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Archive for the ‘Anotaciones’ Category

29.- ¿Existe el progreso o es otro embeleco? El progreso es una lucha contra el tiempo en la que éste sale siempre ganando. Ahora bien, nos complace y nos tranquiliza comprobar que al menos conseguimos retardar sus efectos. E incluso esta demora o retroceso nos hace albergar esperanzas de eterna juventud, de inmortalidad. Pensamos que el tiempo puede ser derrotado.
Ésta es una ilusión como cualquier otra, con la que se puede vivir a condición de no olvidar que el olmo no produce peras. De lo contrario esa ilusión se convierte en un peligro mortal.
Nuestros lamentos, nuestro terror proceden de la comprobación de que la corriente temporal acaba arrollando todos los diques que se erigen para contenerla. Y también de la comprobación de que el tiempo es cambio perpetuo. ¿Cómo saciar el deseo de permanencia y de plenitud que alberga el corazón?
Ese deseo, esa aspiración de realización total, de perfección, que no se pueden alcanzar en las continuas mudanzas a que estamos expuestos, es lo más genuinamente humano.
Las utopías tienen su origen en esa aspiración. Las utopías son un rechazo del cambio. Son la instauración, en el ámbito social, de formas permanentes que nos faciliten esa ideal de realización suprema.
Platón le tenía pánico al cambio. Para neutralizarlo el filósofo ateniense escribió “La República” y “Las Leyes”, Tomás Moro “El libro del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía”, y San Agustín “La ciudad de Dios”, entre otros meritorios esfuerzos de ofrecer al individuo un cuadro en que desarrollarse armoniosamente.
No es cierto que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque nos lo parezca cuando echamos un vistazo a la actualidad, como tampoco lo serán esos espléndidos futuros prometidos por el progreso técnico, esos paraísos terrenales que agitan ante nuestras narices, esas nuevas ediciones de la fábula del burro y la zanahoria.
Cabe preguntarse si esos avances que supuestamente nos van a colmar de felicidad, no son en realidad más que una huida que nos va alejando de nuestro origen o de nuestro centro.
En el deseo de permanencia hay un rechazo del mal o de los males que aparecen en cuanto abrimos la caja de los cambios. Estos reajustes, remodelaciones, reorganizaciones, sangrientos e incontrolables en el caso de los procesos revolucionarios, no pueden llevarse a cabo sin incurrir en graves atropellos que son justificados invocando a Maquiavelo.
En realidad, esos crímenes y desafueros están bastardeando la bondad de los fines, los están descalificando. Ningún edificio firme se puede construir sobre esa base podrida, que tarde o temprano acaba pasando factura.
Dado que los cambios comportan injusticias y pérdidas, la permanencia se ofrece como la otra posibilidad de crear una sociedad sin tacha.
Platón, en concreto, no deja un cabo sin atar. Todo está reglamentado, pues cambio significa decadencia, retroceso, corrupción.
Los lamentos, los llantos vienen de la constatación del inexorable paso del tiempo y de las calamidades que este hecho conlleva. John Donne se quejaba y los profetas y Homero, como consigna Lino Althaner en este artículo.
En todas las épocas hay voces que se elevan para entonar ese canto elegiaco, para certificar que el tiempo no respeta nada. Ante esto surgen las reacciones utópicas y también otras propuestas como la que el autor de “Todo el oro del mundo” brinda: escuchar al Maestro que vive en cada uno de nosotros. Ésta es una solución o un recurso al alcance de cualquiera. Una decisión que no afecta a nadie más que a uno mismo. No hay que organizar grandes movimientos sociales. No hay que darle la matraca al vecino. Sólo hay que asumir lo que afirmara san Agustín: “In interiore homine habitat veritas”.
Así que no es necesario ir a ningún sitio sino permanecer y profundizar en uno mismo hasta encontrar esa gema resplandeciente. Es el mismo consejo dado por los alquimistas en esta fórmula: “Visita interiora terrae rectificando invenies occultum lapidem”.

