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Archive for the ‘Cuentos’ Category

                                        III
Esdras hizo seis etapas con la caravana. La abandonó a la altura del macizo de Shariqa, desde donde prosiguió su camino hacia la península.
Durante el trecho en común se mantuvo serio y distante. Sus compañeros de viaje comprendieron que el viejo mercader judío no estaba interesado en relacionarse con nadie.
Lo observaban con curiosidad, a hurtadillas, intrigados por el destino de ese viajero solitario. A veces lo invitaban a compartir su comida. Esdras aceptaba con un leve asentimiento de cabeza, pero sus sobremesas eran cortas. En cuanto la cortesía lo autorizaba, se despedía de sus anfitriones.
Durante esa parte del trayecto estuvo luchando consigo mismo. ¿Por qué se cuestionaba su decisión? ¿Por qué se planteaba romper la palabra que se había dado a sí mismo?
En su interior ascendían globos de angustia que explotaban en su pecho, dificultándole la respiración, ya afanosa a causa del calor y del polvo.
Pero era verdad que, si no oponía resistencia, si dejaba que los acontecimientos siguieran su curso sin intervenir, esa marea de ansiedad subía y bajaba, regresando a la profundidad de donde había surgido.
A la vista del macizo de Shariqa, en una bifurcación del camino, Esdras tomó el ramal de la derecha y la caravana el de la izquierda. Ahora la soledad sería total.
Estaba a las puertas de la península. Aunque había visitado el yébel hacía años, no estaba seguro de su ubicación. Se hallaba al sur, pero en aquella inmensidad desértica el riesgo de extraviarse era alto.
Con el camello de reata, se puso a andar, que era lo que había hecho la mayor parte de su vida, andar sin descanso, consciente de que si se paraba, no alcanzaría su destino. El mero hecho de andar era una triaca contra el veneno de la angustia, un medicamento que diluía los malos humores, un medio de sosegar el ánimo.
Andar obstinadamente le impedía pensar demasiado. El esfuerzo físico de la marcha absorbía su atención que sólo podía concentrar en los accidentes del terreno.
Andaba como si llevara anteojeras, con los ojos fijos en el suelo para ver dónde ponía los pies, con la cabeza gacha, mirando a veces a su alrededor para comprobar innecesariamente que el paisaje se mantenía fiel a sí mismo.
Enormes rocas de color ocre. Vegetación escasa. Arriba el cielo de un azul apagado. Abajo la tierra parda como un sayal desteñido.
Pero tuvo que dejar de andar porque ni de noche, consultando las estrellas, ni de día, escrutando la órbita solar, conseguía despejar sus dudas acerca de la situación del yébel.

 

 

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                                        II
¿Cuántas veces lo había pensado? Las mismas que había pospuesto ese deseo. ¿Cuántas veces se había preguntado si servía de algo, si tenía sentido? Las mismas que había emprendido otro viaje comercial.
Le hubiese gustado cerrar los ojos y haber ido y haber vuelto, estar otra vez en su ciudad, en su cómoda y fresca casa con tres terrazas, que todo hubiese pasado ya. Esta era, se dijo, la transacción más difícil de su vida.
Pero cerrar los ojos significaba renunciar, acoquinarse, convertirse en un personaje, en un notable de la ciudad respetado por todos salvo por sí mismo.
El objetivo de este último viaje era una montaña. No una montaña coronada de nieve sino una montaña pelada y pedregosa.
Iba, se dijo con un conato de sonrisa, con una mueca que pretendía pasar por sonrisa, al encuentro de su propia desolación.
Se puso en marcha, pues. Se despidió de los suyos sin decirles adónde iba. Mandó que aparejaran y cargaran su camello con lo necesario, y partió solo.
Salió muy temprano, como de costumbre. Sigilosamente. Como un amante que se escabulle con las primeras luces, antes de que la casa y la ciudad despierten.
Se alejó en dirección oeste, invocando la protección de los patriarcas, poniéndose bajo el amparo de Abraham, que también partió una mañana en compañía de su hijo Isaac para un horrendo sacrificio.
Un temblor recorrió sus miembros. Su salud era buena. La temperatura era agradable. Sin embargo, tiritó como quien tiene fiebre o frío.
Él no era un elegido, como Abraham. Era un simple mercader que había traficado principalmente con maderas. Era un simple mortal que había emprendido un viaje cuyo fin no había revelado a nadie. En caso de haberlo hecho, lo habrían tomado por loco.
Algunos pensaban que partía en busca de una nueva ruta comercial, y él dejó que creyeran eso. Su mujer sospechaba que ése no era el motivo, pero acostumbrada a sus silencios se abstuvo de mostrar su recelo y su disconformidad. Fue la única que estaba levantada cuando él se fue, y que lo vio alejarse en dirección oeste, como si fuera a Tiro o a otra rica ciudad fenicia.
Mientras avanzaba, reconoció que no era un hombre de fe. Él era un hombre testarudo y hábil a la hora de negociar. Tenía los recursos de un chalán y el empaque de un doctor de la ley. Sabía persuadir e impresionar. Nada de lo cual iba a servirle ahora.
Al cabo de cinco horas dejó el camino que llevaba a la costa, y se desvió hacia el sur. Pero no se dirigió a las ciudades del interior sino al desierto.
El cielo estaba despejado. Ni una nube deshilachada. Ni una de esas pinceladas blancas que se diluyen en la profundidad del azul. La jornada prometía ser calurosa.
En el pueblo de Fujayrah pidió alojamiento en casa de un conocido. Luego se uniría a una caravana. A su anfitrión lo extrañó verlo solo, pero no se entrometió. A sus preguntas corteses Esdras respondió con vagas explicaciones.
Tuvo que quedarse en Fujayrah dos días. Ése fue el tiempo que necesitó la caravana para reorganizarse, pues se le había unido un nuevo contingente de mercaderes y viajeros.
La larga comitiva partió al tercer día, desenrollándose como una serpiente cuya cabeza se adentraba más y más en el desierto. Esdras se sumó a ella sin mezclarse con sus miembros.

