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Archive for the ‘Cuentos’ Category

Por razones laborales teníamos que pernoctar en la ciudad donde trabajábamos. Acabábamos tarde y al día siguiente empezábamos a primera hora.
Por el camino, la conductora propuso que aceptásemos la invitación de otra colega. Aun siendo consciente de que no era una buena idea, no me negué.
No se trataba, por supuesto, de cenar sino de tomar una copa o, como la que convidaba dijo finamente, un aperitivo. La conductora insistió en que estaría encantada de recibirnos a todos en su casa. Puede que fuera cierto.
Mi reticencia se fundamentaba en el conocimiento que tenía de esa colega. Su apego al dinero era “vox populi”. Dependiendo del grado de afecto o de discreción, unos la calificaban de buena administradora y otros de tacaña.
Como a las otras dos les pareció bien la sugerencia de la conductora, no quise pasar por un aguafiestas y me sumé al consenso general.
El aperitivo no defraudó mi recelo. Nos puso de beber cerveza importada de Holanda que estaba en oferta a un precio irrisorio. Sin espuma y floja, parecía gaseosa sin burbujas, pero justo es decir que estaba lo suficientemente fría.
Para picar nos obsequió con unas aceitunas que, según explicó la anfitriona, había lavado en el grifo porque estaban un poco saladas. Y lo seguían estando después del baño. Haciendo gala de prudencia afirmamos, no obstante, que estaban buenas.
Nos sorprendimos cuando nos sacó un plato de queso. Los triángulos alargados formaban un círculo perfecto que elogiamos.
Se trataba de un queso industrial, de pasta semiblanda, de color amarillo pálido. Tal vez no podía alardear de una acusada personalidad, pero tenía buen aspecto.
Cuando comimos el primer trozo, los cuatro, sin poderlo evitar, pusimos una cara extraña.
Al masticar el queso no se apreciaba nada digno de mención ni en un sentido ni en otro, pero al tragarlo dejaba en la boca un regusto metálico, como si te hubieses comido la hoja de un cuchillo.
Los cuatro pensamos lo mismo: ¿nos estará envenenando?
En esto llegó de la calle el marido de la susodicha, que es catalán, lo cual es un dato irrelevante, igual podía ser murciano. De nuestros rasgos deformados por el repelús desvió la mirada a la mesa y comprendió.
“¿No me digas que les has puesto ese queso?” Ella, que no tiene sentido del límite ni del ridículo, con una desinhibición supuestamente festiva, respondió: “A nosotros no nos ha gustado, pero eso no quiere decir que a ellos no tenga que gustarles. Yo lo he puesto. Lo pueden comer o no. De todas formas ¿no íbamos a tirarlo?”.

 

 

 

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                              La ciudad

La temperatura ha bajado. El sol invernizo calienta poco. El picor del frío en la cara y en las manos tiene la virtud de incrementar la sensación de estar vivo. No hay rastro de nubes en el cielo. Jornada luminosa. Siempre hay escapatoria. La realidad tiene repliegues. Ofrece refugio. No es lisa y dura como un muro de cemento. Tiene recovecos. La ciudad es vertical y geométrica. Ciclámenes rojos y blancos. Naranjos. La realidad no es una superficie impenetrable con la que uno choca como una mosca contra un cristal.

El dependiente

Era dependiente en una tienda de ropa. Ése era el trabajo que había encontrado. Al principio no le gustaba, pero con el tiempo fue acostumbrándose. No era lo que había soñado. Él aspiraba a un empleo en una oficina, a ser posible en el centro de la ciudad, pero las circunstancias mandan y, mientras se presentaba la oportunidad de cambiar, más le valía mostrarse diligente.
Estaba en la sección de hogar. Se convirtió en un experto en mantas, edredones, sábanas y cortinas. Podía presumir de ser apreciado por la clientela, mujeres en su mayoría, para quienes la juventud y la buena presencia del joven eran un reclamo.
Había un obstáculo que se interponía en la consecución de su objetivo. Ante él se abría una hondonada que debía salvar para alcanzar ese centro urbano donde se realizaría como flamante oficinista, tal vez en la plaza de la Magdalena o en la del Duque. O mejor aún, en la plaza Nueva, en un despacho desde el que se viese el Ayuntamiento.
No cabían trampas ni atajos. Esa zanja inmensa y profunda, ese socavón lleno de extraños zumbidos, como si estuviese habitado por gigantescos insectos que no parasen de aletear, no podía franquearse directamente. Había que tener la paciencia de sortearlo con precaución.
Cuando iba a tomar un café, se paraba junto a uno de los naranjos y, cerrando los ojos, visualizaba un barranco y luego, sin solución de continuidad, una comarca plagada de cárcavas que se entrecruzaban y sucedían creando un paisaje onírico, lunar.
Daba entonces una última calada al cigarrillo, tiraba la colilla aplastándola con la punta del zapato y volvía a la tienda, donde ya lo esperaban dos clientas que querían ser atendidas por él.