 

 

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28.-Es una cantinela monótona, un ritornelo machacón, una muletilla que surge por doquier, eso de que hay que vivir en el aquí y en el ahora, como si se pudiera vivir en otra parte.
Se mire como se mire y nos pongamos como nos pongamos, no queda otro remedio que atenernos a esas coordenadas. Ya estemos sanos o enfermos, ya seamos inteligentes o estúpidos, ricos o pobres, guapos o feos, ya tengamos o no tengamos ilusiones, ya estemos atravesando una buena o una mala racha, todos vivimos en el aquí y en el ahora, nos guste o no nos guste.
Repetir una y otra vez esa consigna, como si ésa fuera la panacea universal, la solución a todos los problemas, no conduce a ningún sitio. Es solamente una pejiguera más, la confirmación de que Perogrullo anda suelto.
El aquí y el ahora es una realidad tan rotunda, tan axiomática como afirmar que el todo es mayor que las partes. Así que cuando se recomienda ubicarse en la intersección de esos dos ejes, se está incurriendo en una obviedad.
Una gran falacia es identificar el tan cacareado aquí y ahora con el presente, que es otra cosa.
El presente es un periodo de la vida que corresponde a la infancia, es decir, a la edad de la inocencia. El pasado y el futuro, que son otras formas del presente, corresponden a otras etapas cronológicas del ser humano.
El pasado y el futuro no son abstracciones o quimeras sino manifestaciones vivenciales del presente. Afirmar de ellos que son falsos o engañosos es un ataque al presente, un intento de empobrecerlo o mutilarlo. De hecho, una negación del presente que quedaría reducido a ese aquí y ahora de nuestros pecados.
El pasado y el futuro son extensiones, proyecciones, dimensiones del presente, que es el lugar de convivencia de las edades del hombre, donde todas se dan cita, donde todas se manifiestan y hacen valer sus derechos. La riqueza y la complejidad del presente están en relación directa con esos aportes de distintas fuentes.
El presente de Proust estuvo constituido en su madurez por un análisis minucioso de su pasado, una recreación tan vasta y prolija que cualquiera puede rentabilizar su presente con la lectura de “En busca del tiempo perdido”. Por supuesto, es una tarea que hay que tomarse con calma. Se podría decir que Proust vivió un presente impregnado de pasado.
Otros escritores o simples ciudadanos colman el suyo de planes, proyectos y utopías, orientándolo hacia el futuro, imprimiéndole ese tono. Muchos ejemplos se podrían poner al respecto, sobre todo en el campo de las reformas sociales. La formulación de leyes y la creación de las condiciones necesarias para los cambios son los medios utilizados para propiciar el advenimiento de un rutilante porvenir.
El trabajo de Proust y el de los ciudadanos comprometidos tienen en común que se realizan en la edad adulta, que es a la que pertenecen el pasado y el futuro.
El presente sin mezcla de otros elementos, el más puro, es el de la infancia. San Mateo cuenta que Jesucristo puso un niño en medio de sus discípulos, y les dijo: “Yo os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 18,3).
Cabe interpretar el Reino de los Cielos como el presente eterno, quedando el pasado y el futuro no abolidos sino subsumidos en esa totalidad trascendente.
Si nos atenemos a la enseñanza evangélica, no habría que dar la matraca con el aquí y el ahora, que tan a menudo no es más que un camuflaje del rancio “carpe diem”, sino insistir en la necesidad de volvernos como niños, de ser niños de nuevo para vivir realmente en plenitud.

 

 

 

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27.-La posmodernidad no puede evitar mirar hacia atrás y colocar las cosas en su sitio. Más que una tentación irresistible es un tic nervioso que se dispara solo.
Las coloca aquí o allí, más lejos o más cerca, y si hay que escamotearlas, se da un pase de magia y visto y no visto. El caso es que el conjunto luzca bonito y pueda ser contemplado placenteramente.
Cambiar, retocar, acicalar, esconder bajo la alfombra, inflar, desinflar…la panoplia de recursos es amplia en esa reubicación gozosa y, es fuerza decirlo, virtual, que es el terreno donde la sociedad posmoderna está ganando todas las batallas.
Este trajín en busca del efecto deseado, esta delirante actividad, se aprecia sobre todo en el campo histórico y en el literario (en esos rescates a palos, en esos silencios vergonzosos, en esas hipócritas admiraciones, en esas actitudes tan chuscas que llegan incluso a la prohibición).
Las gafas deformantes y las amplias anteojeras de cuero son los medios que permiten releer interesadamente o ignorar olímpicamente los hechos del pasado. La piedra de toque la constituye la satisfacción egoica.
El fin justifica cualquier disparate. El fin que no es un mundo más justo, sino un mundo más majo, a la medida de mis pueriles deseos, en el que mi exquisita conciencia no sufra sobresaltos, un mundo en el que el respeto y la objetividad deban refugiarse en la clandestinidad, pero en el que pueda proyectar a diestro y siniestro mi fabulosa fantasmagoría.