 

 

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                                          I
Le pusieron Esdras en memoria del escriba. También pensaron en llamarlo Malkiel. Él hubiese preferido este segundo nombre. Nunca le gustó escribir.
Aprendió las letras porque eran necesarias para su oficio. Un mercader tiene que dejar constancia de las transacciones y llevar las cuentas escrupulosamente. Y esto debe saber hacerlo no sólo en su propia lengua sino también en la de aquellos países con los que comercia.
Esdras no recibió ayuda de nadie. Todo lo consiguió con su trabajo. Esa era su impresión. Siempre tuvo que luchar y afrontar situaciones difíciles. Nunca sintió la tentación de lamentarse. Las cosas son como son y él las aceptaba así.
Compraba maderas de color rojizo o amarillento que se utilizaban en la construcción de templos y palacios, maderas impregnadas de resinas cuyo aroma se subía a la cabeza y embriagaba como una copa de buen vino. Y aceites perfumados de ciprés y de nardo. Y barnices.
Como cualquier mercader que se preciase, proveía de incienso y mirra a los sacerdotes, a los del Templo y a otros, pues, si pagaban el precio requerido, no veía razón alguna para negarse a vender.
Había recorrido los países ribereños, desde Grecia a Egipto, así como los del interior, en busca de nuevos productos. Podía afirmar que conocía todo el mundo civilizado. Sus viajes le habían enseñado a ser modesto. La Tierra era tan vasta que siempre había un floreciente emporio, una lejana ciudad, un exótico reino por descubrir.
En gran parte su vida había transcurrido en desiertos y páramos. La arena y los pedregales habían sido sus compañeros durante interminables días de marcha. En esos lugares, en los que la calima disuelve las formas, había sufrido espejismos a causa del cansancio.
Incluso montado en un camello, cuyos vaivenes algunos comparaban a las mecidas de una cuna, nadie se libraba del desgaste físico de una travesía que duraba meses, incluso años.
Había llegado a los límites de la extenuación, se había preguntado por qué se aventuraba a tantos peligros, por qué no cambiaba de profesión, por qué no se hacía sedentario como tantos parientes y amigos.
Esas preguntas se las había hecho en mitad de yermos castigados por un sol que abrasaba los pulmones, en mitad de eriales infestados de escorpiones que atacaban a las cabalgaduras.
Pero Esdras era un hombre fuerte. Un hombre que había sido capaz de superar esos trances así como el desaliento y las dudas. Un hombre que había ido y vuelto innumerables veces, consciente de que la desolación acecha y asalta de improviso al viajero.
Había aprendido a convivir con ella, no permitiendo que tuviese sobre él demasiado poder. En algunos momentos la debilidad lo había hecho trastabillar pero no ceder. La desolación no podía vanagloriarse de ninguna victoria prolongada.
¿Por qué ahora, con toda su experiencia, con todo el arrojo que había demostrado a lo largo de los años, sentía esa inquietud ante el último viaje que iba a hacer?

Nota.-En esta entrada puedes leer el relato completo.

