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15

El cochambroso taller, situado en la parte alta del pueblo, ocupaba una nave con tejado de uralita y paredes de ladrillos sin enfoscar, que había sido antes un gallinero. Las ventanas seguían cubiertas con un paño de tela metálica enmohecida. La única reforma era la relativa al hueco de la puerta que había sido agrandado.

La primera impresión no era alentadora, pero en ese taller disponían de coche grúa y habían accedido a reparar la avería del seíta en el mismo día.

Desde allí arriba se divisaba una buena panorámica de Aracena. Mientras mis tres compañeros disfrutaban de la vista, me di la vuelta y contemplé a un grupo de chavales que jugaban al fútbol.

Luego examiné las maquinarias herrumbrosas que había en la explanada. Sobre cuatro tocones mugrientos, al lado de un montón de hierros retorcidos, se erguía el chasis de un automóvil.

Toda esa chatarra llevaba tanto tiempo a la intemperie que estaba incrustada en la tierra y, alrededor de ella, crecían las ortigas y las lechetreznas.

“No te gusta demasiado este sitio, ¿verdad?” me preguntó Luisa. “La verdad es que no” “Lo importante es que esa gente haga su trabajo pronto y bien” dijo Pedrote.

“Por si las moscas, tendríamos que informarnos del horario de autobuses” terció Carmelina. “Yo no me voy a ir sin el coche” “Supón” planteó Luisa “que no tienen la pieza de recambio que hace falta. No vamos a quedarnos aquí hasta que la traigan, compréndelo”

“Por lo pronto vamos a esperar a que vengan los mecánicos con el seíta. Cuando le echen una ojeada y nos comuniquen lo que sea, hablamos” “Claro” dijo Pedrote. “Además, ninguno de nosotros conoce Aracena…”

“Yo sí” lo interrumpió Luisa. “Bueno, sólo tú” “Yo también. Pero hace tantos años que no me acuerdo de casi nada” “Lo que quiero decir, si me dejáis acabar, es que podemos dar un paseo y visitar los alfares” “Me encanta ver modelar el barro” comentó Luisa ahuecando las manos y dando forma a una vasija imaginaria.

Al poco tiempo apareció un land rover que traía enganchado al seíta. Los niños dejaron de jugar y observaron cómo el coche grúa describía un semicírculo y se paraba ante la puerta del taller.

Dos hombres de mediana edad bajaron de la cabina. Uno de ellos, con movimientos pausados, sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su camisa y encendió uno. Entretanto, el otro giraba la manivela de la grúa, desenroscaba tornillos e iba de aquí para allá con una llave inglesa en la mano.

Cuando el segundo mecánico acabó su trabajo, el primero arrojó la colilla al suelo y la aplastó con el zapato.

Me acerqué al seíta. Inspiraba lástima junto a ese batiburrillo de máquinas arrumbadas.

El cochecito de color verde botella tenía el aspecto de una oruga torpona. También sentía inquietud. No sabía cómo explicar la ausencia del motor y esa sería la primera pregunta que tendría que responder.

No me había atrevido a revelar este dato a mis amigos, pero ya no era posible seguir manteniendo el secreto.

 

 

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14

Cerca de donde estábamos, había una modesta gasolinera con un solo surtidor y un kiosco de madera pintado a franjas celestes y blancas. En el último tramo de nuestro viaje me había percatado de que el nivel de combustible había descendido casi a cero. Era una buena ocasión para repostar.

“¿No hay nadie?”.

Repetí la pregunta levantando la voz y esperé. Oí el ruido de los muelles de un somier. Al cabo de varios minutos apareció un hombre con los ojos hinchados.

“Buenos días” saludé. El empleado bostezó y dijo: “¿Cuánto le pongo?”.

Caí en la cuenta de que ese asunto tenía que haberlo consultado antes con mis compañeros. Los gastos eran comunes.

“No sé, cuatrocientas pesetas” “¿Cuatrocientas pesetas?”.

La perplejidad del empleado al escuchar esa ridícula cantidad me hizo reaccionar de inmediato. “No. Mil pesetas”.

Regresé adonde estaba aparcado el seíta y comuniqué a sus ocupantes que debían darme doscientas pesetas.

Luisa me corrigió. “Serán doscientas cincuenta pesetas” “Las matemáticas fueron siempre tu punto flaco” dijo Pedrote que había vuelto y se había sentado en su sitio.