 

 

 

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26.-Emma a su amiga Lupe: “Cada cual carga con su cruz. A todo el mundo le aprieta el zapato en algún sitio, aunque el zapato sea de Gucci, aunque se lo haya hecho a medida. Y borra esa sonrisa escéptica de tu cara. No estoy justificando a las clientas de Christian Dior ni de Prada.
“Aunque por fuera todo parezca oro, la realidad interior no coincide con ese relumbrón que encandila a los espectadores. ¿De veras crees que hay quien se libra de pagar un precio?
“Hay quienes gozan de una excelente situación económica y de fantásticas relaciones sociales, pero incluso esas afortunadas tienen una queja, un punto negro, una servidumbre. Y no veo razón alguna para menospreciar o satirizar ese problema real, que como cualquier otro hay que saber gestionar si no quieres que te acabe amargando la existencia.
“Vivir tiene sus ventajas y sus inconvenientes, en proporciones variables y haciendo los distingos que quieras. A cada mortal le corresponde su lote.
“Hay quien decide vivir sola y quien prefiere hacerlo en compañía. Habrá momentos en que la primera mire con envidia a la segunda y viceversa. Porque tanto un estado como otro tiene su cara y su cruz.
“Aunque no paras de despotricar contra los hombres, los echas de menos. No lo niegues. Yo, sin embargo, he recalado en la soledad que es donde he encontrado mi sitio. Y no pienso abandonar esa rada.
“Cada una tiene lo que se ha buscado a lo largo de los años. Llega un momento en que no podemos desviarnos del camino que se extiende ante nosotras. Sólo podemos seguirlo porque ése es nuestro camino.
“Ya sé que no estás de acuerdo con ese planteamiento. Según tú, podemos empezar una y otra vez, debemos hacer lo que nos convenga o apetezca. Si ese camino se ha puesto difícil o ya no nos gusta, lo que hay que hacer es dejarlo y coger otro.
“Tú eres un buen ejemplo de que eso no es así. Hacemos lo que tenemos que hacer, con escaso margen de maniobra por lo general.
“Las elecciones son posibles al principio, pero a medida que avanzamos el abanico se va cerrando. Al final sólo se ofrecen dos opciones: o seguir o no seguir. Y no me digas que otra posibilidad es tirar campo a través o arrojarlo todo por la borda, porque ése es el segundo término de mi disyuntiva. Y, por cierto, a ti no te ha dado por echarte al monte. Que quizás lo hagas. Sí, claro, hay quien lo hace”.

 

 

 

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25.- Dice Emma a su amiga Lupe: “Primera premisa del silogismo: Todas tenemos que lidiar un toro. Segunda premisa: En la vida se paga un precio por todo. Conclusión: Hay que bandearse lo mejor que se pueda y se sepa.
“Todas las reses no son iguales de bravas. Ya me entiendes: hay problemas grandes, problemas medianos, problemas pequeños y pamplinas.
“Yo no soy relativista. No pienso que todo vale, que todo está permitido, que la vida es demasiado corta para privarse de nada. El famoso “a vivir que son dos días”.
“Soy incapaz de liarme la manta a la cabeza y decir a todo que sí, que es como se afianzan las imágenes dabuten.
“La segunda premisa también se podría enunciar así: Por todo se paga un peaje en la vida.
“Tras la fachada, que es lo que a ti te sirve de argumento para negarle a esa persona el derecho a quejarse, y si se atreve a ello, a criticarla acerbamente, tras la fachada, digo, están las habitaciones de la casa que no conoces.
“A pesar de no ser taurina, la metáfora del toreo me gusta porque es gráfica y eficaz. Así pues, voy a seguir con ella.
“El arte del toreo nos concierne a todas. Por supuesto, los toros no son iguales, pero incluso el más manso nos puede coger y darnos un revolcón. E incluso empitonarnos.
“A fulana, según me cuentas, todo le ha venido rodado. No pongo en duda que ha tenido muchas facilidades y comodidades. No pongas en duda tú tampoco que estará lidiando los toros que han salido del chiquero expresamente para ella.