II
¿Cuántas veces lo había pensado? Las mismas que había pospuesto ese deseo. ¿Cuántas veces se había preguntado si servía de algo, si tenía sentido? Las mismas que había emprendido otro viaje comercial.
Le hubiese gustado cerrar los ojos y haber ido y haber vuelto, estar otra vez en su ciudad, en su cómoda y fresca casa con tres terrazas, que todo hubiese pasado ya. Esta era, se dijo, la transacción más difícil de su vida.
Pero cerrar los ojos significaba renunciar, acoquinarse, convertirse en un personaje, en un notable de la ciudad respetado por todos salvo por sí mismo.
El objetivo de este último viaje era una montaña. No una montaña coronada de nieve sino una montaña pelada y pedregosa.
Iba, se dijo con un conato de sonrisa, con una mueca que pretendía pasar por sonrisa, al encuentro de su propia desolación.
Se puso en marcha, pues. Se despidió de los suyos sin decirles adónde iba. Mandó que aparejaran y cargaran su camello con lo necesario, y partió solo.
Salió muy temprano, como de costumbre. Sigilosamente. Como un amante que se escabulle con las primeras luces, antes de que la casa y la ciudad despierten.
Se alejó en dirección oeste, invocando la protección de los patriarcas, poniéndose bajo el amparo de Abraham, que también partió una mañana en compañía de su hijo Isaac para un horrendo sacrificio.
Un temblor recorrió sus miembros. Su salud era buena. La temperatura era agradable. Sin embargo, tiritó como quien tiene fiebre o frío.
Él no era un elegido, como Abraham. Era un simple mercader que había traficado principalmente con maderas. Era un simple mortal que había emprendido un viaje cuyo fin no había revelado a nadie. En caso de haberlo hecho, lo habrían tomado por loco.
Algunos pensaban que partía en busca de una nueva ruta comercial, y él dejó que creyeran eso. Su mujer sospechaba que ése no era el motivo, pero acostumbrada a sus silencios se abstuvo de mostrar su recelo y su disconformidad. Fue la única que estaba levantada cuando él se fue, y que lo vio alejarse en dirección oeste, como si fuera a Tiro o a otra rica ciudad fenicia.
Mientras avanzaba, reconoció que no era un hombre de fe. Él era un hombre testarudo y hábil a la hora de negociar. Tenía los recursos de un chalán y el empaque de un doctor de la ley. Sabía persuadir e impresionar. Nada de lo cual iba a servirle ahora.
Al cabo de cinco horas dejó el camino que llevaba a la costa, y se desvió hacia el sur. Pero no se dirigió a las ciudades del interior sino al desierto.
El cielo estaba despejado. Ni una nube deshilachada. Ni una de esas pinceladas blancas que se diluyen en la profundidad del azul. La jornada prometía ser calurosa.
En el pueblo de Fujayrah pidió alojamiento en casa de un conocido. Luego se uniría a una caravana. A su anfitrión lo extrañó verlo solo, pero no se entrometió. A sus preguntas corteses Esdras respondió con vagas explicaciones.
Tuvo que quedarse en Fujayrah dos días. Ése fue el tiempo que necesitó la caravana para reorganizarse, pues se le había unido un nuevo contingente de mercaderes y viajeros.
La larga comitiva partió al tercer día, desenrollándose como una serpiente cuya cabeza se adentraba más y más en el desierto. Esdras se sumó a ella sin mezclarse con sus miembros.

III
Esdras hizo seis etapas con la caravana. La abandonó a la altura del macizo de Shariqa, desde donde prosiguió su camino hacia la península.
Durante el trecho en común se mantuvo serio y distante. Sus compañeros de viaje comprendieron que el viejo mercader judío no estaba interesado en relacionarse con nadie.
Lo observaban con curiosidad, a hurtadillas, intrigados por el destino de ese viajero solitario. A veces lo invitaban a compartir su comida. Esdras aceptaba con un leve asentimiento de cabeza, pero sus sobremesas eran cortas. En cuanto la cortesía lo autorizaba, se despedía de sus anfitriones.
Durante esa parte del trayecto estuvo luchando consigo mismo. ¿Por qué se cuestionaba su decisión? ¿Por qué se planteaba romper la palabra que se había dado a sí mismo?
En su interior ascendían globos de angustia que explotaban en su pecho, dificultándole la respiración, ya afanosa a causa del calor y del polvo.
Pero era verdad que, si no oponía resistencia, si dejaba que los acontecimientos siguieran su curso sin intervenir, esa marea de ansiedad subía y bajaba, regresando a la profundidad de donde había surgido.
A la vista del macizo de Shariqa, en una bifurcación del camino, Esdras tomó el ramal de la derecha y la caravana el de la izquierda. Ahora la soledad sería total.
Estaba a las puertas de la península. Aunque había visitado el yébel hacía años, no estaba seguro de su ubicación. Se hallaba al sur, pero en aquella inmensidad desértica el riesgo de extraviarse era alto.
Con el camello de reata, se puso a andar, que era lo que había hecho la mayor parte de su vida, andar sin descanso, consciente de que si se paraba, no alcanzaría su destino. El mero hecho de andar era una triaca contra el veneno de la angustia, un medicamento que diluía los malos humores, un medio de sosegar el ánimo.
Andar obstinadamente le impedía pensar demasiado. El esfuerzo físico de la marcha absorbía su atención que sólo podía concentrar en los accidentes del terreno.
Andaba como si llevara anteojeras, con los ojos fijos en el suelo para ver dónde ponía los pies, con la cabeza gacha, mirando a veces a su alrededor para comprobar innecesariamente que el paisaje se mantenía fiel a sí mismo.
Enormes rocas de color ocre. Vegetación escasa. Arriba el cielo de un azul apagado. Abajo la tierra parda como un sayal desteñido.
Pero tuvo que dejar de andar porque ni de noche, consultando las estrellas, ni de día, escrutando la órbita solar, conseguía despejar sus dudas acerca de la situación del yébel.

IV
La solución que plugo al Altísimo, fue enviarle un grupo de beduinos que conocían el desierto como la palma de su mano, y que le indicaron dónde estaba el yébel.
Estos nómadas de túnicas y mantos blancos, con la cabeza envuelta en turbantes azules o rojos, le dijeron lo que él ya sabía: que debía seguir andando en dirección sur. Y añadieron lo que él necesitaba saber: debía llegar a un gran cauce seco y pedregoso. “¿Un barranco?” preguntó Esdras. Los beduinos gesticularon y rieron. No entendían esa palabra, pero respondieron que sí.
Tras cruzar el “uadi” seco, más allá, al oeste, se encontraba el Sinaí.
Esdras siguió adelante pero no tan de prisa como hasta ahora, controlando su ansiedad, que seguía acechando.
Poco después se desencadenó un vendaval que lo obligó a interrumpir la marcha.
Esdras lo interpretó como una señal. Su angustia se había transformado en ese viento huracanado cuya fuerza era superior a la del camello y a la suya, pero que, si conseguían soportar sus embates, desaparecería, se desvanecería en ese espacio vacío comprendido entre el cielo y la tierra.
El vendaval se arremolinó alrededor de ellos, se convirtió en un torbellino que amenazaba con engullirlos, pero resistieron, tuvieron suerte, y la fatal absorción no se produjo.
Cuando el viento se fue, Esdras y el camello se pusieron en pie, y continuaron hacia el Sinaí, cuya mole se dibujó pronto en el horizonte.

