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Archive for the ‘Antología’ Category

Poema 3
Tablilla X

A pesar de las dificultades, Gilgamesh llega al final de su viaje, a un lugar paradójicamente espléndido, en el que los frutos de los árboles son de rubíes y las hojas son de lapislázuli.
En su camino, el héroe encuentra al dios Shamash, que trata de convencerlo de que su propósito es una insensatez. Pero Gilgamesh ha afrontado muchas adversidades para retroceder ahora.
Años le han parecido sus días de marcha. Su deseo es que la luz del sol bañe no sólo a él sino también a los muertos.

El ventarrón del norte
sobre mi cara
sopló feroz

Por abruptos senderos
y por cornisas
avancé vacilante
perdido anduve
sin estrellas, sin agua

Hasta que al fin
enloquecido
me detuve y grité
quiero sentir
la luz del sol

Poema 4
Tablilla X

Siduri, la tabernera, es otro de los personajes que jalonan su itinerario. Al igual que el dios Shamash, intenta persuadirlo de que su objetivo es inalcanzable. La inmortalidad está reservada a los dioses.
Ella sabe lo que deben hacer los hombres. Deben dedicarse a disfrutar día y noche. Comer, beber y entregarse a los placeres es su propuesta que cae en saco roto. Lo que Gilgamesh quiere saber es cómo se llega a la isla de Ut-Napishtim, donde espera que le revelen el ansiado secreto.

Exhausto, demacrado
el viajero camina

En sus oídos
el ventarrón del norte
sigue ululando

Sólo queda el placer
dice la tabernera

 

 

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Esta serie de poemas es una recreación de los episodios finales (incluidos en las tablillas VII, VIII, X y XI) de la epopeya de Gilgamesh, que es uno de los textos fundacionales de la literatura.
Estas variaciones son un recorrido por temas cuya vigencia no ha decaído, tan sólo han adoptado otros ropajes, ni cuyo tratamiento posterior ha ganado forzosamente en profundidad y belleza.
El motor de esta historia, el horizonte sobre el que se dibujan las andanzas de Gilgamesh, es la conquista de la inmortalidad, el deseo de burlar a la muerte, el afán de trascender los límites inherentes a la naturaleza humana y acceder a otra olímpica, divina. Este poema es también la primera consignación del fracaso de esa tentativa.

La Saga de Gilgamesh: http://es.wikisource.org/wiki/La_Epopeya_de_Gilgamesh

Poema 1
Tablilla VII

Enkidu tiene un sueño premonitorio que cuenta a su amigo Gilgamesh. Esa terrible visión es una visita al reino de las sombras, del polvo y de las tinieblas, donde él penará pronto.

Esta noche he soñado
que descendía
a un lugar de tinieblas
tan densas, tan palpables
que a la piel se pegaban

En ese negro abismo
había seres
que vagaban apáticos
su alimento era polvo
sus ojos no veían
jamás la luz

Poema 2
Tablilla VIII

Ante los ancianos de Uruk, Gilgamesh llora la muerte de su amigo Enkidu. Atemorizado por esta espantosa realidad, cobra conciencia de que ésa es la suerte que le aguarda también a él. Se plantea entonces la cuestión de cómo escapar a esa maldición, de cómo alcanzar la inmortalidad. Gilgamesh, afligido y furioso, se rebela contra el destino de los seres humanos.
Siguiendo los consejos del hombre-escorpión, el héroe se adentra en la montaña donde impera la oscuridad total para conseguir su objetivo.

Gilgamesh

Sudoroso, temblando
acudo a ti
interrogarte quiero
sobre la muerte

El hombre-escorpión

Son pocos
los que se atreven
a seguir el sendero
que en lo más hondo
de la montaña
se adentra

El camino del sol
pocos lo siguen

 

 