 

 

 

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23.- “¡Qué aburrida me tienes con ese estribillo!” dice Emma a su amiga Lupe. “No, todo no da igual. Mi situación económica y social es mejor que la tuya. Objetivamente lo es y se puede demostrar sin dificultad. Incluso has dicho en más de una ocasión que estarías dispuesta a cambiar tu situación por la mía.
“Lo mismo ocurre en otras parcelas de la vida. ¿Por qué no habría de dar igual en cuestiones de dinero y de prestigio, y sí en otras? ¿Tal vez por el simple hecho de que tú a las primeras les concedes importancia y a las segundas no?
“Es mentira que todo da igual. El factor económico es relevante. La tierra es la que nos sostiene. Pero sobre la tierra está el cielo. Conviene no olvidar ese detalle”.

24.- Cansada del radicalismo lacrimógeno de Lupe, Emma le replica: “Me miras y sientes un ramalazo de envidia, de sana envidia, dices, aunque eso sea una contradicción en los términos, un ridículo oxímoron.
“Pero tú lo aceptas todo. Todo lo ves bien. En tu ancha manga cabe cualquier disparate. Todo lo ves bien. Todo lo aceptas. Salvo que mi situación económica y social sea mejor que la tuya. Ante eso te rebelas, sientes una sana envidia. Todo no está bien. Ni para mí ni para ti.
“No quieras engañarte. Tú no eres tonta. Está también la cuestión de que no todo lo que reluce es oro. Cada una sabe dónde le aprieta el zapato. Incluso las antirrelativistas de buena posición tenemos problemas.
“Ocurre, desde luego, que sólo vemos lo que queremos ver, la parte buena, la que suscita envidia. La parte mala no nos interesa. Si nos llegan noticias de ella, nos apresuramos a aguarlas, a rebajar el tono, a menospreciarlas.
“Todas tenemos problemas aunque todos los problemas no sean iguales. Los hay de verdad y de mentira. Grandes, medianos y pequeños. Ocurre como con las enfermedades. Todas tenemos achaques, pero no vamos a comparar un cáncer con una torcedura de tobillo, por muy dolorosa que sea.
“No dudes de que a cada una le ha tocado su ración de sufrimiento. Y es injusto infravalorarla o desdeñarla porque la nuestra es mayor y nos ciega”.

 

 