V
Esdras miró el monte que se elevaba abrupto. Buscó con los ojos una senda y no encontró ninguna. Por último, localizó una depresión del terreno, un ramblizo, que le permitiría ascender hasta la cima.
La desnudez del yébel lo sobrecogió. La ausencia de vegetación era completa. Esa inmensidad ocre se recortaba majestuosa sobre el azul del cielo.
Inició el ascenso por la ladera norte. Pensó en las riquezas que había dejado atrás, en las piezas de oro y en los objetos de cobre que había acumulado a lo largo de su vida, en las maderas del Líbano, en el lapislázuli de Afganistán, en las turquesas y otras piedras preciosas, en el incienso, en el marfil, en los animales exóticos del país de Punt que había traído de sus largos viajes, y que habían sido el asombro de todos, atrayéndole clientes y multitud de curiosos.
Nada de eso lo había colmado. No quería decir que todo había sido un engaño. Pero ni las riquezas ni la posición social apagaron su sed de infinito. Y después estaba también ese incomprensible deseo de olvidar. De olvidarse de sí mismo. De vivir en la alegría del olvido de sí mismo.
¿No habían sido esa sed y ese deseo los motores de todas sus empresas comerciales, de sus continuos desplazamientos en busca de productos caros y originales? ¿No había sido ese reconcomio la razón última de su permanente desasosiego?
Y por supuesto lo era de esta visita al monte Sinaí, ante el que una vez, hace muchos años, hizo la solemne promesa de que regresaría sola y exclusivamente para honrar al Altísimo, para ofrecerse, para obedecer su mandato aunque éste fuera el de repartir sus bienes.
El Sinaí había sido un centro interior inaccesible. Ahora lo estaba escalando y lo coronaría.
Este era el único viaje de su vida que no hacía por razones prácticas, es decir, económicas. El único viaje que era un objetivo en sí mismo, desde su inicio hasta este trabajoso ascenso hacia una cima desolada.
Este viaje podía ser considerado un acto de valor, una afirmación de su vacilante fe y de su quebradiza esperanza.
Ahora que avistaba el final -había tenido que esperar hasta ahora, hasta encontrarse cerca de la consumación de su vida-, esa fe, esa esperanza, ese deseo, ese impulso, esa llamada, como quisiera nombrarlo, reclamaba su pago.
Él, Esdras el mercader, que había hecho frente a tantos peligros, que había sido infatigable en la lucha cotidiana, había pospuesto indefinidamente el viaje primordial, había ido retrasándolo hasta este momento en que la subida al monte se le hacía tan ardua.
No lo sostenía la seguridad en sí mismo, en sus habilidades, en su don de lenguas, en su seductora sonrisa, sino su confianza en el encuentro.
La única cuestión importante, la única que merecía la pena plantearse concernía al tipo de manifestación que iba a producirse.
Luego regresaría a su ciudad, luego podría morir tranquilo, como los patriarcas que, tras una dilatada vida que les había permitido conocer a varias generaciones de descendientes, dejaban este mundo musitando palabras de agradecimiento.
No llevaba ninguna ofrenda. El rico mercader subía con lo puesto. Sus fuertes manos de dedos nudosos, surcadas de gruesas venas azules, con una banda de pelos en el tercio exterior del dorso, unas manos de las que siempre se había sentido orgulloso, estaban vacías.

VI
Llegó exhausto a la cima, con las piernas doloridas y el corazón palpitante. Era evidente que había calculado mal sus fuerzas. Su intención era arrodillarse y orar, pero antes tenía que recuperar el aliento.
Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en una roca, y cerró los ojos.
Le vino un fuerte olor a trementina que aspiró placenteramente. Ese aroma fuerte obró los efectos de las sales que se utilizan para reanimar a los que se han desvanecido.
¿De dónde podía venir esa fragancia que le había restituido la vitalidad? Abrió los ojos y se puso en pie. Acercándose al borde de la plataforma, contempló una multitud de terebintos que se extendía hasta donde la vista podía alcanzar.
Los arbolitos de un verde oscuro se le antojaron a Esdras pebeteros en los que ardían sin llamas costosos perfumes.
A sus años, pensó burlonamente, se estaba convirtiendo en un poeta, en un mago de las palabras.
Observó que las formaciones rocosas, tan cerca de las cuales había pasado sin advertirlo, lanzaban destellos, minúsculos relámpagos, como si estuviesen sembradas de miles de puntas de diamantes.
La mente del mercader, poco dada a los fantaseos, explicó este fenómeno como una consecuencia del cuarzo incrustado en la piedra y la incidencia de los rayos solares. En cualquier caso, ese espectáculo luminoso era magnífico.
También había cerros de poca altura, redondeados, turgentes, que daban al paisaje un toque femenino. Nunca había sospechado que la península del Sinaí encerrase estas maravillas, aunque tampoco lo sorprendía en exceso, pues en ella habían tenido lugar grandes prodigios.
Esas suaves lomas se asemejaban a dunas costeras. Tras ellas se adivinaba el mar. La cercana presencia del mar, con su murmullo incesante, con sus aldeas de pescadores.
Esdras decidió pernoctar en la cima del Sinaí. Era una iniciativa arriesgada, pues la temperatura descendía mucho y él había dejado todo su equipaje abajo.
Pero de momento no hacía frío, se sentía bien. Durante la noche se encomendaría al Altísimo, se acogería a su misericordia. El cielo estrellado, visto desde allí arriba, tenía que ser el contrapunto grandioso a la belleza terrenal.