“¿Dónde está el médico?” “Durmiendo, supongo” “Por suerte” terció Luisa, “Carmelina se encuentra mejor”.

“Así que es necesario apoquinar doscientas cincuenta pesetas” “Eso es. Me equivoqué” dije aunque no del todo convencido.

Cuando hube reunido el dinero, lo conté y el total ascendía a mil doscientas cincuenta pesetas. “No puede ser, corazón” dijo Luisa. “Tiene que sumar exactamente mil”.

“Me habré equivocado otra vez”. Pero la verdad era que sobraban doscientas cincuenta pesetas.

El dependiente se acercó con la manguera en la mano. Pedrote dijo: “Sí que es larga”.

Al levantar el capó descubrí que el motor había desaparecido. El empleado, haciendo caso omiso de ese detalle, desenroscó con naturalidad el tapón del depósito y procedió a llenarlo.

Contemplaba azorado ese hueco donde no había rastro de válvulas, bujías, ventilador ni ninguna otra cosa.

Pagué y subí al coche. No sabía qué hacer. “¡Eh, espabila!” me dijo Pedrote. Giré la llave de contacto. El seíta lanzó algunos resoplidos pero no arrancó. Volví a intentarlo dos veces. A juzgar por sus jadeos sólo conseguía ponerlo al borde del colapso. Crucé los brazos sobre el volante y me recliné.

“Ahora se echa a dormir” “¿Qué te pasa, cariño?” preguntó Luisa. “¿No veis que el coche no se mueve?” “Será porque está frío” apuntó Pedrote. “Seguro que es por eso” “Prueba cerrando el estárter”.

Como no tenía ganas de discutir ni tampoco de revelar la verdad, obedecí. Se escucharon nuevos estertores y eso fue todo.

“¿No será que la batería se ha descargado?” aventuró Carmelina. “Pudiera ser” dijo Pedrote. “En ese caso sólo hay una solución” repliqué. “¿Cuál?” “Que salgáis y empujéis”.

“¡Manos a la obra!” exclamó Pedrote. A continuación, dirigiéndose a mí, añadió: “Mete la segunda y, cuando el coche coja velocidad, desembraga de golpe”.

Ateniéndome a su consejo, esperé el momento oportuno para levantar el pie del pedal. El seíta resopló y, dando un brusco frenazo que cortó en seco su carrera, empezó a trompicar y a emitir extraños ruidos.

Mis tres compañeros, alarmados por ese estrépito, se precipitaron detrás de nosotros.

Las dos mujeres se quedaron pronto rezagadas, pero Pedrote, que era de constitución atlética, siguió acortando distancia hasta que varios estampidos estremecieron al coche. Entonces se detuvo y se tapó las orejas.

Parecía que el seíta iba a desarmarse de un momento a otro, pero tal cosa no ocurrió.

Aturdido, abrí la portezuela con mano temblorosa y puse pie en tierra.

“¡Es inaudito! ¡Es inaudito” repetía Pedrote muerto de risa. “¿Estás bien?” “Eso creo”.

El auto le interesaba más que yo. Lo estuvo palpando y examinando un rato. Finalmente declaró: “Este cochecito tiene la resistencia de un tanque”.

Carmelina hizo un comentario de índole diferente. “Si llego a saber esto, no vengo” “Esta cafetera está para el desguace” dictaminó Luisa. “Aunque parezca mentira” replicó Pedrote, “está entero” “Pero por dentro” apunté “debe de estar hecho una pena. Hay que buscar un taller” “En marcha, pues”.

 

 

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Belén napolitano

 

 

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13

“No nos podemos quedar con los brazos cruzados” dijo Luisa después de que yo apagase el motor del seíta.

Me zumbaban los oídos. La desfigurada voz de Luisa penetró por ellos como un dardo, provocando cortocircuitos a su paso.

“¡No grites!” exclamé. “Nadie tiene la culpa de su indisposición” “Ya se le pasará” dijo Pedrote. Luisa puso cara de espanto y planteó en un tono desgarrador: “¿No os dais cuenta de que se va a quedar seca?”.

Pedrote y yo reaccionamos como si nos hubiese atacado un tábano enfurecido.

