Feeds:
Entradas
Comentarios

15 de junio de 2014 138Había sido un lector meticuloso. El adjetivo voraz no le cuadraba porque siempre había sido selectivo. No leía cualquier cosa que cayera en sus manos ni indiscriminadamente. Le gustaba atenerse a unos criterios.

Era un lector que se comprometía con determinados autores a los que se consagraba de forma sistemática. Estaba convencido de que para profundizar en ellos mínimamente había que leer siete u ocho libros. Sólo cumpliendo este requisito uno podía hacerse idea cabal de su pensamiento, de su estilo, de su literatura.

Este comportamiento lo mantuvo durante muchos años. Él era consecuente y respetaba sus decisiones, máxime cuando los resultados le demostraban que estaba haciendo lo correcto.

Pero sus gustos y costumbres, su idiosincrasia, con el paso de los años, fueron evolucionando. Nada de saltos ni revoluciones. No ocurrió que una noche se acostó y al día siguiente amaneció otro distinto. Los cambios fueron sutiles, imperceptibles, el fruto de su experiencia no sólo lectora sino existencial. No respondieron a ningún propósito sino que se produjeron como cae una manzana cuando está madura.

Siempre le había interesado la forma de integrar el saber libresco y había ideado métodos para lograr esa asimilación, que le parecía el camino hacia la sabiduría, hacia una visión totalizadora y elevada.

Para él estaba fuera de duda que la lectura era una vía de conocimiento. Leer era sinónimo de conocer.

La lectura era también un medio de refrendar lo vivido contrastándolo con otros balances biográficos consignados por escrito, de lo cual se podían sacar conclusiones y enseñanzas. La lectura era un espejo en el que se veía reflejado.

Valía, pues, la pena no sólo tomarse el trabajo de leer, sino también de subrayar, tomar notas, analizar, comentar, desglosar…para ir lo más lejos posible en la comprensión de un texto.

Como su objetivo era desentrañarse, llegar a su núcleo fundamental, desvelar los secretos de su propio ser, los beneficios de la literatura le parecían indiscutibles.

Le pedía a los libros que le ayudasen en la tarea de vivir, y los libros no lo decepcionaron. Se comportaron como amigos leales, siempre disponibles.

Hizo clasificaciones y distinguió lecturas esclarecedoras, lecturas de paso, lecturas de fondo, lecturas inmediatas, lecturas de largo alcance, lecturas piadosas, incluso lecturas obligatorias.

Llegó el día en que se preguntó si ese esfuerzo valía la pena, sobre todo el invertido en determinadas categorías de lectura. Borges, que tan perspicaz era, vino en su ayuda.

“No lean nada por obligación y si no entienden un texto o no les gusta o, peor, les aburre, prescindan de él. No lo lean”.

Sus lecturas se hicieron muy variadas. La condición exigida era que supusieran un disfrute, ya fuera de índole intelectual o estética.

Pero su devenir no se detuvo en este concepto gozoso de la lectura, que era un gran paso. Aún le quedaban por dar otros.

Esa visión fue cediendo su sitio a otra, fue sobrepasada no por nuevos intereses sino más bien por su progresiva ausencia. No es que se hubiese desinflado sino que los motivos se difuminaban o estaban sufriendo tal transformación que no podían ser calificados de tales.

No buscaba conocimiento ni paz ni deleite. Ciertamente seguía experimentando un profundo agradecimiento hacia los libros.

Su forma de leer se hizo más despaciosa. Leer un libro le llevaba cada vez más tiempo. Sin prisa iba de capítulo en capítulo, sin ningún deseo de llegar al final. Con frecuencia se detenía en algunos pasajes que releía varias veces.

Luego empezó a avanzar de párrafo en párrafo, como si fueran los peldaños de una escalera que había que subir tranquilamente, como si los peldaños mismos fuesen el fin y no los medios para llegar a otro sitio.

Rumiaba las líneas largo tiempo, como si cada una de ellas encerrase una verdad que hubiese que desvelar antes de seguir adelante.

