Feeds:
Entradas
Comentarios

Tomillo (III)

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

4

Durante gran parte del trayecto se mantuvo callada. Salvo algunos comentarios relativos a la inminente tormenta y al asunto de las cancelas, permaneció abstraída en la contemplación del paisaje. Tan sólo en una ocasión se animó y participó en el debate a propósito del nombre de la finca.

Elena estaba decaída. Ésa era la razón de que mirase ensimismada a través de la ventanilla, y de que nos acompañase a Orozuz. Ella estaba invitada también, pero la idea de que viniese con nosotros fue de Reme. No dije ni sí ni no. Esa es mi forma de manifestar mi desacuerdo. Mi novia argumentó que si tenía que ir sola, se quedaría en su casa. Me encogí de hombros. Para mí ya era una prueba ir a esa cena. Ir con Elena era una complicación añadida.

La esperanza de que declinara el ofrecimiento de Reme duró poco. Elena aceptó arreglándoselas para dar la impresión de que nos hacía un favor. Aun después de haber accedido, yo abrigaba la secreta ilusión de que se arrepintiese. Me decía: “¿Qué ganas de frivolidades puede tener alguien que está bajo el impacto de una ruptura?”. Su novio la había dejado. No por otra. Sencillamente la había dejado.

Los días son tan cortos en diciembre que, cuando llegamos a Orozuz, era de noche. Y llovía con fuerza. Desde que cruzamos el puente sobre el Guadalmecín y cogimos el camino que salía a la derecha, el tiempo empeoró.

El camino bajaba hasta el río y discurría paralelo a él. Entre uno y otro había una franja arenosa donde crecían las adelfas. Luego el camino se desviaba a la izquierda, flanqueado por una alambrada de espinos. Este tramo recto acababa en una cuesta larga y empinada.

Más allá el camino se estrechaba. Entre ambas rodadas crecían matas de jara lobuna que barrían la parte inferior del coche. También los laterales eran azotados por los durillos que formaban una densa galería. La luz de los faros reverberaba en su rozagante follaje abrillantado por las gotas de agua.

Había también madroños cargados de frutos. Me habría gustado hacer un alto. Pero llovía y Elena no estaba de humor para recolecciones. Me limité a contemplarlos y seguimos hasta la primera doble cancela, donde no hubo más remedio que detenerse.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

XIX
Lleva manto de armiño, corona de rubíes,
zafiros y esmeraldas, batón de terciopelo.
Y en su mano derecha, símbolo de realeza,
un cetro de oro puro.

De telas, pieles, piedras estaba tan cargado
que el peso amenazaba dejarlo jorobado.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

3

Estuve sopesando los pros y los contras de alcanzar un cierto grado de euforia que me hiciese más llevadera la velada. Opté por el tinto. Agua, con la que estaba cayendo, teníamos bastante. Los nubarrones empezaron a descargar con fuerza cuando llegamos a la casa.

Sobre la mesa de nogal cubierta por un mantel bordado había copas de cristal tallado. Cuando se pasaban los dedos por ellas, se tenía la impresión de estar acariciando un diamante. Las copas tuvieron su parte de responsabilidad en mi decisión de entonarme. Incitaban a que las cogiesen, a que las sostuviesen en la mano, a que jugueteasen con ellas.

Hubo otros dos factores que me dieron el empujoncito final. El vino se merecía todos los honores que le rindieran. Era un tinto del Alto Duero sin mucho cuerpo. Un invitado que se las daba de conocedor, hizo un discreto gesto de desaprobación.

Se colaba sin sentir, suavemente. Nuestro entendido de pacotilla confundió esta facilidad con la de un aguapié. Lo mejor de este rubí líquido era su matizado regusto.

Su sabor y su aroma a manzanas y membrillos madurados al calor del tibio sol otoñal te conquistaban.

El otro factor fue Elena y sus impertinencias. La charla era distendida. El ambiente agradable. Había una buena predisposición general, como suele ocurrir en estos casos.

Fue ése el momento que ella escogió para introducir una piedrecita en el delicado engranaje social.