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En la entrada del 5 de septiembre, Pla deja constancia de algunas verdades cuya verificación está al alcance de cualquier lector.
La premisa de la que parte es la inefabilidad de la realidad interior, la imposibilidad de expresarla, de formular cabalmente lo que pensamos y lo que sentimos.
Estamos atrapados en la ratonera de las contradicciones insolubles, a las que hay que sumar la pobreza de medios expresivos.
Otro impedimento es el rechazo o la negación, en mayor o menor medida, de lo que escondemos tras la careta social, de lo que somos.
El escritor de Palafrugell señala también la intrínseca debilidad del ser humano, que preferimos ignorar, avergonzándonos de ella como de un vicio inconfesable.
Existe un abismo entre el hombre solo y el hombre público. El segundo es un desmentido del primero, su patética contrahechura, el cancerbero que impide el paso a la autenticidad. Gabriel Celaya dejó escrito estos versos: “A solas, soy alguien. / En la calle, nadie”.
Ese nadie se interpone como una barrera infranqueable en la asunción y expresión de la realidad íntima, ya de por sí problemática.

“Cuando no podemos aclarar la nebulosa interna, decimos habitualmente: yo ya me entiendo… Los borrachos dicen lo mismo. Sospecho que los niños, cuando no consiguen hacerse entender, piensan lo mismo. Mi idea, pues, es que la intimidad es inexpresable por falta de instrumentos de expresión, que su proyección exterior es prácticamente informulable. (…)
“Y, por si esto no fuera bastante, están todos los monstruos invencibles: la vanidad, el tartufismo, la educación, el egoísmo, el convencionalismo, la envidia, (…). Metidos en este juego de fuerzas oscuras pero de gran peso, las contradicciones íntimas son permanentes. Por ejemplo: yo tiendo en público, o cuando escribo, a combatir el sentimentalismo por pornográfico y antihigiénico, pero lo cierto es que, personalmente, soy una especie de ternero sentimental, evanescente. Cuando me encuentro solo, a veces río –o a veces se me cae una lágrima desprovista de toda justificación racional, contraria a todas las exigencias de la razón que defiendo ante la gente. (…)
“Ante muchas cosas, soy de una debilidad ridícula. Una gota de sangre, el dolor físico, la presencia de un muerto, (…) me sumergen en un estado de debilidad tan morbosa y dolorida que la siento de una manera física. En realidad sólo soy fuerte para aparentar –encontrándome en público- que tengo el sentido del ridículo despierto”.

 

 

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Aunque Swift los da pensando en los primeros ministros, son extensibles a toda la clase política, particularmente a sus representantes más trápalas.
Helos aquí: con la frecuencia que sea necesaria, darles un torniscón en las narices, una patada en la barriga, un pisotón en los callos, tres buenos tirones de las dos orejas, un alfilerazo en el trasero o un pellizco en el brazo hasta dejárselo morado.
En cuanto a los partidos, ésta es su prudente recomendación: tomar a cien dirigentes de cada partido, mezclarlos en parejas que tengan las cabezas de igual tamaño. A continuación serrarles los occipucios para que los dos cerebros queden unidos y la materia gris pueda pasar libremente de uno a otro, siendo el objetivo que cada cráneo albergue medio cerebro de su compadre. Dejarlos cohabitar hasta que se produzca un buen entendimiento.
Nada tiene de extraño que los diputados de su tiempo salgan tan mal parados en la comparación que Swift establece con los senadores romanos, a los que ve como héroes y semidioses. De los políticos de su época afirma lisa y llanamente que son “un hatajo de buhoneros, carteristas, salteadores de camino y matones”.
Y en otro lugar redondea su opinión con estas palabras: “Pajes, lacayos y conserjes (…) llegan a ministros de gobierno, cada uno en su región, y aprenden a despuntar en los tres elementos más importantes: la insolencia, la mentira y el soborno. (…) mantienen una corte secundaria (…), y a veces a fuerza de destreza e insolencia” llegan muy lejos.
El autor de “Los viajes de Gulliver” no tenía un concepto muy elevado del hombre. O del “yahoo”, que así es como él lo llama en su libro. Ésta es la definición que da: “Animal con ciertos visos de astucia y la más acérrima propensión a la maldad, sin duda la más cerril de todas las criaturas”. Y se despacha a su gusto contra las manadas de “yahoos” del vecindario.
Otra categoría de animales completamente distintos, que merecen todo su respeto y admiración, son los caballos, en cuya lengua no existe la palabra mentira, pues la falsedad no tiene cabida en su mundo. Como mucho pueden equivocarse o “decir lo que no es”, pero la miseria moral les es completamente ajena.