Por último, un día, una palabra se alzó ante él, lo detuvo, lo inmovilizó. Ese día levantó la vista del libro con esa palabra flotando ante sus ojos como un diamante de increíble pureza. Ese día vislumbró la raíz del universo en esa concatenación de letras que giraba sobre sí misma lanzando destellos.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

CSC_0113CSC_0100CSC_0107

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

24 de julio de 2013 03395.-Me pregunta Emma: “¿Cómo consigues no discutir?” “No lo consigo siempre, aunque es verdad que no entro al trapo con tanta facilidad como tú” “Reconozco que no puedo quedarme callada cuando estoy en desacuerdo, algo me solivianta o escucho un disparate” “Es arduo, desde luego, mantener la calma en esa tesitura. Mi clave, si de tal cosa puede hablarse, es bien sencilla. Parto de la base de que el otro es más fiera que yo. Y ciertamente es un recurso que funciona.”

“El otro” replica Emma “no sale bien parado en esa valoración apriorística” “Procedo con discernimiento. Hay mucha materia que está sujeta a opinión. Tú tienes la tuya y yo tengo la mía. De idiotas es discutir sobre colores y sobre muchas cosas más. De gustibus non est disputandum. Si nos atenemos a esa sabia recomendación, descartamos de entrada una cantidad ingente de motivos para porfiar.

“En una discusión el factor psicológico es de capital importancia. Este dato puede calibrarse rápidamente. Tan pronto como la otra persona abre la boca, queda claro el talante que se gasta.

“En cuanto detecto que el otro no quiere dialogar sino arrollar, que escuchar no le interesa en absoluto, que tratar de meter una cuña en ese soliloquio implica una lucha agotadora, concluyo que el otro es más fiera que yo. Que en esa confrontación llevo las de perder. Que no vale la pena que pierda mi tiempo y mi energía con un energúmeno. Que lo más sensato es darle cuanto antes la perra gorda y finalizar la entrevista.

“Callo, lo cual no quiere decir que otorgue. Callar, en este caso, equivale a aguantar el chaparrón. No va más allá de ser un comportamiento mínimamente educado con el que se trata de abreviar una situación incómoda.

“Callar equivale a obsequiar al interlocutor con la última parrafada. Si no es un obcecado, toma conciencia de su desconsideración. Y si lo es, se va la mar de contento pensando que se ha llevado el gato al agua.

“Cada vez estoy más convencido de que no vale la pena discutir por nada. Hay muy pocas cosas en la vida que se merezcan un acaloramiento verbal, que justifiquen cualquier tipo de agresividad”.

“Suena razonable” replica Emma, “pero a mí me resulta difícil mantener esa actitud estoica” “No hay estoicismo sino simple deseo de acabar y ese es el camino más corto. Si los demás se ponen burros, la solución no es que tú te pongas más burro que ellos. De esa forma lo único que se logra es organizar un concierto de rebuznos”.

“¿Debo entender eso como una alusión?” dice Emma medio en broma medio en serio. “¿Cómo puedes pensar tal cosa? Conozco a pocas personas tan respetuosas y empáticas como tú”.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

CSC_0117CSC_0118CSC_0114

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

12 de abril de 2015 077Esta oración no es más que una estremecedora plegaria a Dios. La única diferencia, o la más notable, con la súplica de un creyente es que la aceptación brilla por su ausencia. Sólo se oye el grito de rebeldía. La argumentación esgrimida es asumible por cualquier persona razonable, pero al faltar la fe se queda en una lamentación sarcástica, en el murmullo de descontento de quien pide la realización de un milagro.

El ateo suele ser un ex creyente con una rabieta, un niño empeñado en que le den pruebas palpables, señales ciertas. Algo así como una zarza ardiendo sin consumirse o tal vez una voz tonante, la voz del Altísimo al modo en que la escuchó Moisés en el Sinaí proclamando: “Yo soy el que soy”.

Como tales acontecimientos son raros, y en última instancia rechazables, a nuestro ateo, que además está bien dotado para la lógica, no le cuesta trabajo exponer de forma meticulosa y persuasiva las razones, que más parecen las quejas de un cliente insatisfecho en el libro de reclamaciones de una tienda, de la inexistencia de Dios.

El problema planteado, al igual que el de la cuadratura del círculo, es insoluble. O, recurriendo a un retruécano, el problema de ese problema es que, expresado en esos términos, es imposible de resolver.

No se trata de aportar pruebas como en un juicio ni de comprender intelectualmente sino de aceptar, palabra maldita donde las haya, horrible palabra desterrada del vocabulario de la posmodernidad, la cual se caracteriza más bien por sus exigencias y su doctrinarismo.

