Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for abril 2020

Read Full Post »

30

Edu lo encontró sentado en la grada que rodeaba la estatua del Prócer. El bufón de los Zapadores estaba cabizbajo. Cuando algo lo contrariaba o era objeto de una jugarreta, su rostro y su actitud reflejaban su abatimiento. Bien era verdad que se reponía pronto. Bastaba con que los mismos que lo habían vejado o marginado moviesen un dedo para que él acudiese corriendo con una sonrisa de oreja a oreja y dijese algo chusco.

Edu imaginaba qué le había ocurrido. Los otros no habían contado con él, le habían dado esquinazo o le habían comunicado sin rodeos que no podía acompañarlos.

Sin duda, era un buen momento para sonsacarlo, aunque a veces Mako se mostraba en extremo receloso y guardaba silencio.

Cuando Edu le preguntó por el paradero de Hemón, reaccionó alzando la cabeza en un gesto provocador. Hizo una mueca chulesca que dejó al descubierto sus dientes, y que le achicó los ojos. Después de ponerse tan feo, silabeó: “¿Con que quieres saber dónde está tu amiguito?” “Sí” “No tengo ni idea”.

El bufón no mentía. Así lo entendió Edu que, no obstante, estaba seguro de que podía proporcionarle alguna información.Le resumió la entrevista que había tenido con Mortimer, sin hacer alusión a alusión a la presencia de Mako como uno de los raptores. Pero podía cambiar de opinión e incluso añadir que era también uno de los presuntos ladrones de las camisas de lino. Eso significaba que el Gran Maestro lo llamaría para interrogarlo.

Mako, pusilánime por naturaleza, encogiéndose de hombros ligeramente y mirando de soslayo a Edu, repitió que desconocía el lugar al que habían trasladado a Hemón.

“Tú participaste en su secuestro, ¿no es así?”.

El otro calló.

“¿Dónde lo llevasteis?” “A la cámara de la alfombra carmesí”. “Pero allí no está” “Claro. Kim insistió en que no podía quedarse. El castillo sería registrado de arriba abajo. Torreones, subterráneos, criptas, salas…nada quedaría sin inspeccionar” dijo Mako parodiando el tono y los gestos teatrales del lugarteniente de Roque.

El jefe le dio la razón. La cámara era un escondite circunstancial, en el que pasaría la noche. Pero él tenía previsto otro completamente seguro. A día siguiente se levantarían antes del amanecer y sacarían a Hemón fuera del castillo. En esa operación, de la que Mako fue excluido, participaron Kim, Folo, Ruibarbo y Roque.

“No se fían de ti” comentó Edu.

Mako, adoptando un aire retador, esbozó una mueca. Edu permaneció expectante. El otro tenía ganas de desquitarse.

Acabó contando que Hemón pasó la noche atado y amordazado en la cámara. Ahora estaba soterrado con toda probabilidad en las inmediaciones del bosque de Tuum.

Ese dato inquietó a Edu. “¿Qué quieren hacer con él?”.

Mako había escuchado retazos de conversaciones, frases sueltas. Algunas palabras se le pegaron al oído. Pero no le era posible recomponer el conjunto. Sólo podía afirmar que había un monstruo de por medio. Un gigantesco animal con un hocico alargado como el de un cocodrilo, y con el cuerpo lleno de escamas tan grandes como un escudo y tan duras como el diamante. Un monstruo que escupía llamas.

“¿Un dragón?” «Vivía aletargado en una cueva profunda. Ahora ha despertado» repuso misteriosamente el histrión que, en un cómico intento de amedrentar a Edu, ensombreciendo la voz, añadió: «Sus ojos despiden destellos rojizos capaces de dejar ciego».

Read Full Post »

Read Full Post »

Anteo (VI)

VI
Por fin me atrevo, avanzo. El milagro se acerca.
Paladín esforzado,
sólo con la certeza
por espada y escudo, por túnica y emblema.
Acólito obediente
que se atiene a las reglas.
Feliz turiferario
que con su aliento inciensa
estos últimos metros de la hermética senda.

Read Full Post »

Read Full Post »

29

El aire reconcentrado del Gran Maestro, su mirada fija en un punto indeterminado, sus manos de dedos nudosos que reposaban inmóviles, como dos animales fieles, sobre la mesa, imponían un respeto rayano en el temor.