 

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Escritos en el siglo X por el príncipe Ariwara No Narihira, estos ciento veinticinco cuentos incluyen siempre un poema y a veces varios.
El tema central es el amor, aunque también se abordan otros tan caros a la literatura oriental como la naturaleza y las estaciones.
En este libro donde abundan las metáforas, hay que destacar la del rocío que empapa las mangas del protagonista, y que es en realidad las lágrimas derramadas por el desafortunado amante.
Y la de la caprela, un crustáceo que cambia de caparazón rompiendo el viejo. El enamorado es otra caprela que rompe su corazón y se destruye a sí mismo.
Hay en este libro de contenido lírico poemas tan apasionados como el que figura en el cuento XXII:

Si de mil largas noches otoñales
Pudiera yo hacer
Una sola noche
Y durmiera junto a ti mil noches como ésta
No llegaría a saciarme

Cruzan sus páginas luciérnagas y ocas silvestres. El cuclillo canta. Los lirios y los crisantemos lo engalanan. Y las flores del cerezo, invocadas en este poema en el que se alude al paso del tiempo (cuento XCVII):

¡Oh flores del cerezo!
Volad cual nubes
Para que se borre
El camino de la vejez
Que llegar parece

Otra variante o interpretación de este poema puede ser ésta:

¡Oh flores del cerezo!
Volad cual nubes
Para que la vejez
Que llegar parece
No encuentre el camino

Los dos últimos poemas de este libro, por su intemporalidad, podrían haber sido escritos en cualquier época. Concisos, despojados de adornos, desvelan la condición humana, presidida por el misterio y la transitoriedad de la existencia.
El penúltimo poema (cuento CXXIV), precedido de una línea en la que se expone sucintamente que un hombre lo compuso, dice así:

Lo que pienso
Lo guardaré para mí
Simplemente
No existen hombres
Que sientan como yo

Y el último (cuento CXXV) muestra el asombro de un hombre enfermo que ve cercana la hora de la muerte:

Que hay un camino
Que es necesario recorrer
Había oído decir
Pero no pensaba que eso fuera
De hoy para mañana

 

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Los habares mandan al pueblo mensajes de fragancia tierna,

cual en una libre adolescencia candorosa y desnuda. JRJ

 

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“El mundo lo sostienen los que están abajo, los que permanecen en ese nivel, los que toman esa decisión. Los que, como el agua, se deslizan por lo más profundo, por esos parajes desdeñados por el común de los mortales. Ellos son los verdaderos constructores de la sociedad”.
En mala hora se me ocurrió soltar ese discursito en el despacho del mentecato, de ese amante de las consignas y la zafiedad ideológica. Sólo la parafernalia que lo rodeaba me tendría que haber disuadido de exponer ese punto de vista.
Me miró como si hubiese descubierto de pronto que yo era un extraterrestre. Me remiró con ojos ladinos.
Se apresuró a declarar: “Yo, gracias a mi conciencia, soy un hombre comprometido”.
Mis palabras le habían molestado y reivindicaba con escasa sutileza su activismo que consideraba más importante que la labor callada de esas personas émulas del agua.
No repliqué nada. No estaba en mi ánimo enzarzarme en una discusión.
Ya en otra ocasión reaccionó también dándose por aludido y picándose. Entonces se me ocurrió decir que ciertos religiosos realizaban una gran labor social porque estaban fuertemente motivados por su fe.
El mentecato, adoptando un supuesto tono festivo, apostilló: “Yo, gracias a Dios, soy ateo”.
Me acordé de lo que se decía en el Tao Te King y estuve tentado de recitárselo, pero me abstuve. No tenía ganas de cuchufletas. Que descubriera él mismo ese libro en uno de cuyos capítulos se afirma:

“La suprema bondad es como el agua.
El agua beneficia a todos los seres
sin reñir con ninguno.
Fluye en lugares que la muchedumbre desprecia.
Habita bondadosamente en el suelo.
Su corazón es bondadosamente profundo,
bondadosamente comprensivo”.