Desconozco la lengua holandesa. Esta versión libre e incompleta del largo poema de Multatuli (seudónimo del escritor Eduard Douwes Dekker) está hecha a partir de la traducción francesa de Hermann Van Duyse. He aquí los fragmentos seleccionados:

Ignoro si mis pasos me llevan a algún sitio
o al azar se dirigen. Si las divinidades,
sentadas allá arriba, encima de las nubes,
con siniestro abucheo celebran mis dolores,
se burlan del afán de mi ser incompleto.

(…)

Dios sólo es un espectro, un fantasma imprudente
nacido de un cerebro enfermo o trapacero,
si no es bueno ni justo y si no me perdona
que yo lo haya ignorado. ¿Lo de manifestarse
no era asunto suyo? Sin embargo hasta hoy
no lo ha hecho jamás. Nadie hasta el día de hoy
contemplarlo ha podido, y si se dejase ver,
¿sólo se mostraría a los cuatro elegidos?

(…)

¡Oh Dios, no te conozco! Durante mucho tiempo
te busqué, supliqué. Me dejaste en las garras
del dolor, de la duda. Permaneciste mudo.

De buen grado a tu culto me habría sometido,
te habría obedecido, no al modo de un súbdito
respecto a su tirano, no por miedo o interés,
sino como hijo atento a la voz de su padre
soporta con amor la regla del deber.

(…)

Pero sordo tú estás a la voz que te llama,
no te es posible ver las miradas ansiosas
que lanzo sin cesar a la celeste bóveda.
Y me pierdo y te busco. Todo mi ser anhela
poderte comprender y tener la certeza
de que no eres mentira.

(…)

Escucha, Padre mío, que un rayo de tu llama
de mi oscuro destino aclare el horizonte.
¡Responde a mis sollozos! Mira, escudriña mi alma,
sumida en la tristeza. Es la voz de un proscrito,
la de un hijo que sufre una injusta condena.
¿Permanecerás sordo a su grito de angustia,
A su grito sangrante… Elí, lama sabactani?

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

CSC_0140CSC_0135

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

VI
No recuerdo los versos, aquel primero desgarro,
aquella furia inmensa, aquel oscuro piélago
en el que mi barquilla probaba el agua amarga.

No recuerdo esos versos que brotaron de un hondo
y sombrío hontanar,
pero fue en ese instante cuando me puse en pie.

Aquellos versos rotos, olvidados, perdidos,
constituyen la prueba del irrefutable intento
de vivir desde dentro.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Trigal (I)

CSC_0174

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

16 de abril de 2013 044Larrea desvió la mirada. El estómago se le contrajo como si fuera a vomitar. Un pudor invencible se adueñó de él. Al cabo de los años, esa sensación experimentada a menudo durante su adolescencia retoñaba produciendo los mismos estragos.

La edad no estaba en relación forzosa con la sabiduría. No era raro comprobar que los años volvían a la gente mezquina y estúpida.

Saldaña se recreaba en sus palabras. El mundo era una manzana con la que jugueteaba. Una manzana que escamoteaba a tenor de sus argumentos.

Larrea estaba de más en la reunión. En cualquier reunión. Pero en esa más que en ninguna.

Aceptó la invitación para, al día siguiente, no tener que dar explicaciones de por qué no había asistido al coloquio.

Saldaña era una autoridad en la materia. Podía hablar horas y horas sin repetirse ni trabucarse. Y dando una impresión total de convencimiento.

Era parco en sonrisas y en manoteo. En el momento adecuado mostraba la manzana. Las miradas convergían en él. Su inmutabilidad y su seguridad eran abrumadoras.

El malestar de Larrea aumentó. Tanto que tuvo que levantarse y salir de la sala. Se dirigió a los servicios donde se refrescó con agua la cara y el cuello. Luego cogió el portante.

La brisa lo alivió enormemente. A medida que se alejaba, se iba recobrando.

-o-

Levantarse e irse en lo mejor del coloquio, o más bien de la conferencia, fue una irresponsabilidad. Un feo que le hizo a Saldaña, a quien no se le escapaba nada.

“Eso es tirar piedras contra tu propio tejado” dijeron a Larrea sus colegas. Todos coincidieron en calificar de pueril su actitud. Y en afirmar que podía haber aguantado hasta el final, como ellos.

-o-

¿Por qué tenía que sufrir la autocomplacencia de Saldaña? ¿Por qué tenía que prestarse al juego? ¿Por qué tenía que poner en peligro su estabilidad interna? Lo que había hecho estaba bien. Eso era lo que debía hacer siempre.

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

CSC_0134

 

 

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.