Feeds:
Entradas
Comentarios

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Ese pájaro de alas verdiazules
que va a cruzar el cielo
es tu propio coraje
alzando al fin el vuelo

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

 

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

[Déjate fluir]

Déjate fluir
como un río tranquilo.
Que tu fuerza se expanda
desde el fondo de ti.

¿Acaso no hay un tiempo
para todo en la vida?
¿No te basta el afán
nuestro de cada día?

Deja ya de correr,
deja ya de agitarte,
déjate ser
sin broncas, sin sarcasmos,
sin justificaciones.

Si tienes que apostar,
apuesta sin temor
y deja que la vida
se organice a su amor.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Nico

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Sobreponte (y V)

                              Julián

38.-A Julián le pasaba como a Teresa y a la mayoría de la gente. No entendía que lo que para él era un placer, más aún, lo que objetivamente sólo podía ser definido como tal, para otras personas fuera un suplicio. Esa posibilidad descabellada sólo era digna de tomarse a broma.
En su cabeza no cabía que lo que a él le chiflaba a otros les produjese terror. En su interior no sonaba tampoco una alarma tocando a rebato, como les ocurría a Loli, a Amador, a Pablo, una alarma, un grito sordo, que anunciaba la negra marejada ante la que no había defensa posible, la insidiosa invasión de todas las parcelas de su ser.
Rara vez o nunca había experimentado esas somatizaciones que dejan fuera de juego a quienes las sufren, los efectos de esos mecanismos infernales que escapan a la voluntad, que se disparan solos, no siendo desatinado hablar de posesión puesto que se está bajo la férula de un demonio.
Julián, un hombre serio, tirando a envarado, un modelo de ciudadano, siempre a la altura de las circunstancias, con su ración de prejuicios de los que nadie está libre, capaz de resistir cualquier acto protocolario por largo y tedioso que sea, conversador mediocre pero manejando los clichés con la soltura que da la práctica, haciendo un aspaviento, preguntó a su primo Raúl, que cojeaba del mismo pie que Loli y los antedichos: “¿Pero tú por qué te angustias?” Raúl no respondió nada, pues no valía la pena. Entrar en explicaciones era engorroso e inútil. Además, Julián no se las estaba pidiendo. Sólo quería darle un consejito paternal acompañado de una afectuosa palmada en el hombro. “Lo que tienes que hacer” dijo “es sobreponerte. Los acontecimientos sociales son una ocasión de relacionarse y lucirse. Aprovéchalos y no te obsesiones. Mírame a mí”.

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Sobreponte (IV)