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22.-La belleza es la interrelación armoniosa de las partes de un conjunto y de éstas con la totalidad. Es la percepción de orden y sentido en las manifestaciones humanas y en los fenómenos de la naturaleza.
Aldous Huxley dice exactamente: “La belleza brota cuando las partes de un conjunto se relacionan unas con otras y con la totalidad, de tal manera que las aprehendemos en orden y con sentido” (p. 28, Sobre la divinidad, Kairós, 2000).
La belleza es una expresión de la subjetividad humana, pero eso no quiere decir que cualquier cosa, porque alguien lo afirme, sea bella. Ateniéndonos a la definición dada, desde el punto de vista estético y moral hay fealdades incontestables.
La belleza (centrada en el yo, en el sujeto) conforma junto con la bondad (centrada en las relaciones con los demás, en la sociedad) y la verdad (la dimensión objetiva de la realidad) la gran triada que debe presidir todos los actos humanos.
La verdad sobrepasa al yo y al nosotros, es decir, al ámbito de la subjetividad y de la intersubjetividad, erigiéndose en una exigencia de conocimiento más allá de cualquier contingencia. Tal vez habría que decir simple y llanamente en un imperativo de Absoluto.
Manifestaciones de la fealdad son el nihilismo, que es negación de orden y sentido, acompañada normalmente de furor destructivo, y el relativismo, que es una especie de nihilismo menos rabioso. En uno y en otro hay una tendencia de reducción a la nada, aunque a menudo ese objetivo se disfrace de necesidad de hacer “tabula rasa”, requisito indispensable para construir la sociedad perfecta y el individuo feliz. En la práctica, se ha demostrado repetidamente que movimientos de esa índole conducen al totalitarismo y a la cosificación del hombre.
El nihilismo es una negación directa de significados y valores. El relativismo actúa más insidiosamente. Amparándose en la obtención de beneficios inmediatos, revistiendo la apariencia de un proceso razonable, realiza su labor de zapa que persigue el mismo objetivo de demolición social e inflación del ego. Ciertamente, las actitudes relativistas tienen a su favor que, en efecto, a niveles pragmáticos el sentido común aconseja ser flexible y adaptable.
Si aceptamos que la belleza es orden y sentido, esas dos doctrinas, en las que la dimensión subjetiva adquiere un carácter monstruoso, son sumamente feas. Por su desproporción merecerían ser exhibidas en una caseta de feria. Por su ausencia de equilibrio entre las partes, pueden ser definidas como sinécdoques patológicas.
Entre bambalinas se mueve un ego tiránico que no tolera la más leve exigencia de objetividad, que no admite la más leve intromisión, un ego para quien su peor enemigo es todo aquello que lo sobrepasa. Su única aspiración es vivir sola y exclusivamente dentro de sí mismo, pretensión que arropa con discursos engañosos. Su meta es satisfacer sus deseos, que pueden traducirse en las aberraciones sadianas, por poner un caso extremo que ejerce una innegable atracción en ciertos ámbitos intelectuales.
Lógicamente, todo aquello que coarte, frustre o limite ese deseo pone de uñas y es visto como un ataque represor.
En última instancia, el nihilismo y el relativismo se pueden definir como la negación de lo Absoluto, que es el asiento, el lugar de origen de la triada a que se hacía mención anteriormente, la raíz y la fuente de todo.
Para esas doctrinas deletéreas, cualquier cosa puede ser bella. Basta con que alguien se empeñe y, puesto que sólo el sujeto existe, puesto que sólo la subjetividad es real, cómo rebatir esa afirmación. La única forma de hacerlo es, admitiendo la existencia de lo Absoluto y la realidad de la objetividad, remitirnos a esas instancias.
Para dichas doctrinas, la verdad es un cuento chino que depende de multitud de variables y condicionantes. La verdad es un transformista que, según el país y la época, adopta una forma u otra, todas auténticas o todas falsas, eso es algo imposible de averiguar y, en definitiva, irrelevante.
En cuanto a la bondad, tras un buen amasado, la reducen a buenismo, que es una pasta insustancial pero de venta inmediata, un barniz brillante sobre una puerta de melamina. Pero el respeto ha hecho mutis por el foro. El reconocimiento del otro como alguien que puede no compartir mis fijaciones no se contempla. El prójimo sólo es aceptado en la medida en que me refleja, en que me devuelve mi imagen. El prójimo es el espejo en que me miro para comprobar lo guay que soy.
Contemplando la imagen del planeta Tierra flotando en los espacios intersiderales, uno piensa que el ser humano es un milagro similar. ¿Cómo podría existir la Tierra sin ese vacío que le permite gravitar? ¿Cómo puede sobrevivir el ser humano sin ese trasfondo absoluto, que es de donde venimos y adonde regresamos?

 

 

 

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21.-Me dice Emma: “Hay cosas que la gente no comprende o no quiere comprender” “¿Como qué?” “Por ejemplo, que por todo se paga en esta vida. El quid de la cuestión radica en saber si estás dispuesto a pagar el precio o si vas a pasar todo el tiempo negociando, que es la cursilada que se ha puesto de moda”.
Y prosigue: “Cuando tienes un problema serio o tienes que hacer frente a una situación difícil, normalmente no cuentas con nadie. Y aunque tengas esa suerte, tu mejor aliado sigue siendo tú mismo.
“La dimensión real de esas situaciones o problemas sobrevenidos se nos escapa, a no ser que nos afecten directamente.
“Hablo de algo que has encontrado en tu camino sin buscarlo. De algo, como solía decir mi abuela, que estaba para ti.
“Puedes intentar retroceder, dar un rodeo, dejar ese camino y tomar otro menos ingrato. O puedes decidir que ése es el tuyo, lo cual, según mi modesto saber y entender, es un signo de madurez”.
“Ya” replico, “pero algunos peajes son abusivos. No hay bolsillo que los resista”. “Claro. Siempre puedes, de una u otra forma, aparcar el problema o desguazarlo. Pero vendrán otros, no lo dudes. Se producirán otros conflictos o se reproducirán los mismos. La historia interminable es ésta y no la que contaba Michael Ende en su libro.
“Pero puede ocurrir también que tú, libre y voluntariamente, no quieras deshacerte de tu problema sino asumirlo. No quieras emprender nuevos caminos acogiéndote a cualquier coartada al uso, sino aceptar que esa adversidad es parte constitutiva de tu vida, incluyendo los efectos colaterales que eso conlleve”.
“Ésa es una actitud maximalista” objeto, “una actitud con escasa o nula popularidad en los tiempos actuales. En nuestra sociedad se tiende a escurrir el bulto y a acogerse al hedonismo. A anteponer una multitud de razones personales”.
“Sí” admite Emma, “pero la sociedad está compuesta de individuos que, si se paran y reflexionan, por poco honestos que sean, tienen que reconocer la banalidad de ese planteamiento”.