Edu había respondido a sus preguntas referentes al robo de las camisas de lino. El muchacho reconoció que no denunció esos desaguisados por vergüenza, por un mal entendido espíritu de camaradería. Esta vez lo contó todo, incluido el intento de secuestro.

No era a Hemón a quien querían capturar sino a él, pero en vista de que, por circunstancias fortuitas, dijo Edu, no habían logrado su propósito, los malhechores cambiaron su plan.

“¿Quiénes son?”.

El muchacho respondió que no los había identificado porque tenían tiznado el rostro. Podía haber dado nombres, pero antes de hacer tal cosa quería hablar con Mako, quería presionarlo para que revelase dónde estaba Hemón. Edu temía que el peso de la justicia caería sobre los miembros de la banda con menos responsabilidad en las fechorías perpetradas mientras que el auténtico instigador, el cerebro, quedaría en un segundo término, incluso exculpado. Sus secuaces, debido al juramento de lealtad, lo encubrirían. Edu era consciente de la influencia que Roque ejercía sobre los otros. En algunos casos, como en el de Kim, podía hablarse de fascinación.

Cuando dispusiese de datos fidedignos sobre el paradero de su amigo, los comunicaría al Gran Maestro.

Este, tras un silencio que al muchacho se le antojó eterno, habló.

“El mal ha hecho su aparición en el castillo, como en otros tiempos. ¿Sabes lo que eso significa?” “No” “Significa que el Dragón ha despertado”.

Y prosiguió diciendo: “Crecen las malas hierbas. Por más que se arranquen una y otra vez, vuelven a nacer. Es una guerra perpetua que no permite descanso ni ofrece compensaciones. En cuanto te distraes, la grama se extiende por el sembrado. ¿Por qué ocurre eso?”.

El aprendiz ignoraba la razón.

“Porque el mal hunde sus raíces tan profundamente que es muy difícil acabar con él.

“Nuestra herramienta por antonomasia no es el puntero ni la tiza ni la pluma ni el papel ni el cayado, sino el azadón.

“Un azadón de mango largo y pala afilada con el que eliminar la maleza. No imaginabas que la tarea principal de un maestro fuese escardar, pero así es. Si la dejas libre, la grama lo invade todo, absorbiendo la vitalidad de las otras plantas, marchitándolas”.

Mortimer apenas podía contener su furia. Recordaba viejas historias. Sus rasgos se endurecieron. Sabía que el mal engendraba dolor y exigía para su erradicación penosos sacrificios.

Read Full Post »

Read Full Post »

356.-Me cuenta Emma que su cuñada ha aborrecido el vino. “Se ha vuelto abstemia” “Ni hablar. Se ha pasado a la cerveza, pero a la auténtica: a la alemana, a la belga, a la irlandesa, no a esta que estoy tomando que, en su opinión, no es más que una bebida de cebada” “No sabía que fuera una entendida” “De eso se las da.

“Pero a mi hermano le sigue gustando el tinto. El otro día fue al supermercado y compró un Rioja crianza de 2015 que estaba a buen precio. Para almorzar descorchó la botella. Pues bien, señalándola con dedo acusador y frunciendo el ceño, mi cuñada preguntó: ¿tú me has pedido permiso?».

357.-Una amiga de Emma, mientras tomaban el té con galletitas inglesas en uno de sus encuentros “at five o’clock” de los jueves, en plan poético-intelectual con un toque “new age”, soltó: “Los sentidos son cinco farolas. Cuando se apagan se hace la oscuridad” “Supongo que algo replicaste” “Sí, y no se lo tomó a bien. Dije que ella era una radio. Con apagarla era suficiente para no escuchar tantas pampiroladas.

“En otra ocasión esa misma amiga que, cuando está en vena, no hay quien la pare, hablando de la evolución, nos recordó que el hombre desciende del mono. Como nadie se inmutara, preguntó: ¿No lo creéis así? Depositando gentilmente mi taza en el plato blanco de filo dorado, respondí: Esa teoría está anticuada. El hombre está emparentado con la langosta”.

358.- Estaban sentadas en la terraza de un bar, tomando una copa, hablando animada e ininterrumpidamente. El tema de conversación era los maridos, en activo o fuera de servicio, que no salían bien parados. Al que no le sobraba le faltaba algo. El que no era autoritario era un cantamañanas. El que no se llevaba todo el santo día tirado en el sofá, se iba y regresaba a las tantas.

Una de ellas confesó que su ex no fumaba ni trasnochaba ni era mujeriego ni borracho ni manirroto pero que ella, sencillamente, no lo soportaba.