                              Teresa

37.-Teresa no sufre en absoluto ataques de ansiedad ni nada parecido. Goza de buena salud tanto física como psíquica, por lo que da gracias al cielo
Mujer elegante y educada, apartando un rizo de la frente con un dedo en el que luce un anillo con un brillante, contaba con generosas dosis de sorna lo que había hecho Pablo, su consuegro, para asistir a la boda de su hijo y de la hija de Teresa.
Le fue necesaria una preparación psicológica que duró varias semanas, de las cuales la última se retiró además a un balneario. Como Teresa se apresuró a apostillar, lo que estaba diciendo sonaba increíble. Cualquiera que la escuchase pensaría que era un invento suyo.
Pues que quedara claro, recalcó, que ella carecía de tanta imaginación. Teresa tenía los pies bien plantados en la tierra. Su capacidad fabuladora era escasa o nula. La cantidad de detalles concretos que dio, incluidos los económicos, demostraban que ella había sido testigo de esa historia familiar.
Con retintín, en un tono influido por su propia cicatería, refirió que ese apuesto varón, de quien nadie a simple vista podía sospechar semejante debilidad, se había costeado una estancia en unas termas que incluía los servicios de un fisioterapeuta y de un psicólogo. Ella, al principio, pensó que ahí había gato encerrado. Pero su consuegra la convenció de que Pablo no la estaba engañando, no había otra mujer ni ningún asunto turbio. Pablo se había recluido para encajar el golpe, eso era todo.
Si su consuegra, en quien Teresa tenía confianza, confirmaba ese punto, es que esa ridiculez era verdad. Pero Teresa, presa de una súbita agitación, preguntó: “¿Qué hay que encajar?”
Como la cuestión pecuniaria la tenía siempre presente, añadió: “¿Sabes cuánto dinero se gastó o tiró?” Y me informó de la cantidad exacta que era elevada. Haciendo un gesto de desaprobación concluyó que esa actitud resultaba inaudita, notándose claramente que le hubiese gustado decir “estúpida”.
Ella no entendía ni quería hacer ningún esfuerzo por entender ese comportamiento que la sublevaba. El único problema de su consuegro era que se miraba demasiado el ombligo, y, como era rico, podía permitirse esos caprichos y extravagancias. Si estuviese en la situación de Teresa, iría al cuarto de baño a darse una ducha cuando quisiese relajarse.
Su veredicto era inapelable. Pablo era un maniático pudiente. Ya le gustaría a ella pasar una temporada en un balneario o en un buen hotel con mucha más razón, por todo lo que trajinaba y por tantas responsabilidades como tenía, que ese hombre de envidiable aspecto. O mejor aún: embolsarse ese dinero que, con la cantidad de gastos a los que tenía que hacer frente, buena falta le hacía.
Sus palabras rezumaban menosprecio. En la actitud de su consuegro no veía más que arrugamiento. Pero ella sabía cómo arreglar esa mojigatería masculina: dando un empujón al pusilánime para que entrase bien derecho primero en la iglesia y después en el convite.
No se le estaba pidiendo nada extraordinario. Sólo tenía que estar presente. No era él quien iba a oficiar la ceremonia ni servir el almuerzo. Lo que tenía que hacer era no comerse tanto el coco.
Ahí acertaba Teresa. Se trataba de estar presente sin mirar las salidas como un animal acorralado, de estar centrado en sí mismo y no disperso, en lucha con su creciente malestar.
Le pregunté a Teresa si ese recurso tan costoso dio resultado. Pablo, impecablemente trajeado, más que el novio que había optado por la informalidad, combinando chaqueta de vestir y pantalón vaquero, ambos de marca y con mucho estilo, pero que no por ello dejaban de ser lo que eran, como subrayó Teresa, a quien desagradó la libertad que se tomó su yerno el día de su boda, Pablo, que era a lo que íbamos, se comportó con toda normalidad, tranquilo, seguro, con una discreta sonrisa en los labios.

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

20 de noviembre de 2014 038

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Sobreponte (III)

36.-Estos episodios (“Loli”, “Amador”) más o menos chuscos son dignos de ser contados, pero no gozan del privilegio de la comprensión. La gente sonríe o ríe, pone una cara de extrañeza, pero no se toma en serio esos lances. Lo cierto es que trata de apartarlos de sí como si se expusiera a un contagio. Lo indiscutible es que, en un alto porcentaje, los rechaza, a veces con una nota de visceralidad. Esto quiere decir que, afortunadamente, la mayoría de las personas no sufre ese mal, que de todas formas está bastante extendido. Todo el mundo sabe lo que es un dolor de cabeza, conocimiento que facilita la empatía. Pero los ataques de pánico, la claustrofobia, los zarpazos de las neurosis obsesivas, los golpes de ansiedad, las fulminantes somatizaciones que dejan para el arrastre, todo eso es harina de otro costal. Cuando se cuenta o, sencilla y discretamente, se hace alusión a una experiencia de esta índole, el interlocutor, tal vez como reacción defensiva, se siente obligado a confesar que él se agobia también cuando va a El Corte Inglés, u otra pamplina semejante. Esta respuesta merece una réplica a la altura de su deprimente simpleza. Puesto que la otra persona no ha tenido, al menos, la deferencia de callar, es justo que se le diga: “¿Y quién te manda ir a El Corte Inglés? Compra en tu barrio. A mí ni se me pasa por el pensamiento pisar unos grandes almacenes”. Y decidido a mostrarse desagradable, se puede añadir: “Si vas, es porque ese agobio es para morirse de risa. Si ese sofoco tuviera algo que ver con lo que yo he referido, te quedarías en tu casa. Pero lo tuyo es una pose tan alejada de la agonía de la ansiedad como España de Nueva Zelanda”. Una pose o un remedo de una enfermedad tan acogotante que quien la padece de veras hará lo que en buena ley le correspondería hacer al otro: callarse respetuosamente y despedirse cuando su interlocutor acabe de desembuchar su ristra de sandeces, algunas de ellas malintencionadas y burlonas. Esta incomprensión, rechazo, desinterés o ignorancia no es privativa del ciudadano común. Afecta igualmente al personal especializado que atiende según los parámetros aprendidos, pero cuyo conocimiento teórico no lo capacita para un verdadero acto de solidaridad con el paciente. La mayoría de los médicos se limita a extender una receta. Seguramente, aunque quisieran, no podrían hacer otra cosa. Para hacerse cargo de ese vía crucis hay que haberlo recorrido, haber caído y saber lo que cuesta levantarse y seguir. Los comentarios conclusivos son la guinda de esta actitud generalizada, los cuales se pueden resumir en un consejito que debería estar legalmente penalizado. “Sobreponte” te dicen y se quedan tan frescos. “Hay que sobreponerse” te indican con una sonrisa benevolente como quien te pide que comas un kiwi en ayunas para solucionar tu problema, que no acaban de creer que sea real, que lo consideran fruto de una mente calenturienta, de una imaginación demasiado viva. ¿Qué cosa más fácil hay que comerse un kiwi? Pero lo que de verdad te están pidiendo, aunque en su inconsciencia ni lo sospechen, es que cruces a nado el estrecho de Gibraltar o escales el Everest, algo que está fuera de tus posibilidades y de las suyas.

Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

Sobreponte (II)

                            Amador

35.-Sabía a lo que se exponía pero no podía negarse. Era un compromiso del que no podía escapar salvo causas mayores, y no había ninguna. Como él decía: “Había que comérselo”. Con suerte no ocurría nada. A veces no ocurría nada. Es verdad que él no se hallaba predispuesto a un desenlace feliz. No porque lo quisiese desgraciado sino porque dentro de él bullía esa desazón que siempre se cobraba un precio.
Se vistió como un torero que tiene el presentimiento de la cogida y el revolcón en la arena. Pero no podía decir que no. Nadie entendería que se echase atrás cuando él era uno de los responsables de la organización, uno de los promotores de ese acto público al que concurriría un buen número de personas.
Para convencerse, tanto en el sentido de ir como de no ir, se repitió que él no era uno de los oradores. Su presencia no era necesaria, nadie lo iba a echar en falta.
Mientras se ponía la corbata, maldijo la decisión que tomaron a la hora de elegir el local. Como la mayoría estaba de acuerdo, él no se opuso, incluso tuvo la flamenquería de afirmar que le parecía un sitio estupendo.
El salón donde iba a tener lugar el evento estaba en las afueras de la ciudad, a varios kilómetros. Puesto que al final confraternizarían tomando una copa, acordaron que alquilarían autobuses para llevar a los asistentes. Amador hubiese preferido llevar su propio coche pero, dado que había unanimidad al respecto, no quiso sacar los pies del plato. Reinaba un ambiente de camaradería tan cálido que no se atrevió a desmarcarse.
Cuando acabó de arreglarse, Amador y su mujer se dirigieron al lugar de donde debían partir. Había bastante gente esperando. Amador sintió un vacío en el pecho, la luz de la tarde se volvió irreal, las piernas se le aflojaron un poco. Pero hizo de tripas corazón y sonrió, saludó a unos y a otros. Cuando llegó el momento, con las mandíbulas apretadas, subió al autobús.
La presión de la caldera interior era alta. Con suerte se mantendría en ese nivel que, sin necesidad de que se lo dijera su mujer, repercutía en sus orejas. Su mujer le había comentado que las tenía coloradas.
Cuando llegaron al local en las afueras de la ciudad, el agua de la caldera empezó a borbotear con más fuerza. Empezó a molestarle la corbata, la chaqueta, el bullicio. Aunque él no sudaba, tenía húmedas las palmas de las manos. Como tenía calor, le pidió a su mujer el abanico, pero ella no se lo había traído. Este olvido fue una auténtica hecatombe. “Voy a tener que salir a tomar el aire” dijo Amador desabrochándose el botón superior de la camisa.
Dar un paseo le había servido otras veces para hacer disminuir la presión, para tranquilizarse y reequilibrarse mínimamente.
Pero en esta ocasión le falló este recurso. La caldera siguió recalentándose. Amador, a pesar de que estaba a varios kilómetros de la ciudad, con mano temblorosa, sacó el móvil y llamó un taxi.
Cuando fue a buscar a su mujer y le contó lo que había hecho, ésta le dijo: “Pero ese taxi nos va a costar una fortuna”.
Se fueron sin dar explicaciones, se fueron lo más rápido posible porque Amador no aguantaba ni un minuto más. Su mujer no entendía esas reacciones que calificaba de rarezas, pero contaba con ellas cuando iban a un restaurante, al centro de la ciudad o a casa de un amigo en visita de cortesía. En realidad, a cualquier sitio público o privado.

 

 

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.