 

 

 

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20.- ¿Se puede concebir la izquierda sin la derecha, el día sin la noche o la mortalidad sin la inmortalidad?
Vivimos en una época sesgada que propone todo eso y se queda tan ancha. Y que nadie chiste.
Las grandes creencias han sido barridas. Vivimos en una época desalmada, en el sentido de carente de alma. También propone esto: cuerpos sin alma. Las realidades espirituales son, a lo sumo, objeto de mercadeo o de burla.
Sus lemas son dos: “Todo está permitido” y “Esto es lo que hay”. La única opción viable, correcta y aplaudida es recocerse en su propio jugo aderezado con la salsa del “carpe diem”, con ese delicioso ajilimójili.
El reconocimiento y el aprecio del mundo manifiesto no implican la negación de su opuesto complementario. Pero hablar de ese otro mundo no visible mueve a risa. O sea, hablar de la verdad, de la bondad y de la belleza como atributos divinos y como vías de salvación, hablar de la trascendencia, hablar de Platón, que es de quien parte la filosofía occidental, de la que se ha dicho que sólo son anotaciones a pie de página de la obra del pensador ateniense.
Para rellenar esa laguna de dimensiones oceánicas, proliferan las propuestas de goce inmediato. La reclusión en el aquí sin allá y en el ahora sin antes ni después. La glorificación de la tierra sin cielo. Lo que contemplamos sobre nuestras cabezas son los espacios siderales, el éter, el vacío.
El mundo es un lugar cerrado, un castillo con siete murallas alrededor. Fuera no hay vida, no hay nada.
Este estatus exige la aniquilación del impulso trascendente, el desarraigo de todo brote espiritual.
Nos encontramos en la paradójica situación de querer alcanzar nuevas cotas de libertad sofocándola.

 

 

 

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19.-Las actitudes totalizadoras actuales cifran el misterio humano en un solo punto, el sexo, y convierten el mundo en una apoteosis de penes y vaginas, “ad maiorem Freud gloria”.
¿Quién niega la importancia del sexo? ¿O la de la economía, aunque sea igualmente falseador explicar los mecanismos sociales y los cambios políticos sola y exclusivamente en términos económicos?
Esos reduccionismos son los regalos envenenados que nos ofrecen los hombres del norte.
Esos lechos de Procusto en los que hay que morir descuartizados para ajustarse a una teoría, esos cercenamientos de la realidad que Camus y otros rechazan en nombre de la integridad y de la libertad, son ajenos a los hombres del sur, a los que el simple goce de la vida impediría perder su tiempo en esos constructos.
Camus, cuando se instaló en la metrópoli, venía vacunado de su Argelia natal, la tierra que lo marcó y a la que nunca renunció, la que hizo de él un escritor solidario con propuestas a la medida del hombre.

18.-Los personajes de “La náusea” me parecieron, más que absurdos, ridículos. Fue un libro que no pude acabar de leer. Los personajes de Camus resultan cercanos aunque su comportamiento sea chocante o incomprensible, como en el caso de Mersault o en el de Clamence que, tras escuchar una risa demoníaca en el momento de encender un cigarrillo, se tiene que enfrentar al sinsentido de su vida. Tras esa experiencia (una chica que se suicida arrojándose al Sena desde uno de sus puentes), que es un punto de inflexión y de no retorno, Clamence no volverá a ser el mismo.

17.-La primera inquisición nació en el seno de la Iglesia católica. Ha habido otras muchas después. Con diferentes discursos y ropajes pero animada por idéntico espíritu de intransigencia y fanatismo, esa institución sigue escarmentando herejes.

 

 

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