 

 

 

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                      La salida de casa

Mi madre se levantaba antes que yo y me preparaba el desayuno, que tomaba en la mesa de la cocina. Un vaso de leche con cola-cao y una tostada untada con margarina.
Me despedía y me iba con los libros debajo del brazo y las manos metidas en los bolsillos del chaquetón. Mi madre, como todavía era temprano, volvía a acostarse.
Aún no había amanecido. Me dirigía a la parada del autobús y, junto a otros usuarios, esperaba su llegada.
Estaba oscuro y hacía frío en esa esquina, a la intemperie. Había pocas ganas de hablar. Entonces aparecía ese tipo mal encarado, que miraba a los demás por encima del hombro, como si pasase por casualidad y sintiese lástima de los infelices que estaban allí, a pie firme. Seguramente se creía merecedor de viajar en una limusina o en un cadillac, pero el caso era que, cuando el autobús se detenía y abría sus puertas, se daba prisa en subir y acomodarse en uno de los asientos, si tenía la suerte de encontrar uno.

El puente

Era un puente viejo, abandonado. Era un desafío. Ni siquiera tenía barandas. Pero si querías pasar al otro lado tenías que atravesarlo.
Si no te querías quedar en el mismo sitio como un pasmarote o regresar a casa con el rabo entre las piernas, si querías ir más allá, había que arriesgarse. Había que cruzar el puente por largo o peligroso que pareciera.
No valía la pena perder el tiempo pensando. Mientras más pensases, peor. Más crecería tu miedo, más terreno ganaría tu inseguridad, más te encogerías.
Había que echar valor. Escoger el mejor momento. Cuando uno se siente más animoso. Marchar con decisión, sin mirar atrás, con los ojos puestos en la otra orilla.
Un puente es una tierra de nadie. Un espacio delimitado por dos fronteras, la de acá que es, digamos, la tuya, y la otra, la más lejana, la que es preciso conquistar.
Los miedos siempre acechan. Miedo a derrumbarse, a perder el control, a experimentar la fatal atracción del vacío. Miedo a convertirte en un antihéroe.

 

 

 

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Desde que subían al coche, no paraban de hablar. Tenían siempre uno o dos temas de conversación que se entrecruzaban. En mi rincón, detrás de la conductora, yo escuchaba distraídamente sin participar.
Esa capacidad comunicativa me asombraba. Reconocía que debía tratarse de un don.
De hecho, como había tenido ocasión de comprobar, podían hacer varias cosas al mismo tiempo. En la medida en que me afectaba, esa actividad múltiple me producía inquietud.
La conductora podía perfectamente manejar el volante, seguir las noticias de la radio haciendo comentarios pertinentes e intervenir en la charla general.
La conductora no era un caso especial. Las otras alardeaban también de tener tres o cuatro frentes abiertos sin trabucarse ni volverse locas.
Mi cabeza funciona lentamente. Este estado se agrava por la mañana temprano. Mis neuronas están todavía desperezándose. La luz escasa las invita a permanecer en una agradable modorra.
Eso sin contar con que no desayuno, tengo la boca pastosa y la garganta seca, todo lo cual dificulta la emisión de cualquier sonido, y no digamos la articulación y concatenación de palabras en un orden lógico.
Modoso y discreto, con la cartera sobre las piernas, me pregunto mentalmente por qué mis compañeras no cierran el pico y tenemos un viaje apacible.
Es cierto que, mientras más disperso mi atención, más peligro corro de marearme. Este temor que se ha hecho realidad tres veces, es otro condicionante de mi comportamiento.
Aun sabiendo que mi actitud suscita curiosidad, no veo motivo para dar explicaciones, ni todavía menos para pretender ponerme a la altura de las circunstancias, temeridad que pagaría cara.
Así que, cuando una de mis compañeras con la intención de involucrarme en la conversación, según ella, con la de chincharme, según yo, me preguntó: “¿Y tú? ¿Cuántas cosas haces a la vez?”, respondí de inmediato: “Yo hago las cosas una a una y concentrado”.

