Feeds:
Entradas
Comentarios

Para una poética

109.-Dar cuerpo verbal. Reducir a un andamiaje de palabras. Estilizar sin traicionar. Trazar finas líneas que dibujen el contorno prescindiendo de la multiplicidad de detalles.

110.-Los torrentes excavan la ladera del monte. La estrían, la tatúan. Los dedos de la lluvia.

111.-Dejarse arrullar por el susurro de una voz que surge de un lugar remoto. El viento agita las hojas de los árboles.

112.-Congregar, disgregar. Los recuerdos habitan la mente. El vuelo rasante de la abubilla en la haza. Su airoso penacho. Los pardos terrones. El cielo azul. El pueblo a lo lejos. De pronto nada. Un espacio vacío que es repoblado en un segundo.

113.-El hilo conductor es tan fino como el hilo con que las arañas tejen sus telas. El escritor es un funámbulo.

114.-Enumeración, catálogo, lista, hipotiposis. El nombre de las cosas. Conocimiento. Apropiación. El pino, la retama, las turberas, el faro. Carretera de Mazagón. Lo ajeno es lo innombrado. Las palabras salvan los abismos. Su ausencia es signo de vacío. La ignorancia no es otra cosa.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Aceitunas moradas

csc_0042csc_0051

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Sevilla 1965

1
Don Roberto Delgado, cómodamente sentado en un sillón de cuero del “Agricultores y Ganaderos”, hojeaba el ABC y miraba a través del ventanal.

A la entrada del Círculo, grupos de hombres conversaban interceptando el paso a los transeúntes y obligándolos a describir complicadas parábolas.

Don Roberto Delgado mezclaba las imágenes del periódico (inauguraciones, intervenciones, declaraciones…) con las del río de gente que, abriéndose en numerosos brazos, sorteaba los escollos.

Mecánicamente pasaba una página del matutino leyendo apenas los titulares y echaba un vistazo al exterior.

Hombres tocados con mascotas hablaban de la próxima cosecha. A menudo volvían la cabeza, como buscando a alguien.

Pasó otra página: Deportes. Cruzó las piernas.

Esos hombres circunspectos, de vez en cuando, dejaban caer un comentario malicioso acompañado de una sonrisilla.

“Rogad a Dios en caridad por el alma de…”.

Don Roberto se incorporó.

“Sus familiares ruegan a sus amistades una oración por su alma y asistan a la misa de réquiem que por el eterno descanso de la misma tendrá lugar…”.

Se levantó y salió del Círculo donde solía encontrarse con su hermano. Había llegado a Sevilla el día anterior.

Se sumergió en el río de gente que abandonó a la altura de la calle Sagasta. Sus cortas estancias en la ciudad estaban dedicadas a solucionar asuntos relacionados con el cortijo, a visitar a Paquita y a deambular.

Plaza del Salvador, calle Córdoba, calle Puente y Pellón. El provincianismo de la antigua Hispalis se manifestaba en este barrio invadido de zapaterías, tiendas de ropa y catetos.

Don Roberto, hombre descastado, mejor que vérselas con su cuñada y su sobrino, e incluso, si mucho lo apuraban, con su propio hermano, prefería charlar y retozar con Paquita. Le tenía, además, un cariño especial a la Alameda de Hércules, donde la atmósfera se impregnaba de olores a guisos caseros y resonaban las voces de los vecinos.

Desembocó en la plaza de la Encarnación, cruzó ese espacio sombreado por frondosos árboles y se detuvo a contemplar a Pomona, pintada de ocre, mostrando a los viandantes su carga de frutos.

La diosa de los jardines le recordaba a una compañera de Paquita que hizo las delicias de sus años mozos. Y en otro sentido diametralmente opuesto a su sobrina, a la que le unía un afecto que lo violentaba en ocasiones.