“¡Cállate!” “Sois dos malnacidos. Eso es lo que sois. Si estuvieseis en su lugar, no os gustaría que os dejasen tirados como a un perro. Pero como se trata de ella…”

Tenía punzadas en la cabeza. Fui a replicarle, pero se adelantó Pedrote. “Tú no estás en tus cabales” “¿Qué insinúas?” agregué yo.

Luisa tenía los ojos llorosos. Se sonó la nariz y estrujó el pañuelo en la mano. Parecía haber renunciado a dar ninguna explicación, cuando nos espetó: “La odiáis” “Estás disparatando” “Os cae mal y se os nota. ¡Vaya si se os nota!” “No abuses de mi paciencia”.

Pedrote se había desentendido de este asunto y contemplaba las casas y los árboles. Carmelina vomitaba de vez en cuando. Las arcadas la dejaban exhausta.

Luisa se puso a gimotear. Ordené a Pedrote: “Ve a buscar a un médico”.

Fue a protestar, pero no lo dejé. “Si tienes que llamar a todas las puertas de Aracena, llama” “¿Puedo preguntar qué vas a hacer tú?” “Voy a ver si encuentro una bolsa de plástico”.

Una vez fuera del vehículo, Pedrote dijo: “Estaba pensando que…” “Que no debes perder un segundo”.

Se alejó tranquilamente, limitándose a leer las escasas placas que encontraba a su paso. Cuando desapareció, abrí el maletero del coche.

Había allí una rueda de repuesto, una caja de herramientas y varias bolsas llenas de papeles. Cogí una y la vacié. Los folletos que contenía se desparramaron. Eran de diversos tamaños, con ilustraciones y sin ellas, de brillantes colores, en grandes caracteres…

Uno que pregonaba las excelencias de la miel, atrajo mi atención. Se titulaba: LA ABEJA, ESA DESCONOCIDA. Ignoraba que ese producto tuviese tantas propiedades; gracias a la glucosa era el alimento del esfuerzo muscular; tenía también propiedades laxativas y facilitaba la asimilación del calcio. Me enteré de que había jabones y mascarillas de miel, de que la jalea real era un poderoso estimulante y de que el hidromiel era consumido por los dioses del Olimpo. Doblé el folleto cuidadosamente y lo guardé.

Al azar entresaqué una hojilla que resultó ser un prospecto sobre el formaldehído. Indicaciones, contraindicaciones, toxicidad, incompatibilidades…Me enfrasqué en su lectura. Ese medicamento era casi milagroso.

Luego me quedé mirando un dibujo que representaba a un joven con una guitarra en bandolera; en una mano tenía una maleta marrón parcheada de pegatinas, y en la otra enarbolaba un billete. Al fondo se veía un trenecito verde.

Estaba admirando la fotografía de una cama cubierta por una colcha turquesa, cuando Luisa, sacando medio cuerpo por la ventanilla, preguntó: “¿Qué estás haciendo?” “Estaba revisando estos papeles” respondí al tiempo que le alargaba la bolsa de plástico.

Una apremiante llamada suya me disuadió de volver a mi interrumpida y grata tarea.

“¿Qué tripa se te ha roto ahora?” “¿Por qué eres tan desagradable?” “¿Qué quieres?” “Que limpies el bolso de Carmelina. Mira cómo está”.

Asiéndolo con dos dedos, me acerqué a una acacia y lo restregué contra el tronco. Después lo froté con algunos papeles.

“Ya está” “Tengo que comentarte algo” susurró Luisa. Me agaché y permanecí atento. “Entra” “Estoy bien aquí” “Entra, por favor, y comprueba una cosa”.

Me acomodé en mi asiento y dije: “No andes con tanto misterio” “¿No notas nada?” “¿Qué debo notar?” “Sabes perfectamente a qué me refiero”.

Tras titubear me encogí de hombros. “Lo has percibido” “¿Qué he percibido?” “Que no hay nadie a tu lado”.

Pasé la mano por la tapicería del asiento y pregunté: “¿Cuándo se ha ido?” “Poco después de que aparcases el coche” “Entonces está en Aracena” “¿Eso te preocupa?”.

No respondí. Miré a Carmelina que sostenía la bolsa de plástico abierta a la altura de la barbilla. Luisa dijo cariñosamente: “Parece que tiene puesto un bozal”.