 

 

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                                     II
Ese día llegó. Mi madre se levantó temprano, mucho antes de que amaneciese, y me preparó tortas de arroz. Amasó la harina con agua y, sobre las piedras del hogar, coció tres tortas que envolvió en un paño limpio. Ese era mi condumio para el camino.
Tengo grabada en la memoria la imagen de mi madre vestida con su sari bermellón, amasando la harina y dándole forma a las tortas con las manos, al lado del fuego. Esa imagen me ha acompañado en todas mis andanzas.
Mi madre no salió a la puerta a despedirme. De hecho, no nos despedimos. Yo pensaba regresar, mi madre esperaba volver a verme. Decir adiós nos pareció un gesto de mal augurio. Ambos somos además bastante inexpresivos.
Mi abuela me había aleccionado bien con sus historias. Pero tuve que aprender por mí mismo, dolorosamente, que la victoria no es el objetivo, ni tampoco los placeres, a los que se entregaban mis compañeros, los cuales me increpaban cuando me abstenía de participar en sus francachelas.
En los momentos difíciles, cuando era insultado por mi comportamiento extraño, me acordaba de mi madre y de sus tortas de arroz. Veía su figura con nitidez, inclinada sobre el fuego o mezclando el agua y la harina en una artesa. A su alrededor bullían las tinieblas, en cuyo centro ella destacaba como una divinidad.
El desaliento hizo presa en mí. Muchas veces me sentí abatido. Conocí los embates del miedo. No creo, sin embargo, haberme comportado nunca como un cobarde. Las enseñanzas de mi abuela estaban ahí para cortarme la retirada.
Poco a poco aprendí lo que ella me repetía: “Lo importante es combatir”. Combatir sin pensar en las ganancias o en los resultados de nuestras acciones. Eso era lo que el dios Krisna había aconsejado a mi homónimo.
La felicidad es una quimera. En cuanto a la paz, se consigue si uno obra desinteresadamente.

III

Soy moreno. Mi piel es oscura. Durante mucho tiempo no entendí por qué me llamaron Arjuna, por qué mi abuela insistió en que me pusieran el nombre de uno de los hijos de Pandu. El nombre de un príncipe. El blanco. El resplandeciente.
Mi madre tenía más fe en los Deva que en los príncipes de esta tierra. Ella habría preferido que me llamasen de otra forma, pero acató la decisión de su suegra. El mundo de mi madre estaba poblado de ángeles y demonios. Del de mi abuela esos seres estaban ausentes.
En la guerra fui un arquero lo bastante hábil para cumplir mi cometido honestamente y para sobrevivir. A veces me felicitaron por mi destreza. No estoy orgulloso de haber disparado flechas incendiarias, que son las más devastadoras, pero tuve que hacerlo cuando me lo ordenaban. Entonces me encomendaba al dios Agni y cumplía con mi deber.
Tal vez me habría gustado ser poeta y ensalzar la gloria de Brahma cuyos días duran cuatro mil trescientos millones de años. Recrear los avatares de Visnú ante un atento auditorio. Cantar la belleza de las flores de loto que tanto gustaban a mi madre, y que iba a cortar a los ríos y estanques donde crecían para adornar los altares o nuestra propia choza. Contar las infinitas historias que genera la Rueda de la Vida en su incesante girar.
Cada uno es lo que tiene que ser, lo que le toca ser. Esas palabras encierran una sabiduría que la mayoría de la gente rechaza, que yo mismo he tardado mucho tiempo en comprender.
La ignorancia nos impulsa a rebelarnos. Nuestra grandeza radica en aceptar nuestro destino.