 

 

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Dijo: “El día es una sucesión de desencuentros. Tan pronto como uno se levanta, uno empieza a correr de sí mismo. Raramente las dos partes de que una persona está compuesta, y no me refiero al cuerpo y al alma, sino a lo que somos y a lo que nos vemos obligados a ser, a nuestro ser profundo y a la agitada superficie, coinciden. Ambas están en perpetua fuga. Siempre una detrás de otra. O una quieta, a la expectativa, y la otra yendo de aquí para allá, como loca.
“Seguramente hay un miedo a encontrarse o una incapacidad o demasiadas barreras. Pero el caso es que esas dos partes permanecen desacopladas.
“El resultado es que uno está siempre fuera de sí, en el exterior, en lo que los demás esperan de ti, en lo que tú esperas de ti mismo.
“Vivimos con la mente puesta en otra cosa que no es la que estamos haciendo en ese momento, programándonos, concertando citas, realizando gestiones, hablando por teléfono, comprando o vendiendo.
“Vivimos simultaneando actividades, desatentados, proyectados hacia el mañana o atrapados en el ayer.
“¿Cuándo se produce el milagro de la reconciliación, aparte de al final de la jornada, al tendernos en la cama, cerrar los ojos, agotadas nuestras fuerzas, y entregarnos al sueño?
“Pero en este caso es a Morfeo a quien tenemos que dar las gracias. No es mérito nuestro sino suyo. Por lo demás, no sé si cabe hablar de encuentro o de rendición.
“Los encuentros de verdad son infrecuentes, sobrevienen de forma imprevista, a traición, en un descuido. Tal vez escuchando música, leyendo, escribiendo, dando un paseo, contemplando un paisaje…
Calló un momento. Luego preguntó: “¿En qué circunstancias acaecen los tuyos? ¿Cuándo encajan esas dos partes y sólo hay una? ¿Cuándo dejas de estar fraccionado y te recompones por entero? ¿Cuándo saboreas la felicidad de ser tú mismo?”

 

 

 

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Éramos tres mujeres y un servidor que íbamos en coche al trabajo. Cada día uno de nosotros llevaba el suyo. Así economizábamos y el viaje, presuntamente, se hacía más corto.
Por lo general hablo poco. Prefiero escuchar y contemplar el paisaje. Más lo segundo que lo primero. Mis compañeras, incluso por la mañana temprano, prefieren hablar. Siempre tienen que contar un montón de cosas.
En una ocasión abordaron el tema del feminismo. Como de costumbre, yo permanecía calladito en mi rincón, detrás de la conductora.
A bocajarro, de forma que me sentí violento, me preguntaron cuál era mi opinión sobre el aborto.
Les respondí lo que pensaba, que no era lo que ellas esperaban, y que no les gustó.
Se hizo un silencio embarazoso. Una de mis compañeras me miró de través, con una media sonrisa, y dijo: “Pero tú no eres una mujer”.
“Si lo fuera, sería la mujer barbuda” repliqué. Por desgracia su sentido del humor las había abandonado y ninguna celebró mi ocurrencia.

 

 