Don Roberto siguió andando por la calle Regina y la calle Feria. Prevalecía de Sevilla la imagen que se había formado durante su adolescencia, la cual se concretaba en calles estrechas donde el aire se adelgazaba, se hacía fino y penetrante, donde el frescor de los zaguanes penumbrosos lanzaba tentadoras invitaciones.

Avanzaba calmosamente. El bullicio quedó atrás. Nunca había logrado relacionar Sevilla con el esplendor que los libros de historia le atribuían. Esos libros que un lejano día estudiara en aulas de incómodos pupitres en el colegio de los salesianos.

Por fin llegó a la calle Doctor Letamendi. Tres casas después de la tienda de especias estaba la suya.

La tienda era el rasgo más característico de la calle. No podía pasar por delante de ella sin pararse a mirar los saquitos abiertos y coronados de nombres que fulguraban como luces de Bengala: pimienta de Tacari, nuez moscada, madreclavo…

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Tierra y cielo

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

XII
La muerte en los zaguanes
oscuros y profundos,
con olor a humedad,
a tiempo detenido.

Al fondo, en un rincón,
la cabeza caída como una marioneta
después de la función,
guiñol desmadejado, muñeca desdichada,
se encontraba la vieja.

Esos rasgos marchitos,
esa absurda nariz como una arruga más
en mitad de la cara.

Esos ojos cegatos
mirando escrutadores, mirando sin ver nada,
persistiendo, no obstante.

Al más leve ruido
levanta la cabeza y empieza a balbucir.
¿Quién sabe lo que dice?

Tal vez lanza improperios.
Tal vez son maldiciones contra quienes osaron
interrumpir su sueño.

Aunque en verdad no duerme, tan sólo cabecea.
Sentada a la camilla,
las horas se le pasan en vigilia perpetua.

El olor a humedad,
a tiempo detenido,
a carne tumefacta,
a cuartos clausurados
desde Dios sabe cuándo,
inunda la morada.

Tú no tenías miedo
de las flores de trapo,
de los vetustos muebles,
de las fotos, las puertas.

Era un reto y, por tanto, había que asumirlo
con firmeza y coraje.
Que el miedo ser más fuerte.
Había que mirar cara a cara a la muerte.

csc_0078

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Otoñada (IV)

csc_0092

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

dsc_0001-2Este relato gira en torno de la familia Delgado, que constituye el núcleo del proceso de mitificación, así como de los mecanismos que se ponen en funcionamiento para crear personajes y situaciones arquetípicos.

El tiempo juega un papel primordial en el cincelado de una historia de esas características, siendo una de ellas precisamente que acaba escapando a la tiranía de Cronos, rompiendo el círculo en el que quedan atrapados los acontecimientos humanos y erigiéndose en un referente atemporal.

No obstante, los sucesos narrados tienen una fecha exacta, 1965, y tres lugares: Sevilla, el cortijo de don Roberto Delgado y, como telón de fondo y caja de resonancia, el pueblo de Las Hilandarias.

Por un lado están los actores principales: el tío, el padre, la madre, el hijo y la hija (o el tío, el hermano, la cuñada, el sobrino y la sobrina). Por otro lado el coro, encarnado en la cuadrilla de trabajadores, y el público, constituido por los habitantes del pueblo. Entremedias están los necesarios personajes secundarios que sirven de enlace.

Unos generan los hechos, otros los propagan. La hermenéutica y la tasación de los mismos se ponen en marcha desde el primer momento hasta su definitiva fijación e integración en el imaginario colectivo.

Don Roberto Delgado es un hombre maduro, discretamente feliz, al que la caza de la perdiz hará conocer insospechados momentos de plenitud. Su sobrina ha enviudado recientemente. Al resto de su familia, en situación económica comprometida, los planes no le han salido como pensaba.

El traslado de estos parientes en primer grado al cortijo marca el comienzo de ese tiempo fabuloso que culminará en la renovación del mito de la Ártemis griega o la Diana romana. El desencadenante concreto de esa actualización será el pájaro perdiz, tanto en su vertiente cinegética como culinaria, que se convierte en símbolo de este relato, y que es el catalizador de los sucesos que lo jalonan.