 

 

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                                         I
Me llamo Arjuna, como el príncipe. Yo soy de piel tostada y pelo negro como el ébano. Nada de resplandeciente tiene mi aspecto. Soy normal en todos los sentidos, es decir, vulgar, como la mayoría de los seres humanos que conozco.
Mis primeros recuerdos tienen a mi abuela y a mi madre como protagonistas. La primera me contaba historias de guerra, de enfrentamientos entre grandes señores. Decía que la vida era así. Decía: “La vida es eso”.
Sus relatos estaban llenos de trompetas sonando que convocaban a los soldados para la batalla, que los enardecía e incitaba a ser valientes. De tambores cuyos redobles impedían pensar en la familia, en el terruño, en todo lo que dejaban atrás. De cuernos cuyo sonido no puedo escuchar sin un estremecimiento. De los sonidos de la guerra.
Para tranquilizarme mi abuela me decía que me pintaba esos cuadros para fortalecer mi espíritu.
Mi madre no participaba. Escuchaba y seguía faenando al lado del fogón. Mi madre era una mujer callada que tenía un gran respeto a su suegra. A veces la descubría mirándome de una manera especial, como si yo la apenase, como si, sabiendo lo que me esperaba, quisiera cambiarse por mí.
Pero nadie puede vivir la vida de otro. Cada uno tiene que vivir su propia vida. Y cuanto antes acepte esta verdad, mejor que mejor. Las dilaciones sólo enredan todavía más lo que ya de por sí es complicado.
Las dos mujeres tenían razón. Mi abuela con sus palabras y mi madre con su silencio. Yo quería a las dos. Sentía que la primera me empujaba, y que la segunda me retenía. Era consciente de esa doble maniobra contradictoria. Mi abuela, que había perdido a su hijo en una de esas refriegas sangrientas, a mi padre, actuaba así movida por su conciencia del deber. Para ella el deber era lo primero, lo más importante. Cuando ella afirmaba que había que asumir sin vacilar nuestras responsabilidades, mi madre, aunque pensase otra cosa, aunque le hubiese gustado matizar, rebajar el tono perentorio de ese dictamen, aunque yo advirtiese su incomodidad, no se atrevía a replicar a su suegra.
No hablaba porque su propia conciencia del deber no le permitía tomarse semejante libertad.

 

 

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Los olvidos

Mientras tomábamos una cerveza, mi amigo Pablo se desahogó. Mirándome a los ojos y en un tono apremiante, como si estuviera pidiéndome cuentas o echándome una bronca, me espetó: “¿Por qué en lugar de decir las cosas hay que atacar?”.
Aunque sabía que no se refería a mí, me sobresalté. Fui a replicar que no tenía ganas de participar en un psicodrama, pero él, que estaba serio, un pelín enervado, haciendo caso omiso de mi conato de expresión, prosiguió diciendo:
“Si he tenido un olvido o una distracción, basta con que me la señalen, basta con hablar claramente. Entiendo que ese olvido la haya molestado” “Por supuesto”.
“Ésa no es la mejor manera de corregir una falta” “De reeducar” “¿Se consigue algo dando aguijonazos?” Como advertí que se trataba de una pregunta retórica, callé y esperé.
“No” respondió él mismo, “el otro se pone en guardia y se siente confundido porque no tiene la menor conciencia de culpa. Y cuando reconozca que ha incurrido en un error, se rebelará porque considerará desproporcionada la relación entre la causa y el efecto”.
“¿Actuamos nosotros así?” Negué, naturalmente, y expuse doctoral: “Esas maneras de proceder obedecen a antiguas grabaciones. Son comportamientos aprendidos en la primera infancia que conforman los estratos más profundos de nuestra personalidad. Esquemas y expectativas procedentes de la filosofía familiar que son esgrimidos como un modelo social inapelable”.
“Como le gusta tanto porfiar, si entras en el juego, estás perdido. Será una discusión interminable. Pero yo me bajo pronto del burro. Si quiere la perra gorda, ahí la tiene, para ella” “Es lo mejor que se puede hacer: no echar leña al fuego” “Odio las peleas” “Yo también”.
“Puedes dar una respuesta o tener una salida humorística” le aconsejé. “¿Gastarle una broma? Eso sería peor porque la tomaría en serio, la interpretaría literalmente y la madeja se liaría mucho más. Es mejor dejar que pase ese nubarrón. Lo tengo comprobado: cualquier cosa que diga o haga es utilizada en mi contra”.
Reconocí que su actitud era la más sensata. “No vayas a pensar que aguantar un chaparrón es agradable” “No pienso tal cosa. Pero lo más prudente es lo que tú haces: callar” “¿Qué voy a hacer si no quiero volverme loco?”.
“Con las buenas cualidades que tú tienes” lo animo, “haces trabajos de fontanería, de electricidad, de albañilería. Haces una caldereta de cordero que está para chuparse los dedos. Eres un sol” “Fíjate si no lo fuera”.

 

 