 

 

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Llanura de Esdrelón

 

 

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II

“Anteriormente había leído un libro en el que Simone Weil y su obra eran enjuiciadas desde el punto de vista de la ortodoxia. El tratamiento, aunque crítico, era respetuoso. Este estudio dejaba bien sentado que ella era una disidente (en otros tiempos habría sido calificada lisa y llanamente de hereje), pero el autor reconocía su honradez moral e intelectual, su sed de conocimiento, su valentía. Lo cual no quitaba que prefiriese detenerse en los “errores” de la pensadora francesa, a la que definía (al igual que a otros escritores diseccionados en el libro) como una cosmonauta, astronauta o argonauta (no lo recuerdo bien) sin cargamento.

“Fue bastantes años más tarde cuando cayeron en mis manos los ensayos de Weil, y particularmente el citado “Carta a un religioso”.

“A ella también le parecía un disparate la cuestión que yo le planteé al cura, y que ella expuso a un dominico. Es el punto 29 donde se lee: “Antes del cristianismo, un número indeterminado de hombres, en Israel y fuera de Israel, han ido quizá tan lejos como los santos cristianos en el amor y en el conocimiento de Dios. Igualmente, después de Cristo, para la parte de la humanidad situada fuera de la Iglesia Católica”.

“Las dudas e interrogantes que asaltan a cualquier persona con inquietudes espirituales, Weil los había elaborado, argumentado y apoyado documentalmente. Con toda seguridad, si no hubiese muerto tan joven, habría desarrollado por extenso todos esos puntos que en el librito de 95 páginas (en la edición de Gallimard) enumera y presenta con mayor o menor brevedad, que a veces simplemente bosqueja.

“Ya he consignado uno de sus pensamientos que deja claro el talante de la autora, su vocación de universalidad. He aquí otros que son de una evidencia abrumadora.

Punto 30: Es muy probable que el destino eterno de dos niños muertos unos días después de su nacimiento, uno bautizado y otro no, sea idéntico”. Había oído que al primer niño le esperaba el cielo y al segundo el purgatorio. Esta discriminación me parecía aberrante aun admitiendo que la estancia del segundo era sólo temporal.

“En el punto 12 afirma: “Todos los que poseen en estado puro el amor al prójimo y la aceptación del orden del mundo, incluida la desgracia, aunque vivan y mueran en apariencia ateos, seguramente están salvados”.

“¿No son esas (la caridad, la compasión y la aceptación de la realidad) las únicas condiciones para alcanzar la vida eterna?

“Pero mi cura y, en general, el estamento religioso de entonces adolecían de una lamentable cortedad de miras que les impedía dar una respuesta afirmativa. Incluso actualmente algunos especímenes que viven anclados en los planteamientos anteriores al Vaticano II, se empeñan en decir no, en rechazar todo lo que la ortodoxia estricta no admita, aunque ello repela a la razón y al corazón. Para ellos sólo hay una vía salvífica y todas las demás son de perdición. Esta intransigencia es un directo a la universalidad de la propia Iglesia que, en lugar de acoger e integrar, levanta barreras.

“Si es cierto, como consigna Weil en el punto 79, que es Dios quien busca al hombre, eso quiere decir que todos los seres humanos reciben esa llamada. Otra cosa es que la perciban, la acepten o la rechacen. Es pretenciosa, y en esa actitud ve un signo de decadencia la escritora francesa, la idea de que es el hombre quien busca a Dios.

“Dios busca al hombre siempre. Lo ha buscado antes y después del cristianismo, en los cinco continentes, sin distinción de raza ni estatus social.

“Cualquier hombre o mujer que no haya permanecido indiferente a la interpelación divina, se ha puesto en camino de la salvación.

“Si Dios es fundamentalmente bueno, y de este presupuesto parte la carta de Simone Weil, si esa es la verdad esencial, pensar que vaya a repudiar o a condenar a alguien que ha actuado caritativamente constituye un sinsentido”.

 

Nota.-Los textos de Simone Weil han sido traducidos al español por el autor de este artículo.

 

 

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12

Lentamente, siguiendo una suave línea oblicua que partía del azul y moría en un lentisco, descendimos de las alturas. Las ruedas del coche rozaron las ramas de ese arbusto y tomaron tierra.

Con movimientos bruscos el seíta se abrió paso por el monte. Los vaivenes y los brincos aventaron en un periquete las seráficas ensoñaciones que nos mantenían ensimismados. Unos cuantos trompazos bastaron para disipar nuestro beatífico estado.

