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El ruido de la lluvia, que había arreciado, y el ramo de brezo, que presidía la mesa, me ayudaron a sobrellevar la velada. El lejano chisporroteo del fuego actuaba también como un eficaz saboteador del protocolo.
La noche prometía ser larga. Mis dudas tenía sobre si aguantaría el tirón. El tamborileo del agua me servía de consuelo a la par que avivaba un sentimiento ambiguo que se fue concretando a lo largo de la cena.
Mariana fue recibida con muestras de júbilo cuando apareció radiante con las pulardas asadas. Era la sorpresa que nos tenía reservada. Consciente de la impresión provocada, la anfitriona se movía con soltura, sin dejar de sonreír. Fue entonces cuando Alonso quitó de su lugar de honor el jarrón de Sevres para que lo ocupase la fuente.
Lo que dieron de sí las pulardas sólo Dios lo sabe. O el Diablo que fue seguramente el inspirador de tantas pampiroladas como se dijeron al respecto.
Fueron objeto de un chicoleo impropio, máxime cuando nadie estaba seguro de la identidad de esas aves. ¿Eran gallinas o pollos? ¿O eran una raza aparte? ¿Raza o especie?
Alonso, sin dejar de engullir, sostenía que eran cebones. Le replicaron que un cebón era cualquier animal al que se castraba y engordaba.
Eduardo intervino en el momento oportuno para decir que en realidad eran pollas. Esta observación, a pesar de la finura imperante, desencadenó la hilaridad de los presentes. “No se trata de una broma” dijo.
Y añadió: “Hay además varias clases según su peso y tamaño”. Él mismo, incapaz de contenerse, se unió al alborozo general sin dejar de insistir en que llevaba la razón.

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XXIV
Su falta de respeto es sólo comparable
a su incapacidad para la discreción.
Intemperante, zafio, es la glotonería
el emblema, la piedra angular de su vida.
Es todo un espectáculo contemplar al mentado
comiendo todo aquello que no debe comer:
las grasas, lo picante, las salsas muy espesas,
los guisos, las frituras, comiendo a dos carrillos,
hipando, farfullando, espurreando alimentos,
un hilillo de pringue
por la barbilla abajo, feliz, congestionado,
sosteniendo en la mano un hueso rechupado.
Después de ser testigo de tanta incontinencia,
por supuesto uno queda vacunado a conciencia.

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Aparte de los comensales mencionados, estaban también Eduardo Martín, el “connaisseur”, muy apreciado en las reuniones mundanas, y su mujer, menuda como él pero más tiesa. Ella se llamaba Rocío y, pese a esa impresión de envaramiento, era de conversación amena. Por sus cualidades, ambos eran invitados a numerosos acontecimientos sociales a cuyo lucimiento y animación contribuían.
Eduardo, cuando estaba en vena, que por fortuna era casi siempre, resultaba ingenioso y divertido. No era ni de lejos el caso de Alonso que quería pero no podía. Empeñado en caer simpático, esta incapacidad lo mortificaba aunque no tanto como a los testigos de sus infructuosos esfuerzos.
La opípara comida ha quedado grabada en mi memoria por derecho propio. La iniciamos con unos entrantes de jamón de cerdo ibérico alimentado exclusivamente con bellotas, mojama y ahumados (que le encantan a Rafael, aunque no le sientan bien, razón por la cual su mujer le lanzaba miradas disuasorias), espárragos blancos que se deshacían en la boca y una tarrina de angulas. Y unas galletitas crujientes, sin sal, ideales para acompañar.
Nos reímos cuando Eduardo cogió una pala y empezó a examinarla buscándole una aplicación. Mariana explicó que se usaba para servir los espárragos. Este era un detalle entre muchos. Los cuchillos reposaban en un curioso soporte. Los cubiertos y la panera, que imitaba una canastilla de mimbre, eran de plata, así como los servilleteros.
Aturdían tanto brillo y tanta meticulosidad. No sólo la plata resplandecía. También el cristal, el mantel y, sobre todo, la loza.
La fuente grande con el asado y otra más pequeña con el arroz, la salsera y los platos encandilaban con su blancura y seducían por su sencillez. Dos detalles les daban un toque personal: un filo y un monograma dorados.
El dibujo era pequeño y alambicado, siendo tarea ardua identificar las letras entrelazadas. Le comenté a Reme que yo no lo hubiese puesto en el fondo, sino en el reborde del plato. Mi novia replicó que era justamente ahí donde no se estampaban los monogramas.

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XXIII
Dos enormes cabezas coronan esa masa,
oronda, temblequeante, de sebo y gelatina.
La de cejas corridas y papada porcina,
mirando aviesamente paraliza a su presa.
Sin esfuerzo aparente la deja de una pieza.
La segunda cabeza tiene forma de pera.
Sus ojos son opacos, ciertamente bizquean.
Lo cual, si bien confunde, estratagema no es.
En su lengua cortante reside su poder.
Maldiciones, ofensas, insultos escogidos,
descalificaciones son las perlas que brotan
de su boca dentona.
Si no se mueve apenas, no es porque su gordura
se lo impida, más bien se trata de razones
de índole ideológica. Su propia idiosincrasia
es el mayor obstáculo.
Cuando quiere algo, grita, lo ordena perentorio.
Trabajar no trabaja. Se ha jurado a sí mismo
que jamás doblará su precioso espinazo.
Descomedido, ruin, no sabe de lealtades.
Quien manda es el dinero. Las manos se restriega
cuando atisba un negocio, es decir, un sablazo.
Todos han de quitarse de en medio porque el menda,
sudoroso, agitado, va a moverse por fin.
De asiento va a cambiar, sea Dios alabado,
apartémonos raudos.

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Como una espada de Damocles, pero de efectos más devastadores por su considerable peso y tamaño, una araña de bronce sobredorado pendía sobre nuestras cabezas. Conté diez brazos que sostenían una tulipa de pergamino. Ese lampadario, que no era, aunque lo pretendiese, una antigüedad, tenía que haber costado de todos modos una fortuna.
Al sentarnos a la mesa, admirados, alzamos los ojos. Alonso entonó un panegírico, como si, en lugar de un objeto ostentoso, se tratase de una persona eminente. Mi mirada fue más bien de aprensión. Si ese armatoste se abatiese sobre nosotros, provocaría una escabechina.
Mariana, que además de diplomática era perspicaz, captando mi recelo, hizo notar que la lámpara estaba sujeta por una cadena de hierro tan fuerte que un elefante podría columpiarse en ella.
Los presentes celebraron la ocurrencia. Alonso quiso redondearla con un confuso comentario en el que sacaba a relucir una canción infantil. Sonreímos. Elena hizo un mohín cuya traducción exacta era: “¡Vaya churro!”.
La larga mesa de nogal estaba dispuesta con un gusto exquisito. Las sillas de espaldar alto y recto facilitaban la adopción de una postura correcta. Pegado a la pared, había un aparador con las botellas y los trebejos que utilizaríamos a lo largo de la cena.
Una alfombra semejante a la del salón cubría el enladrillado del comedor. Debido a la lejanía de la chimenea, en el otro extremo de la estancia, en esta parte había un punto de frialdad que el cuerpo no tardaba en percibir.
En el centro de la mesa había un jarrón de Sevres con un ramo de brezo. Agolpadas en densos racimos, las flores rosas ponían una nota de naturalidad en un escenario tan lujoso.
Era una pena que Mariana no pudiera contenerse y completara la decoración con adornos de piñas barnizadas y cintas rojas alrededor de una vela, como si estuviésemos en Navidad.

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