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                                        II
Iba recelosa porque Manolita no sabía venderse ni dramatizar. Los demás la apresaban inmediatamente en sus redes, haciéndola sentir como una mosca en una telaraña, aunque a diferencia de la mosca ella se debatía poco, aceptando su destino con un alto grado de resignación.
El resultado era que ella permanecía con la boca entreabierta escuchando las historias del prójimo y guardándose las suyas.
Otro rasgo de su carácter, relacionado con el anterior, que le creaba todavía más problemas, era que no sabía plantear las cosas. Tenía la desgraciada habilidad de exponer los argumentos de forma que la perjudicasen o ella quedase en entredicho. Casi siempre salía malparada, casi siempre acababa responsabilizándose de lo que no le concernía o justificando lo que no le importaba.
Como una vez le dijo su amiga Encarnación en un tono que no le gustó: “Parece que te gusta tirar piedras sobre tu propio tejado”.
¿Qué podía hacer? El carácter es el destino de una persona. Alguna vez se había sublevado, pero sus rebeliones eran tormentas de verano que no dejaban recuerdo de su paso. Tras esos arrebatos ella volvía a ser la que era.
Ciertamente era una pesada carga haber nacido para chivo expiatorio, haber nacido para asumir las faltas ajenas, como si las propias no fueran suficientes.
No llamó a la puerta, pues la confianza que había entre ambas le permitía entrar de rondón. Una vez cruzado el zaguán, no fuera a asustarse si de pronto la veía allí, alzando la voz pronunció el nombre de su amiga: “¡Encarnación!”.
Pero Encarnación no respondió. Manolita repitió el nombre varias veces. El silencio era absoluto. Eso la escamó.
Manolita siguió adentrándose en la casa un poco más despacio. Dirigió sus pasos a la cocina, que era donde debía de estar su amiga en esos momentos.
Pero al llegar a la altura del cuarto de estar y mirar, la encontró sentada en el sillón de orejas en el que pasaba las tardes haciendo crochet o viendo la televisión. Tenía tal cara de circunstancias que a Manolita no le cupo duda de que algo gordo había ocurrido.
Tiesa como un ajo y con las manos reposando sobre su falda, presentaba una imagen de gravedad a cuyo influjo Manolita no pudo sustraerse. Estaba claro que había llegado en un mal momento. Y además ella se había presentado sola, sin que nadie reclamase su presencia.
Antes de interesarse por la aflicción de su amiga, se preguntó por qué ella no podía sacar partido de sus penas y achaques como todo el mundo. Ella no aspiraba a ser el centro de atención ni a que le rindiesen pleitesía. Ella no era ni presuntuosa ni resabida. Al contrario, esas actitudes le desagradaban.
Ni era de las que se empecinaban en llevarse el gato al agua. Ni se ponía más moños de los que le correspondían. Pero sí le gustaba, como a todo hijo de vecino, que la escuchasen, que simpatizasen con ella, que reconociesen sus méritos y desgracias.
Dando dos o tres pasos hacia Encarnación, que había acentuado su cara de alguacil, en un tono afable dijo: “¿Tú también has pasado una mala noche?”.

 

 

 

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                                         I
Antes de ir a casa de Encarnación lo pensó dos veces porque conocía bien a su amiga y se conocía bien a sí misma. Y lógicamente concluyó que la visita podía convertirse en una trampa.
En el otro platillo de la balanza pesaba que Encarnación era la única persona que tenía cerca, y con la que tenía la suficiente confianza para acudir a ella en esos aciagos momentos.
El problema de Manolita era que iba por lana y salía trasquilada. Eso era lo que la paraba antes de dar el siguiente paso. Lo que hacía de ella una mujer reflexiva a pesar de sus escasas aptitudes y de su nula inclinación por los montajes mentales.
Le había estado doliendo el costado izquierdo y la espalda toda la noche, a la que cuadraba pintiparada la coletilla “de perros”. Por esa razón no pudo pegar ojo.
Por último, el dolor se le pasó a la parte posterior de la cabeza. Cuando se quiso levantar, le entraron tales mareos que tuvo que desistir, echándose sin querer sobre el lado que la martirizaba, por lo que tuvo que dar media vuelta rápidamente, quedando destapada y sin fuerzas para cubrirse con la manta.
El dolor de cabeza se agudizó y ella pensó que iba a volverse loca. Con mareos y todo, tuvo que levantarse, ir a la cocina y calentar un poco de leche para tomar dos Tonopán, porque si se tomaba las grageas con agua, le darían ardor de estómago, y bastantes molestias tenía ya.
Luego, apoyándose en la pared como si estuviera borracha, volvió a la cama donde se inmovilizó sobre su lado bueno, el derecho.
De la cocina se había traído una bolsa de plástico con hielo para ponérsela en la cabeza. Sosteniendo la bolsa con una mano, en posición semifetal y más quieta que un muerto, aguantó el resto de la noche.
Así la sorprendió la claridad del nuevo día que se coló en la habitación por los postigos entornados de la ventana. Pese a ser tempranera, Manolita no se dio por aludida y esperó todavía un buen rato antes de intentar ponerse en pie.
Desde que muriera su hermana Gertrudis, ella vivía sola y no tenía con quien compartir sus desdichas. Por eso, siendo consciente de que se exponía a un peligro, después de asearse y vestirse pero sin desayunar, se dirigió a casa de su vecina Encarnación.

 

 