Pese a los golpes, no recuperamos el habla hasta pasado cierto tiempo. Una parte de nosotros seguía flotando en el empíreo, lejos de esas enmarañadas zarzas que se empeñaban en inmovilizarnos con sus largos tallos de corvos aguijones.

La carretera se iba ampliando pero sin que de momento el seíta tuviera cabida. Los neumáticos rebotaban a más y mejor.

En uno de esos saltos la cabeza de Carmelina y la de Pedrote chocaron.

“Otro testarazo como ese y me cascas el cráneo” dijo Carmelina con voz chillona. “Oye, que a mí me ha dolido también” “Estoy hasta mareada”.

Pedrote soltó una risita que acabó de enfurecer a Carmelina. “Encima te vas a guasear” “¿Quién se está guaseando? replicó Pedrote esforzándose por sofocar una carcajada. “¡Qué harta estoy de ti!”.

“¿Cómo está Luisa?” pregunté. “Estupendamente” respondió Pedrote.

Al oír hablar de ella, rebulló en su asiento, como si despertara de un profundo letargo.

“Mira lo que me ha hecho ese bestia “ dijo Carmelina a la par que se tocaba el chichón.

Luisa indicó con la mano que no la atosigaran. Luego se pasó las yemas de los dedos por las mejillas.

La carretera era tan ancha como el coche, por lo que el traqueteo disminuyó notablemente. Pero otra vez aparecieron los cambios de rasante que cortaban el aliento, y las curvas que describían casi una circunferencia.

“Una visita al paraíso” musitó Luisa. “Una fugaz visita. Lo que había estado ansiando toda mi vida. Hasta hoy sólo disponía de los testimonios de otras personas”.

Estaba transfigurada y hablaba en un tono apagado. “¡Qué diferencia tan grande entre leer y experimentar esa sed que la luz calma y aviva al mismo tiempo”.

Esa luz, según expuso, era una condensación del amor divino y tenía la virtud de colarse por los entresijos del ser e iluminarlo, mostrando la vacuidad de la vida ordinaria.

Los ojos se le empañaron y dos gruesas lágrimas le rodaron por la cara. Ante su aflicción optamos por callarnos.

“Esto es difícil de explicar” añadió cuando se sobrepuso. “Esta renovación escapa a las palabras, al igual que los colores a un ciego de nacimiento. ¿Cómo le haríais comprender la belleza de esa planta omitiendo uno de sus rasgos más destacados?”.

Dirigimos la mirada al lugar que Luisa nos indicó y contemplamos en un montículo las moradas espigas de un cantueso.

“No me encuentro bien” dijo Carmelina. “Como este trasto no deje de dar bandazos… ¡Ay, qué mala me estoy poniendo!”. Pedrote trató de animarla. “Ya falta poco para llegar a Aracena”. Cogiendo un folleto que había en la batea del coche, empezó a abanicarla. Pero al cabo de un rato se cansó.

“Túrnate con Luisa” sugerí. Esta, todavía en Babia, se sobresaltó cuando la llamaron.

“Tu amiga del alma está mareada” explicó Pedrote cuando Luisa fijó en él sus ojos almendrados. Luego, posándolos en la joven lívida y sudorosa que se hallaba entre ambos, replicó con ternura: “Todo le tiene que pasar a ella”.

A Carmelina le corría un hilillo de baba por la comisura derecha de los labios. Luisa sacó un pañuelo de su bolso y le limpió la barbilla. Después le enjugó la frente.

Dando una violenta arcada, Carmelina se puso a vomitar. Pedrote, desprevenido, no tuvo tiempo de apartar las piernas para evitar que lo manchara.

“¡Mecachis!”. Cogiendo la cabeza de Carmelina la orientó sobre su regazo.

“¿Qué haces, malasangre?” dijo Luisa. “¿Qué crees tú?” “Se va a llenar toda. Haz un hueco entre los dos”.

En el coche había un desagradable olor a agrio. Carmelina seguía arrojando de forma intermitente.

Aunque preocupados por su quebrantamiento, también estábamos asqueados por el charco de vómitos que se había formado en el suelo del vehículo, y que se desplazaba de un lado a otro con los virajes.

Entramos en Aracena por una calle espaciosa. Luisa me instaba a que hiciera algo. “Se va a quedar sin jugo” repetía obsesivamente.

Aturrullado por su insistencia, aparqué el seíta encima de la acera.

 

 

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Mar de Galilea

 

 

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