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                                         VI
Todo había sido un espejismo, una broma macabra de su imaginación. Se había dejado asustar por ridículas visiones propiciadas por la fatiga mental o por una alteración orgánica.
Recordó que en el pueblo, donde él no había puesto los pies, había andancia. Álvarez le había comentado que el virus afectaba a las vías respiratorias o al aparato digestivo, provocando en ambos casos fiebres altas.
Y después estaba el desencadenante de ese lamentable episodio, ese dichoso cuadro que no tenía que haber traído, que tenía que haberse quedado en Sevilla, que tenía que haber vendido o regalado.
Vida nueva, decorado nuevo. Había sido una equivocación no deshacerse de ese elemento de su pasado que, en una reacción natural, hizo arrugar la nariz al ex propietario de la huerta.
Fue a beber agua a la cocina. Se le habían quitado las ganas de descorchar la botella de rioja. Pensó en preparase algo de comer. Algo ligero. No tenía hambre.
Abrió el frigorífico. Estaba dudando entre coger dos huevos para hacer una tortilla o el tetrabrik de caldo, cuando oyó arañazos en la puerta que daba a la parte trasera.
La madera crujía como si alguien la estuviese presionado, como si alguien quisiera entrar.
Se acercó a la ventana que había encima del fregadero. Se oyeron golpes en la puerta principal.
Apartó la cortina a cuadros azules y miró a través del cristal surcado de innumerables regueros de agua.
No vio nada. Acercó más la cara y, del otro lado, una enorme cabeza de perro hizo otro tanto, quedando ambas frente a frente. El animal aulló y, alzando una mano humana, señaló la puerta.
El gesto negativo de Javier, igual que su súbito retroceso, fue automático. El cinocéfalo enseñó los dientes en un largo gruñido. Luego empezó a ladrar cada vez más fuerte, como si le estuviese soltando una reprimenda al hombre.
Javier echó la cortina y regresó a la habitación de la chimenea, que tenía dos ventanas, una al emparrado y otra al camino.
Seguían aporreando la puerta. Agarrados a los barrotes de la reja vio a unos seres espantosos que le hacían señas.
En la ventana de la izquierda había hombres con un solo ojo en la frente. En la otra, criaturas sin cabeza se peleaban con otras que tenían varios brazos para hacerse sitio.
Esas abominaciones cercaban la casa. Esos monstruos querían entrar. Sus golpes y gritos se superpusieron al ruido de la lluvia.
Javier no cedió. Al cabo de un buen rato se oyó de nuevo el sonsonete del agua.
Encendió la luz exterior y miró a través de la ventana. Junto a la puerta sólo quedaba un grupo de hombres con ojos en los hombros y la nariz y la boca en el pecho.
Tenían metidos los pies en un lodazal en el que poco a poco fueron disolviéndose.
Javier se dejó caer en el sillón, frente a la chimenea apagada. Ésta era su primera noche oficial en la casa de la huerta. Su primera noche de vida retirada y centrada en el trabajo, los libros y los paseos por el monte. De vida en la que las relaciones con los demás se reducirían al mínimo indispensable.
Prudentemente había acordado con Álvarez que siguiese explotando la huerta, a cambio de tenerla cuidada y de suministrar a Javier las frutas y verduras que le fueran necesarias. Su concepto de vida de ermitaño no incluía coger el azadón y el rastrillo.
Su primera noche había sido una caída en picado que socavaba los cimientos de sus facultades mentales. Esos sueños aterradores, esas alucinaciones, lo llevaron a preguntarse si podría resistir.
Pasó el resto de la noche en vela, sentado en el sillón, con el temor de sufrir un nuevo ataque.
Cuando las grises luces de un cielo encapotado anunciaron un nuevo día, Javier se levantó y abrió la puerta. El suelo de ladrillos estaba limpio, baldeado a conciencia por la intensa lluvia.
La noche se diluía en un amanecer brumoso, perfilándose un mundo de colores apagados, un mundo confuso, carente de nitidez y límites.
Fue al cuarto de baño. Antes de enjuagarse la cara, se miró en el espejo que le reflejó sus ojos enrojecidos, su palidez, su cansancio.