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En nuestro trabajo hay mucho papeleo y reuniones inútiles que se multiplican en determinadas épocas del año, acaparando nuestro tiempo y nuestra energía. Esta fue la razón de que una de mis compañeras, haciendo un gesto de desánimo, exclamase: “Estoy agotada. No sé si voy a tener fuerzas para llegar al final de la semana”.
La que ocupaba el asiento del copiloto se volvió y le dijo: “Pues lo que tienes que hacer es darte un homenaje”.
A pesar de no ser muy expresiva, la primera que habló puso una inconfundible cara de no haber entendido. “¿Un homenaje?” repitió como un eco.
Era evidente que estaba pensando en un acto de reconocimiento a Lola Flores, a Juanito Valderrama, a la Legión, al Real Betis Balompié o a cualquier capitoste de la bien nutrida nómina con que cuenta nuestra sociedad.
La otra confirmó el veredicto: “Un homenaje, sí, un homenaje”.
Como la primera, desconcertada, se volviera hacia mí y se me quedara mirando, le expliqué: “Eso es lo que hacen los yonquis cuando quieren disfrutar a tope. Se encierran en su casa varios días y se ponen de droga hasta las orejas”.
“No querrás tú que yo haga tal cosa” “No estoy diciendo que te des un chute de heroína sino un capricho. ¿Qué es lo que te gusta más?” “El café” “Pues ve a una tienda especializada que hay en el Arenal y compra Blue Mountain” “¿Y eso qué es?” “El mejor café del mundo. Y el más caro, por supuesto” “¿Cuánto cuesta?” “No estoy segura, pero un puñado así –dijo mostrando la palma de la mano ahuecada- te puede salir por veinte euros” “Qué disparate. Me voy a tener que gastar una fortuna porque con eso no tengo ni para empezar. Yo me llevo bebiendo café todo el día. Por la mañana me tomo por lo menos tres tazas. Después del almuerzo otra. A media tarde una o dos más”.
“Pero tú puedes permitírtelo. No estás casada, no tienes hijos. Tienes tu piso libre de hipoteca, una casa en el pueblo” “Y también tengo a mi madre que está achacosa” “Pero tu madre tiene su viudedad. Vosotras tenéis una posición muy desahogada” “Eso es lo que tú crees” replicó la primera un tanto mosqueada. “Vamos a ver: ¿qué gastos tienes tú?” “Y a ti qué te importan los gastos que yo tengo”.
Tras este rifirrafe dialéctico el silencio se instaló en el coche. Por primera vez en mucho tiempo tuvimos un viaje apacible.

 

 

 

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Probaría una vez más. Era la última moneda que le quedaba. Aunque quisiera, ya no podría seguir jugando. De todas formas, ya se había quedado sin dinero para el bocadillo. Podía pedir prestado, pero desechó esa idea, pues no tenía suficiente confianza con sus compañeros de clase, y con su paisano no quería negocios.
Introdujo el duro en la ranura y la máquina, a juzgar por la musiquilla que emitió, se puso la mar de contenta. Apareció automáticamente la primera bola que, tras coger y soltar el muelle, salió disparada por el canal. El juego empezaba.
Con el dedo índice sobre los botones que accionaban los flippers, observó la entrada de la bola en el tablero inclinado para prever su recorrido. Fruto de su experiencia, tenía buen ojo clínico. Había tres o cuatro itinerarios posibles, si cogía el peor la bola se iría de rositas.
Tuvo suerte relativamente porque la condenada tampoco optó por el mejor camino, sino por uno intermedio con agujeros de donde era expulsada en diversas direcciones.
Estaba tan absorbido en las idas y venidas de las bolas por el tablero que no se dio cuenta de que sus compañeros se habían ido, el cicatero que estudiaba en el mismo instituto que él, y los que iban a otros centros.
Se había quedado solo en el bar, ante la máquina que no sabía siquiera cómo se llamaba exactamente.
Tampoco se percató de las miradas críticas que le lanzaba el dueño del establecimiento.
Resultaba que la puntuación obtenida era cada vez más alta y él ganaba partidas gratis una tras otra. Estaba en vena. En su vida había tenido tanta suerte. No iba a abandonar ahora y dejar que otro disfrutase de su buena racha. O que nadie se beneficiase de ella.
Las bolas chocaban contra los obstáculos hechizando al jugador, que no pestañeaba. Le encantaba el ruido metálico que hacían cuando eran golpeados. Había clavos, arcos, estrechos pasillos oblicuos y esas especies de setas luminosas y cantarinas que eran las que proporcionaban los puntos, y contra las que lanzaba las bolas con toda la fuerza de los flippers.
A veces la bola se volvía loca y en lugar de bajar por el plano inclinado, se ponía a rebotar en las gomas y las setas haciendo que el marcador ascendiera velozmente. No estaba claro si era la máquina o el jugador quien había perdido la cabeza.
En cualquier caso, él experimentaba la misma excitación. Tenía motivos para creerse un as de los billares electrónicos. Los resultados obtenidos, las partidas ganadas lo acreditaban.
El muchacho no era consciente de su estado de nervios. Pulsaba los botones con rabia, lanzaba la nueva bola con un golpe fuerte de la palma de la mano, profería exclamaciones de júbilo o de decepción. Estaba ajeno al mundo que le rodeaba.
Para jugar las partidas acumuladas habría necesitado toda la mañana. La primera hora de clase ya había pasado, la segunda corría. A lo sumo podía incorporarse en el recreo. Pero este pensamiento se disolvió sin dejar rastro. Había decidido hacer novillos. Hoy era su día de suerte. Cuándo se vería en otra.
Pero en esto la maquina dejó de funcionar, sus luces se apagaron, sus dispositivos enmudecieron. La bola en juego, chocando aquí y allá, descendió hasta ser engullida por la abertura situada en la base sin que él pudiera impedirlo.
Se dio media vuelta y vio al dueño del bar y a otros parroquianos que lo estaban observando. Al principio no comprendió lo que ocurría. Fue necesario que, en un tono desabrido, el dueño le dijera: “¿No te parece que ya está bien?”.
El muchacho no se atrevió a replicar nada. Cogió sus libros que había dejado en una silla cercana, y se fue.

 

 

 

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