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He aquí algunos fragmentos de la oda sáfica que el humanista Arias Montano dedicó a la fuente de la peña de Alájar, donde se retiraba con frecuencia y donde recibió, según se cuenta, la visita de Felipe II, de quien fue consejero y Bibliotecario Mayor.
Él mismo escribe: “Ningún deseo ni propósito tengo de salir de esta estancia, a lo menos para la Corte, si no fuese para otro lugar más retirado y solo que éste, aunque no tuviese las bellezas naturales que éste tiene”.
Al parecer, como el mismo Arias Montano hace constar en su poema escrito en latín, él fue quien descubrió y excavó ese manantial de agua pura que nace en una cueva.
La peña de Alájar, que le sirvió de refugio durante largos periodos de tiempo, es conocida también desde entonces por el nombre del insigne escriturario.

I
(…)
Ten cuidado, oh Virgen, de mi fuente,
la que poco ha hicieron brotar mis manos
del arenoso césped con los dientes fijos
del pesado azadón.

(…)

Manda que brillen con diverso color
las trémulas piedrecillas en el fondo de esta fuente,
y que su agua clara refleje en rededor
las imágenes de las cosas materiales.

II
Fuente pura,
hierbas salutíferas te rodeen siempre
y sombra ninguna de árbol fatal
te cubra amenazante.

(…)

III
Vosotras, sagradas ninfas del monte,
aquí os guardaréis de los molestos ardores de Febo.
Depuestos el arco y las flechas,
esta fuente os deleitará.

Aquí lavaréis vuestras doradas cabelleras
y formaréis cantando alegres coros.
Que ni el fauno ni los protervos sátiros
tengan noticia de este lugar.

La cita y los fragmentos de la versión española del poema están tomados del libro de Manuel Moreno Alonso “La vida rural de la Sierra de Huelva. Alájar”, Instituto de Estudios Onubenses Padre Marchena, 1979

 

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El narrador va en coche en dirección a Sintra porque no puede pasar la noche en Lisboa, pero sabe que, cuando llegue, tampoco podrá pasarla allí y sentirá deseos de regresar a la capital. Ni el lugar de procedencia ni el lugar de destino son satisfactorios.
La evanescente felicidad acaso esté en los ojos de ese niño que, desde la ventana de arriba de una casucha al borde de la carretera, ve pasar el viejo Chevrolet y sueña que quien va dentro es afortunado. Y eso mismo es lo que el conductor piensa de los habitantes de la modesta vivienda, de ese niño o de esa muchacha que se afana en la cocina.
Pero tal estado no existe. Todo es pura ilusión. Un juego de espejos que reflejan las imágenes engañosas de nuestros deseos.
Una de las consecuencias de ese desasosiego son esas huidas, esos desplazamientos sin objeto que sólo sirven para corroborar la imposibilidad de permanecer en ningún sitio sin sentir de inmediato el hastío.

(…)
conduzco a solas, conduzco casi despacio, y un poco me parece,
o me esfuerzo porque un poco me parezca,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,
(…)

Voy a pasar la noche en Sintra por no poder pasarla en Lisboa,
mas cuando llegue a Sintra me apenará no haberme quedado en Lisboa.
Siempre esta inquietud sin propósito, sin nexo, sin consecuencia,
siempre, siempre, siempre
(…)

A la izquierda, ya atrás, la casucha modesta, menos que modesta.
Allí la vida debe de ser feliz, sólo porque no es la mía.
Si alguien me vio por la ventana, soñará: ése sí que es feliz.
Para el niño que atisbaba detrás de los cristales de la ventana de arriba
tal vez yo haya quedado como un sueño, como un hada real.
Para la muchacha que al oír el motor miró por la ventana de la cocina,
desde el piso de abajo,
tal vez yo fuese algo así como el príncipe que hay en todo corazón de muchacha,
y de reojo pegada al cristal me siguiese hasta la curva en que me perdí.

(…)

En la carretera de Sintra al filo de la medianoche,
en la carretera de Sintra, qué cansancio de la propia imaginación,
por la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra,
por la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí…

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