 

 

Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Candelabro

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

II

Componiendo una estampa quijotesca, la alta y la baja marchaban la una al lado de la otra sigilosa y acompasadamente. Y así enfilaron el camino que conducía al huerto de cruces.

Me quedé parado preguntándome si valía la pena seguir. Ya sabía adónde iba mi amiga. Puesto que era la noche de los difuntos, di por descontado que las dos mujeres la pasarían velando al lado de la tumba de un ser querido.

No me apetecía recorrer ese camino largo y recto ni siquiera garrocha en mano.

La noche era oscura. Las nubes amenazaban lluvia. Pero no hacía frío. Mi repeluzno se debió a otros motivos.

Reflexioné apoyado en la lanza y caí en la cuenta de que aquí no había costumbre de acompañar a los muertos en el cementerio, ni en este día ni en ningún otro. Nunca había oído hablar de semejante tradición.

Esta constatación me dejó confuso. Sólo había una forma de despejar el enigma de la dos mujeres de negro.

Si no me arriesgaba, nunca averiguaría el secreto de Paqui, las razones que la movían a una conducta tan peculiar.

Apreté fuertemente el palo de la pica y me dije que de los cobardes nunca se había escrito nada.

Mientras avanzaba, traté de encauzar mis pensamientos por derroteros tranquilizadores. La pesadez atmosférica era sofocante.

En la cancela me detuve de nuevo. Los cipreses se perdían en las tinieblas. Tal vez hundían sus puntiagudas cimas en las panzas de las nubes.

Sólo distinguía las sepulturas más cercanas y el inicio de las primeras hileras de nichos.

La mujer alta y demacrada y la mujer baja y rolliza habían desaparecido en el interior del cementerio, a cuya entrada me preguntaba angustiado: “¿Qué hago? ¿Qué hago?”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

I

El dos de noviembre tocaba a su fin. Eran cerca de las doce de la noche. Todas las casas estaban cerradas. El pueblo silencioso parecía deshabitado.

Iba por el callejón de la Pimienta cuando me palpé la chaqueta y descubrí que no llevaba mi cartera. Tampoco la tenía en el bolsillo trasero del pantalón. O la había perdido o la había dejado en casa de Paqui Monge, donde había pasado la tarde, cenado y permanecido hasta hacía pocos minutos.

Volví sobre mis pasos. Observé que había luz en el interior de la casa. Paqui no se había acostado todavía afortunadamente.

Mi sorpresa fue grande cuando, antes de llamar, la puerta se abrió y apareció mi amiga.

Se había cambiado de ropa. Estaba vestida de negro. La encontré pálida. Tal vez se tratase de una impresión debida al contraste de su piel blanca con el luto. Tenía los ojos hundidos en sus cuencas que se habían oscurecido. El azul de sus iris se había difuminado y no era discernible en los cuévanos donde se alojaba.

“Creo que he olvidado mi cartera en el salón” balbucí. Inmóvil, con aire enajenado, me contempló como si yo fuera un extraño que la abordaba de improviso.

“Aquí no has olvidado nada” replicó. “¿Estás segura?” “Si quieres, puedes comprobarlo tú mismo” respondió en un tono disuasorio.

Me despedí de ella y me alejé sin atreverme a volver la cabeza, adentrándome de nuevo en el callejón de la Pimienta.

¿Adónde iba Paqui de riguroso luto a estas horas? Como mi tío Servando vivía cerca, fui corriendo para pedirle prestada una garrocha. Él trabajaba con reses bravas, era mayoral.

Armado con la pica pintada de amarillo, me dispuse a desvelar ese misterio.

Regresé a la calle Enanos y la escruté. Al final del todo vislumbré dos figuras de mujer. La alta correspondía a Paqui.

Las dos doblaron una esquina y desaparecieron. Me apresuré para no perderlas de vista. Al cabo de cinco minutos no me cupo duda de que se dirigían al cementerio.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.