargo, acudimos puntuales a la cita. El almacén, a pesar de la decoración y de las luces de colores, tenía un aire desangelado.

Había una mesa camilla con un brasero eléctrico, alrededor de la cual estábamos apelotonados, unos jugando a las cartas y otros mirando. Estábamos soberanamente aburridos pero resistiendo como valientes.

La idea partió de Joselito. Las cartas quedaron esparcidas en la mesa y se planteó la posibilidad prohibida. Las razones en contra alegadas por Cirilo fueron rebatidas con otras a menudo tortuosas. Pero, como en definitiva, él estaba también por la labor, cedió limitándose a señalar dos o tres condiciones de inexcusable cumplimiento, que nos apresuramos a acatar.

El chisgarabís de Joselito culebreaba entre nosotros, frotándose las manos y haciendo gestos ostentosos.

Luego empezó a contonearse y a abanicarse con un imaginario pericón que sostenía a la altura del ombligo, mientras se llevaba a los labios una invisible boquilla de la que aspiraba el humo con delectación. Éste fue el pistoletazo de salida.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Paisaje (XXI)

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

¡Oh, mi airoso velero! ¡Cuánto tiempo esperando!
Mas ya estamos dispuestos a emprender la aventura
que nadie sabe adónde nos ha de conducir.
Qué más da un sitio u otro. Lo importante es partir,
surcar los siete mares, dejando que los vientos
salitrosos, yodados, nos atecen la piel.

Extrañas nubes blancas se van deshilachando.
Parece que corrieran hacia un punto lejano,
hermosas pinceladas en el azul del cielo.
Bandadas de gaviotas mecidas por los vientos
se balancean y cuelgan como frágiles lámparas,
y el mar embravecido furiosamente se alza.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

  12

Todos se levantaron de la mesa y se acercaron a la chimenea cuyo fuego avivó Rafael a golpe de atizador. Fue entonces cuando sentí, como un zarpazo, el deseo de irme. De escapar.

La emergencia de ese impulso, paradójicamente, me mantuvo clavado a la silla de espaldar alto y recto más tiempo del necesario, de forma que mi comportamiento provocó suspicacias. Mariana me preguntó: “¿Te pasa algo?”. Y di una respuesta negativa.

Mentí. Algo me pasaba: quería irme.

Yo no era santo de la devoción de Mariana. Tampoco le era antipático. No le caía ni bien ni mal. Yo estaba allí por la amistad que la unía a Reme. Su actitud era comprensible. Seguramente me veía como un pasmarote. Un individuo que no sabía contar historias divertidas, de conversación pobre, introvertido.

Tras informarse, exhibiendo una amplia sonrisa, se dirigió al salón. Ahora me tocaba a mí hacer la entrada en el gárrulo círculo que se había formado al calor del fuego.

En la mesa de palisandro había botellas de licor. “Más alcohol no” pensé. Había alcanzado mi punto de saturación etílica. Seguir bebiendo sería un lamentable error.

Mariana no entendía ni aceptaba que yo no hiciera el esfuerzo de estar a la altura de las circunstancias. Si había que tomar una copa de coñac o de pacharán, ¿por qué no la tomaba y me dejaba de gaitas?

Pero ese esfuerzo ya lo estaba haciendo cuando retiré la silla y me puse en pie. Desde el sillón en que estaba sentada, Reme me hizo señas con la mano. Con una sonrisa de cartón piedra me encaminé adonde estaban los otros.

Eduardo, sin que lo cohibiera la atenta mirada de su mujer que había enarcado las cejas temiendo una salida de tono, declaraba solemnemente que como en su propia casa en ningún otro sitio.

Con ligeras variantes repitió esta lacónica frase varias veces, cuyo exacto significado explicó a continuación. “Como en casa de la madre de uno en ningún otro sitio se está mejor”.

Eduardo y Rocío no tienen hijos. De momento no se plantean esa cuestión. Trabajan los dos. Ella con un horario partido de mañana y tarde. Él sólo de mañana. Ella almuerza en el restaurante de la empresa. Él en casa de su madre. Ni se le pasa por la cabeza ir a la suya y prepararse la comida. ¡Menudo desastre está hecho!

Y añade: “¿Quién va a tener más miramientos contigo que tu madre?”. Y ríe. Elena lo mira de soslayo. Rocío enciende un cigarrillo y oculta el rostro tras una nube de humo. A pesar del camuflaje, observo que no se lo toma a mal. El resto encuentra divertidas esas reflexiones y lo anima a seguir.

“Llego a mi casa y mi madre me pregunta: ¿qué quieres almorzar? Le respondo: arroz con almejas”. Hace una pausa teatral y aclara: “Es uno de mis platos favoritos”. Acabado el inciso prosigue: “Se quita el delantal, va a la pescadería del supermercado, compra las almejas y me hace el arroz. Mientras tanto, veo el telediario y me tomo una cerveza”.

Todos se abalanzan dialécticamente sobre Eduardo, unos en broma y otras en serio. Él, muy gallito, no cesa de repetir: “¿Quién te prepara un arroz con almejas aunque no las haya y tenga que salir a buscarlas?”.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.