Contó la historia del filete de hígado de la que fue protagonista Olaya, uno de los presentes. Estaban en un restaurante y, cuando el camarero puso el plato en la mesa, ella no pudo evitar hacer un gesto de asco y murmurar: “¡Se va a comer eso!”. El aludido reconoció que el filete no estaba hecho, por lo que lo devolvió a la cocina para que lo pasasen por la plancha otra vez. Esbozando un nuevo visaje, Elena añadió: “A mí me dieron bascas”.

Un gesto descalificatorio, una observación aparentemente festiva, una actitud desganada. La gama de recursos escénicos de Elena es amplia y eficaz. Olaya se sintió incómodo. Incluso dio explicaciones innecesarias. Había sido objeto de una sutil ridiculización. Y no le gustó aunque lo disimuló. Pero así es Elena. Sus intervenciones marcan un antes y un después. Este resultado lo consigue sin descomponerse. Cuando se alude a su dulzura, por prudencia me callo.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

XVIII
Estos monstruos habitan en el fondo del alma.
Como en una pecera, se revuelven y agitan,
y muestran sus colmillos y miran con sus ojos
inyectados en sangre.

Estos monstruos están en mi propio interior,
haciendo de las suyas, sin cristal protector.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

2

A media tarde, cuando salimos de Sevilla, lloviznaba apenas. Una ráfaga de chispas de agua dejaba un discreto rastro en los cristales. No hacía falta siquiera accionar el limpiaparabrisas. Llevaba encapotado todo el día. La tormenta se estaba reservando para la noche. Este sirimiri era la inocente avanzadilla. Elena rezongaba. “¡Qué mala pata!” “Con el buen tiempo que hemos tenido hasta ayer” “Por lo menos que espere hasta que lleguemos”.

Elena conoce el arte de irritar al prójimo. Si se la ignora o, para salir del paso, se le da la razón como a los locos, se las arregla para incomodar a los culpables. Esta vez se portó bien y no se excedió dando la vara.

La noche se nos echó encima cerca de Orozuz, adonde para mi gusto llegamos demasiado pronto. El hecho de no ser los primeros no me hizo cambiar de opinión. Se trataba de una cena, no de una merienda. Reme y Elena me recordaron que podíamos aparecer cuando quisiésemos. Aun así, consideraba que tanta premura no estaba justificada. Esta cuestión suscitó una pequeña disputa.

Era finales de otoño. Hacía el tiempo propio de esa época del año. ¿Qué esperaban Elena y los otros invitados? ¿Que soplase una brisa primaveral que permitiera abrir los ventanales del salón? Casi todos manifestaron una pueril decepción. Se habían hecho tantas ilusiones. Procuré no ponerme crítico y sonreír.

La finca estaba en pleno monte. Para llegar a ella había que dejar la carretera y coger un camino en buen estado. Los dueños de Orozuz y los de las otras propiedades colindantes se encargaban de su conservación. Aunque el camino se estrechaba en algunos tramos, los coches circulaban con desahogo. Sólo había un inconveniente que ponía a prueba los nervios de sus usuarios.

En esa hora equívoca del anochecer, tras haber contemplado el campo reverdecido, las choperas vestidas con retazos de hojas amarillentas, los arroyos corriendo y las encinas multiplicándose a medida que nos adentrábamos en la sierra, en esa hora, en que por un feliz azar guardábamos silencio, tuve un presentimiento que más tarde cobraría cuerpo.

La visión de las ramas casi desnudas de álamos y fresnos desencadenó una sensación agridulce, e hizo aflorar un profundo deseo. Las hojas, pudriéndose y transformándose en humus, descansaban al pie de los árboles. Esa materia vegetal regresaba al seno de la tierra, de donde renacería hecha savia y sembraría de brotes tiernos los esqueletos leñosos en primavera.

Bajé el cristal lo justo para aspirar el olor a tierra mojada y plantas montaraces. Pero, obligado por las protestas de Elena que tenía frío, tuve que subirlo enseguida.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.