Feeds:
Entradas
Comentarios

XV
Hostigados por negros deseos de venganza,
por ver su rostro envuelto en lágrimas amargas,
por escuchar su voz implorándonos gracia.

La tarde ya caía.
Que de allí la sacáramos, llorando balbucía.
Pasar allí encerrada la noche no quería,
tras la tela metálica, junto con las gallinas,
impasibles testigos, en sus palos subidas.

Cuando miro hacia dentro,
cuando miro hacia arriba
una luz aparece
parpadeante, indecisa.

Sentados en la barda
contemplamos la estrella
que por el horizonte
despunta la primera.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Paisaje (XXIV)

dsc_0046-2

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

9
Por la noche se reunían y hablaban en el salón. Don Zacarías hurgaba en el pasado y desempolvaba recuerdos de malas gestiones, de falsos amigos, de ilusiones varadas. O como resumía brutalmente doña Rafaela madre: “Recuerdos de fracasos”.

Don Zacarías era un fracasado. Había dilapidado su patrimonio. Ningún negocio le había reportado beneficios. Sus socios le habían salido ranas. Pero nada de eso era óbice para que él fuera un hombre alegre y comunicativo.

Por lo demás, ir de derrota en derrota le había proporcionado una sabiduría que, aun siendo inútil a efectos prácticos, le permitía calibrar con exactitud las ventajas e inconvenientes de cualquier empresa humana. Sus juicios estaban cargados de razón. Sus apreciaciones podían pasar por las de un perito.

Tampoco se podía afirmar tajantemente que ese saber no le sirviese para nada. El hecho de vivir del cuento demostraba lo contrario.

Cuando don Zacarías, copa de coñac en mano, evocaba al amigo que emigró a América (“Justamente lo que yo tenía que haber hecho”) o la fábrica de mantecados que quebró, un olor a libros de hojas amarillas y a diplomas de letras góticas atufaba a doña Rafaela madre.

Ella, indefectiblemente, coronaba la intervención de su marido con un comentario mordaz.

“No te veo con un sombrero de palma plantando mandiocas”.

“El dinero se le fue en comprar manteca rancia y ajonjolí”.

A veces, exponiéndose a la fulminante mirada materna, doña Rafaela hija indagaba las causas por las que un negocio se había ido a pique.

“¿Por qué va a ser? Por lo que se malogran las cosas” respondía don Zacarías calentando la copa de coñac entre las manos y haciendo oídos sordos a las pullas que le lanzaba su mujer.

Don Justino, de pie, escuchaba y jugueteaba con un bibelot que había cogido de la repisa de la chimenea. Sus blancos y finos dedos de covachuelista acariciaban distraídamente la pulida superficie de una bailarina que anudaba alrededor de su tobillo los lazos de la zapatilla.

“La fábrica de mantecados era un proyecto que merecía haber tenido éxito” dictaminó doña Rafaela hija. “Es lo que yo digo: las cosas salen bien o mal. Esa salió mal” concluyó su padre.

“Y mientras, yo me pudro en un sórdido bufete” declaró don Justino colocando la figurita de porcelana junto a las otras.

Luego puso su aristocrática mano de azuladas venas junto a la relamida bailarina y se habría dicho que otra pieza acababa de enriquecer la colección.

“No es para tanto” replicó doña Rafaela madre, “ser pasante de un abogado de renombre es condición indispensable para hacerse con el oficio”.

Sobre la pared del fondo, en gigantesco y deformante escorzo, se dibujaban los brazos de la araña de cristal que colgaba del techo.

A medida que el espectro del difunto marido de doña Rafaela hija, que otro no era el abogado de renombre, se posesionaba de los reunidos, los objetos cobraban más autonomía, reclamando la atención de los miembros de la familia.

“El viejo zorro” masculló don Zacarías mirando fijamente la sombra alargada y monstruosa que un velón sobredorado de cuatro picos proyectaba.

“El viejo zorro” repitió don Justino vomitando las palabras.

Doña Rafaela madre, de haber tenido un abanico, habría removido enérgicamente el aire para ahuyentar los poderes sobrenaturales del jurista muerto.

Doña Rafaela hija se había ensombrecido y envarado.

Don Roberto cogió la botella de coñac y sirvió otra copa.

Doña Rafaela madre se levantó y dijo: “Me voy a la cama”.

Subiendo la escalera, se acordó de los sacrílegos tomates y se prometió que al día siguiente hablaría con su cuñado de ese “jardinicidio”. Pero eso sería mañana, cuando la claridad diurna hubiese disuelto el ectoplasma del maquiavélico abogado de chupadas mejillas, consumado artífice de testamentos repletos de cláusulas sine qua non.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Granado (II)

dsc_0037-2

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Sobre la familia

116.-Cada familia tiene su propio lenguaje, su historia, sus costumbres. Cada familia ha establecido su protocolo, se ríe con determinados chistes y responde a ciertos estímulos. Todo lo cual deja indiferente al resto de los mortales por la sencilla razón de que no está en el ajo. O, incluso en el caso de que comprenda, esa complicidad interna le trae sin cuidado.

No es difícil asumir una verdad tan simple. No debiera serlo en aras de un entendimiento más amplio, de un enfoque más integrador.