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                                          V
A Javier le pareció que la claridad diurna se apagaba más aprisa. Salió fuera y contempló cómo la oscuridad se tragaba los árboles y el cauce por donde corría el Tremedal. Las densas sombras fueron invadiendo los bancales de hortalizas y cercando la casa, que destacaba como único núcleo luminoso.
Pensó absurdamente que la noche manifestaba un acuciante deseo de apoderarse del mundo.
El tiempo había empeorado. Empezó a lloviznar, pero esas pocas gotas no lo decidieron a entrar en la casa.
Permaneció bajo la parra recién podada, sintiendo el agua en el rostro, hasta que arreció y tuvo que refugiarse para no acabar empapado.
Cerró la puerta y echó el cerrojo. Se quedó mirando la habitación en la que pasaría la mayor parte del tiempo, donde trabajaría, comería, leería, escribiría…
Se quedó allí un rato, oyendo el repiqueteo de la lluvia cada vez más sonoro, en un estado de ánimo difícil de precisar.
La naturaleza muerta estaba en el testero de en frente, a la izquierda de la chimenea. Era lo primero que se descubría al entrar. Álvarez, cuando la vio un día que vino a hablar con Javier de la explotación y cuidado de la huerta, se paró en seco e hizo un gesto con la cara que evidenciaba su rechazo. “¿No te gusta?” le preguntó Javier. “Me gustan las pinturas más alegres” respondió.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Javier. La palmatoria del cuadro, que reposaba sobre dos viejos infolios, se había encendido. Una llamita parpadeante coronaba el cabo de vela casi consumido, cuyos chorreones solidificados bajaban hasta el platillo.
A Javier se le puso la carne de gallina cuando observó cómo la calavera, colocada de medio perfil sobre el paño de terciopelo escarlata, cambiaba de posición. Giró lentamente hasta enfilar con sus cuencas vacías, con esos profundos cuévanos que los arcos superciliares aureolaban de malignidad, al aterrado espectador.
La mirada de esos dos agujeros descarnados que por momentos parecían agrandarse, anonadó a Javier.
La nariz corroída por el tiempo, las apretadas mandíbulas en las que no faltaba un diente, el abovedado hueso frontal quedaron anulados. Sólo existían esos dos pozos o túneles que se perdían en la negrura de una sima insondable.
Haciendo un esfuerzo, Javier se sustrajo a la atracción de ese abismo. Comprobó que el reloj de arena, situado a la izquierda del cráneo, que ocupaba el centro de la composición, funcionaba.
Un silencioso chorrito caía de la ampolla superior a la inferior, donde empezó a formarse un montículo que fue ganando altura.
Tragando saliva, Javier advirtió que algo bullía en el interior de la calavera. A través de las órbitas percibió movimientos, remolinos, cambios de densidad de las tinieblas.
Por las cuencas, una tras otra, empezaron a salir libélulas de alas largas y estrechas, cuya cabeza era una reproducción de la calavera. Revoloteaban sin posarse en ningún sitio, dejando tras ellas un rastro fosforescente amarillento, anaranjado, rojizo.
A estos insectos sucedieron enjambres de rechonchas y marrones polillas, tras los que salieron bandadas de escarabajos negros y verdes de brillo metálico, con pinzas y cuernos. Luego aparecieron unos caracoles con antenas provistas de ojos incoloros e inquisidores. Estos moluscos, reptando por los pómulos y las mandíbulas de la calavera, bajaron primero al tapete de terciopelo y luego, en fila india por las patas de la mesa, al suelo, donde se desparramaron husmeando por todos los rincones.
Javier se dijo que estaba sufriendo una alucinación. Esos bichos no eran reales. Ninguno lo había rozado. Aunque él no estaba dispuesto a alargar la mano para tocarlos y comprobar su autenticidad, concluyó que ese ajetreo infernal era un espejismo. Algo que había comido le había sentado mal. Un desarreglo orgánico era, sin duda, la causa de esas delirantes percepciones.
Los caracoles se habían ido congregando a su alrededor, con sus acuosos ojos fijos en él. Las libélulas le dirigían muecas malévolas. Unas y otros parecían burlarse de su intento de encontrar una explicación coherente.
De las cuencas de la calavera seguían saliendo sabandijas peludas, aladas, de colores biliosos, con trompas, crestas, coseletes, cascos, enhiestos aguijones. Volando, arrastrándose, saltando, invadían el suelo, el techo, las paredes, el aire, entremezclándose, multiplicándose exponencialmente, convirtiendo la habitación en una ciudad superpoblada en la que pronto no cabría un alfiler.
Enterrado en ese maremágnum, Javier sintió que se asfixiaba. Esa proliferación de bichos cada vez más densa no sólo le estaba robando el oxígeno, sino que lo estaba hundiendo en esa oscuridad ultraterrena, en esa inconcebible nada de la que habían surgido.
Para repeler a ese ejército maligno se necesitaba una fe de la que él carecía. Pero si no podía derrotarlo, al menos moriría luchando. Su tambaleante cordura le estaba dictando una acción desesperada.
Cerró los ojos y, atravesando ese muro bullente, ese hervidero espeso, esa zoología demoniaca, se dirigió al cuadro. Lo descolgó. Volvió sobre sus pasos y descorrió el cerrojo. Abrió la puerta y tiró el bodegón lo más lejos que pudo.