Otra, harta de las arbitrariedades de su media naranja, pilló un enfado monumental y le comunicó que no estaba dispuesta a seguir con él ni un día más, que lo aguantara su madre. «Con su cachaza habitual, que me ataca los nervios, replicó que eso mismo dirían a nuestro hijo cuando llegase el momento”.

Por ocupar una mesa cercana, cada vez más incómodo, asistía a ese repaso que una morenita pizpireta resumió así: «Los hombres son unos seres básicos, predecibles y rutinarios». Me levanté. Las mujeres callaron.

Luciendo la más encantadora de mis sonrisas, no pude contenerme y pregunté: “¿No se cansan de poner a parir a los maridos?” “Por favor. No son ustedes tan importantes” «Por supuesto. No merecemos que se nos preste tanta atención. Hay temas de conversación mucho más interesantes».

Read Full Post »

Read Full Post »

28

Edu recordaba que ese subterráneo era adonde lo había conducido el murciélago, aunque el aspecto que ofrecía ahora era diferente. La cabra desapareció en cuanto llegaron. El Encapuchado permaneció a su lado y, ejerciendo de maestro de ceremonias, con un gesto de la mano lo invitó a pasar y a participar del jolgorio.

Había demonios de colores. Los rojos estaban arrodillados y, con pícaro semblante, mirando de reojo a izquierda y derecha, bisbiseaban oraciones y se daban golpes en el pecho. Los amarillos brincaban y alborotaban a más y mejor. Se detenían ante sus devotos congéneres y, agarrándose la barriga con las manos, se tronchaban de risa. Los azules se comportaban como lelos, babeando y emitiendo sonidos inarticulados, señalando con el dedo aquello que les causaba asombro. Los verdes se acercaron a Edu y, agachándose, movían el trasero al tiempo que proferían toda clase de obscenidades.

Entremezclados con los diablos había animales que no les iban a la zaga. Los cerdos, sonrosados y lascivos, gruñían indecencias a quienes se cruzaban con ellos. Los asnos, afectados de priapismo, rebuznaban mostrando sus dientes amarillos. El olor a chotuno de los carneros era insoportable. Bandadas de negros murciélagos revoloteaban y se colgaban boca abajo del techo.

Para remate, aparecieron calderos de tres patas que se desplazaban con cuidado. Estos no corrían ni saltaban como los del taller de Gregor. Iban despacio, temiendo tropezar y caer. Esta cautela estaba justificada. Esos grandes recipientes panzudos estaban llenos de un líquido negro y burbujeante que Edu identificó como agua abisal.

El Encapuchado confirmó ese punto y añadió: “Es la bebida de esta alegre cofradía”.

La confusión, el vocerío y los efluvios pestilentes iban en aumento. Cuando llegaron a su clímax, ese manicomio se calmó de repente.

En un estrado apareció un macho cabrío pisando fuerte y expulsando vapor por sus dilatados orificios nasales. Tenía una cornamenta alta y retorcida, adornada con pámpanos. Iba escoltado por una bruja que, cuando el Gran Cabrón se sentó en el trono, le hizo una reverencia. Luego exhibió un espetón.

Demonios y animales prorrumpieron en gritos de júbilo. Se oyeron hurras, alaridos, rebuznos y berridos.

“Ha llegado la hora del sacrificio” dijo el Encapuchado. “Quiero irme” replicó el muchacho. “¿Así de fácil? Nadie asiste impunemente a un aquelarre” “Yo no he venido por mi voluntad” “Estás aquí. ¿Qué más da cómo hayas venido?”.

Edu, que no aguantaba un minuto más, pactó con el Encapuchado el precio de su partida.

“Yo no quiero carne fresca, como esos” dijo el falso fraile, “me conformo con media pinta de sangre”.

-o-

Seguía diluviando. Edu, despojado de una parte de su energía vital, estaba débil. Se incorporó en la cama. Si no paraba de llover, se produciría una inundación, se desbordarían los ríos, las aguas se tragarían la Isla.

Palpó el corte de la lanceta en el brazo. En sus oídos resonaron la infame algarabía, las provocaciones y las blasfemias. Vio al Gran Cabrón ejerciendo su abominable autoridad sobre sus adoradores. Recordó su perentorio deseo de marcharse.

Había tenido que negociar con el Encapuchado, que pagar un precio. Pero él no quería ser ni compinche ni víctima ni espectador.

Read Full Post »

Older Posts »