Nadie cuestiona esa realidad que es el producto de años de vida en común, por lo general los más importantes para una persona, los decisivos a la hora de conformar su carácter. Que esto sea cierto, no implica que tengamos que convertirnos en esclavos de esa “Weltanschauung”. A nadie, por muy obtuso que sea, se le escapa que hay otras. De hecho, cada familia tiene su cosmovisión.

Lo realmente malo es cuando elevamos a categoría universal esas concepciones particulares, cuando hacemos de ellas ruedas de molino con las que tienen que comulgar nuestros semejantes.

“Esto es así porque así se hacía en mi casa” o “Esto es lo que pensaba mi padre al respecto y no hay nada más que añadir”. Esta maldición se puede extender desde el ámbito gastronómico (y tener que comer las lentejas como las preparaba mi madre) al social (y relacionarse con unos y evitar a otros en función de los prejuicios mamados).

Alusiones sin sentido, chascarrillos sin gracia, distribuciones espaciales absurdas, comportamientos chocantes, reglas de urbanidad rancias, imposiciones intolerables…esta panoplia constituye el más acabado homenaje a la rigidez.

Y si se cuestiona esa actitud o se señalan los fallos, la respuesta suele ser que eso es lo que se ha vivido (se sobreentiende en la casa paterna). Que eso es lo que sale de dentro (se sobreentiende que es también lo que los demás deben acatar).

Ni siquiera se puede hablar de desconsideración sino de encorsetamiento. De hecho, la primera víctima es quien viste esos ropajes almidonados, quien ha llenado de ballenas el cuello de su camisa, quien se ha embutido en miriñaques que sólo le permiten realizar los movimientos bendecidos.

En todas las familias existen tradiciones. Cada familia instituye la suya porque así lo exige la convivencia. Es una medida práctica. Nada criticable hay en ello. Lo inadmisible es que, cuando se sale del núcleo parental, se trasplante a un entorno diferente como la cosa más natural del mundo esos tics y esas reglas.

Por muy adorables que nos parezcan los primeros, y por muy sensatas que juzguemos las segundas, al elevarlos a rango de leyes los estamos transformando en una fuente de fricciones y enfrentamientos.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

csc_0046

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

7
Por detrás de la casa se extendía el descuidado jardín con pérgola y merendero que descendía hasta la orilla del río.

Interpretado por los trabajadores del cortijo como la extravagancia de una antepasada de los Delgado, el jardín era un lugar común en la conversación de los descendientes de esa señora.

Historias peregrinas tenían como escenario ese melancólico espacio en el que los macizos de lirios eran pisoteados por los perros, y los naranjos y los melocotoneros eran expoliados por los jornaleros, a los que Rufina había sorprendido numerosas veces haciendo fructíferas incursiones sin que sus gritos y amenazas bastaran para ahuyentar a esos rateros que no se iban hasta haber llenado sus alforjas.

Don Roberto vivía de espaldas al jardín. Ni las puntuales informaciones de Rufina sobre hurtos y tropelías, ni las cariñosas reprimendas de su cuñada habían logrado hacerle reaccionar.

Las informaciones y las reprimendas, a lo sumo, lo llevaban a tomar medidas provisionales que olvidaba pronto.

Pero esa primavera doña Rafaela madre hizo un descubrimiento que le heló la sangre en las venas. En un rincón habían plantado lechugas, cebollas, pimientos, tomates…

“¡Tú has visto!” exclamó con los ojos como platos.

Al no obtener respuesta de su hija que la acompañaba, repitió: “¡Tú has visto!”.

Espantada por la magnitud del atropello, mientras paseaba la mirada por los bien delineados canteros, añadió: “Es increíble”.

Apuntando con el dedo a unas matas de color verde pálido preguntó: “¿Y eso qué es?” “Parecen habas”.

“¿Habas?” dijo doña Rafaela madre cuyo asombro rayaba en la estupefacción.

8
Doña Rafaela hija fue al encuentro de su tío que, con los brazos cruzados y una pierna adelantada, parecía posar para un invisible retratista. En realidad sólo observaba atentamente las perdices que alambreaban y se removían inquietas en las jaulas.

“¿Qué les pasa?” “La primavera” “¿La primavera?” “Están en celo”.

Su simpleza la hizo sonreír. Y dijo: “No me gustan esos pájaros gordos y petulantes”.

Las perdices picoteaban los barrotes, sacaban la cabeza y la volvían a meter.

“A tus padres, por el contrario, les encantan” “Con arroz” “Por supuesto”.

La pictórica imagen de don Roberto correspondía a la de un hombre maduro, sin estrecheces financieras, discretamente feliz, con un gran caudal de energía que encauzaba a través de la caza.

En ese lienzo ficticio se veía al personaje de perfil, contemplando a una perdiz que asomaba la cabeza por entre los barrotes de una jaula pintada de verde. En verdad no la contemplaba sino que la traspasaba con una mirada que se apropiaba del ave de ceniciento plumaje e iba más allá.

“¿Ves esa hembrita retozona? La tercera por la derecha. Mañana saldrá por primera vez. ¿Te gustaría verla actuar en el monte?”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Asnos

dsc_0030dsc_0028dsc_0029

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

XIV
La recuerdas, ¿verdad?
Tan fea, tan ordinaria,
siempre dando chillidos
cual rata acorralada.

Qué decir de sus gestos,
de sus saltos y risas.
No gustaba a la gente
su manera de ser.

Escuchaba pasmado
las cosas que decían.
Desde luego no era
la mejor compañía.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

csc_0041csc_0038

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.