 

 

 

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La noche (IV)

                                          IV
Había tres huertas consecutivas. Fue la tercera, la que estaba más alejada, la que se adentraba más en el monte, la que tenía la casa más cerca de la orilla del río, cuyo murmullo se escuchaba como una apaciguadora música de fondo, fue ésa la que más le gustó y fue ésa precisamente la que estaba disponible.
La propiedad se adecuaba tanto a sus expectativas que cambió de idea y, tras sumar sus ahorros y el dinero que obtendría por la venta del piso, pensó en comprar en vez de alquilar.
No actuó con astucia, mostró excesivo interés. Álvarez, el dueño, percatándose de ello, jugó esa baza.
Javier creyó que el trato se cerraría pronto, pero recibió una llamada de teléfono de Álvarez, el cual le contó una historia en relación con el cariño que su mujer le tenía a la huerta, y la pena que le daba desprenderse de ella. Ladinamente afirmó que tal vez no vendería, que necesitaba reflexionar.
El resultado fue que el precio subió. Javier regateó alegando que la casa no se encontraba en buen estado, que para vivir en ella había que hacer arreglos y mejoras. Pero la pesadumbre de la mujer de Álvarez sólo se mitigaba, que no desaparecía porque eso era imposible, con un buen fajo de billetes.
Javier hizo nuevos cálculos y acabó pasando por el aro. En lugar de contratar a un albañil para que hiciera las reformas necesarias, él mismo las haría los fines de semana. Esta idea no le disgustaba, pero la habilitación de la casa llevaría más tiempo del previsto. Y aun así, para determinadas tareas, tendría que llamar a un obrero cualificado.
La casita, compuesta por una habitación central con chimenea, un dormitorio, una cocina alargada y estrecha con una puerta a la parte trasera, y un pequeño cuarto de baño, quedó tan acogedora que Javier dio por bien empleados el dinero y el trabajo invertidos en ella.
Se acercaba la hora del traslado y la noche de la inauguración, la primera noche formal que pasaría en la casa de la huerta. No era, por supuesto, la primera. Anteriormente, obligado por las circunstancias, se había quedado a dormir en medio de las herramientas, los sacos de cemento y la suciedad que conllevan las obras. Pero esas noches no contaban. Esas noches eran prolongaciones de su jornada laboral y acababa tan cansado que cerraba los ojos en cuanto se echaba en la cama.
El cuatro de noviembre, aspirando el olor a tierra mojada tras las recientes lluvias, Javier recorrió el camino que discurría entre olivos, y del que partía otro en declive hasta la huerta.
Bajó la cuesta, se detuvo ante la cancela y la abrió. Una vez dentro, volvió a cerrarla corriendo el cerrojo y echando el candado.
Aparcó el coche en el rellano que había al lado de la casa, junto a las pitas de las que emergía un alto bohordo, un estilizado candelabro vegetal de numerosos brazos.
Las tardes otoñales eran cortas y ésta lo sería más, pues el cielo estaba nublado. De vez en cuando caían cuatro gotas. La noche, que tan profunda era en el monte, prometía ser lluviosa y negra como la tinta.
Para la cena había traído una botella de rioja que descorcharía para celebrar el estreno de la casa. Un tinto de color cereza y destellos de rubí con el que brindaría por su nueva vida.

 

 

 

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La noche (III)

                                         III
Antes de que se produjera el asalto a la casa de la huerta, Javier había entrevisto en el piso de Sevilla una figura incorpórea al anochecer.
Se había explicado ese fenómeno como el resultado de la conjunción de la hora crepuscular, del cansancio y de las sombras que proyectaban los muebles. O sea, como un producto de su imaginación.
Cuando se acercaba a ese fantasma, éste se esfumaba. Cuando encendía la luz, no descubría nada.
No obstante, al regresar del trabajo, inspeccionaba el piso para comprobar que esa invención suya no lo estaba aguardando como una fiel esposa.
En los meses que precedieron a su instalación en la casa del río, durante los cuales estuvo ocupado reformándola y viajando a menudo al pueblo, esa silueta nebulosa desapareció por completo.
No era la primera vez que a Javier le ocurría esto. Recordaba episodios similares, en otros momentos y lugares, en los que había atisbado esa forma evanescente y blanquecina. Su racionalismo se apresuraba a etiquetarla de imagen intrusa procedente del mundo de las supersticiones.
Ese fantasma de sábana ondulante y contorno impreciso, cuyo perfil en la oscuridad recordaba las líneas helicoidales de un chorreón de leche en una taza de café, se ocultaba pero regresaba siempre, como si estuviese empeñado en que le otorgasen carta de ciudadanía.
Pacientemente agazapado, ese espectro parecía a la espera de hacer valer sus derechos o de cobrar Dios sabe qué atrasos.

 

 

 

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